El anciano estaba sentado en el suelo, con las piernas cruzadas. El valle de Luang fou se extendía a sus espaldas reflejando el cielo sobre los campos sembrados; a lo lejos, casi donde se perdía la vista, se podía divisar el bosque de los hombres altos, cuyos árboles se decía que rivalizaban con las montañas. El viejo, vestido con una túnica roja, hablaba con los ojos cerrados, con un ritmo pausado, con su voz agrietada por los años. Contaba una antigua leyenda, de cuando el templo no existía, y el telar de los dioses no había terminado todavía el mundo. Cinco niños de apenas siete años escuchaban atentamente al anciano de cabeza rapada.
-...y así, abrazados, anduvieron durante... -El hombre calló al escuchar los pasos que se acercaban. Habían pasado años desde la última vez que oyó ese caminar, pero jamás olvidaba el sonido de alguien.
-¿Qué más pasó anciano Yuen?- Preguntó ansioso uno de los muchachos. Otro niño le susurró a su compañero que quizás se hubiese vuelto a dormir.
Pero el anciano estaba bien despierto. Tanto como lo podía estar a su edad.
-Ya has regresado de tu viaje. Galawar. -Dijo aún sin abrir los ojos.
Un hombre apareció descendiendo por un estrecho camino que conducía a la cima del monte. Medía por lo menos seis pies de altura y vestía unos pantalones abandonados atados por una faja deshilachada que se adivinaba bajo lo que parecía que una vez fue una túnica. Entre la mugre todavía se distinguía el rojo de lo que una vez había sido el hábito de un monje. Toda la vestimenta estaba llena de arañazos, sucia y desgarbada; en sus hombros anidaban los restos de lo que podría haber sido un nido de aves y su piel estaba tan marrón como el suelo que pisaba. Una larga barba oscura y enredada descendía hasta su cintura. Y el pelo le caía sobre los hombros entrelazado con hojas y ramas. Lo único libre de polvo y suciedad eran unos vivaces ojos azules como el cielo de verano.
-Sí. -Respondió.- Atrás quedó el camino, con las dudas y los miedos. De él sólo regreso yo. Mi meditación terminó.
-¿Qué es esto de la meditación, sifu? -Preguntó una niña.
Galawar vio un destello de pena en la indómita faz del anciano. Y sabía porqué. En sus años pasados, cuando éste era joven, era uno de los aspirantes a dragón de oro. Pero su deficiencia en los ojos le jugó una desgracia. Por aquel entonces aún podía ver las sombras del mundo, y un grupo de alumnos le asaltaron a modo de juego mientras él meditaba. Creyendo que era atacado por un grupo de enemigos, actuó rápido y certero; no mostró piedad. Cuando la tormenta cesó, se percató de su error; ya era demasiado tarde. Los alumnos estaban muertos y él jamás volvería a practicar las artes marciales. Nadie le acusó de nada pues todos comprendían que había sido un infortunado accidente, pero él renunció a ser maestro del Yan y decidió ser maestro en sabiduría.
-En la vida de un hijo del dragón hay cuatro etapas: de los 5 a los 7 años se enseña historia y filosofía, a esta etapa la llamamos “Etapa de preparación”. A partir de los diez años se enseña el arte de la lucha, a esta la llamamos la “Etapa Yan” y finalmente está la “Etapa Yin o de meditación” en que se equilibra el espíritu para poder llegar a caminar por la senda de la definición. El resto de la vida es la búsqueda de la perfección de aquello que uno ha aprendido. Sólo después de la etapa de meditación el monje ya está preparado para salir del templo si así lo desea. Pero esto formaba parte de otra clase, Jing. -Respiró profundamente.- Me estoy haciendo viejo, y siempre me hacéis hablar de más.
-Lao Yuen, siempre ha sido demasiado viejo para guardar silencio -Dijo el hombre que había bajado dirigiéndose a los niños.-. O demasiado hablador para envejecer.
Los niños rieron de buen gusto. Y el anciano refunfuñó sin enfado alguno.
-No me los alborotes! Cuando llegues a los ochenta años veremos si eres tienes tantas ganas de bromear con la vejez.
-Yo no pienso envejecer sifu. -Respondió con voz cansada.
-Ningunos ojos puede salvarte de la vejez, recuérdalo. La muerte es el verdadero vínculo que hermana todas las razas. -Respondió intentando levantarse.
Galawar se apresuró a ayudarle sonriente.
-Gracias joven. Ya no soy capaz ni de levantarme del suelo. Mi cuerpo me pide un descanso, demasiados años para estos huesos. Además, estos chicos cada vez son más curiosos; es difícil controlarlos.
-Puede que tu seas el que está cambiando y no ellos. -Respondió mientras lo acompañaba por en el descenso hacia el templo.
Los chicos se levantaron con una muestra de sobradas energías y se echaron a correr camino abajo. La joven curiosa se paró un momento para mirar a los dos adultos pero los gritos de los otros niños eran una llamada que la curiosidad no podía apaciguar.
-Has pasado tres largos años en tu viaje. No recuerdo que ningún hombre haya estado tanto tiempo. No fuera de las leyendas. Creíamos que habías perecido, incluso se habló de celebrar tus exequias.
-Casi había olvidado el afecto que me tienen algunos. Aprecio sinceramente tan desinteresada preocupación.- Dijo con sorna.- Supongo que resultaba muy conveniente.
El anciano se detuvo un instante
-Sigues enfadado.
-No. -Respondió aspirando el aire de la montaña. -Sólo es un acto reflejo.
-Las heridas no cierran fácilmente. Pero es cierto que gozas de más contención.
Y continuó andando el descenso.
-Ha sido difícil. -Afirmó.
-Siempre lo es. Pero cuando el tigre corre por tus venas, es difícil de dominar.
-Si. Por momentos creí que me perdía en la paz de la montaña, en otros que no podría aguantar un instante más. No sé si he llegado a estado de gracia, pero he podido encontrar la paz y con ella he tomado una decisión.- hizo una pausa.- Me iré.
El anciano abrió los ojos mostrando sus circulos color blanco azulado que se encontraban en lugar del iris. Después los cerró y volvió a bajar la cabeza moviéndola en signo de aceptación.
-Lo he decidido. Aquí no puedo encontrar la perfección. Son demasiadas las distracciones para mi espíritu. Nunca encontraría la paz para poder llegar a ser un verdadero maestro.
-A tu padre le hubiese gustado que aprendieses los secretos de la curación. Tu familia siempre ha tenido los mejores médicos. Si te marchas, jamás aprenderás.
-Debo irme. Y creo que casi todos se alegrarán. Mi presencia aquí siempre ha sido un estorbo, incluso para los que daban soporte a mi padre. Y yo siempre me decanté por la lucha.
-Para volver y matar a tu tío. -Interrumpió el anciano.
-Te he dicho que mi decisión ha sido meditada; volveré por el quinto centenario del emperador. Entonces lucharé con él para demostrar que venció a traición. -En la lejanía y cada vez más cerca se oían los gritos de los hombres que se entrenaban. -No quiero matarle. La tumba de mi padre será manchada con la sangre de la familia, ni aún por demostrar la verdad. Pero Monk caerá derrotado y haré que pague con la humillación de la derrota por sus pecados.
-El odio aún fluye por tus venas; no creo que nunca te sane la herida que tienes en el corazón. Pero, con el tiempo, el dolor se apagará y la paz volverá a ti. Nadie puede estar enfadado para siempre. Quizás entonces entiendas que la venganza y la ira no tienen futuro. Pero he de reconocer que el camino que has escogido te ayudará. Si continuas aquí los recuerdos mantendrán encendido el fuego de tu ira, y cada día ardería con más fuerza; pero el exterior es peligroso. Fuera de estos muros, el honor sólo es visto como virtud de palabra, la reputación es lo importante. Tu siempre has sido noble, pero fuera estos muros puede ser aprovechado contra ti. Protégete pero sin dejar de ser tu mismo.- Dijo golpeándole la mano.
