La primera parada de su incierto viaje hacía tiempo que había sido decidido: el bosque de los hombres altos, el hogar de su madre. Se lo había prometido tiempo atrás cuando fue expulsada del templo. Y aunque no se tratase de una promesa, el paso por el valle de los lagos de la verdad le había hecho pensar en su padre. Recordaba muy poco de él, pues durante su niñez, sólo tenia tiempo entrenarse. Quería que su madre le hablase sobre él, para conocerlo mejor, aunque fuese a título póstumo. El bosque no estaba a más de seis días a pié, por lo que tenía provisiones suficientes para llegar. Hacía tres años que no probaba bocado, pues durante la etapa de meditación todo el cuerpo se paraba y sólo el espíritu estaba en movimiento. Sus primeras comidas le eran dolorosas como si comiese agujas, y debía forzarse comer para tener fuerzas para caminar. Un viaje corto podía tornarse una penalidad para un hombre débil y hambriento.
Era la primera vez que se alejaba del templo. Cuando hubo dejado atrás los campos de arroz que alimentaban a los monjes, había cruzado las fronteras de su mundo. Miró a sus espaldas y vio la montaña sobre la que se erguía el templo. Sintió miedo. Miedo a no volver a verlo jamás, miedo a lo que le esperaba delante de su camino, miedo a que hubiese dejado una vida mala pero conocida para encontrarse con una vida peor. Miedo a la soledad. miedo a si podría valerse por si mismo sin la ayuda de nadie más. Había estado muy convencido de su decisión hasta ese mismo instante. Miró al frente y le pareció que el bosque seguía tan lejos como cuando salió del templo, y casi llevaba un día de camino. El mundo era mucho mayor de lo que había imaginado. Por un momento pensó en la posibilidad de volver al templo y continuar viviendo allí, hasta que algún otro saliese de él, para tener compañía. También podía entrenar allí. Llevaba toda la vida soportando las miradas de desprecio, podría aguantar muchos años más. Al fin se acostumbrarían a su existencia, como cualquier hombre se acostumbra a los nudos de su lecho. Pero los cuentos del viejo Yuen le vinieron a la cabeza, pensó en todas aquellas historias que veía tan lejanas; y que ahora, a cada paso, se acercaban un poco más; se percató que podría ver el mundo con sus ojos y no a través de la voz de otro, se percató que podía tener su propia voz, y que con ello podría contar sus propias historias. Vio el camino que se extendía más allá de su vista, hacia el vasto mundo desconocido, y se vio a si mismo caminando por él con sus propios pies. Le gustó. Y así, sin mas dilación, continuó andando, cogiendo fuerzas y valor a cada paso. Unas tímidas lágrimas, que nunca supo si eran de felicidad o tristeza, surcaron su rostro. Pero el camino estaba delante suyo, y no podía dejar de andarlo; quería ver qué había después del siguiente giro, y del siguiente, y del otro.
El camino estaba muy tranquilo, no entró en contacto con nadie desde que se alejase de los campos de siembra. Decidió entrenar por las mañanas antes de empezar a caminar, no debía olvidar lo que tanto le había costado aprender. Decidió empezar con las técnicas de las 32 habitaciones del templo. A su pesar tubo que reconocer que los tres años de meditación había perjudicado mucho su estado de forma. Se preguntó como había conseguido sobrevivir al combate de los lagos de la verdad, pues casi no recordaba las formas más básicas. Por ello se decidió a dedicar también algún tiempo hacia el anochecer. Con todo ese tiempo entrenando el viaje se alargó más de lo esperado.
Al noveno día llegó al bosque. Se paró unos instantes antes de entrar y observó los maravillosos árboles verdes que se erguían ante él. El atardecer rojizo y los árboles verdes le recordaron los seis días que pasó con su padre antes del combate con Monk, ayudándole a entrenar. Fue uno de los periodos mas largos e intensos que lograba recordar junto a su progenitor; jamás se sintió más feliz. Comenzó a caminar con el pasado todavía acompañando cada paso. La arboleda filtraba el sol entre sus hojas dibujando columnas de luz por todo el camino. Cuando llevaba unos veinte patios andados una flecha se clavó en el árbol que había a su diestra, justo a la altura de sus ojos. Galawar saltó hacia atrás asustado pero en guardia, y observó a su alrededor. Aunque no veía a nadie sabía que estaban allí. Una voz surgió del bosque como si procediese de todas partes a la vez
-Extranjero, vuelve por dónde has venido pues este bosque está prohibido para los que no han sido invitados. Huye, si no quieres que tu efímera vida sea acortada por una flecha certera.
-Veo que la visión de los hombres altos ha sido exagerada, -Gritó Galawar cómo respuesta. - será que las nubes os impiden ver.
-La flecha ha dado exactamente dónde queríamos que diese. ¿Y quién es este grosero huésped que se permite criticar al amo de la casa en la que ha entra? - Esta vez la voz parecía enfurecida.
-Soy Galawar hijo de Galadria y Ming Sheng. ¡Y soy un guerrero de los Hijo del dragón! -¡Muéstrate y lucha como un hombre en vez de esconderte tras un arco!
Oyó unos matojos revolviéndose a su izquierda y tres hombres altos surgieron de entre los arbustos. Eran tal como los recordaba, medían vara y media por lo menos y su cuerpo era enjuto pero mostraban fuerza en cada paso que daban, tensos como la cuerda de un arco a punto de romperse. Había dos hombres de cabellos dorados y un tercero de pelo rojizo, las melenas trenzadas hacia atrás y unos tupidos mostachos decoraban sus rostros de piel blanquecina. Todos iban armados con un arco y una espada en el cinto tan larga que casi les llegaba a los pies. Aunque parecían fuertes y experimentados a Galawar le pareció que podría vencerles con facilidad. Su guardia estaba abierta como la de un niño y sus brazos aunque atentos a todos los movimientos eran demasiado largos para ser rápidos. Pero no había venido a luchar. Se acercaron hasta distancia de lanza, y el más avanzado, uno de los dos rubios, habló con voz clara.
