"Antes yo era como Miles,
un pringado delgaducho del que todas las tías se mofaban,
ahora estoy cachas y todas las tías se me quieren follar.
Que las respeten sus padres durante el día,
que yo las respetaré en la cama cada noche. Ja!"
(Jorge Andrés Pastor)
Una vez decididos a fisgonear en los archivos de seguridad sobre el asesinato, se dirigieron a la sala de mantenimiento informático dónde pasaban la mayor parte del tiempo, excepto cuando Jorge estaba en el gimnasio. La SI, como la llamaba Miles, era una pequeña estancia circular de no más de cuatro metros de radio por cuyo perímetro culebreaban un terminales y pantallas. En el centro destacaba un proyector holográfico que descendía unos palmos del techo con forma de semiesfera de cristal negra. Miles estaba muy orgulloso de la sala, puesto que lo habían diseñado según sus especificaciones técnicas; y ciertamente se movía como pez en el agua sobre su silla deslizable.
Durante cinco días seguidos trabajaron como ninguno de los dos lo había hecho en los últimos tres años. Mientras Miles preparaba el programa de IA para buscar la información relacionada, Jorge estudiaba la poca información adicional a la que tenía acceso mediante los permisos de administrador técnico de su compañero. Durante aquellas jornadas, prácticamente sólo salieron para buscar algo que llevarse a la boca a las horas que estaba programada la apertura del comedor. Aun así, cuando terminaron, el principal escollo seguía donde lo habían dejado: Los administradores de la Pinta i la Niña. Con ellos vigilando cualquier intento de acceso a un escalón superior del sistema sería inmediatamente detectado. Habían hablado durante las interminables horas de trabajo sobre aquello sin llegar a ninguna solución aparente. Jorge insistía en que no debían comunicarles sus intenciones, puesto que el número de personas que lo supiesen debía ser lo más reducido posible, mientras que Miles creía que los demás entenderían sus motivaciones y que quizás su ayuda les sería de utilidad.
Durante cinco días seguidos trabajaron como ninguno de los dos lo había hecho en los últimos tres años. Mientras Miles preparaba el programa de IA para buscar la información relacionada, Jorge estudiaba la poca información adicional a la que tenía acceso mediante los permisos de administrador técnico de su compañero. Durante aquellas jornadas, prácticamente sólo salieron para buscar algo que llevarse a la boca a las horas que estaba programada la apertura del comedor. Aun así, cuando terminaron, el principal escollo seguía donde lo habían dejado: Los administradores de la Pinta i la Niña. Con ellos vigilando cualquier intento de acceso a un escalón superior del sistema sería inmediatamente detectado. Habían hablado durante las interminables horas de trabajo sobre aquello sin llegar a ninguna solución aparente. Jorge insistía en que no debían comunicarles sus intenciones, puesto que el número de personas que lo supiesen debía ser lo más reducido posible, mientras que Miles creía que los demás entenderían sus motivaciones y que quizás su ayuda les sería de utilidad.
Fue en el quinto día, a unas horas del toque de queda, que Miles dio con una solución.
- El problema está en que no nos podemos permitir el lujo de que alguno de ellos detecte lo que estamos haciendo.
- Hay que alejarlos de la S.I.
- Es cierto. Si no hubiese toque de queda, podrías convencer a Gabriela para que despistase a Charles de la Pinta y accederíamos durante su horario.
- Eso ya lo hemos hablado – interrumpió Jorge. - Gabriela no puede saltarse el toque de queda sin llamar excesivamente la atención. Y todavía no estoy seguro de que realmente quiera implicarse en esto. Además, no podemos saber como reaccionaran las capitanas si detectan que hay gente que se salta el toque de queda.
- Lo sé. ¿Pero y si simplemente desviamos su atención? El problema realmente no es que estén en el C.I. Es que no sabemos si estarán monitorizando la red. Por lo tanto sólo debemos conseguir asegurarnos que no están haciéndolo.
- Bueno si, tienes razón pero sigo sin saber a dónde quieres ir a parar...