Mientras hablaban bajaban por el estrecho sendero. Y, al fin, llegaron al primer patio de entrenamiento. Había unas cuarenta personas entrenando al mismo tiempo. Delante de ellos se encontraba el maestro de primer grado. Cuando vio al anciano bajando por el sendero acompañado de un hombre alto dejó de practicar las técnicas a los alumnos y se adentró en el segundo patio con una rapidez anormal en él. Los alumnos callaron de golpe y se giraron para mirar a los recién llegados.
Se dirigieron en silencio hacia la entrada al segundo patio. Los alumnos se apartaron abriendo un camino a su paso mientras les seguían con su mirada. Pero no miraban los dos hombres, sólo al alto. Aunque muchos de ellos nunca lo habían visto, eran bien conocidas las historias sobre el que se perdió en la meditación. Había sido un tema común en el último año. Los gritos de los demás patios se fueron apagando lentamente. Y los jóvenes que se quedaban tras las dos figuras se arremolinaban detrás de éstas. Llegaron al tercer patio y los hombres ya estaban callados, mirándolos con curiosidad. A Galawar le dio la impresión de que su mala fama había adquirido tintes de leyenda, pues hombres que no había visto antes ya le miraban con desprecio. Así se fueron sucediendo los siete patios hasta que llegaron a las escaleras que conducían al monasterio de los dragones; dónde se enseñaban las técnicas más avanzadas. Antes de que pudieran ascender al primer peldaño, apareció frente a ellos Liu Chan vistiendo orgulloso la túnica dorada del guardián de todos los estilos, acompañado por su mano derecha, el custodio de la serpiente. Los maestros del templo se debieron reunir a la carrera, pues todos estaban detrás de él. Muchos observando con recelo aquel hombre al que no esperaban volver a ver, era el mal sueño que muchos creían olvidado y que un día regresaba a traición.
Durante unos instantes Galawar y el guardián cruzaron sus miradas inmóviles y sin decir nada. Los ojos de Chan mostraban una falsa indiferencia, como si se hubiese encontrado una mosca en las sopa. Li no podía evitar sentir placer al ver la cara congelada Liu Chan, si pensaba que había desaparecido estaba muy equivocado. Pasados unos instantes de silencio, el hombre barbudo se desprendió la mano del viejo y se arrodilló con ambas piernas haciendo una larga reverencia, con las manos cruzadas en el suelo y la cabeza encima de éstas, cómo dictaban las tradiciones. De mala gana el guardián bajó las escaleras. Frente al recién llegado se sacó la faja dorada que llevaba colgada en el cuello y le dijo con evidente disgusto:
-Levanta guerrero, pues ahora ya eres un igual, tienes los mismos conocimientos que yo y ya sólo me debes respeto de un luchador a otro.
Su rostro mostraba emoción alguna, hubo un tiempo en el que habría esperado este día con ansia, pero ahora no veía el momento de que terminase. La faja dorada le acompañaría hasta que acabara la ceremonia y después se la debería ceñir a la cintura en sustitución de la que llevaba como símbolo de que ya era uno de los hijos del dragón.
-Recibo este símbolo con honor y humildad, con sabiduría y entereza. Juro sostener y avivar, el nombre de Xiāofáng shuǐ y jamás transmitir mis conocimientos a nadie fuera de este templo.
Con éstas palabras, que todos los presentes conocían, la ceremonia había empezado y se prolongaría hasta bien entrada la noche.
Li fue escoltado hasta los aposentos de los viajeros, pues era así como se llamaba a los hombres durante la ceremonia. La habitación era amplia, todo el suelo era de mármol blanco con finas tiras de color negro que se entrecruzadas caprichosamente. Las paredes, y el techo soportado por ocho columnas de mármol rojo, estaban formados por grandes piezas de basalto. Dos hombres le habían escoltado hasta la entrada pero allí se quedaron cerrando la gran puerta tras el invitado. En el centro de la sala había cuatro hombres vestidos con túnicas rojas.
Los cuatro hombres, guerreros del templo, le desnudaron con cuidado, quitándole las desgastadas ropas, mientras él se mantenía recto y con la mirada perdida en el vacío. Después le cortaron el pelo y le afeitaron la barba cuidadosamente, todos los pasos y movimientos estaban hechos a la máxima perfección todos predeterminados para ser una perfecta demostración de los conocimientos de artes marciales de los cuatro hombres. Le dejaron el pelo hasta a la altura de la mandíbula, para que se pudiese trenzarlo a la forma tradicional.
Después le pusieron una ropa de seda que le cubría el cuerpo y le llevaron hacia otra sala a través de un gran portal. Uno de ellos llevaba la faja dorada entre sus manos, perfectamente doblada y con tanta delicadeza como le era posible. Al llegar al portal, y sin cruzarlo, se pararon. Allí esperaban cinco mujeres, vestidas con túnicas de seda blancas, fijadas a su cintura por fajas doradas. Una de ellas recogió la faja que guardaba el hombre de la anterior habitación, y de la misma forma la sostuvo entre sus manos. Las otras cuatro mujeres cogieron delicadamente a Li y lo llevaron a través del largo pasadizo que se extendía delante de ellos. Hasta llegar a otra sala igualmente decorada que las dos anteriores. Sin embargo ésta tenía un baño en el centro. Le quitaron la ropa de seda y le acompañaron al hasta el baño dónde le lavaron cuidadosamente todo el cuerpo.
Después de lavarle le sacaron del baño y aparecieron dos mujeres más por una entrada lateral, llevaban la ropa de la ceremonia, limpia y perfecta en todo su tejido. Todo debía ser perfecto para aquel momento, esa ropa estaba hecha desde que partió al viaje. Había sido guardada durante tres años a la espera de su regreso y ahora se la pondría por vez primera. Las dos mujeres le vistieron con extrema delicadeza y por último, la mujer que había esperado junto a la faja dorada la cogió y arrodillándose se la cedió a las vestidoras; éstas se la enrollaron fuertemente en la cintura, con unos pasos repetidos desde hacía siglos. Las limpiadoras se quedaron allí y él avanzó con las dos que le habían vestido hasta llegar a otra entrada dónde le esperaban dos guerreros vestidos con sus mejores galas.
Las dos mujeres no cruzaron el portal y él continuó con los dos hombres por un largo pasadizo decorado con frescos de las grandes batallas libradas por el guerrero Shao Li. La única luz penetraba por unas pequeñas ventanas cuadradas, pero era suficiente para admirar la extrema belleza de esas obras de arte hechas por unas manos que habían pintado y repintado las mismas imágenes centenares de veces hasta encontrar la perfección. Al final del pasillo había una gran puerta, casi igual de grande que las dos estatuas doradas que vigilaban a ambos lados.
-Es la hora. -Pronunció uno de los acompañantes.
La puerta se abrió lentamente y una preciosa música bañó los oídos de Galawar. La sala principal del templo era enorme. Allí estaban todos los alumnos formando un amplio pasadizo que permitía el paso de la comitiva. Todos vestían el atuendo ceremonial con las armas que más conocían. Avanzó hasta llegar delante de una gran puerta redonda en la que estaba pintado el símbolo Yin-Yan. Entre él y la puerta se interpuso Liu.
-Ha llegado el momento definitivo. -Dijo el guardián. -Deberás entrar en el valle de los lagos de la verdad, y encontrar tu piedra de la vida. Como descendiente de Shao Li obtendrás un fragmento de la piedra que a él le guió. ¿Deseas entrar ahora y pasar la prueba?
-Si. Acepto con respeto y humildad esta oportunidad. -Respondió el medio hombre.
-Debo advertirte que el camino no será fácil. Pues no te enfrentarás a hombres ni animales; te enfrentarás a tus propios demonios. ¿Que arma escogerás para este peligroso viaje?
-No deseo ninguna arma, utilizaré sólo mis manos. -Respondió.
Se hizo un leve murmullo, hacía siglos que nadie escogía no llevar armas en la última prueba. De hecho, no se conocía ningún antecedente parecido. Era un desafío hacia todo el ritual, aunque esta posibilidad no estaba prohibida, nadie nunca se había atrevido a entrar sólo con sus manos. Pues muchos no regresaron jamás, incluso llevándolas. Todos los presentes estaban sorprendidos y muchos otros le despreciaron por la baladronada. Sin embargo el viejo Yuen sonreía con los ojos cerrados, en lo alto de un balcón junto a sus alumnos.
