El "how to" de yo y mis ellos

Dado que algunos no entienden muy bien el funcionamiento de este blog, diré que no se trata de un blog. Es cierto, se pueden comentar las "entradas". Pero las "entradas" son capítulos; de modo que se deben leer en el orden correcto. Dada la idiosincrasia de la herramienta usada, el capítulo presentado es la última entrada; de modo que si quieres empezar un libro nuevo debes ir las etiquetas y seleccionar el libro; así podrás ver todos los capítulos colgados.

domingo, 1 de agosto de 2010

Crónicas de Jones Murray: El final - Capítulo 1: "Combustión espontánea" (1)

La ciudad, despertaba cada día a las siete de la mañana. Con un bullicio no visto desde antes de la guerra. Los monorraíles y autobuses cobraban vida, las venas de la ciudad se poblaban de coches y gente que se desplazaba para trabajar. Hacía un buen día cuando Jones salió, el cielo azul estaba poblado de nubes blancas arrastradas por vientos del este. Era un buen día, probablemente no llovería pero el tiempo podía cambiar rápidamente y los pobladores de la ciudad siempre llevaban el paraguas consigo. La mayoría de gente se desplazaba en transportes públicos. Los coches eran caros y todo lo que había fuera de la ciudad estaba demasiado lejos para ir por tierra. 

El viejo coche de Jones circulaba tranquilamente por la carretera hacia el centro mismo de la ciudad. Por encima de él las calles estaban repletas de ciudadanos camino de sus trabajos y el monorraíl cruzaba los cielos silenciosamente. Podría haber ido por alguna de las numerosas autopistas subterráneas, pero hoy no llovía y su coche ya no podía circular a la velocidad media de la autopista. En el centro los edificios se erguían hacia el cielo como el orgullo de la humanidad y aunque las calles eran anchas, su sombra las cubría como un manto protector de los horrores del exterior y los viejos temores de los refugios.

La casa de Jones estaba hacia las afueras, en una zona residencial dónde los grandes edificios sólo eran unas siluetas en el horizonte. Le gustaba ver el sol cuando las nubes se lo permitían. A Addy le gustaba el sol, decía que le recordaba que no todo era oscuridad. Quizás era por ella, o quizás comprendió que su corazón ya vivía en la penumbra. Fuese como fuese, no quería estar bajo esos mastodontes de hormigón.
El edificio gubernamental elevaba su inmensa masa de cemento reforzado como un eterno vigilante sobre la ciudad. Albergaba las centrales de todas las fuerzas de seguridad, el alcalde y el consejo mundial. Estaba construido como una auténtica fortaleza; las paredes exteriores de tres metros de ancho apenas tenían unas pocas troneras estrechas con cristales blindados. Cada cinco plantas las esquinas se poblaban de búnquers armados con lanzacohetes y ametralladoras. Y en el tejado había de un helipuerto con un par de helicópteros de combate. Toda la defensa estaba al cargo del todopoderoso CCA, casi por encima de la ley, su misión era proteger a la ciudad y al consejo de cualquier anomalía o entidad superviviente de “la guerra”. Para ello, disponía de varias secciones; desde inteligencia a fuerzas especiales e incluso de un batallón entero con su propia compañía acorazada por si la amenaza superaba la intervención quirúrgica.

El coche de Jones se paró en el primer control frente al muro exterior. Mostró su identificación aunque le conocían, y continuó por la carretera de cien metros hasta la entrada del parking subterráneo. Un cartel antes de la entrada avisaba de que era sólo para el personal autorizado y se invitaba a los demás a desviar-se hacia el de superficie. Para el segundo control detuvo su coche en el túnel de resonancia y salió para el análisis biométrico. Mientras su coche era escaneado y comparado con los registros anteriores le verificaron la firma ocular y digital. El control del parking era el último, bajó hasta el tercer sótano y aparcó en su plaza dejó las llaves puestas y se encaminó hacia el vestíbulo apenas a unos veinte metros. Había una docena de montacargas que descendían hasta el parking. Cuando las puertas se abrieron dos jóvenes de unos veinte años salieron de él. Vestían el uniforme del CCA, sección de infantería, se cuadraron inmediatamente, aunque él no era su superior. Casi todo el personal del edificio conocía o había oído hablar de Jones Murray, el hombre eterno, la leyenda viva. Aunque muy pocos se atrevían a dirigirle la palabra. Les devolvió el saludo con un movimiento de cabeza y subió al ascensor.
Cuando las puertas se cerraron torció el labio. Demasiado jóvenes pensó; aunque infantería era un buen destino. Con suerte podrían pasar su vida vigilando el cielo desde algún bunker elevado; si no era tan buena, verterían su sangre en algún campo perdido de las afueras de la ciudad para proteger una cosechadora automatizada. La guerra había la muerte en poco más que una farsa aborrecible. Era la última victoria de los errores de dios, su última broma macabra desde el infierno. 

