El "how to" de yo y mis ellos

Dado que algunos no entienden muy bien el funcionamiento de este blog, diré que no se trata de un blog. Es cierto, se pueden comentar las "entradas". Pero las "entradas" son capítulos; de modo que se deben leer en el orden correcto. Dada la idiosincrasia de la herramienta usada, el capítulo presentado es la última entrada; de modo que si quieres empezar un libro nuevo debes ir las etiquetas y seleccionar el libro; así podrás ver todos los capítulos colgados.

domingo, 18 de julio de 2010

El aliento del Dragón: Andigar - Prólogo

Nuestro verdadero origen se remonta a la era de los inmortales; muchos os dirán que sólo es una leyenda. Yo no estuve allí y desconozco la verdad; pero he visto muchas cosas a lo largo de mi vida antes de que perdiese la visión. Cuando aún podía contar mis años con los dedos de una mano, vi al último de los protegidos del Dragón; iluminando el cielo nocturno con su luz, bailar la danza del viento con sus enemigos, en una guerra perdida. Allí, cayó el hombre; pero se levantó una leyenda. Se dice que el aliento del Dragón sólo le es obsequiado a aquellos cuya alma va mas allá de la humanidad. Por eso ya no quedan guerreros como esos; pues esos hombres se perdieron en el tiempo. Por todo eso os digo, que lo que ahora os narraré no os parecerá mas que un cuento para niños; pero que seguramente hay mas verdad que mentira. Aunque nunca sabremos lo que en realidad sucedió.

Antaño, cuando las brumas de la creación aún se arrastraban por Daren, cuando los inmortales todavía luchaban entre ellos en el perdido continente de Kanek, nació el primer dragón. Un ser magnífico, fuerte como una roca y veloz como el viento; a su paso, el cielo retumbaba y su voz era tan profunda que parecía que fuese la misma tierra que hablaba. Durante años, vivió y creció en Kanek junto a los inmortales; observando desde lejos las batallas y los infortunios de los dioses. Hasta que el último de los no nacidos regresó a Ilondeon. Aburrido de su propia soledad, viajó volando a lo largo de los tres continentes; más allá de las brumas, siempre observando con sus poderosos ojos, siempre buscando algo que jamás encontró. Algunos dicen que fue por eso que empezó a matar; por frustración. Pero no creo que ningún mortal pueda comprender el corazón de un dragón. Por aquel entonces, pocos de los mortales acabados de nacer se le acercaban siquiera; pues aunque nunca causó ningún daño, su poder estaba mas allá del de cualquier otro ser. Se decía que a una única palabra suya, un hombre o todo un pueblo podía ser exterminado.

Después de haber realizado tan grandes viajes, una profunda ira inundó su corazón. Viajó hasta las tierras del emperador y empezó a destruir todo o que se encontraba en su paso. Muchos hombres buenos murieron devorados, calcinados o incluso aplastados a causa de su súbita rabia. Entonces todavía era un dragón joven, de la cabeza a la cola no debería medir apenas cincuenta pies. Sin embargo, el dolor y la destrucción causó fue enorme. Decían que los dioses lo habían enviado para castigar a los hombres. Para enseñarles cómo podía llegar a ser la maldad de los seres. Le llamaban Siwang zhi ying, sombra de muerte, pues por allá dónde pasaba solamente quedaban cenizas. Después de que tres provincias fueran arrasadas por su inmensa ira, el emperador de todo lo que se ve envió a su ejército liderado por el famoso Shi Tsang para que mataran al monstruo; pero ningún ejército podía derrotar a la bestia. Aún así, la derrota no fue total; pues el dragón no salió indemne; había sido herido siete veces. El ejército, muy menguado por el combate, persiguió sin tregua al dragón con un alarde de valor y perseverancia. Durante muchas noches de camino acosaron a la bestia con flechas y máquinas de guerra, hasta que llegaron a la provincia de Toi-Nah dónde encontró cobijo en la montaña de Shinto, el camino de los dioses. Shi Tsang se percató de la desventaja que representaba una batalla en la gran montaña helada que se erguía encima de ellos y decidió esperar su regreso mientras su ejército se recuperaba de tan extenuante persecución. Así fue como se ganaron su nombre los guerreros vigilantes de Shinto. Se dice que Shi Tsang y Heng Tzu, su amigo arquero, todavía vigilan el Dragón en su montaña, como gigantes de piedra.