-Si esa es tu decisión, que así sea. -Dijo tensando la mandíbula. -Que el dragón sagrado se apiade de ti, si te equivocas en ésta decisión. -Giró en redondo sobre si mismo e hizo una señal a un hombre al lado de una palanca. -Que las puertas se abran, pues viene un guerrero digno de entrar.
Los dos puntos negro y blanco de la entrada se hundieron y ésta se abrió lentamente dejando entrar una espesa niebla en la sala que cubría los pies de los presentes. Liu se apartó y dejó paso a Galawar.
-Es la hora. -Afirmó con odio en los ojos. -acaba tu viaje.
Se adentró en la oscuridad con paso firme entre la espesa niebla. En ése instante su mente se apartó de lo que estaba pensando y se preguntó qué habría que tanto terror podía causar entre los guerreros del dragón, pero recordó las palabras del anciano Yuen cuando era niño: “ En el valle de los lagos de la verdad, la duda no debe ensuciar vuestro corazón pues los enemigos son sólo aquellos que uno lleve consigo.” Sin embargo palabras menos misteriosas habían salido de su boca: “No temas lo desconocido, pues aquello que puede dañarte es que se puede tocar i aquello que se puede tocar puede morir.” Recordó que de pequeño, cuando los demonios le perseguían por sus sueños, había tomado esas palabras cómo un modo de ver la vida y cómo un modo de luchar;. Relajó su espíritu y dejó que sus visión interior, examinaran el camino a su paso.
Continuó andado y la puerta se cerró tras de sí con un gran estruendo. Ahora ya no podía volver atrás; aunque nunca fue una opción, el honor y el orgullo se lo impedía. Antes de continuar decidió repasar todo el camino que le había llevado allí para apaciguar su nerviosismo. Su niñez creciendo con el maestro Yuen, aprendiendo la filosofía de los hijos del dragón; los primeros años de entrenamiento en familia; la muerte de su padre a manos de su mezquino tío; la expulsión de su madre del templo. La soledad del entrenamiento, patio a patio, habitación a habitación, alimentado por el pesar y el deseo de venganza; el examen final, en las doce salas del dolor. El dolor lacerante de las quemaduras en sus antebrazos, el tigre y el dragón grabados a fuego. Los tres años de lucha interior para hallar una esquiva paz en su interior. Si, había sido un largo camino. Y nada de lo que aquí le esperaba le detendría.
En frente suyo se extendía un pequeño valle poblado anegado por la bruma, entre la que se distinguían pequeños lagos de agua negra como la noche. Empezó a andar con paso firme, guiado por la determinación fruto de la juventud. No había avanzado unas cincuenta varas cuando un os temblores le llegaron desde sus pies; el lago que tenía en frente se arremolinó sobre si mismo y una armadura surgió de su interior lentamente, como empujada por la misma agua negra que llenaba aquellos estanques. La armadura no se movió durante unos instantes, un vacío negro le observaba desde el fondo de la máscara como si estuviese descubriendo su alma. Pero la observación no duró mucho. Pronto empezó a andar hacia él. Su paso era firme y sin dudas, pero tenía algo familiar que no lograba distinguir. Retrocedió unos pasos, pero recordó que la puerta de entrada no se abriría para él. La única salida era encontrar la piedra del dragón y salir por el otro lado. Así pues, salvando los primeros temores que rondaban por su cabeza se puso en guardia.
El combate empezó fuerte; era rápido y duro. Empezó por las combinaciones más comunes pero el rival respondía con precisión a cada ataque lanzándole contragolpes ejecutados a la perfección. Tubo que recurrir a toda su velocidad para no caer presa de su enemigo. Su modo de luchar era definitivamente el de un hijo del dragón. A medida que el combate progresaba intentó técnicas menos comunes y más complejas; Tenía menor dominio, pero las posibilidades de que conociese o supiese ejecutar el contragolpe eran también inferiores. Pero pronto comprendió que estaban demasiado equilibrados; con la única diferencia de que pese a su disciplina empezaba a jadear, mientras que su oponente apenas se le oía respirar.
Luchar con un espíritu era mucho más difícil que con un humano pues éstos nunca se cansaban. Pronto el cansancio le derrotaría y empezaría a cometer errores, debía vencer antes de que eso ocurriese. Decidió atacar con toda la furia del tigre y se abalanzó sobre su adversario blandiendo numerosos golpes encadenados. La emoción del momento le perdió. Un contraataque de su adversario le alcanzó con un puñetazo que no pudo esquivar. Salió despedido varios metros hacia atrás. El dolor era fácil de ignorar pero las dudas y el temor a fracasar pronto rondaron su mente.
Intentó levantarse pero unas imágenes nublaron sus ojos. Estaba presenciando un nacimiento, su padre estaba cerca de la mujer embarazada, que reconoció como su madre. El niño nació, y su padre lo levantó hacia el sol de primavera que bañaba la sala. Lo observó y su sonrisa se apagó levemente.
-Mestizo. -Dijo.
Lo cedió a uno hombre viejo que tenía al lado y se encaminó hacia la ventana con el rostro hundido en la pena.
-”Así fue tu nacimiento, Galawar” -Dijo el guerrero que estaba a su lado en el sueño, con una voz llena de ecos que parecían volver desde los tiempos de los inmortales.
-Mientes. -Respondió con furia. A mi padre nunca le importó.
-”La mentira sólo es la otra cara de la verdad. Lo que ves es lo que sientes. Lo que quizás pudo haber ocurrido, aunque no quieras aceptarlo.” -Replicó.
-No. Mi padre no, él me quería.
-”Quería a tu madre, pero también deseaba a un hombre de mirada firme, no un mestizo del oeste.” -Afirmó con desprecio. -”Aunque aprendas todas las técnicas, nunca serás un verdadero hijo del dragón. Todos saben que es la sangre el que hace al dragón.”
-”Yo también tengo la sangre”.
-”Pero en ti es débil.”-Siseó lentamente. -“Ahora deja que mis manos pulan la impureza que mancha tu familia.”
-¡Aparta éste hechizo que nubla mi vista!- Respondió revolviéndose en el suelo para levantarse. -Yo ya comprendí mi misión durante la meditación; sé que soy distinto, pero también lo era Xiāofáng shuǐ. Y fue precisamente su diferencia la que hace especiales a los hijos del dragón.
-”Morirás ignorante.” -Afirmó una voz del pasado.
Los ojos de Galawar volvieron a la realidad, justo para ver cómo se aproximaba el guerrero preparado para la estocada mortal con una espada. En el último instante apenas pudo apartar el acero con el antebrazo. Un profundo corte le atravesó la carne hasta el hueso; el dolor y el estremecimiento recorrió su cuerpo a la velocidad del pensamiento. Acababa de perder el brazo, esa idea rebotó en su mente con la idea de cobrarse su justo precio e ignorando el dolor, entró en su guardia y le asestó una coz con toda la energía que poseía su cuerpo. El ser saltó por los aires hasta impactar contra una roca del borde del camino; la armadura se le quebró con el golpe. Antes de que pudiese recuperar el aliento Galawar corrió a su encuentro y saltó sobre él con los pies juntos dispuesto a aprovechar al máximo la grieta que acababa de abrir.
El crujir de la madera al resquebrajarse retumbó en todo el valle. El ser dejó apenas de moverse y su voz se tornó vieja y decrépita mientras tosía. Arrodillándose frente al adversario caído, Li levantó el yelmo lentamente revelando un vivo reflejo suyo, desgastado por el tiempo, que le devolvía la mirada desde unos ojos rasgados. El corazón de Galawar se desbocó en el instante en que reconoció su propio rostro y se apartó de un salto como si la distancia física pudiese mitigar la sorpresa. El individuo sonrió ante tal reacción, pero no hizo ademan alguno de moverse o hablar; permitió que le observara durante unos largos instantes mientras un fino hilo de sangre resbalaba por la comisura de sus labios. Finalmente el llamado mestizo recuperó suficiente aliento como para poder hablar.