Ascendió hasta el piso 132 dónde se encontraban sus oficinas. Al lado de la puerta había un cartel metálico “CCA, departamento de investigación”. Su sección era de las más pequeñas, apenas contaba con veinte personas. A Jones nunca le habían gustado los grupos grandes. Era incapaz de controlarlos, y le gustaba conocer a todos los miembros de su equipo. Pasó por delante de dos jóvenes con pinta a novatos sentados al lado de su despacho. Dejó el sombrero y la gabardina en el perchero de su despacho y antes de poder sentarse apareció Roger con un café en las manos. El teniente habría sido un buen defensa si durante la guerra se hubiese jugado a fútbol, le sacaba una cabeza a Murray, su espalda era ancha y sus puños eran como martillos. Sus brazos todavía guardaban la fuerza de la juventud aunque la espesa barba blanca recordaba que ya hacía mucho tiempo de eso. Lucharon juntos cuando apenas pasaba los veinte, y desde entonces había seguido a su lado. Cerró la puerta del despacho y le saludó mientras le pasaba una taza de café.

- ¿Qué hacen esos dos novatos al lado de mi puerta?

Carlwright sonrió y cerró la puerta. Cada vez era igual, pero no quería que los novatos le oyeran; era malo para la moral.

- Sabes que tenemos que sustituir a Carlos y Jim.

Era cierto, lo sabía, pero no le gustaban los cambios. Siempre fueron a peor. Aunque reconocía que el equipo se había debilitado con dos miembros menos.

- Carlos todavía está vivo. Sólo necesita tiempo. Se los doctores han dicho que se puede salvar.
- Carlos está como una chota. Lo más probable es que nunca se recupere. Ya lo hemos visto antes. Los centros de rehabilitación están a reventar, lo hincharán de drogas y se lo sacarán de encima tan pronto como puedan. Pero no será más que una bomba de relojería andante.
Jones se sentó y cogió el carnet que tenía encima de la mesa desde hacía dos meses. “Carlos José Antonio Santiago” siempre le divirtieron los largos nombres hispanos, inspector, CCA. Había sido una investigación como cualquier otra, sin humanos implicados, un grupo pequeño de criaturas con un nivel de riesgo moderado; todo normal. Tan normal que las estadísticas se cumplieron: Diez por ciento de bajas al año. Jim no fue suficientemente rápido para esquivar el zarpazo, a Carlos lo atraparon. El informe había sido muy largo para algo que se podía resumir en dos frases. Pero bien merecían el tiempo, y el gasto en papel.
- Lo sé. La guerra se acabó, vencimos.- Dijo con sarna.- Ahora hacemos “operaciones quirúrgicas”, encontrar y destruir.- Calló un momento.- Pero esas cosas siguen ahí fuera.

- Y nosotros exterminándolas.- Terminó Roger. Se sentó en la silla de delante de la mesa y lo miró unos instantes en silencio.- Dime, ¿porque te apuntaste al CCA, si es evidente que te sentirías más cómodo dirigiendo los escuadrones de limpieza? Yo te habría seguido sin dudarlo, y muchos otros de aquí.

Dejó el carnet y miró a Roger a los ojos. 

- “Y si llegan extraños tiempos, incluso la muerte puede dejar de existir”.- Recitó.- Los viejos tiempos jamás volverán. Con sangre compramos tiempo unos años, una decena o quizás un centenar. Desean la tierra y sólo dios sabe porqué. Tarde o temprano encontrarán la forma de volver, y cuando lo hagan, ¿Dónde crees que golpearán primero?

- Te conozco desde hace demasiados años para desconfiar de ti. Soy demasiado viejo para pensar en una familia, y lo único que deseo es morir sabiendo que he comprado algo más de tiempo para la humanidad. Pero no todos aquí te conocen tantos, ni todos han renunciado a la esperanza.

- Por eso te lo digo a ti y no a ellos.- Interrumpió Jones sonriendo.- Deberías ser tu el capitán, lo de liderar nunca ha ido conmigo. Soy demasiado viejo y demasiado realista.

- Gracias, pero has sido un gran líder desde que te conozco.- Su barba se crispó en una sonrisa.- La gente te sigue por que prefieren obedecer tus órdenes a morir dirigiéndote. 

- Pero la gente sigue muriendo a mi alrededor.- Dijo entristecido. 

- Te aseguro que la esperanza de vida cerca de ti aumenta. No recuerdo las veces que me salvaste la vida. Y sin ti, el “Arcano” jamás habría funcionado.- El rostro de Jones se oscureció y a Roger le pareció que hurgaba en una vieja herida. 

- Bien, tenemos trabajo.- Dijo desviando el tema y un poco de mal humor.- Tienes razón con que hay que sustituir a los caídos. ¿Qué me ha traído Wong?

Carlwright no entendía por que al capitán no le gustaba hablar de su mayor victoria. Sin embargo había aprendido a dejarlo pasar, no era bueno cabrearle. A los hombres viejos les cuesta perdonar. Señaló los dos informes que había sobre la mesa.