- Es que creo saber un modo de tenerlos ocupados a los dos durante unas horas. - Dijo, y mordió el sándwich que se habían traído de la cocina.
Jorge le miró durante un rato mientras masticaba sonriente durante unos eternos instantes.
- Como no lo sueltes te suelto yo un guantazo.
Miles rió, tragó y empezó a hablar.
- Verás, entre los buenos ingenieros de computación siempre casi siempre hay una cierta, y sana, competencia. Durante muchos años hubo muchos intentos de hacer competiciones al respecto pero todas fracasaron porque eran demasiado complejas de seguir y evaluar. Esto fue así hasta hace unas décadas cuando apareció “el juego de Ender”- Dijo todo emocionado, mientras Jorge le miraba con cara de esperar-dónde-iban-a-parar-todas-esas-tonterías.- El libro de ciencia ficción... - Seguía con esa mirada- Bueno, es igual, la cuestión es que ese programa, o compilador, permite competir a dos programadores en un entorno controlado y fácil de evaluar. Básicamente es algo parecido al “Logo” pero más avanzado y en tres dimensiones.- Ni “Logo”, ni “compilador” cambiaron la cara de Jorge.- Bueno, en palabras simples consiste en programar las acciones que van a hacer los avatares competidores en tiempo real. De este modo quién programa más deprisa y mejor obtiene unos mejores resultados en la simulación y vence al contrincante. El concepto en realidad es muy simple, pero la belleza está en la elegancia que toma el código cuando se ejecuta óptimamente y ves bajar la energía del contrincante. Ha, ha, ha, ha.- Ensayó su mejor sonrisa siniestra.
- O sea. Que piensas proponerles jugar una partida en red.
- ¡Oh, no seas vulgar! Cualquiera puede darle a un botón repetidamente hasta que el el otro caiga. No.- Sonrió como un alucinado.- ¡Esto es arte en movimiento!
- Lo que tu digas. ¿Pero, aceptarán?
- Seguro. En realidad existen dos normativas distintas, la Americana y la Europea. En el reglamento Europeo los jugadores puede empezar con librerías propias para las funcionalidades más básicas. Por lo que la programación basada en velocidad cobra menos importancia frente a la inventiva e idea de los programadores. Hasta ahora he jugado con Charles y Hans en esta modalidad; soy europeo y estoy acostumbrado a estas reglas. Y así, les he conseguido vencer la mayoría de las veces. Incluso a los combates a tres bandas, en los que ellos se han aliado contra mí. Por eso siempre han intentado jugar conmigo con el reglamento americano, en el que todo se debe programar en tiempo de juego. Y por eso estoy seguro de que van a aceptar cualquier día y hora que les proponga.- Dijo recostándose en la silla.- A que soy bueno.
Jorge lo miró un rato mientras pensaba si le daba un cascote o se reía en su cara. Lo cierto era que no tenía ganas de reír. Tanta tontería para nada.
- Buena, buena... No quiero chafarte tu gran aportación listillo. ¿Pero si tú estas ocupado jugando a las maquinitas, quién demonios va a entrar en el sistema?
La cara de Miles se le congeló un poco pero sin mucha sorpresa.
- Bueno... esa era la parte mala del plan que no te había dicho. Deberás hacerlo tu.
Jorge se quedó blanco.
- ¡Pero si no tengo ni idea de lo que debo hacer!- Exclamó.- Ni siquiera tú tenias idea de cómo hacerlo.
- Tranquilo, practicaremos con una máquina virtual y te explicaré lo que tienes que hacer. Son bastantes cosas, pero creo que puedo darte las herramientas de modo que hasta un mono pueda hacerlo.
- ¿Te doy? - Se lo miró un rato.- Creo que quieres ir a dar una vuelta.
Mientras Jorge se levantaba miles empezó a escaparse alegando que acababa de comer. Pero Jorge fue mas rápido. Agarrándole por las costillas con los brazos cruzados le dio la vuelta en el sitio sin que la cabeza de Miles tocase el suelo. De todas formas Miles acabo en el suelo medio mareado pero riendo junto a Jorge.