-¿Quién eres? ¿Que haces aquí?
-Sólo ahora me preguntas mi nombre. -Susurró el hombre herido con voz quebrada por la edad.- Triste hombre aquel que piensa después de actuar.
-No es acto voluntario el hecho de defenderse. Y es tradición que el que ataca sea el primero en presentarse.
-Las mismas tradiciones que olvidó tu padre al engendrarte.
-Ninguna tradición dicta el corazón de los hombres... -Respondió Galawar con desprecio. -¡Ya esta dicho todo lo que se debía decir al respecto así que no desvaríes y responde a mi pregunta!
El hombre lo miró con una extraña sonrisa y respondió.
-No lo sé. -Los ojos de Li ardían con deseos de arrancarle la verdad a golpes y el enigmático ser se percató de ello.- No te alteres cachorro. Es cierto. Sólo recuerdo una vaga imagen de un hombre que me ha enviado para darte muerte.
Galawar estaba confuso Liu se tomaba demasiadas molestias para acabar con él. Demasiadas. Debía haber utilizado algún tipo de embrujo para hacer que aquel hombre se pareciese tanto a él.
-¿Quién te ha enviado?- Inquirió arrodillándose y cogiendo al individuo por los pocos restos de armadura que le quedaban.
El hombre subió la cabeza y miró a Li a los ojos con evidente cansancio y dolor.
-Acaba conmigo.
-De qué serviría darte muerte. -Dijo soltándole y levantándose. -Necesito respuestas y aunque quizás tú no las tengas, aquel que te envió seguro que si. Dime su nombre y te ayudaré con tus heridas.
-No se su nombre. -Dijo. La temperatura del lugar descendió bruscamente pese a que el sol seguía en su cenit; el hombre de rostro hermano levantó la vista y sonrió. -Pero no creo que haga falta- Ya está aquí.
Galawar se puso inmediatamente en guarda y observó todos sus alrededores sin poder ver a nadie. De entre las sombras de dos arboles apareció una figura como si se acabase de formar de la nada; al principio sólo distinguió la silueta de un hombre, pero cuando se acercó y la luz le bañó el rostro descubrió una cara que no había visto en mucho tiempo; una no esperaba volver a ver jamás; la de su propio padre. Retrocedió unos pasos, mientras el mundo parecía desmoronarse ante sus ojos.
-No puedes ser tu. Yo... -La voz le falló. -Yo escuché cómo tu corazón se paraba, sentí tu boca carente de aliento, vi cómo te quemaban. -Las lagrimas amenazaban con salir a la superficie. -¡Lloré tu pérdida una vez, no me hagas esto otra vez; vuelve de dónde has venido!
La aparición miró a Li en silencio, sin moverse del sitio; allí, plantado frente a él, se erguía su padre muerto largo tiempo atrás, observándolo desde unos ojos vacíos hundidos rostro blanco como la nieve. Nada dijo; sólo extendió el brazo ofreciéndole la mano blanca como la nieve.
Su corazón se debatió entre abrazar al que una vez fuera su padre o huir presa del terror atroz que le atenazaba sus entrañas. Mientras él se debatía entre el miedo y el amor, su homónimo herido se levantó con dificultad acusando las heridas y se acercó sin temor alguno al espectro de otros tiempos.
-Lo siento padre, soy débil me venció en combate singular; pero juntos- dijo poniendo su mano sobre el hombro del brazo todavía extendido, podremos con él; caerá bajo nuestras fuerzas tan rápido que nos parecerá que ha sido sólo un mal sueño.
La aparición que una vez fue padre y esposo amante, giró lentamente su rostro para mirarlo y después le apartó la mano lentamente pero con desprecio. Le dio la espalda y se acercó a Li con los brazos abiertos.
-¡Padre no me abandones! Él sólo es un mestizo. Jamás debió haber nacido; yo debí ocupar su lugar.- Se calló un momento mientras aquella cosa se alejaba de él y con un odio surgido de las más bajas pasiones que anidaban en su pecho gritó.- ¡Me arrebató la vida antes de mi nacimiento!
A medida que el espectro avanzaba hacia Galawar su gemelo envejecía y el viento se volvía frío. Incapaz de comprender nada de toda aquella brujería extraña que se manifestaba frente a sus ojos, el llamado mestizo pensó en echar a correr; pero sus piernas estaban heladas y no se sentía capaz de dar un solo paso. El abrigo de sus ropas de nada servían frente aquella glacial sensación que se filtraba hasta sus huesos. Consciente de su vulnerabilidad frente a aquellos hechos extraordinarios, se vio a si mismo muerto y atado eternamente a la sombre de lo que una vez había sido su padre. Su pulso se aceleró hasta que el corazón parecía que fuese a salirse de su pecho. Revolviéndose sobre si mismo buscando cada gramo de energía que le quedaba dio un último paso, y tembloroso pronunció:
-Aléjate de mi. No quiero acompañarte en tu eterna vigilia. Quédate con tu hijo fantasma y regresa de dónde has venido. ¡Tu venganza es mía, pero mi vida no es tuya engendro! -Escupió con toda la rabia que pudo reunir.
Su hermano de palabra abrió los ojos de sorpresa, pero en ellos no había odio sino alegría, y acercándose a su padre lo cogió por el brazo fuertemente lleno de pasión.
-Lo ves padre, él no quiere estar contigo. Sólo tienes un hijo.
La mirada vacía del espectro se dirigió hacia el hombre de la armadura y se dibujó en su boca el aliento en forma de vapor; al mismo tiempo el cuerpo de Li fue liberado de su gélida atadura y volvió a tener control sobre él mismo. Sin pensarlo dos veces empezó a retroceder dispuesto a echar a correr cuando estuviese suficientemente lejos; pero el ser que se hacía llamar su padre agarró por el cuello a su hijo y lo empezó a estrangular sin miramientos. Los ojos de aquel que se había hecho llamar gemelo se salieron de sus órbitas consciente de que su fin había llegado. Li se dijo a si mismo que todo aquello no le incumbía, que las criaturas que vagaban por aquel valle maldito estaban ligadas a un destino aciago sin remedio. Pero su corazón veía algo suyo en aquel pobre diablo que estaba apunto de morir a manos de su propio padre, y comprendió que no existiría ningún camino de honor frente a él si allí abandonaba a aquella alma en pena. Ésta era su prueba. Vivir o morir carecía de importancia, pues su propia alma estaba en juego. Su miedo desapareció como el recuerdo de un sueño esquivo y sólo encontró la calma del guerrero, la inmediatez de la lucha, la iluminación de la certeza.
Las luz levantó el velo de su sueño como una dulce caricia. Deseó regresar a los brazos de la noche, dónde había tocado la perfecta paz de la iluminación; el sabor de su recuerdo todavía deleitaba su mente, pero la sensación se le escapo como el agua entre los dedos. Abrió los ojos más despierto de lo que quería reconocer, perdido entre lo real y la ilusión sin saber si estaba en un sitio o en el otro. La bruma lo rodeaba en un pequeño valle plagado de lagos. Se incorporó con el cuerpo dolorido. Miró a su alrededor y no vio signo de su lucha, ni de espectros, sólo era un valle normal cubierto por una bruma no más ominosa que cualquier otra. Entonces distinguió una pequeña piedra, era una lápida sin nombre justo al lado de dónde se había acostado; era pequeña, como si intentase pasar desapercibida bajo la niebla, pero su manufactura era la de un artesano. La observó desconcertado y le transmitió mucha tristeza. Quién querría enterrar a alguien en un sitio maldito como aquel, y quien no merecería unas palabras en su honor. Nadie quemaría incienso para ahuyentar los malos espíritus, nadie recordaría a una alma sin nombre.
No comprendía cómo se había dormido en aquel lugar, pero decidió no quedarse para averiguarlo. Así que continuó el camino hacia la salida del valle. Nada perturbó su avance, y al poco tiempo llegó a una gran roca de la que surgían cristales de jade, rompió un pequeño pedazo, sólo para demostrar que había pasado por allí; y continuó hasta la puerta de salida. Los portones se abrieron cuando levantó el trozo de cristal en alto.