-Tus palabras son propias de un guerrero, pero muy osadas para que las pronuncie un extranjero dentro de este bosque. -Su voz se paró y sus ojos miraron directamente el rostro de Galawar; su barba empezada a insinuarse. - Eres tan arrogante como uno de esos bushidos. Es comprensible, eres el hijo pródigo de los hijos del dragón; pero harías bien en recordar de en esta tierra eres la mitad que cualquiera de nosotros.
-Vuelve con los ojos rasgados, allí serás feliz -Dijo otro que estaba más retrasado.-; en el reino de los ciegos el tuerto es el rey.
La mandíbula de Galawar se tensó unos segundos mientras los dos de detrás reían abiertamente y el aparente líder le observaba con desconfianza.
-Llevadme con mi madre o despejad el camino. -Ordenó con mirada amenazante. -O para vuestro bien, espero que vuestro ingenio no se asemeje a vuestra habilidad en combate.
El hombre de pelo rojizo se acercó a él hasta distancia de brazo, le sacaba una cabeza y sus ojos mostraba el paso de los años. Le habló en voz baja con una mueca de desprecio dibujada en su rostro.
-Cuidado a quien amenazas pequeño dragón, o algún día te cortaran las alas.
-¡Goríndar! -Llamó el hombre que parecía ser el jefe. -Retírate. Sólo responde a tus insultos.
A desgana, y no sin echarle una última mirada amenazante el pelirojo se retiró hasta detrás del cabecilla.
-Somos guardianes del bosque. Por tradición no se permite la entrada a nadie que no haya sido invitado; pero en tu caso haremos una excepción. Aunque si por mi fuera, no gozarías de más privilegio que cualquier comerciante de paso. Desgraciadamente no está en mi mano decidir, así que síguenos y te llevaremos en presencia de Galadria.
Ordenó al hombre que se había enfrentado al hijo del dragón que se quedase vigilando y después se dirigió otra vez a Li.
-No podemos dejar nuestro puesto por mucho tiempo, así que iremos corriendo. No pierdas el ritmo pequeño dragón; está cerca.
Se dieron la vuelta y se adentraron en el bosque.
Pronto llegaron a un bosque dentro del mismo bosque, o al menos eso era lo que le pareció a Galawar, ya que los árboles que allí se erguían era los más altos y gruesos que había visto en toda su vida. Diríase que formaban parte de la misma tierra. Sus troncos no podían ser abrazados ni con seis hombres, y muy a menudo la vista se perdía antes de poder ver a la cima. La visión superaba todas las cosas que su madre le había contado de pequeño. Unidos por largas pasarelas, los arboles estaban poblados de estructuras construidas alrededor de ellos a no menos de cincuenta varas de altura. Los hombres altos que le guiaban se detuvieron para ver como el extranjero se quedaba pasmado con su hogar. Fue un pequeño detalle que le concedieron, aunque más por propio orgullo que por un signo de deferencia. La pausa duró poco, y continuaron su trayecto ascendiendo a la torre arbórea más cercana a por una escalera que rodeaba su inmensa cintura. Mientras ascendía se percató que las estructuras pegadas a los árboles eran los habitáculos que una vez le había contado su madre y comprendió, dada la inmensidad del bosque que veía, que probablemente se encontraba el sitio con más gente junta que había estado jamás. No podía clasificarlo de otra forma que como una de aquellas ciudades de las que había oído hablar.
Pronto llegaron al hogar de su madre, o eso supuso, pues se pararon y le miraron.
-Ahora debemos dejarte. Tenemos cosas más importantes que hacer. -Y así, con esas palabras los tres hombres le dejaron en un hogar en el que nunca había vivido antes.
Se acercó a la entrada con el corazón agitado, hacía años que no veía a su madre, y ahora que estaba tan cerca le provocaba un cierto temor. Apartó la tela verde que hacía las veces de puerta entro en la única sala de la vivienda. El interior carecía de abalorios; una mesa, una cama y unas sillas; todos decorados con elaborados dibujos. Las paredes y el suelo eran surcadas por infinitas vetas de madera que invitaban a imaginarse formas conocidas. Una parte de él admiraba la belleza del lugar como algo ajeno, la otra se sentía como si hubiese encontrado su hogar. Como no había nadie, decidió sentarse a esperar meditando en el suelo.
Poco tiempo más tarde se presentó un hombre de tez blanca como la nieve y rostro grave acompañado de cinco individuos que formaban su séquito. Su vestimenta, casi sin ninguna decoración, le daban aspecto de hombre sencillo, tan sencillo como podía ser alguien de aquellos parajes, pero su figura y su porte desmentían esa primera impresión; pues eran los de alguien acostumbrado a ser obedecido. Los seis extraños entraron en la casa y se situaron frente a Galawar. Éste, sentado con las piernas cruzadas, solamente les miró un instante subiendo la cabeza. Después volvió a mirar en el vacío.
-Soy Valinar hijo de Valarand rey de todas las almas de este bosque y señor de estas tierras; mi padre me envía para llevarte a su presencia. -Pronunció el recién llegado con voz autoritaria.
-¿Antes de ver a mi madre? Es seguro que un buen rey, como tu padre, comprenderá que antes de las presentaciones oficiales desee ver a mi madre. -Respondió sin desviar su mirada.
El séquito de de Valinar murmuró unas palabras indignados.
-Me han hablado de tu orgullo y de tu desprecio hacia todo lo referido a los elfos. Sin embargo es costumbre saludar al anfitrión cuando se entra en su casa; y menos aún cuando se trata de tu rey, creo que debo decirte que una buena actuación frente a mi padre podría aligerar las desavenencias de mi padre respecto a quién tú ya sabes.
-¿Acaso mi madre está enemistada con el rey? -Dijo confuso.