- Te lo dije, tonterías las justas.
- Vale, quizás me lo tenía merecido. - dijo mientras recuperaba el aliento.- Pero realmente creo que puedes hacerlo.
Andrés estuvo unos instantes pensando en si se sentía capaz de comprender aquello, o si estaba suficientemente motivado. Y se sorprendió del poder del aburrimiento cuando la idea de tener que ponerse a empollar le parecía una distracción aceptable.
- De acuerdo. Pero recuerda que deberás mantenerlos concentrados en el juego durante suficiente tiempo como para que pueda acceder a los ficheros.
- Si, estas partidas en si son mucho mas lentas que con el reglamento europeo, así que creo que podré conseguir una hora fácilmente. De todas formas tenía pensado hacer una pequeña trampa que espero que no se les haya ocurrido. Es un poco peligroso, pero no creo que me pase nada por hacerlo solo una vez.
Jorge esperó unos instantes a que se explicase, pero Miles empezó a hablar de todos los programas que debía terminar antes de ni siquiera pensar en poner en marcha el plan. Así que Jorge se despidió y se fue al gimnasio. Hacía varios días que no se pasaba y se sentía flojo. Decidió que debía intentar hablar con Gabriela, dejar enfriar los temas nunca era una buena idea. La había dejado incomunicada durante más de una semana, y probablemente estaría enfadada. Aunque tuviera una buena razón... o eso creía.
Tres horas después entró en la ducha seca para quitase el sudor del cuerpo. Tensó el bíceps frente al espejo que vestía la puerta de la unidad de lavado. Su cuerpo seguía tan fuerte como cuando salieron de la tierra, pensó sonriente. Quizá más, pues tenía más tiempo para ir al gimnasio. Aunque echaba de menos los batidos de proteínas que acostumbraba a tomar en casa para ganar volumen. Se encontró un nuevo músculo que jamás había visto en uno de sus brazos. Aquello le alegró, aunque descubrió que mucho menos de lo que le hubiese alegrado en la tierra. Ninguno de sus amigos de la tierra se hubiese imaginado jamás que él estaría más ilusionado con el descubrimiento de la forma de continuar con su plan de investigación, que con sus músculos. Y, realmente, eso era algo nuevo. Sólo unos meses antes estaba preocupado porque había perdido unos cuatro kilos de peso. Por lo que le había dicho la médico de la misión, con la que había pasado algún que otro momento feliz, la falta de una sobrealimentación de proteínas causaría una cierta pérdida de peso y del consecuente volumen. Como alternativa a los batidos le aconsejó que siguiese una dieta rica en proteínas. Al final la dieta de claras de huevo bajo en colesterol que se le había recomendado, habían dado sus frutos. Qué ironía, ahora que podía exhibir más su cuerpo, no había nadie a quien enseñárselo.
Se tiró sobre la cama. Dentro de unos minutos Gabriela acabaría su turno y entraría en el mundo virtual. Debía entrar antes que ella y buscar algún clérigo para que le mandase un mensaje a su terminal. Tumbándose sobre su barriga se colocó el bioconector en la nuca y lo activó. Inmediatamente empezó el eco de una cuenta atrás en la cabeza.
.10
Un potente sedante estaba entrando en su organismo.
.9
Diez segundos después se dormiría, según miles el conector era una forma de vida artificial que entraba bajo su piel mediante un pinchazo indoloro. Cortaba los nervios a nivel de la nuca para interceptar todas las señales.
.8
Más tarde, cuando todo el sistema motriz estuviese desconectado, el organismo se conectaba con los nervios de la columna uno a uno.
.7
Y empezaría a servir señales artificiales generadas por ordenador.
.6
Un minuto más tarde despertaría en Camelot, que era el nombre de la ciudad...
.5
....
...
..
.
... Sin dolor, ni amodorramiento. Nunca había sabido si su cuerpo seguía durmiendo o había despertado con él. Poco importaba, puesto que de todas formas, no lo notaría.