Al otro lado de la pico nevado de Shinto yacía un pequeño pueblo llamado Liampo de apenas veinte casas dónde ni siquiera habían oído hablar la existencia de ningún dragón; allí vivía un humilde granjero, cuya hija, que aún no había llegado a la madurez, tenía por costumbre subir a la montaña para ver los campos que a sus pies se extendían. Al tercer día de la llegada del dragón, ella volvió a subir, como acostumbraba a hacer cuando sus tareas se lo permitían.

Con su oscura cabellera larga y lisa atada para que el viento no la molestase Mai Heung ascendió lentamente por la nieve con el único abrigo de una fina manta encima de su ropa; a su padre nunca le había gustado esa costumbre pues la encontraba vana y peligrosa. - Una buena mujer no sube a las montañas! - le decía - Las tareas del campo y la costura es lo que una joven debe aprender si quiere casarse algún día. - Pero Mai Heung era demasiado joven para pensar en matrimonios; la montaña la llamaba. Dichosos son los senderos de los dioses que despiertan en las almas deseos extraños. Ese día sentía mas fuerte que nunca el ansia de subir hacia los cielos, quería coronar la cima como nunca antes había deseado. Subió por encima de las nubes camino del techo del mundo; pero a cuando se acercaba a la cima, empezó a oscurecer; las manos le dolían y los labios se le helaban; sus níveos brazos empezaron a temblar; y al fin, cansada por el camino y ya tarde para regresar, buscó un recodo protegido del viento para descansar.

Su corazón latía rápidamente y sus manos temblaban de frío; como el cielo estaba despejado los reflejos del sol en la nieve le obligaban a cerrarlos. Una vez sentada, sintió que la montaña era distinta; el viento soplaba con la fuerza de un león, parecía que la montaña respirase con el viento. Nunca había oído un sonido similar. Curiosa por naturaleza, salió del recodo para seguir el ruido. Ladeó unos pocos arboles hasta llegar a un claro nevado y tranquilo bajo las estrellas.

Allí, encima del blanco suelo, yacía un ser alado y de un tamaño increíble recubierto majestuosamente de unas escamas doradas. Mai se quedó impresionada por aquel ser de gráciles perfiles. En cuanto lo vio creyó haber visto a un dios. Sin embargo, los dioses no caminaban por las sendas de los mortales, ni siquiera por aquella montaña. Lo observó quieta, con sus oscuros ojos rasgados durante unos instantes. El majestuoso ser abrió sus enormes ojos de color azulado y la miró. Ella se envaró temiendo asustar la visión. El ser levantó la cabeza y alargó su cuello para acercarse a la muchacha.

- Por favor, no te marches, no deseo lastimarte.

La criatura movió la cabeza extrañado; aquella mujer no podía hacerle ningún daño. Hambriento de tanta persecución, pensó en devorarla; sin embargo le inquietaba la idea de que aquella mujer no le temiera.

- Aunque quisieras no podrías. Eres demasiado pequeña y yo demasiado poderoso. - sonrió enseñando los dientes.- Quizá yo decida hacértelo a ti.

- Sabes hablar.- respondió sorprendida. Siempre les hablaba a los animales, a sabiendas de que no podían responder.- ¿Eres un dios? Nunca había conocido de un ser tan bello ¿Por que has bajado de Ilondeon? ¿Acaso he cometido algún pecado? Se que mi padre no quiere que suba a la montaña pero si es eso me disculparé.

- No soy un dios; aunque sí un ser mayor que cualquier mortal. Soy Dragón. - Dijo abriendo más los ojos.- Y me han llamado muchas cosas pero nunca que soy bello. - Dijo mientras ladeaba la cabeza y giraba a su alrededor. -¿Es que no me tienes miedo, no sabes quién soy?

- Dragón.- Murmuró frunciendo el ceño -, nunca había oído hablar de ningún dragón.

- Porque soy único y ése es mi nombre.

- Debes ser uno de esos seres legendarios. Creía que eran cuentos para niños.