-Tranquilo tu madre está bien. -Su rostro mostraba desprecio. -Aunque no es propio de un príncipe hablar así, reconozco que se encuentra demasiado bien respecto a la deshonra que provocó para su pueblo. -Galawar subió la cabeza y le observó sin furia pero con una advertencia implícita, que Valinar casi sintió físicamente. -Pero está bien. -Continuó. -De hecho...
Su voz dura fue detenida por una mucho más dulce y madura; una voz de mujer.
-Has vuelto, hijo mío.
Galawar se levantó rápidamente y miró a su madre durante unos instantes. Era tal y como la recordaba, pero los años habían hecho mella en su eterna belleza. Su rostro era tan blanco como el del mismo Valinar, pero su piel estaba cansada por el tiempo y se relajaba grácilmente sobre aquel rostro que una vez fuera el más bello que había visto nunca. Sonriendo con los ojos húmedos se preguntó si todos los niños pensaban que su madre era la más guapa. Galadria también le observaba con lágrimas en los ojos, intentaba ocultarlas pero era evidente que no lo conseguía. Incomodado por el torrente de sentimientos que debía mostrar ante aquellos desconocidos, Li intentó contener su emoción; sin embargo el deseo de abrazarla le pudo. Aunque a su padre nunca le habían agradado estas muestras de afecto en público, su madre lo agradecía; y lo cierto era que deseaba sentirse abrazado por ella otra vez.
-Madre...
Habían pasado tres meses desde su llegada. Ya se había presentado a Valarand. Él y su madre habían pasado largas horas juntos, hablando del tiempo que habían estado separados; aunque lo cierto era que sólo hablaba él, pues su madre sólo quería saber cómo había acabado su entrenamiento. Contrariamente de lo que pensara alguna vez, su madre no detestaba ni le desagradaba el camino de los hijos del dragón; respetaba la filosofía e incluso le había pedido a su padre que le enseñara algunas técnicas de lucha. Le contó cómo fue toda la ceremonia, aunque omitió lo sucedido en el valle de los lagos de la verdad. Era un tema que le confundía y del que deseaba hablar, pero nunca había encontrado el momento adecuado.
Se encontraban paseando entre los árboles dirigiéndose al monte Galfinder, que era el único edificio del bosque, y el núcleo político y religioso dónde se discutían todas las cosas importantes de la villa. Durante aquellos días que se habían contado los años alejados el uno del otro, su madre le mostró el bosque y todas sus las maravillas, desde pequeño Li había renunciado al legado de su madre y temía que por ello el rey no le permitiese quedarse; aunque en el fondo sabía que no deseaba permanecer en el bosque. No había escapado de una casa para encerrarse en un jardín. Si no se había marchado todavía era porque había algo de lo que quería hablar pero no se atrevía. De niño siempre hacia lo mismo, le costaba expresar aquello que le perturbaba.
-Madre, hay algo que no te he contado.
-Del valle de los lagos de la verdad. -Dijo tranquila.
Galawar la miró sorprendido, pero después de que ella sonriese comprendió que nadie le conocía mejor que ella.
-Nunca he sabido ocultarte nada.
-Me has hablado de toda la ceremonia excepto de los valles. -Dijo acariciándole.- La mentira y el engaño nunca han sido parte de ti. Aunque es poco práctico, es bueno ante los dioses.
Cerró los ojos y su paso se fue debilitando hasta que paró. Entonces, mirando al vacío del bosque habló.
-Cuando estuve en el valle tuve que luchar con un hombre. Lo cierto es que no estoy seguro de si era un hombre o un espíritu. Lo único que sé, es que era idéntico a mi y que decía ser mi hermano abandonado en su nacimiento. -Calló esperando a que ella dijese algo.
Ella se acercó a una raíz que se levantaba como un dedo clavado en el suelo y se sentó. Después de unos instantes de mirarlo en silencio suspiró y empezó a hablar.
-Nunca pensamos decírtelo. Desafortunadamente los espíritus del templo tienen su propia voluntad. Cuando tu naciste, no estabas solo, tenías un hermano gemelo; fue motivo de mucha alegría para nosotros. No estaba claro si nuestras dos razas podían mezclarse, nunca nadie lo había probado antes, pero dos, era un milagro. Fue una efímera alegría; al poco de nacer el cuerpo de tu hermano rechazó el alma que se le ofrecía y pereció. Sólo los dioses saben porque mueren los recién nacidos. Tu padre pensó que el demonio perseguía a nuestra estirpe. Por ello de segundo nombre te pusimos Li; para que la sangre del primero te protegiese frente a los malos espíritus. El día de tu nacimiento enterramos a tu hermano y a ti te llevamos ante el gran consejo de los ahijados preocupados por tu futuro. Creíamos que los dioses no permitirían que vivieses. Sin embargo el gran consejo profetizó un buen futuro para ti. Durante tres años lloré la muerte de tu hermano en silencio, pues tu padre no quería que se supiese en el templo que había perdido un hijo. Yo nunca habría abandonado a mi hijo, ni yo, ni tu padre. Seguramente los malos espíritus del valle capturaron su joven alma; y aprovechando su inocencia, lo llevaron en tu contra.
-Gracias. Agradezco tu sinceridad. - Se levantó y la abrazó.
Después la invitó a continuar caminando hacia el templo.
-Me has dicho que el consejero profetizó un buen futuro para mi, pero no me has dicho cuál.
Su madre sonrió y entró en el templo. Éste estaba edificado en piedra blanca recubierta por hebras de verde vegetación. Las paredes, esculpidas en preciosas formas, representaban el viaje de un pueblo entre tormentas, huyendo de una sangrienta guerra. El interior estaba iluminado por rayos de luz que traspasaban el techo recubierto de vegetación. Todos esos rayos convergían en el mismo centro de una mesa redonda, con espacio suficiente para doce personas, dónde había una escultura de Wylea, diosa de la naturaleza, madre de todos los seres. Su madre se acercó a la escultura por uno de los tres espacios que troncaban la mesa redonda.