Se deshizo de la innecesaria manta que cubría su cuerpo y se dirigió al armario de la habitación. La rojiza luz que penetraba por entre los portones de la ventana le indicaba que había llegado al atardecer. Se vistió con su ropa de caballero y se ciñó al cinto la espada mientras se dirigía a la puerta.
Descendió las rechinantes escaleras de madera de la posada hasta encontrarse con el habitual posadero rechoncho. Joffre creía recordar. Éste le preguntó amablemente la duración de su estancia. Deteniéndose para no parecer descortés con el ser virtual, había llegado a apreciar aquella parafernalia innecesaria, le respondió que apenas requeriría la habitación por una noche. Después, le dijo que deseaba encontrarse con una dama llamada Catherine Marceau.
- Se lo diré si se pasa por la posada señor Janus.- Respondió mientras se limpiaba sus regordetes dedos en el siempre sucio delantal.
Con un agradecimiento se despidió del orondo mesonero y salió a la calle. Tras observar el nombre de la posada, dibujó mentalmente un mapa de la ciudad y la dirección que debía tomar. Se encontraba lejos de la catedral, pero había una pequeña iglesia de San Agustín unas pocas manzanas al sur. Así que se encaminó con calma, perdiéndose entre la agitación de la estrecha calle, vestida para la llegada del otoño con la aterciopelada luz del atardecer sobre la nieve. Cuando subió por las escaleras de la iglesia, la luz del crepúsculo apenas iluminaba ya la cruz del campanario. La noche caía en forma de manto gris en esa ciudad, pues en el juego la oscuridad nunca era total. Pensó que sería divertido ver a un montón de jugadores entrar a jugar para encontrarse dando tumbos sin rumbo en una oscuridad total. Dedujo, sonriendo para si, que las primeras pruebas al respecto que debieron hacer no saldrían muy bien...
El altar estaba cubierto de oro gastado por el tiempo y la sala, que apenas había sido iluminada por unos escasos candelabros, parecía filtrar una luz blanquecina a través de las paredes de mármol. Nunca había sabido si era intencionado o un error, pero el efecto seguía siendo bonito. Sin detenerse a admirar aquella belleza artificial, se acercó al capellán que en aquellos momentos yacía arrodillado frente al altar en uno de sus eternos rezos.
- ¿Discúlpeme padre, tenéis un momento para atenderme?
El hombre de avanzada edad- siempre lo eran- se incorporó con dificultad y le miró con aquella fría mirada artificial.
- ¿En qué puedo servirte hijo mío?
- Soy Janus de Ítaca. Debo encontrarme con una mujer, pero no se dónde se encuentra. Y había pensado que quizás usted podría traerla aquí.
Después de la conversación de rigor con el anciano, éste volvió a arrodillarse en una plegaria para que Gabriela se personase en la iglesia. Tendría que esperar un rato, de modo que se sentó en uno de los bancos de austera madera increíblemente cómodos. No lo hizo por cansancio sino por costumbre. De hecho estaba tan cómodo sentado como derecho.
Cuando creía que ya no aparecería se formó un cilindro de luz al lado del altar. Una figura femenina se materializó dentro y la luz se extinguió dejando la sala con el mismo fulgor blanquecino de las paredes. Se despidió sin mucha atención del clérigo que se estaba presentando, mientras buscaba algo en la sala. No tardó en encontrarse con la mirada de Janus sentado abiertamente en el lateral de uno de los bancos. Se miraron unos instantes, en los que él intentó adivinar su estado de ánimo. No le hizo falta mucho, los hombros de ella se tensaron cómo un erizo sólo con verlo. Se levantó y fue a su encuentro pensando en la bronca que le esperaba. Mientras se acercaba sopesó el hecho de omitir el enfado besándola en los labios como si se hubiesen visto el día anterior. Rápidamente la idea fue descartada en favor de un casto beso en mejilla a modo de disculpa. Frente a ella, cuando vio claramente su rostro la posibilidad de cualquier clase de beso se esfumó. Sus ojos refulgían de esa manera que no se pueden ignorar, sabía que los avatares tenían límites en su expresividad pero habría jurado que la mandíbula se le marcaba en aquel rostro de marfil.