- ¿¡Cuentos!? - Dijo sorprendido y enfadado. - Humana, existo desde antes de que el hombre diera sus primeros pasos en este mundo, desde antes de que las montañas cambiaran. ¿Acaso- dijo enseñando los dientes.- te parezco una leyenda? ¡He devorado a más humanos de los que puedas imaginar. ¡He extinguido razas que nunca más volverán a caminar sobre la tierra y dices que sólo soy una leyenda! ¡Una leyenda!- Exclamó con toda la rabia que emanaba de su interior, vociferando por encima del inmenso clamor del viento de la montaña.

- No te enfades.- dijo la muchacha atemorizada.- No es culpa mía. Es que vivo en un pequeño pueblo y sólo recibimos visitas por año nuevo. Ya veo que existes, dicen que algunas leyendas son ciertas. Pero, no creo que hayas hecho todas esas cosas horribles.

Dragón estaba indignado por el asomo de esa niña humana, por su falta de miedo y por el descaro con el que se dirigía a él. Pensó en devorarla lentamente y degustar su carne aunque fuese pequeña y raquítica, o quizás calcinarla con su poderoso aliento; pero eso sería demasiado rápido. No tendría tiempo de temerle. Había viajado por lejanas tierras, por todo el mundo y todos le habían temido; pero esa muchacha parecía suficientemente joven y estúpida para no temerle y eso le enfadaba aún más. Abrió la boca para aspirar una enorme bocanada de aire, en sus entrañas notó el fuego acumulándose cada vez más ardiente, notó el poder de su aliento. Subió la cabeza y abrió la boca para liberar la enorme energía que guardaba. El color del cielo se tiñó de amarillo. El chorro de llamas que brotaba de su enorme boca salió despedido hacia los cielos. El ser, sin dejar de escupir muerte, trazó un arco con el fuego y lo enfocó contra una roca congelada que había a su derecha. Su aliento fundió la roca como el metal en la forja de Ólonar excavando una gruta de cristal dónde antes sólo había piedra. El fuego se extinguió y dirigió su rostro cerca de la muchacha.

- ”El creer” es lo que mata, porque solamente “el saber” es verdadero conocimiento. Eres una niña incluso para los humanos no pretendas adivinar los sentimientos de tus superiores.

La muchacha cerró los ojos y se empapó del viento caliente que surgía de la boca del ser que tenía enfrente. Su demostración le había parecido fabulosa aunque aterradora. Por un momento pensó en el daño que produciría esa maravilla sobre un cuerpo humano. Y se le ocurrió que quizás el ser tenía razón. Pero ella sabía que solamente quería asustarla y no quería mostrarse débil ante él.

- Ha sido maravilloso pero tus palabras no son amables. Porque pretendes atemorizarme, yo sólo quiero ser tu amiga. Si siempre estás de ese humor nadie querrá ser amigo tuyo.

- ¿Amigos?- El dragón frunciendo su escamoso ceño movió la cabeza.– Soy único, no necesito amigos.

- ¿No hay nadie cómo tu? Entonces tu vida debe ser muy solitaria. Quizá es eso lo que te causa semejante enfado.- La muchacha dibujó una gran sonrisa resaltando sus ya rojizos pómulos.- No te preocupes. Si me dejas, a partir de ahora yo seré tu amiga. Así ya nunca estarás solo.

El dragón que acababa de despertar de sus pensamientos se vio sorprendido por un abrazo de la hembra humana y la frase: “...yo seré tu amiga.” . Aún sorprendido intentó formular unas palabras pero no pudo, pues fue interrumpido por un súbito grito de sorpresa.

- Pero... - Gruñó mostrando los dientes.

- ¡Por todos los espíritus de los bosques, estás herido!- Soltando el cuello del dragón se dirigió a la ala del mismo quitándose la fina manta con la que se cubría del viento.- No habías mencionado que estabas herido. Si me lo hubieses dicho, te abría curado mientras hablábamos.- Dejó la tela sobre el ala mientras rebuscaba en uno de sus bolsillos.- Creo que las tenía por aquí... Ya las he encontrado: hojas medicinales. Van muy bien para sanar heridas.- Se dobló las mangas de la camisa mostrando sus blancos y delgados brazos y extrajo la primera de las siete flechas que había clavadas en el ala.

El dragón lanzó un terrible rugido de dolor, y giró la cabeza mostrando los afilados dientes a la niña que le estaba curando.