-¿De veras quieres saberlo? -Le preguntó sin mirarle.
-Se que para hombre que dice haber llegado a una paz interior absoluta, preocuparse por el destino parece un tanto fuera de lugar, pero también siento curiosidad.
-De acuerdo. -Suspiró. - Dijeron que serías un guerrero de renombre, que el día de tu nacimiento marcaba una nueva era. Auguraron una gran desgracia, una decisión vital, un largo viaje, batallas épicas, gloria y dolor a partes iguales... Los oráculos siempre son poco concretos, pero en tu caso está claro que tu destino está ligado a la lucha. Aunque Valarand insiste en que el gran consejo se confundió en su interpretación.
-Supongo que la gran desgracia fue la muerte de mi padre a manos de Liu Sheng. -Dijo cerrando los ojos y apoyándose en una de las columnas de blancas piedras. -El asesinato en el seno de una familia es de las desgracias más grandes que pueden ocurrir.
-El anciano Yuen siempre dijo que Liu era rencoroso y de corazón oscuro. Pero esperaba que la meditación y el chi-cum compensarían éste desequilibrio espiritual.
-No, no era de corazón oscuro, era un cobarde. Envenenar a su propio hermano antes del combate de sucesión es indigno incluso para el alguien como él. Es simplemente innoble.
-No hables así de un Sheng, tu padre no lo hubiera deseado, era su hermano y lo amaba.
-¿Y de qué le sirvió? -Alegó girándose. -Él está muerto y Liu vivo. Que los doce males de Shao Li caigan sobre él.
-No sabemos si es cierto, los maestros de la curación dijeron que fue víctima de un golpe mortal en el sexto punto espiritual... Liu Sheng parecía realmente triste.
-Por qué acababa de mancillar el nombre de los hijos del dragón; están matando el legado que Shao Li dejó para los hijos del dragón. Se están olvidando sus lecciones.
-Galawar, aunque sean hijos de un dragón los hombres siguen siendo mortales, los dioses los hicieron así; por eso el temor a la muerte les corroe por dentro. Se cuenta que un día el hombre más santo que jamás ha existido, se encontró con Wylea caminando por un bosque. Ella le prometió una respuesta y sólo una. El hombre sabio como ninguno decidió viajar para encontrar la pregunta que mereciera tan inestimable atención, durante treinta años viajó por todo el mundo en busca de la pregunta adecuada, triste y desesperado de ver el sufrimiento y dolor que azotan el mundo, regresó y le preguntó por qué había creado a unos seres tan desgraciados como los hombres. Wylea sonrió ante la pregunta y le respondió que sólo a través del dolor y el sufrimiento se puede llegar a la verdad, unos seres sin capacidad de sufrir no podrían salvar su alma. La capacidad de sufrir es un regalo de los dioses, no una maldición.
-Quizá tengas razón. -Contestó sin convencimiento. Y diciendo esto se marchó. Tenía demasiadas cosas en las que pensar. Había dejado aflorar demasiado odio; y eso era síntoma que hacía demasiado que no meditaba.
Galadria se quedó allí observando como su hijo marchaba. Y en su silueta, en el modo de andar de su hijo, vio al hombre que una vez hubo amado y que nunca dejaría de amar. Sonrió, porque Galawar era muy distinto de su padre y a la vez muy parecido, distinto en cuanto a la furia que corría por sus venas, parecido respecto a la inocencia respecto al bien y el mal. Pero le entristeció ver a su hijo torturado por la muerte de su padre. Aunque ya podría vestir un buen bigote, aún era muy joven, y la muerte de su padre le corroía por dentro.
Volvió a mirar a la estatua que yacía en el centro de la sala y dijo:
-Protégele Wylea, porque aún es joven para enfrentarse a las maldades de la vida.
Habían pasado dos días desde la conversación con su madre en Hadal ed Elbea, el Altar de la Justicia. Desde entonces, su madre había vuelto a su tarea de recolectar néctar de los árboles, el bulna como comúnmente se llamaba entre los hombres de aquellas tierras, con el que se preparaba el niup o pasta de invierno con las que se alimentaban durante dicho período. Por la mañana Li se levantó pronto para entrenar; pues en los días pasados desde su llegada a el bosque de los hombres altos había dejado bastante de lado en entrenamiento.
Buscó un sitio alejado de la ciudad, dónde pudiese meditar. Sentía su cuerpo desequilibrado y necesitaba purgar su mente. Encontró un claro tranquilo a unos patios de distancia de lo que propiamente se podía llamar ciudad. Se sentó en el centro sobre una gran roca, cerró los ojos y liberó su mente de cualquier otro pensamiento que no fuese respirar. Poco a poco fue reduciendo el ritmo y la cantidad de aire que cogía con su respiración. Cuando su respiración no era más que el latido del viento, su mente cayo al vacío.
A los ojos de su mente, el bosque era pura luz. La energía de la vida se filtraba desde la tierra a través de las grandes secuoyas como relámpagos ascendientes. Millares de estrellas de todos los tamaños correteaban a través de la tormenta de luz bailando al son de la música que la madre naturaleza había compuesto desde el principio de los tiempos. Buscó su cuerpo sentado en la tierra y lo encontró sólo, en un vacío de luz. Por eso había escogido ese paraje, de no ser así encontrarse a si mismo le habría resultado bastante difícil. Centró su atención en la luz que formaba su ser, y se fueron perfilando la constelación de puntos de energía conectados por unos finos canales de luz. Tenía una armonía casi perfecta. Por lo visto, aquellos últimos días no había perjudicado demasiado su cuerpo. Como si tocase un guqin, acarició aquellos frágiles canales con su alma estableciendo el ritmo que consideraba perfecto para su cuerpo.