Dio una última mirada al valle, preguntándose si todos deberían pasar la misma prueba que él; si para todos era igual. Preguntas que quizás jamás podrían ser respondidas.
Cruzó el umbral de salida dejando atrás la última puerta de lo que había sido su casa durante toda su vida.
-¿Qué más pasó anciano Yuen?- Preguntó ansioso uno de los muchachos. Otro niño le susurró a su compañero que quizás se hubiese vuelto a dormir.
Pero el anciano estaba bien despierto. Tanto como lo podía estar a su edad.
-Ya has regresado de tu viaje. Galawar. -Dijo aún sin abrir los ojos.
Un hombre apareció descendiendo por un estrecho camino que conducía a la cima del monte. Medía por lo menos seis pies de altura y vestía unos pantalones abandonados atados por una faja deshilachada que se adivinaba bajo lo que parecía que una vez fue una túnica. Entre la mugre todavía se distinguía el rojo de lo que una vez había sido el hábito de un monje. Toda la vestimenta estaba llena de arañazos, sucia y desgarbada; en sus hombros anidaban los restos de lo que podría haber sido un nido de aves y su piel estaba tan marrón como el suelo que pisaba. Una larga barba oscura y enredada descendía hasta su cintura. Y el pelo le caía sobre los hombros entrelazado con hojas y ramas. Lo único libre de polvo y suciedad eran unos vivaces ojos azules como el cielo de verano.
-Sí. -Respondió.- Atrás quedó el camino, con las dudas y los miedos. De él sólo regreso yo. Mi meditación terminó.
-¿Qué es esto de la meditación, sifu? -Preguntó una niña.
Galawar vio un destello de pena en la indómita faz del anciano. Y sabía porqué. En sus años pasados, cuando éste era joven, era uno de los aspirantes a dragón de oro. Pero su deficiencia en los ojos le jugó una desgracia. Por aquel entonces aún podía ver las sombras del mundo, y un grupo de alumnos le asaltaron a modo de juego mientras él meditaba. Creyendo que era atacado por un grupo de enemigos, actuó rápido y certero; no mostró piedad. Cuando la tormenta cesó, se percató de su error; ya era demasiado tarde. Los alumnos estaban muertos y él jamás volvería a practicar las artes marciales. Nadie le acusó de nada pues todos comprendían que había sido un infortunado accidente, pero él renunció a ser maestro del Yan y decidió ser maestro en sabiduría.
-En la vida de un hijo del dragón hay cuatro etapas: de los 5 a los 7 años se enseña historia y filosofía, a esta etapa la llamamos “Etapa de preparación”. A partir de los diez años se enseña el arte de la lucha, a esta la llamamos la “Etapa Yan” y finalmente está la “Etapa Yin o de meditación” en que se equilibra el espíritu para poder llegar a caminar por la senda de la definición. El resto de la vida es la búsqueda de la perfección de aquello que uno ha aprendido. Sólo después de la etapa de meditación el monje ya está preparado para salir del templo si así lo desea. Pero esto formaba parte de otra clase, Jing. -Respiró profundamente.- Me estoy haciendo viejo, y siempre me hacéis hablar de más.
-Lao Yuen, siempre ha sido demasiado viejo para guardar silencio -Dijo el hombre que había bajado dirigiéndose a los niños.-. O demasiado hablador para envejecer.
Los niños rieron de buen gusto. Y el anciano refunfuñó sin enfado alguno.
-No me los alborotes! Cuando llegues a los ochenta años veremos si eres tienes tantas ganas de bromear con la vejez.
-Yo no pienso envejecer sifu. -Respondió con voz cansada.
-Ningunos ojos puede salvarte de la vejez, recuérdalo. La muerte es el verdadero vínculo que hermana todas las razas. -Respondió intentando levantarse.
Galawar se apresuró a ayudarle sonriente.
-Gracias joven. Ya no soy capaz ni de levantarme del suelo. Mi cuerpo me pide un descanso, demasiados años para estos huesos. Además, estos chicos cada vez son más curiosos; es difícil controlarlos.
-Puede que tu seas el que está cambiando y no ellos. -Respondió mientras lo acompañaba por en el descenso hacia el templo.
Los chicos se levantaron con una muestra de sobradas energías y se echaron a correr camino abajo. La joven curiosa se paró un momento para mirar a los dos adultos pero los gritos de los otros niños eran una llamada que la curiosidad no podía apaciguar.
-Has pasado tres largos años en tu viaje. No recuerdo que ningún hombre haya estado tanto tiempo. No fuera de las leyendas. Creíamos que habías perecido, incluso se habló de celebrar tus exequias.
-Casi había olvidado el afecto que me tienen algunos. Aprecio sinceramente tan desinteresada preocupación.- Dijo con sorna.- Supongo que resultaba muy conveniente.
El anciano se detuvo un instante
-Sigues enfadado.
-No. -Respondió aspirando el aire de la montaña. -Sólo es un acto reflejo.
-Las heridas no cierran fácilmente. Pero es cierto que gozas de más contención.
Y continuó andando el descenso.
-Ha sido difícil. -Afirmó.
-Siempre lo es. Pero cuando el tigre corre por tus venas, es difícil de dominar.
-Si. Por momentos creí que me perdía en la paz de la montaña, en otros que no podría aguantar un instante más. No sé si he llegado a estado de gracia, pero he podido encontrar la paz y con ella he tomado una decisión.- hizo una pausa.- Me iré.
El anciano abrió los ojos mostrando sus circulos color blanco azulado que se encontraban en lugar del iris. Después los cerró y volvió a bajar la cabeza moviéndola en signo de aceptación.
-Lo he decidido. Aquí no puedo encontrar la perfección. Son demasiadas las distracciones para mi espíritu. Nunca encontraría la paz para poder llegar a ser un verdadero maestro.
-A tu padre le hubiese gustado que aprendieses los secretos de la curación. Tu familia siempre ha tenido los mejores médicos. Si te marchas, jamás aprenderás.
-Debo irme. Y creo que casi todos se alegrarán. Mi presencia aquí siempre ha sido un estorbo, incluso para los que daban soporte a mi padre. Y yo siempre me decanté por la lucha.
-Para volver y matar a tu tío. -Interrumpió el anciano.
-Te he dicho que mi decisión ha sido meditada; volveré por el quinto centenario del emperador. Entonces lucharé con él para demostrar que venció a traición. -En la lejanía y cada vez más cerca se oían los gritos de los hombres que se entrenaban. -No quiero matarle. La tumba de mi padre será manchada con la sangre de la familia, ni aún por demostrar la verdad. Pero Monk caerá derrotado y haré que pague con la humillación de la derrota por sus pecados.
-El odio aún fluye por tus venas; no creo que nunca te sane la herida que tienes en el corazón. Pero, con el tiempo, el dolor se apagará y la paz volverá a ti. Nadie puede estar enfadado para siempre. Quizás entonces entiendas que la venganza y la ira no tienen futuro. Pero he de reconocer que el camino que has escogido te ayudará. Si continuas aquí los recuerdos mantendrán encendido el fuego de tu ira, y cada día ardería con más fuerza; pero el exterior es peligroso. Fuera de estos muros, el honor sólo es visto como virtud de palabra, la reputación es lo importante. Tu siempre has sido noble, pero fuera estos muros puede ser aprovechado contra ti. Protégete pero sin dejar de ser tu mismo.- Dijo golpeándole la mano.
Mientras hablaban bajaban por el estrecho sendero. Y, al fin, llegaron al primer patio de entrenamiento. Había unas cuarenta personas entrenando al mismo tiempo. Delante de ellos se encontraba el maestro de primer grado. Cuando vio al anciano bajando por el sendero acompañado de un hombre alto dejó de practicar las técnicas a los alumnos y se adentró en el segundo patio con una rapidez anormal en él. Los alumnos callaron de golpe y se giraron para mirar a los recién llegados.