- Ya sé que duele pero tienes que aguantarte. Si no, no te curarás.- Dijo la muchacha rompiendo su manta en siete trozos.- Mi padre siempre dice que debo curarme mis heridas, si me quedan cicatrices no me casaré, ¿sabes?

El dragón la observó atentamente mientras trabajaba; nunca nadie había hecho nada semejante por él. Lo cierto era que desde que los inmortales partieron, nunca nadie había hablado con él. Se dio cuenta que era la primera vez en muchos años que usaba su voz para algo más que rugir. Siempre lo habían atacado sin mediar palabra. Por ello había empezado a matar y devorar humanos. Observó como le curaba mientras pensaba en su soledad, pensaba a menudo en ello, y siempre le causaba dolor, porque no había nadie como él. Cuando la muchacha hubo terminado le miró sonriente.

- Quizás no es un vendaje perfecto, pero servirá. En pocos días estarás curado.- Dijo la niña entre temblores.- Hace frío. Volvería a casa pero está muy lejos.

- Con este tiempo no creo que llegues muy lejos, ¿no oyes cómo se mueven los arboles? Se acerca una tormenta de nieve; no llegarías ni al otro lado del bosque.- A desgana el dragón abrió el ala arropando a la muchacha.- Estás temblando. Descansa y duerme. Mi cuerpo te mantendrá caliente mientras excavo una cueva.

- Gracias- Dijo la muchacha.- ¿Ves como ser amable no es tan difícil?

- No estoy siendo amable. Te devuelvo el favor.

La muchacha se hizo un ovillo y se quedó pensante.

- Dragón es muy feo. Creo que te llamaré Xiaofang shui, agua de fuego, por tu aliento y el azul de tus ojos. ¿A que es bonito?

- Eres muy atrevida muchacha.

- ¿No te gusta?

- No. El nombre de Dragón me lo pusieron los inmortales de los que no guardo un buen recuerdo.- Calló un instante mientras la miraba con sus grandes ojos azules.- Me gusta.

Dijo enseñando los dientes, a modo de imitación de sonrisa, algo que causo un ataque de risa en la chica.

- Bueno, no es muy amigable; pero ya irás aprendiendo. El mío es, Mai Heung.

- Me gusta. Ahora cierra los ojos y duerme. Te despertaré cuando haya pasado la tormenta.

Mai cerró los ojos y durmió tranquilamente bajo la protección de su nuevo amigo Xiaofang shui.




El dragón miró lentamente a Mai mientras dormía sobre su estomago. Encima de este podía sentir los latidos del corazón de la muchacha. Nadie, desde los inmortales, había mostrado ningún tipo de afecto hacia él. Y para los inmortales siempre fue sólo una herramienta. Nunca había visto a algún otro cómo él. Algún otro Dragón. Y no era causa de que no los hubiera buscado pues había llegado allí dónde los dioses aún estaban creando la tierra y no había divisado ninguna figura en los cielos o en la tierra que se asemejara a él.

Ahora había encontrado un ser que le había ofrecido amor sin pedir nada a cambio. Además era una humana, aquella raza que había considerado inferior y que había estado exterminando durante años. Y ahora veía belleza en uno de aquellos seres débiles. Porque la encontraba bella. Sabía que según los criterios de los humanos Mai no era bella. Incluso algunos la habría calificado de fea y poco refinada. Pero el Dragón sólo veía una hembra humana que dónde sus congéneres guardaban odio y miedo, ella guardaba una sonrisa. Después de pensar sobre la niña durante horas, se percató que había encontrado aquello que entre los seres mortales se llamaba amor. O eso interpretó. Pues sentía afecto por aquella muchacha, y no quería que sufriese daño alguno. Quería que le hablase. Ahora que dormía echaba de menos sus impertinencias, deseaba despertarla para que continuasen hablando, pero estaba cansada y tenía frío. Los mortales eran débiles y sus vidas cortas. Comprendió que el tiempo que podría pasar con la humana sería apenas un suspiro que cada instante era algo que jamás se volvería a producir. Y se enfadó, se enfadó con el tiempo con los días y las horas por atar a los seres vivos y condenarles a la muerte. Entonces temió que el frío acortase más su existencia. Y abrió una cueva inmensa en la montaña con su aliento para protegerla del viento. Recogió con cuidado el cuerpo dormido de Mai y lo transportó dentro de la cueva cristalina. Allí la depositó con cariño cubriéndola con una de sus alas.