Cuando estuvo satisfecho con la melodía que destilaba su cuerpo se dispuso a volver. Pero una llamada que ya había oído con anterioridad le atrajo hasta el árbol más cercano. Era el canto de los árboles que seguía la música de la tierra, ecos del pasado remoto que llevaban canciones ya olvidadas por los otros bosques, los grandes árboles montaña eran tan antiguos como los mismos inmortales. Ellos vieron su apogeo y su caída, como mudos testigos del tiempo. Decidió acurrucarse a sus pies para que su alma se durmiese con las historias de gloria y penurias del pasado remoto. Ya habría tiempo para entrenar.
Días más tarde unos jóvenes jugaban en las cercanías a encontrarse el uno al otro. En la búsqueda de su compañero uno de ellos entró en el claro dónde se encontraba Galawar meditando. El hombre de extraña indumentaria que había sentado en lo alto de una roca, le pareció mucho más intrigante que su perdido amigo, y pronto olvidó que le correspondía encontrarle. Observó al hombre sentado y el polvo que empezaba a acumular en los hombros y el pelo. Quieto como una estatua observaba el bosque sin pestañear. Se acercó tanto como su valor se lo permitía; pues había oído rumores de un extranjero, de no muy buena reputación, desaparecido unos días atrás en el bosque. Estuvo tanto tiempo decidiendo si estaba muerto o vivo, que su compañero, ya cansado de esperar, apareció en el claro indignado.
- Podrías informarme cuando decides dejar de jugar.
El corazón casi se le salió del pecho sorprendido por su amigo, que se rió durante un buen rato del salto que había dado.
- No tiene gracia. Me has cogido desprevenido.
- Pues te está bien, por dejarme plantado escondiéndome entre unos matorrales.
Entonces el primero cayó en que le tocaba encontrar a su compañero, y no sabía ni siquiera el tiempo que llevaba allí.
- Lo siento, pero es que nunca había visto a un muerto. Si es que está muerto.- Dijo mientras se apartaba para mostrarle el hombre sentado.
Al otro se le cortaron las ganas de reír de golpe. Los hombres altos acostumbraban a vivir mucho tiempo. La gente de fuera, les consideraba descendientes de los inmortales, pero ellos sabían que no lo eran. Sin embargo, por su longevidad, no estaban acostumbrados a la muerte. Era algo tan triste que los funerales podían reunir a todos los habitantes del bosque y durar más de una semana. Por su juventud ellos jamás habían asistido a ninguno, y por supuesto jamás habían visto a un muerto. Sólo la conocían por los cuentos que les habían contado sus padres.
- ¿Quien es?- Dijo casi atemorizado mientras se acercaba para observarle.
- Creo que es el mestizo del que hablan los mayores.
- ¿El que decían que se había perdido en el bosque?- Dijo acercándose mucho más de lo que el primero se había atrevido y tocando la punta de la faja que le colgaba de la cintura.- Sin duda por sus ropajes lo puede ser.
El primero se asustó y lo apartó casi de un empujón.
- No lo toques!
El otro lo miró sorprendido por la súbita reacción de su compañero.
- ¿Por qué? Está muerto. - Dijo enfadado.- Mi padre dijo que no era como nosotros. Era alguien de afuera, como la gente sin árboles. Para ellos la vida y la muerte sólo se separa por suspiro.
- Eso no es razón para no respetar a sus muertos.
- Todos dicen que la gente de afuera no respeta ni a los vivos ni a los muertos. No creo que se molesten en que yo investigue un poco.
- Lo sé. Mi madre dice lo mismo- Dijo a desgana.-, y se alegró cuando desapareció. Pero siempre ha dicho que la muerte merece respeto.
- Sigue sin ser uno de los nuestros.- Insistió acercándose.
- Creo que es un vástago de Galadria, quizás deberíamos informarla del hallazgo.
Mientras el primero estaba pensativo mirando hacia la ciudad el segundo se acercó a hombre sentado y le tocó la cara.
- Está caliente. Creía que los muertos se quedaban fríos.
Fue ese contacto que despertó a Galawar de su sueño en el vacío. Al percatarse de que había habido un contacto con su cuerpo, empezó a salir de su estado de meditación.
- ¿Tu que sabrás de la temperatura de los cadáveres, si todavía no has estado en ningún funeral?
- Pronto cumpliré mis veinte estaciones, y ya seré mayor de edad.
- Estar cerca no significa serlo, y de todas formas seguirás sin haber estado en ningún funeral.
- Bueno, pues ahora ya he visto un cadáver. - Dijo con picardía.- y puedo afirmar que, a menos que los mestizos sean muy distintos de los nosotros, los muertos siguen calientes como cuando están vivos.
Los ojos del hombre sentado se abrieron de golpe mirando al primer joven quien brincó como si una roca le hubiera mirado. Sorprendido por la reacción del primero, el segundo se asustó al ver que el supuesto muerto no sólo les estaba mirando, sino que se estaba levantando.
- No estoy muerto. Y puedo asegurarte que el día que lo esté, aun siendo mestizo -Dijo remarcando esto último.- Mi cuerpo acabará tan frío como el que más. La muerte iguala a todos los mortales, sea cual sea su raza.
Los dos chicos se quedaron mudos. No sabían hasta dónde había oído el hombre sentado y se sentían avergonzados de que les hubiesen cogido haciendo algo que no deberían haber hecho.
- Bueno.- Dijo Galawar.- Tanto parlotear y ahora os quedáis mudos. Decidme al menos vuestro nombre.
El primero tímidamente se acercó un paso y respondió.
- No pretendíamos despertarte y en cuanto a quién somos, mi nombre es Ándigar y el de mi compañero Wolfinar. ¿Y quién eres tu? No te habíamos visto nunca.
Galawar levantó las cejas mirándole con diversión.
- Por lo que he oído creo que ya sabéis quién soy. Pero por si desconocíais mi nombre soy Galawar.
El segundo joven, llamado Wolfinar, se adelantó rápidamente y le espetó.
- Tu eres el bastardo de Galadria.
