La lluvia pintaba las calles de un tramado oscuro grisáceo. Los tenues reflejos de las gotas de agua bajo la escasa iluminación de la ciudad, evocaban el significativo nombre de la ciudad; Esperanza. Era un día normal. En aquella ciudad siempre llovía. Los habitantes habían aprendido a vivir con ello, aunque esto no quitaba que los días soleados salieran en masa a ocupar los numerosos parques y zonas verdes. Nueva Esperanza, pues era éste su nombre completo, estaba situada cerca de la antigua Salt Lake City, en los desaparecidos Estados Unidos. En realidad nunca había sido una zona tan lluviosa, pero la guerra y el invierno nuclear habían vuelto del revés el clima. La nueva lluvia ácida había mancillado la tierra y el agua, ya nada era lo que alguna vez fue. El agua contaminada, maldita quizá, mataba todo lo vivo; por ello los alrededores de la ciudad no eran más que desierto. La ubicación no fué elegida al azar, pues incluso la muerte misma odiaba el llanto de la tierra.
Gracias a eso los entes no actuaban mucho por la zona. O por lo menos eso prometía el C.C.A (Centro de Control de Anomalías). Fuera como fuera era sabido que la población atraía a las anomalías, o entes como también eran llamados, y los últimos estudios situaban la el índide de peligro sobre unos 340 puntos por kilómetro cuadrado. Un poco por encima de los 200 de aceptación (Claro que sólo en las zonas de los polos se rebajaba este límite). Seguía siendo uno de los sitios más aconsejables para pasar el verano, siempre que prefiriera la lluvia al sol incandescente; por así decirlo.
La ciudad era un gran conglomerado de macroedicidios ultramodernos de última generación. Edificios inteligentes poblaban las calles con terminales capaces de decirte donde tenias que ir, cuando tenias de ir y el recorrido que tenias de seguir. Era un sueño tecnológico hecho realidad, fruto de la misma tecnología que había fracasado durante las guerras. La propaganda de colonización había prometido la tierra del oro, y ciertamente lo habían conseguido. La ciudad era totalmente automatizada, no existía desempleo ni pobreza. Todo el mundo tenia lo que deseaba, ya que ésta era autosuficiente. Todo era perfecto. Pero le faltaba algo esencial, la verdadera alma de la ciudad, la gente. Al principio, la población fue traída de forma masiva al desde los principales refugios conocidos: Gobiernos, bases militares, antiguas ciudades. Pero pronto los ecos de las radios de los supervivientes recordaron que era la población quien atraía a los entes, más gente, más peligro. Cada día que pasaba era más difícil encontrar supervivientes dispuestos a vivir en la gran ciudad. Acostumbrados a sobrevivir en grupos pequeños que pasaban desapercibidos, temían que esa gran aglomeración de desconocidos que nunca habían visto, atrajera a las peores anomalías que se creían extintas. El miedo, el instinto de supervivencia refinado tras cien años de guerra permanente, seguía grabado a fuego en su ADN. El gobierno sabía que la vuelta a la vida social en grandes comunidades sería difícil, de hecho no había nadie vivo que hubiese vivido jamás en una de esas ciudades. Sólo les quedaba el recuerdo de cuando la humanidad dominaba el mundo con una hegemonía total. Pero la verdad era que estaba tardando más de lo previsto. Cada día era más difícil encontrar a nuevos pobladores para la ciudad, había barrios enteros nunca habitados. Cuando la situación fue evidente, el gobierno frenó la construcción de nuevas ciudades. Decía que solamente era una situación pasajera, que esta nueva ciudad sería la primera de muchas. Pero el miedo al fracaso, a que los hombres jamás recuperasen el mundo seguía minando el corazón de todos.