- Lo siento.- Probó, sabiendo a ciencia cierta que no bastaría ni de lejos. Lo cierto es que le sabía mal verla así. Gabriela le caía mejor que la mayoría de mujeres con las que se había acostado desde que partieran de la tierra.
Ella le examinó con una mirada de desprecio que dolió más que cien agujas. Quiso abrazarla y disculparse, pero estas cosas no funcionaban ni en las películas. No era momento de abrazos. Si solo hubiese mostrado enfado habría sido fácil de ignorar. Pero le pareció que se había producido una desconexión. Le recordó a él mismo cuando decidía que una relación era demasiado complicada para continuar. Y no le gustó. Lo cierto era que le gustaba pasar el rato con Gabriela. Se podía hablar con ella, cosa que normalmente no hacía demasiado con las otras mujeres. Por lo general habría desechado la relación y se habría lanzado a otra; pero decidió intentar recuperarla. Y no por la posibilidad de volver a acostarse con ella, sino por que quería continuar viéndola.
- Lo siento.- Intentó de nuevo.- Estuve trabajando hasta tarde y siempre se me pasaba la hora. Hasta hoy no he tenido tiempo de conectarme.
Silencio.
- Verás. ¿Te acuerdas de lo que comentamos el otro día sobre el asesinato?
Silencio. Mierda. Aquello resultaría más duro que derribar una pared de hormigón con un martillo manual.- ¡A picar piedra! - Pensó.
- Pues bien con Miles hemos decidido investigarlo por nuestra cuenta. Llevamos una semana encerrados intentando idear un plan para poder entrar en los archivos clasificados de la Pinta.
Silencio. Se estaba haciendo la piedra. Eso era malo cuando intentabas beneficiarte a una mujer en la discoteca, básicamente era casi un indicativo que podías ir buscándote otra. Pero con una mujer a quien ya te has beneficiado era mucho peor.
- Es cierto.- Quizás con una táctica de aceptación, a Miles decía que le funcionaba.- No tengo ninguna excusa. - ¡Qué hacía utilizando una táctica de Miles!- Debí haberme conectado o enviado como mínimo un email. Pero realmente han sido unos días muy largos, y nunca nos hemos enviado ningún email, no sabía si teníamos esa confianza... Sé que no es excusa...- Silencio. Era estúpido pensar que las tácticas del pequeño depresivo le servirían para algo más que para hundir definitivamente una relación. Jamás debió escuchar sus consejos idiotas...
- Qué excusa más infantil.- Habló finalmente.- ¿Realmente no tienes nada mejor que decir?- Quédate quieto y pon cara de lo-siento, pensó Jorge.- Es igual. Esto ha acabado. Es difícil mantener un “algo” de éste modo.- Dijo mientras abarcaba la sala.- Pero si encima tengo que quedarme plantada durante una semana esperando alguna noticia de alguien cuya máxima preocupación es haber levantado cuarenta o cincuenta kilos en el gimnasio, creo que no vale la pena.
Pensó si esa mujer leía la mente. Pero descartó la idea, claramente sus historias del gimnasio no habían sido muy bien venidas, ni tan siquiera cuando la veía diariamente. Pero de algo tenía que hablar con ella, y la verdad era que no tenía paredes que edificar. Bueno, el mensaje había sido claro, que lo único por lo que valía, era porque estaba allí cuando otros no. Pero por lo demás, su conversación era aburrida para ella. Podía vivir con eso. Se lo habían dejado claro demasiadas veces en los primeros meses del viaje. Si creía que de aquel modo le frenaría, estaba totalmente equivocada.
- Entonces porqué has venido.
Tardó un instante en reaccionar. Estaba pensando qué decir, no se lo había preparado, y le estaba dando inconscientemente una oportunidad de tenerla con la guardia baja.
- Por que quería oír tus disculpas.
- La verdad. No lo entiendo. ¿Porqué te importan mis disculpas, si realmente no te importo nada y te aburre mi conversación?