- Wolf!- Le recriminó el otro.- No pretende ofenderte. Es que le faltan modales.
Galawar miró a los dos y saltó de la piedra al suelo. Ambos se retiraron un paso asustados. Pero él se dispuso a quitarse el polvo de la ropa y el pelo.
- Ya he visto que en este bosque los modales sólo son para algunos. Y el término correcto es mestizo. Creo que soy bastante legítimo como para que se me acuse de bastardo.
Ambos se quedaron callados. Estaban acostumbrados que les reprendieran, pero no a que lo hiciese alguien desconocido y más bajo que ellos.
-¿Así que vienes de fuera? -Preguntó Andigar, para suavizar la tensión. -¿Has visto a los hombres de las montañas alguna vez? Mi padre siempre dice que si alguno se acercara a menos de veinte pasos del bosque, le atravesarían el corazón con una flecha sin dudarlo.
-El mío dice que son lo peor porque hace mucho tiempo antes de que él naciera quemaron muchas de nuestras casas, matando a mujeres y niños. Hasta que Valisand el abuelo de Valarand los expulsó definitivamente después de las tres batallas del valle.
Galawar jamás había oído hablar de hombres de las montañas. Conocía de la existencia de los hombres altos por que el bosque estaba a pocos días de viaje. Pero jamás había oído hablar de otras razas.
-Lo siento, durante toda mi vida estuve encerrado en el templo, y nadie me habló ni de esa guerra ni tan siquiera que los enanos. Pero a juzgar por mi experiencia, creo que vuestros padres están bastante acertados en lo referente a la hospitalidad que les brindarían. Yo estaba demasiado ocupado aprendiendo los caminos del dragón. Aunque dudo que sean tan malos.
-¿Estas diciendo que mi padre es un mentiroso? -Gritó Wolfinar
-No. Solo que parece que en estas tierras se tiende a moldear la realidad a la conveniencia del que habla.
-Así que eres un guerrero del templo. -Dijo Andigar intentando volver a encauzar la conversación. -Pero supongo que no habrás pasado demasiadas aventuras aún. Porque pareces muy joven.
-No soy un mercenario si te refieres a eso. Simplemente busco a buenos maestros para que me instruyan...- Galawar se daba cuenta de que el otro chico podía ser problemático y decidió seguir la corriente al más tranquilo.
-De todas formas dicen que el exterior es peligroso. Se habla de guerras en el oeste.
-Creía que las tierras del emperador estaban en paz.
-La verdad es que nosotros tampoco sabemos mucho acerca de eso. -Dijo Wolfinar aún mirándole con desconfianza.- Llegan pocas nuevas y siempre tardías. Y nuestros padres no quieren que nos enteremos de lo que pasa en el exterior. Dicen que los hombres de fuera están llenos de odio y siempre acaban peleándose.
Galawar cerró los ojos y meció la cabeza de un lado a otro lentamente, pero intentó no responder a la provocación.
-¿Aún no nos has dicho porque saliste del templo? -Dijo Andigar sentándose en el suelo.
-Salí del templo para seguir aprendiendo. Los maestros ya me habían enseñado todo lo que sabían. Aunque en el templo hay muchos buenos maestros los mejores están fuera. Voy en su búsqueda para seguir aprendiendo.- Sabía que eso tenía poco de verdad. Los maestros del templo probablemente sabían mucho más de lo que le habían enseñado. Pero se asfixiaba en ese entorno de desprecio. Debían existir mejores maestros. Maestros cuyos conocimientos permitiesen tomarse su justa venganza.- Y en la lucha, como todo, sólo se puede llegar a la perfección mediante la práctica.
-O sea que en realidad sí buscas guerras en las que luchar. -Sonrió el llamado Andigar. -Yo siempre he deseado vivir una de esas aventuras que cuentan de los héroes del otro lado del mar, de grandes hazañas y batallas heroicas. Pero mi padre nunca me dejaría marchar. Si lo hiciese no creo que pudiera volver a poner el pié en mi casa...
-No comprendo estos deseos que tienes de sufrir -Interrumpió Wolfinar.-, esas leyendas no solo cuentan historias de felicidad y de héroes, sino también de tristeza y sufrimientos. Nuestros antepasados viajaron hasta aquí para huir precisamente de eso.
-Para mi una cosa compensa a la otra, el sólo hecho de hacer algo bueno y que tus hechos sean cantados durante generaciones, merece algo de sufrimiento.
-Aquí vivimos bien. Sin guerra, sin muerte y los árboles cuidan de nosotros.
-No puedes comprender lo que siento- Dijo golpeándose en pecho.-, es cómo tener un hambre que no se puede saciar. Él lo entiende, él es como yo.
Galawar, que estaba mirando el horizonte de árboles que se extendía tras los dos elfos, oyó las palabras de Andigar.
-Yo no lucho por la gloria ni por ser recordado. Sólo busco la luz a través de la perfección de la lucha. -Dijo mientras se dirigía al centro del claro para volverse a sentar en la piedra. -La gloria y el ser recordado son deseos de juventud, cuando acaba un combate Xiāofáng shuǐ no recordará si has sido vencedor o perdedor, sino la forma en la que has luchado. Por eso yo no soy un mercenario. No lucho ni por oro ni por joyas.
-Sigo sin entender por qué luchas entonces.
-Tanto da el por qué, mientras lo hagas libremente. El que lucha por codicia es prisionero de si mismo. El que lucha por vanidad es esclavo de todos. Yo lucho para la perfección sólo me debo a mi mismo y a nuestro primer maestro.- Galawar empezaba a entender como el anciano Yuen se debía sentir cuando daba sus lecciones.
-¿Dices que no me puedes comprender? pues entonces intenta comprenderle a él. -Dijo Ándigar con sorna.
Los tres se giraron cuando oyeron pasos que se acercaban apresuradamente. Eran cuatro adultos vestidos con los ropajes de caza. Cuando entraron en el claro se dirigieron al medio elfo sin prestar atención a los dos jóvenes.