La construcción de La ciudad de la esperanza marcó el fin de unas largas y dolorosas guerras que sembraron la muerte por toda la tierra y significaron el fin de la civilización humana. Aunque durante ese periodo muchos lo consideraron como distintas guerras, porque hubo unos pocos años de paz entre ellas, con el tiempo, simplemente sería conocida como “La guerra”. Cuatro guerras interminables que dejaron tras de sí el fin de la inocencia del ser humano. El enemigo se encontraba en todas partes. No había un foco, un frente de lucha. Se luchaba dónde y cómo se podía. Y ningún lugar se veía libre de ataques de los llamados entes. Al fin, cuando un autoproclamado gobierno de la humanidad anunció la victoria por las pocas radios que quedaban, la raza humana era, a apenas, unos centenares de millones. La noticia tardó diez largos años en llegar a la mayoría de los refugiados, y nadie que hubiese vivido “la guerra” jamás creyó que realmente en la victoria. Los países habían desaparecido, las ciudades arrasadas y los pueblos abandonados. Ningún grupo era lo suficientemente numeroso como para reconstruir apenas una parte de todo lo que había sido destruido o se había perdido. Tímidamente se fue creando un Consejo General Mundial con los líderes más destacados durante la contienda y se decidió reunir los pocos recursos para construir una ciudad que significaría una esperanza para la raza humana, la antorcha que guiaría la humanidad a un nuevo resurgir. Y la llamaron de la única forma que la podían llamar: “Nueva Esperanza”. Fue construida en los antiguos Estados Unidos porque antes de las guerras había sido un símbolo de progreso y potencial humano, y era de allí donde venían las armas y los hombres que habían dado el último golpe al enemigo. Así pues, la ciudad se alzó para erguirse como aldalíd de una nueva humanidad unida. Pero en un mundo donde los restos de las guerras se extendían a lo largo de interminables tierras y pequeños focos desorganizados de entes todavía se paseaban por las derruidas calles de las ciudades; la construcción de una ciudad, aunque se tratase de una maravilla tecnológica no vista en los últimos cien años, no desviaba mucho la atención. Pronto el consejo tubo que tomar medidas de propaganda para que se instalaran colonizadores. El sistema funcionó y durante los dos primeros años pareció que el interés por la ciudad entre la población aumentara. El consejo empezó la construcción de nuevas ciudades pero pronto la tendencia se frenó. La humanidad no se podía refugiar escondida del peligro en ciudades fortaleza o con el tiempo los pocos entes que quedaban, acabarían por dominar el mundo. El gobierno paralizó las construcciones para tomar alguna decisión, que nunca llegaba. La situación se prolongó durante diez largos años. Entre los que Jones Murray, un héroe de las guerras, y el más enigmático de los salvadores, empezó a residir en “La ciudad”.
La primera guerra empezó el 3 de junio del 1999, ese día fue marcado con el nombre de “El amanecer negro”. Nadie creía que la humanidad pudiera sobrevivir a aquella quimera de seres horrendos. Aquel día tendría el triste honor de ser recordado, para siempre, como el peor de toda la existencia de la raza humana. Las peores pesadillas cobraron vida. Toda la realidad humana se hundió a las 4:35 de aquella maldita tarde. La primera ciudad atacada fue en Europa, Barcelona. Un estrepitoso zumbido sobrevoló la ciudad. Una horda de seres parecidos a insectos gigantescos extendieron el terror por toda la ciudad. Los ciudadanos levantaban las cabezas para ver como el sol se oscurecía a su paso. Pronto los habitantes se percataron de que no estaban allí solamente para sembrar el terror; Los odiados seres empezaron la sistemática exterminación de todo humano que pudieran cazar. La gente se intentó defender como pudo pero no fue suficiente. Hacia la noche, la población de dos millones de personas se había reducido a unos, millares. Posteriormente a ésta las demás ciudades importantes fueron atacadas por seres a veces más horribles i todavía más sanguinarios.
Así empezó la más larga de todas las cuatro guerras. Duró cincuenta años, cincuenta largos años que destruyeron todo aquello que durante milenios la raza humana había estado construyendo. En un principio, las tropas entrenadas para luchar contra hombres, huían de las filas fruto del miedo más irracional. Pronto comprendieron que no existía sitio donde esconderse. Todo hombre que pudiera sostener una arma y se encontraba cerca de alguna base militar, fue reclutado. La infantería era uno de los peores destinos; pocos sobrevivían a la primera misión y los desgraciados que lo hacían tenían que volver a enfrentarse una y otra vez a los mismos o peores horrores. Los tanques eran una buena esperanza de supervivencia. Su relativa invulnerabilidad y su alto potencial armamentístico la hacían la mejor opción. Aún así, con según que seres eran completamente inútiles. La aviación era el mejor sistema de exterminación, aunque corría gran peligro la poca población superviviente. Y raras veces se encontraban grandes reuniones de entes. Las tropas, dirigidas por comandantes incapaces de marcar una línea de defensa, vagaban dispersos entre las ciudades buscando al enemigo. La marina fue el único brazo del ejército que mantenía aún una cierta estructura militar. Solamente dos tipos de seres podían atacarles, y eran relativamente vulnerables. Después de cincuenta años de guerra continua, los entes se calmaron i sucedieron tres años de relativa tranquilidad. Pero algo mucho peor que todo lo que había pasado estaba a punto de ocurrir.