Observó lentamente los débiles rayos de luz que reflejaban infinitamente por las paredes del enorme orificio. Allí, en el fondo, vió una intensa luz verde que no provenía de ninguna parte. Dejando a la chica en el suelo de la reciente cueva, se acercó temeroso de que algún peligro pudiera dañar a la chica. Aunque la luz no le infundía temor sino tranquilidad, se acercó lentamente con sus patas repiqueteando sobre el suelo hasta llegar al final de la excavación. En el centro de brillaba una piedra verde. El fuego del dragón había llegado hasta allí pues todo se había vuelto de cristal negro, sin embargo aquel objeto parecía intacto. Alargó su cuello hasta que estuvo cerca de la piedra, pues su enorme cuerpo no podía acercarse más.

Al acercar su cabeza a la piedra ésta se iluminó. Su piel escamosa cambió su color oro por un tono verdoso y la intensa luz dejó casi ciego al dragón. Se vio transportado a un sitio dónde todo era verde. El estaba ahí pero su cuerpo no. Veía lo que había en ese lugar, veía una infinidad de color verde que le rodeaba. De la nada surgió una voz indescriptiblemente bella, algo parecido a la voz que oyó después de su nacimiento, era una voz familiar pero desconocida. Penetraba por sus sentidos inundándolos de paz. Sin embargo, aunque la entendía a la perfección, no podía decir de qué criatura surgía ni si era un ser masculino o femenino. Ni siquiera sabía en qué lengua hablaba; simplemente comprendía lo que decía.

-Tu corazón está afligido.

-¿Y quien eres tu que puedes arrastrarme al vacío? ¿Acaso eres uno de los inmortales?

-Soy el primero y el último, el único que se quedó y el que primero se fue.

El dragón estaba extrañado, recordaba la época de los inmortales pero eran recuerdos vagos. Eran poderosos, sí. Pero sólo porque su palabra debía ser obedecida. Ésta voz, por el contrario, no le imponía su voluntad. Pero aquella voz, aquella calma al hablar, recordaba apenas algunas imágenes de dolor. Había luchado contra él.

- Tu no eres el creador. Tu pertenecías al otro lado, yo luché contra ti.

- El tiempo de la guerra pasó. Perdiste esa batalla. Y también la guerra. Aunque creo que a ti nunca te importó la contienda.

Cierto era, nunca luchó por su voluntad, nunca nadie le pidió que lo hiciera. Simplemente se lo ordenaron. La voz. El creador. No recordaba mucho de esa época pero si el dolor de los combates.

- Es cierto. Nunca desee luchar, ni me importaba el resultado. Sólo mi libertad. Y la obtuve con vuestra victoria.

- Lo sé. Podríamos haber terminado con tu existencia en esos días. Pero decidimos liberarte pues eras único.

- Eso no lo recuerdo.

Sólo recordaba que las rejas de su sala se abrieron y el camino estaba libre. Y escapó como si su libertad dependiese de unos instantes.

- Las discusiones y decisiones se tomaron en tu ausencia. Eras el arma más poderosa del enemigo y no todos estaban dispuestos a liberarte.

- ¿Y porqué ahora acudes a mi? Decidisteis dejarme libre, y tu no posees el poder para controlarme. ¿Qué es lo que quieres? Estoy ocupado

- Es cierto. Has estado muy ocupado los últimos años matando y masacrando a los humanos. He seguido tus pasos.

- ¿Y has venido ahora a detenerme? ¿No es un poco tarde? – se jactó.

- No he venido ni a detenerte ni a juzgarte. Cuando abandoné este mundo lo hice para liberarlo de nuestra influencia. Sin embargo, las consecuencias de nuestros actos son nuestras responsabilidades; yo defendí tu libertad.

Aquello enojó al dragón. Él no debía nada a nadie; él era libre para hacer y deshacer su vida.

- Y ahora vienes a pedirme el pago por tu amabilidad.

- Mas bien al contrario, vengo a saldar mi deuda contigo. Yo te liberé, pero al mismo tiempo te arrebaté la razón de tu existencia. Es por eso que has destruido y matado todo lo que has encontrado a tu paso. Tu fuiste creado para eso, y simplemente sigues el único camino que conoces.