- Te he dejado un informe con todo su historial- Jones los miró sin ganas de leerlos.-, pero te haré un resumen. El hombre es: Wolfgang Berg. Hasta ahora formaba parte del equipo de choque de la policía. Antes de entrar en la ciudad estuvo en el ejército haciendo limpieza. Se le ofreció la oportunidad de venir y se apuntó. Fue uno de los primeros de su promoción. Lao dice que es todo un nervio. Supongo que se tratará de la juventud.- Intentó bromear.- La otra es Noah Lemoine, llega directamente del refugio de Senneterre, en el antiguo Canadá. No sabemos mucho de ella, excepto que en su refugio estaba considerada una buena cazadora, dispara bien y que a Lao le gustó. Si no recuerdo mal, dijo algo así como “muy equilibrada”, no sé cómo tomármelo.- Eso arrancó una sonrisa a Jones.

- Es su mejor recomendación en mucho tiempo.- Dijo sorprendido.- Hay una razón por la que él escoge los candidatos. Todo el mundo puede ver una puntuación de un examen de tiro. Pero no todo el mundo puede ver como es una persona en una entrevista.- Abrió y hojeó el informe de la chica con interés.- Y deja de llamarle Lao, que no es ningún nombre.

- Ya, pero a mi me gusta y es más fácil que Sun Yan-sen. Él nunca se ha quejado.- Esperó a que Jones terminara de hojear los informes mientras terminaba la taza de café.

- De acuerdo, pásale el novato a Julian. De la chica me encargo yo. Tengo curiosidad para ver lo “equilibrada” que está.

Roger lo miró sorprendido. Se había quedado sin palabras. Por primera vez, Jones había hecho algo realmente inesperado.

- Esto puede parecer un poco de favoritismo. Quiero decir que va a crear envidias en el grupo. Nunca has tratado directamente con los novatos.- Murray lo miró sin comprender.- La gente va a pensar que has visto algo que te gusta...

- Si alguien cree que no le dedico la suficiente atención, o que tiene tiempo para hacer correr los rumores, envíamelo. Seguro que le puedo encontrar algo que hacer.

- Sabes que eso no detendrá los rumores.

- No. Pero transmitirá correctamente mi afecto por todos ellos.

- Cómo quieras.- Roger se levantó riendo y se dirigió a la puerta.- ¿Les hago pasar ya?

- Si. Terminemos con esto. 

Abrió la puerta y llamó a los dos novatos. Entraron y se quedaron derechos esperando a que Jones hablara. Los dos estaban nerviosos y en tensión. Miraban al frente pero intentando ver de reojo a la leyenda viva. Siempre era igual.

- Mírenme, no estamos en el ejército. Soy el capitán Jones Murray y el hombre a su lado es el teniente Roger Carlwright. Se que mucha gente cree que soy una leyenda, y hay mas rumores corriendo acerca de mi que granos de arena en el desierto. Pero deberán trabajar conmigo, así que vayan acostumbrándose. Para los que vienen del frente como los que no- dijo mirando a Wolfgang.-, esto no es un unidad de limpieza. Estamos en una ciudad, y la prioridad es hacer nuestro trabajo con el mínimo de bajas civiles y destrozos. Nos dedicamos a investigar y cazar. Sé que lo habrán leído en algún sitio, pero siempre es bueno recordarlo. También sé que antes de presentarse voluntarios, han visto la media de bajas del CCA. No me pregunto porque están aquí. Cada uno tiene sus razones y le pertenecen a el solo. En algún momento a partir de hoy desearéis haber escogido cualquier otro destino, y os presentaréis en este despacho para darme la carta de dimisión. Como he dicho no estamos en el ejército. La aceptaré, os enviaré a casa y la guardaré en el cajón durante unas semanas. Por que os aseguro que unos días después de salir por la puerta os arrepentiréis. Todo el mundo acaba recordando porque empezó. Y si la razón es la correcta, volveréis a aquí para quedaros. Esto es lo que os aguarda. Espero que estéis a la altura. No me decepcionéis hijos.

Esperó unos instantes para que meditasen sobre lo que les había dicho. Y observó sus reacciones. Evidentemente habían escuchado la mitad. Estaban demasiado nerviosos para atender. Pero algunas cosas ya habían llegado. Y esa noche reflexionarían, sin recordar muy bien, lo que había dicho.

- Ahora el teniente les llevará a sus respectivos despachos.

Con un ademán Roger les invitó a seguirle y salieron del despacho. Jones se los quedó mirando mientras se marchaban. Después, cogió el carnet de Carlos, se lo miró un momento más. Después abrió un cajón, estaba lleno de ellos, los observó con detenimiento leyendo los nombres uno tras otro. A algunos casi ni los conocía, otros habían sido compañeros durante años. A todos les echaba en falta. Lo colocó lentamente debajo del último nombre: Jim Banffshire; y cerró cajón.

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