La segunda guerra empezó con la destrucción casi total de toda la flota de los humanos i de los grandes terremotos que arrasaron los edificios de las antiguas ciudades. Pronto la población entendió que no luchaba contra seres extraterrestres o mutaciones horrorosas de la naturaleza, luchaban contra verdaderos dioses inmortales. Ésta guerra duró apenas diez años, terminando de repente y sin razón aparente. Por alguna razón las entidades más poderosas lucharon entre ellas, y en el último año los más poderosos desaparecieron en las profundidades del espacio. Finalmente solo quedaron unas veinte entidades clasificadas como semidioses. Aún así, eran lo suficientemente poderosos para que la bomba de hidrógeno solamente les dejara fuera de combate unos días. El veintinueve de diciembre los satélites que aún quedaban activos detectaron una reunión en el desierto del Sahara estas entidades. Por alguna razón desconocida estaban allí reunidos. Se reunió todo el potencial nuclear que todavía se controlaba y fue lanzado sobre el Sahara. El mundo tembló como jamás había hecho, el cielo se oscureció durante semanas por el polvo levantado y el mayor volcán de la tierra emergió vomitando fuego durante dos años consecutivos. Solamente quedaron tres seres con vida, y uno de ellos se había convertido en una nube verde permanentemente suspenda en el aire. Aún siendo la más corta de las guerras fue la más destructiva; cuando esta finalizó todo pueblo o ciudad estaba arrasado. Los continentes se había movido, montañas nuevas habían crecido y algunas existentes desaparecido. De poco sirvieron los ejércitos en esta guerra. Así pues pasó un año de descanso cuando una nueva ola de horror estalló.
En la tercera guerra, el enemigo ya no eran dioses, ni tan siquiera monstruos; sino humanos. Humanos sectarios adoradores de esos dioses horrendos a los cuales habían vendido sus almas. Éstos poseían poder, un poder que nadie desde hacía mucho tiempo había visto. Fue en esa época en la que se empezó a conocer un extraño grupo, que se autodenominaban “Cazadores”. Éstos se unieron al autoproclamado gobierno mundial, y les revelaron todos los conocimientos que tenían sobre las anomalías que habían atacado a la humanidad. El 18 de Marzo del 2063 se concertó la reunión extraordinaria de la junta que duró tres días. Durante el año anterior la tercera guerra fue un caos. Entre las mismas filas del ejercito surgía el enemigo. Después de aquel día, siguieron una serie de victorias consecutivas que llevaron al práctico exterminio de los adoradores de los entes. La guerra entera duró unos veinte años. Después de esta guerra, se formaron hombres con poderes sobrenaturales que viajaron por el mundo enseñando técnicas y métodos para la supervivencia. Y se preparó un plan de emergencia por si volvían los llamados dioses. El nombre clave del plan era “Arcano”. Y consistía en la organización de la población para hacer conjuntamente una ceremonia que consagraba una zona y la protegía de la entrada de las entidades que atacaban a la humanidad. En principio el alcance era limitado pero algunos de los cazadores sostenían la teoría de que si era pronunciado a la vez en todo el mundo la unión del poder de todos los hombres podría consagrar el mundo entero. No se realizó de inmediato porque algunos tenían dudas de que realmente funcionase y de si eso atraería a aquellos que se habían marchado. La época de paz se acabó a los cinco años.
