La música acaricia mis oídos mientras una voz dulce baila a su son. No abro los ojos. Los recuerdos deben ser atesorados con cariño cuando son lo único que te queda. Saborear el instante en el corazón, cuidando los detalles, estimulando la memoria para evitar el cruel olvido. Más voces se unen al ambiente, no cantan, sólo murmuran suavemente para no perturbar a la canción. No sé lo que dicen; jamás presté atención, pero deben estar allí; como los otros sonidos: El camarero picando el hielo en la cocina, el barman mezclando el cóctel, el susurro de los vestidos al rozar, casi imperceptibles sin ellos se pierde la esencia. El olor. los perfumes se mezclan con el humo del tabaco y el aroma del alcohol. Es un olor característico que jamás volveré a oler. El sabor del último cigarrillo que he fumado todavía esta pegado en mi boca, resecándola y dejando la característica sensación pegajosa. Tengo un poco de calor. Debe ser verano. La corbata me aprieta ligeramente el cuello, y tengo ganas de aflojar el nudo. Pero se que no debo hacerlo. Huele a sitio distinguido y la colonia que llevo me indica que espero a una dama. Decido que no sería elegante que me viese con los ojos cerrados, así que abro los ojos lentamente.
El local es espacioso, y no da la sensación de cerrado, aunque la falta de ventanas indica que se trata de un sótano. La decoración, es un poco recargada pero definitivamente cara. Un sitio con clase. Casi todo el mundo va de etiqueta. Mi traje barato y mi sombrero gastado no engañarían a nadie, pero tampoco no pretendo hacer contactos. Conozco el sitio, aunque solamente recuerdo haber estado un par de veces. Aun siendo demasiado elegante para mi bolsillo, recuerdo haber traído a alguna chica para impresionarla. Normalmente no dejarían entrar a un don nadie como yo en un sitio tan exclusivo, pero una cartera con una placa dorada es mejor que el dinero para abrir según que puertas. Mi cartera está más vacía de oro últimamente, pero supongo que nadie se molesta en informar a los matones de las bajas en la policía. Estoy sentado solo en una pequeña mesa redonda cerca de la pista de baile. Sobre el florero que hay en la mesa hay una pequeña tarjeta negra con el nombre de “Black Star” escrito en blanco. Ya consigo situarme. Corre el año 1930 es un local de moda en San Francisco. Me pregunto porque habré escogido este sitio. Decido esperar mientras escucho la canción que canta la mujer negra del escenario. Cuando me doy cuenta hay una mujer frente a mi. La silueta de su cuerpo es claramente visible debajo de su vestido de lentejas rojas. Solo exhibe uno de sus hombros pues el otro está cubierto por una espesa melena rubia. Sus ojos de caoba me miran mientras unos labios carmesí me sonríen. Addy el nombre acude a mi mente en un latido tan fuerte que creo que se detendrá el recuerdo. Solamente verla me hace feliz. Pero no salto a abrazarla como deseo locamente. Simplemente le devuelvo sinceramente la sonrisa. Y me levanto para ayudarla a sentarse.
- Tu siempre tan elegante Jones.- Me susurra cuando me acerco a ella.
- Lo siento- respondo mientras la acerco a la mesa-, pero es que me he dejado el mono de trabajo en el taller.
Se ríe sinceramente con su acostumbrada elegancia, y me da un pequeño golpe en la mano.
- Siento haber llegado tarde, no he encontraba ningún taxi y he acabado viniendo a pié. Por suerte vivo cerca.
- No pasa nada, no hace mucho que he llegado.- Creo que es mentira. Pero la esperaría toda la eternidad si fuese necesario.- De todas formas tu vestido compensaría cualquier espera.
Se ruboriza como una colegiala, aunque no es la primera ni la última vez que oye algo parecido. Pero es lo que debe hacer una dama, y ella lo hace tan bien que casi me lo creo.
Mientras me explica sus problemas con los taxis, un camarero se acerca y nos pregunta que queremos tomar. Addy que estaba un poco reclinada sobre la mesa advierte que los ojos del camarero no la miran a los ojos y se echa hacia atrás, mirándolo de reojo. Éste, con su mejor ensayo de modales, carraspea y nos pregunta qué queremos tomar. Un whisky solo para mi y un martini para ella. El camarero se va con una sonrisa en los labios, hoy se ha cobrado la propina antes de servir.
- ¿Cómo te va el trabajo?
- Como siempre.