Se dirigieron en silencio hacia la entrada al segundo patio. Los alumnos se apartaron abriendo un camino a su paso mientras les seguían con su mirada. Pero no miraban los dos hombres, sólo al alto. Aunque muchos de ellos nunca lo habían visto, eran bien conocidas las historias sobre el que se perdió en la meditación. Había sido un tema común en el último año. Los gritos de los demás patios se fueron apagando lentamente. Y los jóvenes que se quedaban tras las dos figuras se arremolinaban detrás de éstas. Llegaron al tercer patio y los hombres ya estaban callados, mirándolos con curiosidad. A Galawar le dio la impresión de que su mala fama había adquirido tintes de leyenda, pues hombres que no había visto antes ya le miraban con desprecio. Así se fueron sucediendo los siete patios hasta que llegaron a las escaleras que conducían al monasterio de los dragones; dónde se enseñaban las técnicas más avanzadas. Antes de que pudieran ascender al primer peldaño, apareció frente a ellos Liu Chan vistiendo orgulloso la túnica dorada del guardián de todos los estilos, acompañado por su mano derecha, el custodio de la serpiente. Los maestros del templo se debieron reunir a la carrera, pues todos estaban detrás de él. Muchos observando con recelo aquel hombre al que no esperaban volver a ver, era el mal sueño que muchos creían olvidado y que un día regresaba a traición.
Durante unos instantes Galawar y el guardián cruzaron sus miradas inmóviles y sin decir nada. Los ojos de Chan mostraban una falsa indiferencia, como si se hubiese encontrado una mosca en las sopa. Li no podía evitar sentir placer al ver la cara congelada Liu Chan, si pensaba que había desaparecido estaba muy equivocado. Pasados unos instantes de silencio, el hombre barbudo se desprendió la mano del viejo y se arrodilló con ambas piernas haciendo una larga reverencia, con las manos cruzadas en el suelo y la cabeza encima de éstas, cómo dictaban las tradiciones. De mala gana el guardián bajó las escaleras. Frente al recién llegado se sacó la faja dorada que llevaba colgada en el cuello y le dijo con evidente disgusto:
-Levanta guerrero, pues ahora ya eres un igual, tienes los mismos conocimientos que yo y ya sólo me debes respeto de un luchador a otro.
Su rostro mostraba emoción alguna, hubo un tiempo en el que habría esperado este día con ansia, pero ahora no veía el momento de que terminase. La faja dorada le acompañaría hasta que acabara la ceremonia y después se la debería ceñir a la cintura en sustitución de la que llevaba como símbolo de que ya era uno de los hijos del dragón.
-Recibo este símbolo con honor y humildad, con sabiduría y entereza. Juro sostener y avivar, el nombre de Xiāofáng shuǐ y jamás transmitir mis conocimientos a nadie fuera de este templo.
Con éstas palabras, que todos los presentes conocían, la ceremonia había empezado y se prolongaría hasta bien entrada la noche.
Li fue escoltado hasta los aposentos de los viajeros, pues era así como se llamaba a los hombres durante la ceremonia. La habitación era amplia, todo el suelo era de mármol blanco con finas tiras de color negro que se entrecruzadas caprichosamente. Las paredes, y el techo soportado por ocho columnas de mármol rojo, estaban formados por grandes piezas de basalto. Dos hombres le habían escoltado hasta la entrada pero allí se quedaron cerrando la gran puerta tras el invitado. En el centro de la sala había cuatro hombres vestidos con túnicas rojas.
Los cuatro hombres, guerreros del templo, le desnudaron con cuidado, quitándole las desgastadas ropas, mientras él se mantenía recto y con la mirada perdida en el vacío. Después le cortaron el pelo y le afeitaron la barba cuidadosamente, todos los pasos y movimientos estaban hechos a la máxima perfección todos predeterminados para ser una perfecta demostración de los conocimientos de artes marciales de los cuatro hombres. Le dejaron el pelo hasta a la altura de la mandíbula, para que se pudiese trenzarlo a la forma tradicional.
Después le pusieron una ropa de seda que le cubría el cuerpo y le llevaron hacia otra sala a través de un gran portal. Uno de ellos llevaba la faja dorada entre sus manos, perfectamente doblada y con tanta delicadeza como le era posible. Al llegar al portal, y sin cruzarlo, se pararon. Allí esperaban cinco mujeres, vestidas con túnicas de seda blancas, fijadas a su cintura por fajas doradas. Una de ellas recogió la faja que guardaba el hombre de la anterior habitación, y de la misma forma la sostuvo entre sus manos. Las otras cuatro mujeres cogieron delicadamente a Li y lo llevaron a través del largo pasadizo que se extendía delante de ellos. Hasta llegar a otra sala igualmente decorada que las dos anteriores. Sin embargo ésta tenía un baño en el centro. Le quitaron la ropa de seda y le acompañaron al hasta el baño dónde le lavaron cuidadosamente todo el cuerpo.
Después de lavarle le sacaron del baño y aparecieron dos mujeres más por una entrada lateral, llevaban la ropa de la ceremonia, limpia y perfecta en todo su tejido. Todo debía ser perfecto para aquel momento, esa ropa estaba hecha desde que partió al viaje. Había sido guardada durante tres años a la espera de su regreso y ahora se la pondría por vez primera. Las dos mujeres le vistieron con extrema delicadeza y por último, la mujer que había esperado junto a la faja dorada la cogió y arrodillándose se la cedió a las vestidoras; éstas se la enrollaron fuertemente en la cintura, con unos pasos repetidos desde hacía siglos. Las limpiadoras se quedaron allí y él avanzó con las dos que le habían vestido hasta llegar a otra entrada dónde le esperaban dos guerreros vestidos con sus mejores galas.
Las dos mujeres no cruzaron el portal y él continuó con los dos hombres por un largo pasadizo decorado con frescos de las grandes batallas libradas por el guerrero Shao Li. La única luz penetraba por unas pequeñas ventanas cuadradas, pero era suficiente para admirar la extrema belleza de esas obras de arte hechas por unas manos que habían pintado y repintado las mismas imágenes centenares de veces hasta encontrar la perfección. Al final del pasillo había una gran puerta, casi igual de grande que las dos estatuas doradas que vigilaban a ambos lados.
-Es la hora. -Pronunció uno de los acompañantes.
La puerta se abrió lentamente y una preciosa música bañó los oídos de Galawar. La sala principal del templo era enorme. Allí estaban todos los alumnos formando un amplio pasadizo que permitía el paso de la comitiva. Todos vestían el atuendo ceremonial con las armas que más conocían. Avanzó hasta llegar delante de una gran puerta redonda en la que estaba pintado el símbolo Yin-Yan. Entre él y la puerta se interpuso Liu.
-Ha llegado el momento definitivo. -Dijo el guardián. -Deberás entrar en el valle de los lagos de la verdad, y encontrar tu piedra de la vida. Como descendiente de Shao Li obtendrás un fragmento de la piedra que a él le guió. ¿Deseas entrar ahora y pasar la prueba?
-Si. Acepto con respeto y humildad esta oportunidad. -Respondió el medio hombre.
-Debo advertirte que el camino no será fácil. Pues no te enfrentarás a hombres ni animales; te enfrentarás a tus propios demonios. ¿Que arma escogerás para este peligroso viaje?
-No deseo ninguna arma, utilizaré sólo mis manos. -Respondió.
Se hizo un leve murmullo, hacía siglos que nadie escogía no llevar armas en la última prueba. De hecho, no se conocía ningún antecedente parecido. Era un desafío hacia todo el ritual, aunque esta posibilidad no estaba prohibida, nadie nunca se había atrevido a entrar sólo con sus manos. Pues muchos no regresaron jamás, incluso llevándolas. Todos los presentes estaban sorprendidos y muchos otros le despreciaron por la baladronada. Sin embargo el viejo Yuen sonreía con los ojos cerrados, en lo alto de un balcón junto a sus alumnos.
-Si esa es tu decisión, que así sea. -Dijo tensando la mandíbula. -Que el dragón sagrado se apiade de ti, si te equivocas en ésta decisión. -Giró en redondo sobre si mismo e hizo una señal a un hombre al lado de una palanca. -Que las puertas se abran, pues viene un guerrero digno de entrar.