Cuando todo volvió a empezar los dos dioses emprendieron una cruel cruzada para exterminar a todos los humanos. Por allí donde pasaban lo destruían todo, nada sobrevivía al odio de los dioses y su sed de sangre no se podía aplacar ni con la muerte de toda la humanidad. Durante los primeros diez años, la lucha estaba relativamente equilibrada, con los misiles podían frenarlos en parte pero cuando el tercer dios renació se perdió la igualdad y el fin de la humanidad se veía próximo. La Junta para la seguridad mundial fue atacada, pocos sobrevivieron al ataque. Pero los pocos supervivientes lanzaron el plan “Arcano”. Pero hacía falta tiempo para coordinar a los restos de la humanidad. Entonces, el más enigmático de los “cazadores”, el llamado Jones Murray, se enfrentó a uno de los dioses con un ejército de mil hombres formado por civiles dotados de poderes sobrenaturales y soldados experimentados. Una batalla desigual que se saldó con 900 muertos, pero que acabó definitivamente con uno de los dioses. Ese tiempo comprado con sangre, permitió que se lanzase el plan. Toda la humanidad brilló en un momento de fusión de poderes, la tierra se iluminó como si de un sol se tratara y los dos dioses restantes fueron expulsados del espacio sagrado en el que se había convertido la tierra. Aún quedaban muchos seres menores esparcidos por todo el mundo que, por alguna razón, no habían perecido.
De este modo todo empezó a normalizarse como pudo. Se volvió a formar la Junta para la Seguridad Mundial pero con un nuevo fin: rescatar los restos de la humanidad y devolver la civilización al mundo.
Jones viajaba en un viejo Isotta Fraschini 8A del 1922. En su tiempo había sido un buen coche, y había sobrevivido incluso a “la guerra”. Cualquier coche eléctrico nuevo era más veloz. Pero aún así, Johnse no lo había reconvertido; era uno de los pocos recuerdos que tenia de su verdadera época; de la era a la que pertenecía.
El automóvil, cortaba lentamente la densa capa de lluvia que limpiaba las calles. El coche llegó a una plaza en cuyo centro, se encontraba un pequeño edificio de madera. La pequeña casa, construida a su medida, destacaba frente a las enormes construcciones modernas que lo rodeaban. Jones aparcó el coche frente a la entrada. Salió sin paraguas y se dirigió a la puerta con las gotas chapoteando sobre su sombrero. Era un hombre ligeramente corpulento, de estatura media alta. Vestía un traje marrón oscuro cubierto por una gabardina del mismo color y un sombrero desgastado a juego. Su rostro estaba curtido por el paso del tiempo; un tiempo bastante largo, aunque en general, por las pocas arrugas que lucia su piel, nadie hubiese podido sospechar que tenía ciento cuarenta años. Su rostro estaba oscurecido por una fina capa de barba, unos labios finos con una cicatriz pequeña. Su nariz, pequeña y aguileña le proporcionaba una belleza mas bien clásica, aunque nadie lo hubiese descrito como un hombre guapo. Sus ojos eran penetrantes como los de un anciano, y los párpados le caían cansados a los extremos de los ojos. Mucha gente que lo conocía juraba haberlo mirado a los ojos una sola vez; decían que había algo en su mirada que les daba miedo. Quizá era su dureza, su frialdad o quizás simplemente era como mirar al mismísimo tiempo. Fuera por lo que fuera, pocos eran los que le miraban dos veces a sus castigados ojos. Tenía unas gruesas i densas cejas negras, que empezaban a mostrar algún que otro pelo blanco. Su pelo era negro y por alguna extraña razón, al igual que su barba, no crecía ni se le caía.
Tranquilamente bajo la lluvia y con una bolsa de papel con forma de botella en la mano, se situó frente a la puerta. Colocó su mano izquierda sobre la cerradura y después de oír un chasquido, entró en el edificio. Las paredes estaban pintadas de un color crema, pero los muebles eran de un color blanco y parecían de un material similar al plástico. Los muebles confirmaban la época en la que se encontraba realmente; pero el aspecto de las paredes, los cuadros y de algunos artefactos que parecían salir de siglos atrás eran un contraste sin mucho gusto. Murray dejó su viejo sombrero junto a su gabardina, colgado en una percha de madera situada al lado de la puerta. Se dirigió con la botella a lo que debería ser su comedor y la dejó en una mesa al lado del sofá. Después, puso en marcha a un antiguo gramófono al lado de un enorme televisor y, sacando un viejo disco, lo colocó en el antiguo aparato. Mientras sonaba “West End Blues”, el hombre cogió un vaso del mueble bar automático y se dirigió al sofá. Antes de sentarse cogió la botella de Whisky, llenó el vaso y tomó un sorbo. Cuando ya se encontraba sentado cerró los ojos y recordó.
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