Más titubeos, definitivamente estaba encaminando la discusión hacia dónde le interesaba. Evidentemente, por algo se había acostado con más de trescientas mujeres.
- Sinceramente, no creo que tengamos una relación puramente física. Y es por eso que has venido hoy. Creo que realmente no quieres que termine, y yo tampoco quiero que termine. - Por descontado, si alguna vez debía terminar, sería él quien lo hiciese y no ella.
El rostro de ella se relajó y lo miró con una extraña mirada. Casi como... ¿sorprendida? Eso desconcertó un poco a Jorge. Después se suavizó y se convirtió en preocupación; pero un atisbo de sonrisa, casi imperceptible, se asomó por sus carnosos labios.
- No lo sé... No puedes dejar olvidada a una chica durante una semana sin que sepa nada de tí. Las cosas no pueden funcionar así. ¿Crees que esa es forma de tratar a alguien a quien quieres?
Fue como si el disco se hubiese rallado de golpe. ¿Querer? Cuando había dicho algo así. Había sido MUY cuidadoso en no dejar ir “la palabra”. Todo se volvía mucho mas complicado cuando “la palabra” flotaba en una relación. Pero de alguna forma había dejado a entenderlo. Se bloqueó intentando recuperar toda la conversación y analizar cuando podía haber metido la pata, era algo importante. Ella lo miró durante unos instantes, mientras él titubeaba como un niño al que hubiese cogido con las manos en bote de caramelos. Apartó la mirada de ella buscando algo para ganar tiempo y llevar esa conversación a algo que pudiese controlar mejor, sin perder lo que había conseguido hasta ese momento.
- Puede que tengas razón... Verás... a veces las cosas se aceleran de forma que es difícil saber lo que uno siente y lo que no... Bueno, nos lo pasamos bien juntos y eso es importante...- Por la cara de ella, sus intentos estaban estropeando más que arreglando, así que se acercó a ella hasta la distancia del beso.- Quiero decir que no deseo dejar de verte, no nos conocemos desde hace tanto pero formas una parte importante de mi vida, creía que teníamos confianza suficiente para que... bueno, no vernos durante unos días si uno de los dos tenía trabajo.
Se quedaron un momento mirándose a los ojos. Ella todavía tenía el ceño fruncido, aunque ya no era de enfado. Sus ojos se habían entrecerrado y, aunque sabía que el calor del cuerpo de ella era siempre igual en ese mundo, le pareció que desprendía más del normal. La rodeó delicadamente con los brazos por la cintura.
- Si la confianza sirve para esto prefiero no tenerla.- Susurró.
- En mi país siempre se ha dicho que la confianza da asco.- Ella puso cara de disco rallado.- Pero sin confianza no puede haber cariño.- Dijo mientras le acariciaba la mejilla.
Lenta y delicadamente cogió su mentón para levantarle el rostro. Ladeó su propia cabeza y acercó sus labios a los de ella. La besó sin prisa, encajando los labios con la perfección que sólo la práctica y el cariño podían dar. Tubo cuidado de que fuese tierno y húmedo. Ciertamente no era la misma sensación que en la realidad, era imposible que lo fuese. Pero Jorge tubo la certeza de que se había aproximado razonablemente bien a lo que quería transmitir. De todas formas no pudo evitar un punto de rabia en los recovecos de su mente por no poder sentir el calor real de ella, y por no poder hacerle sentir a ella lo que deseaba que sintiese. Después del largo beso ella hundió su dorada cabellera en su pecho.
- Vale. Podemos continuar viéndonos...- Le susurró. Se separó un poco, sin llegar a soltar su abrazo y le miró a los ojos.- Pero no vuelvas a dejarme a la estacada durante tanto tiempo.
El sonrió, y puso cara de culpabilidad. Le había gustado ese último beso, la verdad era que se había alegrado de volver a abrazarla y besarla. Y pensó que quizás todavía estaba cerca del precipicio.