Los dos puntos negro y blanco de la entrada se hundieron y ésta se abrió lentamente dejando entrar una espesa niebla en la sala que cubría los pies de los presentes. Liu se apartó y dejó paso a Galawar.
-Es la hora. -Afirmó con odio en los ojos. -acaba tu viaje.
Se adentró en la oscuridad con paso firme entre la espesa niebla. En ése instante su mente se apartó de lo que estaba pensando y se preguntó qué habría que tanto terror podía causar entre los guerreros del dragón, pero recordó las palabras del anciano Yuen cuando era niño: “ En el valle de los lagos de la verdad, la duda no debe ensuciar vuestro corazón pues los enemigos son sólo aquellos que uno lleve consigo.” Sin embargo palabras menos misteriosas habían salido de su boca: “No temas lo desconocido, pues aquello que puede dañarte es que se puede tocar i aquello que se puede tocar puede morir.” Recordó que de pequeño, cuando los demonios le perseguían por sus sueños, había tomado esas palabras cómo un modo de ver la vida y cómo un modo de luchar;. Relajó su espíritu y dejó que sus visión interior, examinaran el camino a su paso.
Continuó andado y la puerta se cerró tras de sí con un gran estruendo. Ahora ya no podía volver atrás; aunque nunca fue una opción, el honor y el orgullo se lo impedía. Antes de continuar decidió repasar todo el camino que le había llevado allí para apaciguar su nerviosismo. Su niñez creciendo con el maestro Yuen, aprendiendo la filosofía de los hijos del dragón; los primeros años de entrenamiento en familia; la muerte de su padre a manos de su mezquino tío; la expulsión de su madre del templo. La soledad del entrenamiento, patio a patio, habitación a habitación, alimentado por el pesar y el deseo de venganza; el examen final, en las doce salas del dolor. El dolor lacerante de las quemaduras en sus antebrazos, el tigre y el dragón grabados a fuego. Los tres años de lucha interior para hallar una esquiva paz en su interior. Si, había sido un largo camino. Y nada de lo que aquí le esperaba le detendría.
En frente suyo se extendía un pequeño valle poblado anegado por la bruma, entre la que se distinguían pequeños lagos de agua negra como la noche. Empezó a andar con paso firme, guiado por la determinación fruto de la juventud. No había avanzado unas cincuenta varas cuando un os temblores le llegaron desde sus pies; el lago que tenía en frente se arremolinó sobre si mismo y una armadura surgió de su interior lentamente, como empujada por la misma agua negra que llenaba aquellos estanques. La armadura no se movió durante unos instantes, un vacío negro le observaba desde el fondo de la máscara como si estuviese descubriendo su alma. Pero la observación no duró mucho. Pronto empezó a andar hacia él. Su paso era firme y sin dudas, pero tenía algo familiar que no lograba distinguir. Retrocedió unos pasos, pero recordó que la puerta de entrada no se abriría para él. La única salida era encontrar la piedra del dragón y salir por el otro lado. Así pues, salvando los primeros temores que rondaban por su cabeza se puso en guardia.
El combate empezó fuerte; era rápido y duro. Empezó por las combinaciones más comunes pero el rival respondía con precisión a cada ataque lanzándole contragolpes ejecutados a la perfección. Tubo que recurrir a toda su velocidad para no caer presa de su enemigo. Su modo de luchar era definitivamente el de un hijo del dragón. A medida que el combate progresaba intentó técnicas menos comunes y más complejas; Tenía menor dominio, pero las posibilidades de que conociese o supiese ejecutar el contragolpe eran también inferiores. Pero pronto comprendió que estaban demasiado equilibrados; con la única diferencia de que pese a su disciplina empezaba a jadear, mientras que su oponente apenas se le oía respirar.
Luchar con un espíritu era mucho más difícil que con un humano pues éstos nunca se cansaban. Pronto el cansancio le derrotaría y empezaría a cometer errores, debía vencer antes de que eso ocurriese. Decidió atacar con toda la furia del tigre y se abalanzó sobre su adversario blandiendo numerosos golpes encadenados. La emoción del momento le perdió. Un contraataque de su adversario le alcanzó con un puñetazo que no pudo esquivar. Salió despedido varios metros hacia atrás. El dolor era fácil de ignorar pero las dudas y el temor a fracasar pronto rondaron su mente.
Intentó levantarse pero unas imágenes nublaron sus ojos. Estaba presenciando un nacimiento, su padre estaba cerca de la mujer embarazada, que reconoció como su madre. El niño nació, y su padre lo levantó hacia el sol de primavera que bañaba la sala. Lo observó y su sonrisa se apagó levemente.
-Mestizo. -Dijo.
Lo cedió a uno hombre viejo que tenía al lado y se encaminó hacia la ventana con el rostro hundido en la pena.
-”Así fue tu nacimiento, Galawar” -Dijo el guerrero que estaba a su lado en el sueño, con una voz llena de ecos que parecían volver desde los tiempos de los inmortales.
-Mientes. -Respondió con furia. A mi padre nunca le importó.
-”La mentira sólo es la otra cara de la verdad. Lo que ves es lo que sientes. Lo que quizás pudo haber ocurrido, aunque no quieras aceptarlo.” -Replicó.
-No. Mi padre no, él me quería.
-”Quería a tu madre, pero también deseaba a un hombre de mirada firme, no un mestizo del oeste.” -Afirmó con desprecio. -”Aunque aprendas todas las técnicas, nunca serás un verdadero hijo del dragón. Todos saben que es la sangre el que hace al dragón.”
-”Yo también tengo la sangre”.
-”Pero en ti es débil.”-Siseó lentamente. -“Ahora deja que mis manos pulan la impureza que mancha tu familia.”
-¡Aparta éste hechizo que nubla mi vista!- Respondió revolviéndose en el suelo para levantarse. -Yo ya comprendí mi misión durante la meditación; sé que soy distinto, pero también lo era Xiāofáng shuǐ. Y fue precisamente su diferencia la que hace especiales a los hijos del dragón.
-”Morirás ignorante.” -Afirmó una voz del pasado.
Los ojos de Galawar volvieron a la realidad, justo para ver cómo se aproximaba el guerrero preparado para la estocada mortal con una espada. En el último instante apenas pudo apartar el acero con el antebrazo. Un profundo corte le atravesó la carne hasta el hueso; el dolor y el estremecimiento recorrió su cuerpo a la velocidad del pensamiento. Acababa de perder el brazo, esa idea rebotó en su mente con la idea de cobrarse su justo precio e ignorando el dolor, entró en su guardia y le asestó una coz con toda la energía que poseía su cuerpo. El ser saltó por los aires hasta impactar contra una roca del borde del camino; la armadura se le quebró con el golpe. Antes de que pudiese recuperar el aliento Galawar corrió a su encuentro y saltó sobre él con los pies juntos dispuesto a aprovechar al máximo la grieta que acababa de abrir.
El crujir de la madera al resquebrajarse retumbó en todo el valle. El ser dejó apenas de moverse y su voz se tornó vieja y decrépita mientras tosía. Arrodillándose frente al adversario caído, Li levantó el yelmo lentamente revelando un vivo reflejo suyo, desgastado por el tiempo, que le devolvía la mirada desde unos ojos rasgados. El corazón de Galawar se desbocó en el instante en que reconoció su propio rostro y se apartó de un salto como si la distancia física pudiese mitigar la sorpresa. El individuo sonrió ante tal reacción, pero no hizo ademan alguno de moverse o hablar; permitió que le observara durante unos largos instantes mientras un fino hilo de sangre resbalaba por la comisura de sus labios. Finalmente el llamado mestizo recuperó suficiente aliento como para poder hablar.
-¿Quién eres? ¿Que haces aquí?
-Sólo ahora me preguntas mi nombre. -Susurró el hombre herido con voz quebrada por la edad.- Triste hombre aquel que piensa después de actuar.
-No es acto voluntario el hecho de defenderse. Y es tradición que el que ataca sea el primero en presentarse.