- ¡Yo elijo mi propio camino! - gritó el dragón sin voz. - Si decido matar mato, si decido volar vuelo, nadie rige mis actos mas que yo.

- Y has elegido el mismo que te fue encomendado.

Si. Recordaba el último mandato del creador. Destruir y sembrar el terror. Alimentarse de hombres mujeres y niños. Se quedó en silencio un largo tiempo, pensando porque él, que había despreciado al creador por el dominio que ejercía sobre él, dejaba que pasado tanto tiempo continuase sometiéndole a su yugo.

- Nunca conociste otra razón para vivir. Por eso continuaste haciendo lo único que conocías. Ahora, se abre una nueva elección ante ti. Por eso vengo a ti ahora, para mostrarte que ahora puedes elegir.

Elección. Pensó el Dragón. Sin sentido. La hembra humana era solo una niña, y simplemente le divertía. No era como él.

- ¿Hablas de la hembra? No es como yo. Me divierte, si. Pero no es como yo.

- ¿Acaso hay alguien como tu en este mundo?

- No.

- Jamás lo hubo.- Respondió la voz.- ¿Has pensado que quizá sea ése, tu problema? Has vagado por el mundo en buscando con los ojos aquello que te pedía el corazón.

- Ojos o corazón no hay diferencia cuando el problema está en el plano físico. Tengo mucho poder pero ni siquiera yo puedo convertirla en algo parecido a mi.

- ¿Y si pudieses, seguirías viendo en ella lo mismo que ves ahora? ¿O a caso se convertiría en otra cosa distinta?

- O se ama el total o no se ama nada, es lo que quieres decir. - Respondió pensativo a la enigmática voz.- Entonces no hay nada que hacer. Ella es mortal, se marchitará y perecerá en lo que para mi será un suspiro. Y será olvidada entre los pliegues de la memoria.

- Los recuerdos. Son algo curioso. Casi no recuerdas el color del pelo de tu creador, pero si recuerdas vivamente la emoción que sentías al mirarle. Al final lo único permanente son las emociones.

- Entonces la recordaré siempre, para saber lo que se perdió. No se que es peor.

- ¿Quieres que te borre su recuerdos y la haga desaparecer? Jamás la habrás encontrado, jamás sabrás lo que sabes ahora.

- ¡No! - Gritó inmediatamente. Le gustaba lo que había sentido, y no quería perderlo.

- Entonces – Dijo la voz.- Ya sabes la respuesta...

La luz se fue apagando como llegó, y cuando volvió a estar en la cueva, sólo había la piedra reluciente, pero con un brillo más apagado. Después la luz se apagó. Lentamente y de forma triste, retiró la cabeza del final de la cueva mientras con el corazón compungido, pero con la cabeza clara. Miro a la muchacha que, frente a él, dormía. El cuerpo del dragón menguó moldeándose a imagen y semejanza del de ella convirtiéndose en un humano esbelto de rubios cabellos y ojos azules. Se encaminó hacia la muchacha y la abrazó.

El destino sólo les permitió siete noches, en el séptimo día los ejércitos, cansados de esperar, empezaron a ascender. Y él tubo que marchar, pues quedándose allí ponía en peligro la vida de Mai. Así, después de una dolorosa despedida, los dos se separaron; pero la semilla de su amor quedó en la muchacha. Siete años tardó en gestarse, pero al fin, nació Shao Li que creció fuerte junto a su madre hasta que tristemente murió de extraña enfermedad. Después de su muerte Shao Li buscaría a Xiaofang shui hasta encontrarle y éste, cómo padre que era, le enseñaría los conocimientos que fundamentan la tradición y la técnica de los hijos del dragón.

1 comentario:

Berni dijo...

Abans de rellegir-me la modificació dels capítols, m'he rellegit el pròleg.

M'agrada molt la primera meitat, és talment com un conte o una llegenda mitològica, tant els fets com la narrativa.

No obstant això vigila que hi ha algunes incongruències (com el tamany del drac que primer dius que era gran com una muntanya i després és molt més petit).

El final també està bé, però potser un punt precipitat.

En tot cas m'ha agradat.