-Galawar, hijo de Galadria y Ming Sheng, Valarand requiere tu presencia inmediatamente.
-¿Por qué razón me hace llamar? -Dijo Galawar intentando recordar si había alguna ley que le prohibiese hablar con los hijos de otros o meditar en un claro.
-Te será comunicado a su debido tiempo. Cuando el rey llama se acude a su presencia mestizo. -Dijo el que se encontraba más adelantado. -Te escoltaremos ante él.
Tanta prepotencia molestaba profundamente a Galawar. Incluso en el desprecio que le sometían todos los del templo, había cierto respeto, aunque sólo fuese por que lo dictaban las tradiciones. Pensó en decirles que fuese Valarand quien viniese a verle, pero aquellos cuatro iban vestidos como cazadores, no eran emisarios sino guerreros; y no parecían dispuestos a discutir.
El camino fue más rápido de lo que esperaba. Todos parecían tener prisa y le espoleaban como a un caballo para que acelerara el paso cuando se quedaba atrás. Le llevaron hacia el centro de la villa, hacia el monte Galfinder. Subieron y entraron en el edificio. Reconoció el lugar como Hadal ed Elbea, la entrada estaba adornada con la figura de dos bellas mujeres de madera que parecían sostener el techo. La sala, estaba llena de gente discutiendo en pequeños grupos, y en el centro, en la mesa redonda, estaba el grupo mayor encabezado por tres tronos de madera. En el centro se sentaba Valarand el joven, llamado así por que ascendió al trono antes de la madurez a causa de la prematura muerte de su padre en las ultimas guerras. Desde su trono de madera dominaba toda la sala con mirada de acero y rostro de piedra. A su derecha estaba sentada su cónyuge, Lindära. Procedente del viejo continente más allá de los mares del oeste, había sido un regalo de los reyes de los viejos reinos. Y a su izquierda se sentaba Valinar, el consentido; llamado así a sus espaldas, pues todavía no se había ganado sobrenombre alguno. El resto de sillas de la mesa se sentaban los consejeros del rey. Uno de los guardianes de Galawar se acercó al trono y le susurró algo al rey. El resto se quedó guardando al nuevo llegado.
Le dejaron en medio de la sala unos instantes rodeado por los tres guerreros como si se tratara de un criminal oyendo una discusión en la lengua de occidente que parecía llevar mucho tiempo empezada. El hijo de Gäladria, cómo era llamado allí, estaba bastante desconcertado. Buscó sin éxito a su madre entre los presentes. Entonces vio al anciano al que había sentado a su lado en una delicada silla de madera. Parecía dormitar sobre su silla agarrando su bastón. Pero cuando la discusión de los consejeros parecía más acalorada levantó la voz y dijo:
-¡Tost! Go leor de na díospóireachtaí futile.
Galawar jamás había aprendido el idioma de occidente. Pero comprendió que pedía silencio para poder ser escuchado. Los demás se quedaron callados al instante, aunque no sabía si por respeto o por sorpresa.
-Is é an t-ionchúisitheoir ceart. Táimid anseo chun an breitheamh an mestizo Galawar.
Li no pudo traducir nada de lo que dijo el rey sin embargo oyó su nombre. Y si hablaban sobre él quería saber de qué se trataba.
-Espero que me sea perdonada mi ignorancia, noble rey, pero no hablo elfo; así pues estaría muy agradecido si hablarais en común si os dirigís a mi.
-¡Tost! -Gritó el anciano a Galawar. -Nunca se ha hablado en común en una reunión del consejo, extranjero. Tu sola presencia aquí perturba todavía más el equilibrio de las cosas.
-Venerable anciano -Dijo Valarand. -no querría hacerte de recordar que yo soy el rey. El hijo de Gäladria está aquí por una razón. Sé que en el consejo nunca se ha hablado en común, pero ya que esta situación le atañe creo conveniente pasar a un idioma que el mestizo entienda.
-Lo siento mi rey, no pretendía cuestionar ni contradecir vuestra palabra. -Respondió el anciano.
El rey miró a Galawar silenciosamente. Después pasó su mirada por todos los presentes hasta que la posó otra vez sobre el invitado. Y prosiguió.
-Has sido convocado para responder por tus congéneres. Tu presencia en este bosque se soporta exclusivamente en la voluntad de tu madre y el respeto con el que a todos nos merece por ser un miembro de nuestra comunidad. Sin embargo, que aceptemos tu parte extranjera no significa que aceptemos a los foráneos. Durante siglos hemos vivido al margen de la gente sin árboles, sólo comerciando puntualmente con aquellos de nosotros que decidieron marcharse. Los hombres se mantenían alejados y nosotros no intervenimos en sus locuras. En todo este tiempo las ocasiones en las que esta norma ha sido quebrada la sangre de buenos hombres ha manchado esta tierra.
“En el día de hoy, nuestros cazadores han divisado dos grupos de hombres intentando introducirse en el bosque. Llevaban antorchas y aceite de quemar. Nuestros arqueros han dado cuenta de ellos pero cuando les han cazado estaban intentando prender el bosque con fuego.-Un murmullo se esparció por el consejo; por lo visto aquella información había sido ocultada a todos hasta ése momento. -¡Silencio! Estos dos grupos iban armados y vestidos como hijos del dragón. Si bien siempre hemos respetado a los monjes del templo, esta ofensa no tiene perdón. Por todo esto te hemos traído aquí, Galawar. Cada hombre es responsable de sus amigos y de sus enemigos. Con tus acciones puedes haber traído otra vez la guerra con los ojos rasgados. Y por ello hemos de decidir cuál será tu castigo.”
-Es imposible que los hijos del dragón ataquen a ningún pueblo. Su objetivo es la búsqueda de la perfección. No tiene sentido que ataquen a otro pueblo. También es cierto que tengo enemigos, pero no creo que ninguno de ellos me tenga en tan alta consideración que decida venir aquí a por mi.