- ¿Si quieres, dejo el tema de la investigación?- Mientras lo decía se dio cuenta de que estaba hablando demasiado. En realidad no quería, ni pensaba, dejarlo. El beso de unos instantes antes había sido el mejor recordatorio existente de por que empezó. Quería terminar con toda esa tontería carcelera de la separación de sexos.
- No. Me gusta que tengas algo que hacer. Pero quiero que me mantengas informada. Si a ti te interesa a mi también.
Jorge la miró desconcertado. Era la primera vez que una mujer le invitaba a hacer algo que le quitaría tiempo a ella. Entonces tubo la certeza de que si en vez de tratarse de investigar con Miles se tratara de conseguir levantar cien kilos la respuesta no sería la misma. En cierto modo era un insulto. Pero decidió que no era su intención. Así que lo dejó pasar. La volvió a besar y entonces se percató de que todavía se encontraban dentro de la iglesia. El padre seguía observándoles con sus ojos vacíos a la espera de que se dirigiesen a él. Y aquello le incomodó. Nunca había sentido incomodidad ni pudor en besar a alguien, o cosas peores delante de otra gente. Pero la mirada sintética de aquello con forma de cura, podía con él.
- Esa cosa hace que se me erice el pelo. Vayamos a otro sitio.
Pero ella no se movió.
- Lo cierto es que tengo trabajo. Mi turno va a empezar dentro de unos minutos. Me gustaría quedarme, pero no creo que la capitana lo entendiese.
Él sonrió. Y la imaginó dormida en su camarote. Desnuda sobre su cama, con una sábana cubriendo estratégicamente las partes más delicadas de ella. Si hubiese estado en el mundo real, habría despertado lo único que no podía despertar en ese mundo.
- Supongo que tendrás que darte una ducha y vestirte... Ya te imagino desnuda andando por el camarote mientras te vistes para el trabajo...
- Siempre has sido un pervertido... ¿Además, como puedes imaginarme si no sabes como soy? ¿Has pensado que quizás sea vieja y fea?
- No necesito saber como eres para imaginarte. En esta nave las únicas viejas son las capitanas. Y tu no puedes ser fea.
Ella sonrió y lo volvió a besar con pasión. Una promesa pensó él. Una promesa que sólo podría ser cumplida cuando llegasen a su destino. Varios kilómetros de distancia separaban sus cuerpos. Aunque sus mentes estuvieran juntas.
- De verdad, tengo que irme. Me gustaría quedarme, pero es tarde.
Se separó de él y le sonrió mientras la misma luz con la que había llegado bañaba su cuerpo.
- Piensa en mi.- Dijo antes de desaparecer.
Cuando nada quedó de ella, volvió a mirar al padre.
- Todo es culpa tuya corazón de ojalata.
El personaje le miró sin comprender. No había ninguna respuesta preparada para eso. Había detectado que se dirigían a él pero no podía descifrar el mensaje. Así que respondió una frase comodín.
- ¿Qué te preocupa hijo?
Jorge salió sin ni siquiera mirarle. Fuera, ya había anochecido. El sonido de sus botas sobre la nieve le acompañó por las calles ahora vacías. Pensó sobre lo que había sucedido. De algún modo había acabado diciéndole que la quería. Aunque nunca dijo la palabra. Podía agarrarse a eso, pero sabía que eso no servía de nada. “La palabra” era peligrosa no por lo que significaba, sino por el efecto causado. Aunque no fuese pronunciada, dejar la sensación que había sido dicha, era lo mismo. Evidentemente si lo hubiese dicho sería peor, pero no mucho.
Analizándolo todo no supo decir si había ganado o perdido la discusión. Por un lado había conseguido seguir con ella, que era lo que quería, pero por otro la relación había hecho un salto gigantesco hacia delante. De “nos lo pasamos bien juntos” a “estamos saliendo y te quiero”. No sabía si se sentiría cómodo con eso.
Aunque reconocía que el beso y lo que había sentido al abrazarla le había gustado. ¡Rayos! Se estaba ablandando. Sólo era cuestión de tiempo que le dieran.
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