- ¿Tan mal?- Sonríe levemente y baja la cabeza cuando la levanta ya no sonríe.- Terry me ha llamado.- Un amigo le ha enviado una carta pidiéndole ayuda. El no podrá acudir. Me ha preguntado si podríamos nosotros.
Mi corazón se acelera y mi estómago se contrae. Una mezcla de terror y rabia me golpea por un instante. Una sensación familiar. Acaricio el anillo de mi mano y sonrío agriamente. Por que por encima del miedo, está la ansia. Creo que es la sonrisa más sincera desde hace semanas. Debo de estar feliz. Addy me mira con preocupación y dolor pero no hay sorpresa. Un pasado nos une, de una forma retorcida, pero tan fuerte como unas cadenas.
- ¿Has llamado a Nelly?
- Si, y dice que puede.- Se ha percatado del endurecimiento de mi tono de voz.- No se de qué se trata todavía. No me ha dado detalles, pero sabes que sólo hay una forma de tratar con esto y es con la mente clara. Si crees que no podrás hacerlo dímelo y nos esperamos a que Terry esté disponible.
- No. Tranquila- Le contesto.-, sólo ha sido un momento. Me calmaré. No quiero quedarme fuera de esto. Y aunque le esperaseis sabes que siempre es son mejor cuatro que tres.
- No si uno está más pendiente de disparar que de salir con vida.
- La muerte nunca me ha parecido atractiva.- Me acerco a ella.- Y si no recuerdo mal la última vez mi plomo fue de utilidad.
- Yo también recuerdo que si Terry no te saca de la maldita iglesia hoy no estarías bromeando con la muerte conmigo.- No le hace gracia y tiene razones. Recuerdo haber estado al límite.
- A veces pienso que quizás sería mejor dejarnos ir. Quizás entonces comprendamos porque dios permite que existan esas cosas. ¿Recuerdas lo que decía aquel libro árabe que tradujo Terry? “La locura de los cuerdos bien podría ser la cordura de los locos”.
- Nunca te creas lo que diga un enuco loco que lleva quinientos años muerto.- Responde enfadada.- No sabia que siguieras siendo creyente.
- Sigo creyendo que hay un dios, pero no tengo más fe que la que reside en nuestras manos.
- Yo ya no creo en nada.
En ese momento llega el camarero con las copas. Nadie dice nada mientras las deja tranquilamente sobre la mesa evitando mirar a Addy. Agradezco poder apartar los ojos de ella un instante. No me gusta verla preocupada, pero me gustaría menos dejar que fuese sola. Cuando estamos solos retomo la conversación.
- Con o sin fe, todos hemos estado al límite y todos volveremos a estar. Lo único importante es que podamos volver.
- Lo sé. Pero la última vez tu cruzaste la línea. Quiero que estés ahí con nosotros... conmigo. Te necesito, pero no quiero repetir la experiencia de hacerte volver. Si queremos enfrentarnos a esas cosas, debemos mantenernos cuerdos a toda costa, céntrate en lo que te importa, en dios o en tus recuerdos. Pero que sea efectivo.
- Sé lo que me importa,- La miro a los ojos.- y quienes me importan. Estaré a tu lado cuando las cosas se pongan feas. Te lo prometo.
- Eso nunca lo he dudado.
Sin duda piensa que me ha llevado demasiado lejos. Pero no es cierto. Los últimos meses he repetido una conversación parecida conmigo mismo. Y sólo existe una respuesta que me repito como un mantra cada día: No ceder nada, arrebatárselo todo hasta mi último aliento. Esa es mi única respuesta.
Doy un sorbo al whisky, creo que es bueno; o por lo menos no es vitriolo. No quiero verla preocupada, dejo el vaso sobre la mesa y me levanto para sacarla a bailar.
- Vamos muñeca. Ya basta de hablar de trabajo. Vamos a meternos en otro de los casos de Terry; así que prefiero bailar contigo a dejar calentar el whisky con una conversación deprimente.
La acompaño hasta la pista a distancia de perfume, he olido antes este perfume en otras mujeres, pero sobre su piel adquiere un tono que acaricia mis sentidos y calienta mi sangre. Cuando se acerca para bailar, siento su corazón palpitando sobre mi pecho. Deseo besarla aquí mismo y perderme en ella para siempre. Tan cierto como que no puedo hacerlo. Se lo debo a “ella”, me lo debo a mi mismo. La música acompaña nuestros pasos mientras intento atesorar este momento; debería sonar para siempre.
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