-Las mismas tradiciones que olvidó tu padre al engendrarte.
-Ninguna tradición dicta el corazón de los hombres... -Respondió Galawar con desprecio. -¡Ya esta dicho todo lo que se debía decir al respecto así que no desvaríes y responde a mi pregunta!
El hombre lo miró con una extraña sonrisa y respondió.
-No lo sé. -Los ojos de Li ardían con deseos de arrancarle la verdad a golpes y el enigmático ser se percató de ello.- No te alteres cachorro. Es cierto. Sólo recuerdo una vaga imagen de un hombre que me ha enviado para darte muerte.
Galawar estaba confuso Liu se tomaba demasiadas molestias para acabar con él. Demasiadas. Debía haber utilizado algún tipo de embrujo para hacer que aquel hombre se pareciese tanto a él.
-¿Quién te ha enviado?- Inquirió arrodillándose y cogiendo al individuo por los pocos restos de armadura que le quedaban.
El hombre subió la cabeza y miró a Li a los ojos con evidente cansancio y dolor.
-Acaba conmigo.
-De qué serviría darte muerte. -Dijo soltándole y levantándose. -Necesito respuestas y aunque quizás tú no las tengas, aquel que te envió seguro que si. Dime su nombre y te ayudaré con tus heridas.
-No se su nombre. -Dijo. La temperatura del lugar descendió bruscamente pese a que el sol seguía en su cenit; el hombre de rostro hermano levantó la vista y sonrió. -Pero no creo que haga falta- Ya está aquí.
Galawar se puso inmediatamente en guarda y observó todos sus alrededores sin poder ver a nadie. De entre las sombras de dos arboles apareció una figura como si se acabase de formar de la nada; al principio sólo distinguió la silueta de un hombre, pero cuando se acercó y la luz le bañó el rostro descubrió una cara que no había visto en mucho tiempo; una no esperaba volver a ver jamás; la de su propio padre. Retrocedió unos pasos, mientras el mundo parecía desmoronarse ante sus ojos.
-No puedes ser tu. Yo... -La voz le falló. -Yo escuché cómo tu corazón se paraba, sentí tu boca carente de aliento, vi cómo te quemaban. -Las lagrimas amenazaban con salir a la superficie. -¡Lloré tu pérdida una vez, no me hagas esto otra vez; vuelve de dónde has venido!
La aparición miró a Li en silencio, sin moverse del sitio; allí, plantado frente a él, se erguía su padre muerto largo tiempo atrás, observándolo desde unos ojos vacíos hundidos rostro blanco como la nieve. Nada dijo; sólo extendió el brazo ofreciéndole la mano blanca como la nieve.
Su corazón se debatió entre abrazar al que una vez fuera su padre o huir presa del terror atroz que le atenazaba sus entrañas. Mientras él se debatía entre el miedo y el amor, su homónimo herido se levantó con dificultad acusando las heridas y se acercó sin temor alguno al espectro de otros tiempos.
-Lo siento padre, soy débil me venció en combate singular; pero juntos- dijo poniendo su mano sobre el hombro del brazo todavía extendido, podremos con él; caerá bajo nuestras fuerzas tan rápido que nos parecerá que ha sido sólo un mal sueño.
La aparición que una vez fue padre y esposo amante, giró lentamente su rostro para mirarlo y después le apartó la mano lentamente pero con desprecio. Le dio la espalda y se acercó a Li con los brazos abiertos.
-¡Padre no me abandones! Él sólo es un mestizo. Jamás debió haber nacido; yo debí ocupar su lugar.- Se calló un momento mientras aquella cosa se alejaba de él y con un odio surgido de las más bajas pasiones que anidaban en su pecho gritó.- ¡Me arrebató la vida antes de mi nacimiento!
A medida que el espectro avanzaba hacia Galawar su gemelo envejecía y el viento se volvía frío. Incapaz de comprender nada de toda aquella brujería extraña que se manifestaba frente a sus ojos, el llamado mestizo pensó en echar a correr; pero sus piernas estaban heladas y no se sentía capaz de dar un solo paso. El abrigo de sus ropas de nada servían frente aquella glacial sensación que se filtraba hasta sus huesos. Consciente de su vulnerabilidad frente a aquellos hechos extraordinarios, se vio a si mismo muerto y atado eternamente a la sombre de lo que una vez había sido su padre. Su pulso se aceleró hasta que el corazón parecía que fuese a salirse de su pecho. Revolviéndose sobre si mismo buscando cada gramo de energía que le quedaba dio un último paso, y tembloroso pronunció:
-Aléjate de mi. No quiero acompañarte en tu eterna vigilia. Quédate con tu hijo fantasma y regresa de dónde has venido. ¡Tu venganza es mía, pero mi vida no es tuya engendro! -Escupió con toda la rabia que pudo reunir.
Su hermano de palabra abrió los ojos de sorpresa, pero en ellos no había odio sino alegría, y acercándose a su padre lo cogió por el brazo fuertemente lleno de pasión.
-Lo ves padre, él no quiere estar contigo. Sólo tienes un hijo.
La mirada vacía del espectro se dirigió hacia el hombre de la armadura y se dibujó en su boca el aliento en forma de vapor; al mismo tiempo el cuerpo de Li fue liberado de su gélida atadura y volvió a tener control sobre él mismo. Sin pensarlo dos veces empezó a retroceder dispuesto a echar a correr cuando estuviese suficientemente lejos; pero el ser que se hacía llamar su padre agarró por el cuello a su hijo y lo empezó a estrangular sin miramientos. Los ojos de aquel que se había hecho llamar gemelo se salieron de sus órbitas consciente de que su fin había llegado. Li se dijo a si mismo que todo aquello no le incumbía, que las criaturas que vagaban por aquel valle maldito estaban ligadas a un destino aciago sin remedio. Pero su corazón veía algo suyo en aquel pobre diablo que estaba apunto de morir a manos de su propio padre, y comprendió que no existiría ningún camino de honor frente a él si allí abandonaba a aquella alma en pena. Ésta era su prueba. Vivir o morir carecía de importancia, pues su propia alma estaba en juego. Su miedo desapareció como el recuerdo de un sueño esquivo y sólo encontró la calma del guerrero, la inmediatez de la lucha, la iluminación de la certeza.
* * *
Las luz levantó el velo de su sueño como una dulce caricia. Deseó regresar a los brazos de la noche, dónde había tocado la perfecta paz de la iluminación; el sabor de su recuerdo todavía deleitaba su mente, pero la sensación se le escapo como el agua entre los dedos. Abrió los ojos más despierto de lo que quería reconocer, perdido entre lo real y la ilusión sin saber si estaba en un sitio o en el otro. La bruma lo rodeaba en un pequeño valle plagado de lagos. Se incorporó con el cuerpo dolorido. Miró a su alrededor y no vio signo de su lucha, ni de espectros, sólo era un valle normal cubierto por una bruma no más ominosa que cualquier otra. Entonces distinguió una pequeña piedra, era una lápida sin nombre justo al lado de dónde se había acostado; era pequeña, como si intentase pasar desapercibida bajo la niebla, pero su manufactura era la de un artesano. La observó desconcertado y le transmitió mucha tristeza. Quién querría enterrar a alguien en un sitio maldito como aquel, y quien no merecería unas palabras en su honor. Nadie quemaría incienso para ahuyentar los malos espíritus, nadie recordaría a una alma sin nombre.
No comprendía cómo se había dormido en aquel lugar, pero decidió no quedarse para averiguarlo. Así que continuó el camino hacia la salida del valle. Nada perturbó su avance, y al poco tiempo llegó a una gran roca de la que surgían cristales de jade, rompió un pequeño pedazo, sólo para demostrar que había pasado por allí; y continuó hasta la puerta de salida. Los portones se abrieron cuando levantó el trozo de cristal en alto.
Dio una última mirada al valle, preguntándose si todos deberían pasar la misma prueba que él; si para todos era igual. Preguntas que quizás jamás podrían ser respondidas.
Cruzó el umbral de salida dejando atrás la última puerta de lo que había sido su casa durante toda su vida.
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