-Tenemos pruebas que eran compañeros tuyos. -Dijo el guardia que había acompañado a Galawar al hogar de su madre. Y cogiendo una bolsa que había cerca la vació delante del consejo, dejando a la vista numerosas fajas doradas.
-Eso no prueba nada. Muchas escuelas de artes marciales usan fajas, cualquiera pudo haber atacado el bosque. -Se defendió
-Tienes razón pero no conozco a demasiados hombres capaces de esquivar flechas de las que desconocen su origen. Yo personalmente necesité nueve flechas hasta abatir a uno.
-Y Delanar es uno de los mejores tiradores de éste bosque. -Dijo uno de los consejeros del rey.
-Sin embargo al fin cayó víctima de una certera flecha que le atravesó el corazón. -Dijo orgullosamente levantando una faja dorada, manchada de sangre, que apartó del montón que había en el suelo.
Galawar seguía sin poder creer que Sheng hubiese enviado a gente para matarlo o quemar el mismo bosque. Los hijos del dragón jamás habían tenido interés en los monjes que abandonaban el templo. Sin embargo sabía que carecía de honor.
-Siento tener que decir que es posible que tengáis razón. Aunque desconozco la razón de este ataque sin aparente sentido. Los monjes del templo aman la naturaleza casi tanto como los vosotros.
En ese instante la madre de Galawar entró en la sala apresuradamente. Su rostro mostraba indignación, y todos los presentes callaron haciéndole un pasadizo hasta dónde estaba su hijo.
-¿Cómo es que no se me ha avisado? -Dijo gritando. -juzgáis a mi hijo, que no conoce nuestras leyes ni nuestras tradiciones y no me avisáis para que le proteja. -Al ver el rostro de piedra del rey y las caras de los presentes se percató de que algo muy malo iba a ocurrir. -Por favor mi rey sed benevolente. La única culpable de su nacimiento soy yo misma.
-No se juzga su nacimiento. De haberlo querido ya habría sido juzgado el día que cruzó el linde del bosque. Hoy unos hombres de su templo han intentado quemar el bosque.
Galadria dio un paso atrás como si hubiese sido golpeada. Pocos crímenes eran peores que quemar el bosque, o ponerlo en peligro con fuego.
-¡Eso es absurdo! -Sentenció. Los hijos del dragón no tienen razón para atacar el bosque. ¡Y menos quemarlo!
-Él ya ha reconocido su culpabilidad -Dijo Valinar. -Y debe pagar por sus crímenes.
Galadria miró a su hijo con sorpresa y se acercó a él para poder hablar en privado.
-Sabes que eso es imposible. ¿Por que has reconocido tal cosa?
-Liu no tiene honor. -Dijo despreciativamente. -Me creo cualquier cosa de él.
-¡Ya basta de tonterías con Liu Sheng! -Gritó tan enfadada que Galawar se asustó. Jamás la había visto así. -Le odias porque mató a tu padre. Y yo lo desprecio porque me arrebató a mi marido. Jamás me respetó y me tiene tanto odio como yo a él. Pero no por eso deja de ser un hijo del dragón. No sabes a qué castigo te estás enfrentando. Quemar el bosque está penado con la muerte.
Galawar empezó a comprender porque su madre estaba tan nerviosa. En ningún momento pensó que estuviese en juego su propia vida.
- Pero los hombres altos valoran la vida por encima de todo.
- Y la vida del bosque por encima de la propia. La pena es alta porque no hay crimen peor. El fuego mata al bosque y con él todo lo que se ha construido aquí, es el fin de nuestro pueblo. A ningún hombre alto jamás se le pasaría por la cabeza poner en peligro el bosque con fuego, así que nunca se ha tenido que aplicar esta norma a nadie de este pueblo.
Galawar comprendió el significado completo de aquellas palabras. Él era un mestizo, no era como ellos. Se quedó callado un momento intentando pensar en cómo salir de todo eso. Estaba dispuesto a recibir una reprimenda, o incluso ser exiliado, pero aquello era demasiado. Entonces Li se fijó en la faja dorada; quizá pudiese demostrar que nos era de los hijos del dragón. Al ver la sangre recordó algo de las enseñanzas del maestro Yuen: “los hijos del dragón no viven como los humanos ni mueren como ellos.”. Y encontró la respuesta que buscaba.
-Guardia -Dijo interrumpiendo los rumores que se oían. -, según tengo entendido mataste a uno atravesándole el corazón con una flecha. ¿Murió inmediatamente?
-Si, claro. -Dijo el guardia indignado por a insinuación de que su flecha no hubiese sido certera. -Es lo que sucede cuando le aciertas a alguien el corazón.
-¿Le habéis rematado o quemado?
-¡Nosotros no descuartizamos los cuerpos de nuestras víctimas cómo los extranjeros, somos más civilizados y la muerte de nuestros enemigos es rápida, indolora y con honor! -Anunció indignado Valarand.- Serán enterrados en las afueras del bosque esta misma noche.
-¿Dónde habéis dejado los cuerpos?
-Con los sacerdotes, por supuesto. -Dijo el guardia.
El rey se inclinó sobre si mismo y la sala se calló.
-Joven, no se dónde quieres ir a parar con todo esto. Recuerda que ya has reconocido tu implicación.
-Siento tener que cambiar mi palabra. No acostumbro a hacerlo, pero aquí, mi madre -Dijo señalándola con un movimiento de cabeza-, me ha recordado cierto aspecto de los hijos del dragón que podría ser relevante en su identificación como los perpetradores del ataque. Todos los monjes del templo somos bendecidos con el don de Xiāofáng shuǐ, que consiste en un segundo corazón. Se necesita herir los dos para poder matarles, aunque la impresión es que hayan muerto. Sugiero revisar los cuerpos por si ya han despertado de su letargo curativo.
-Nadie puede sobrevivir a una flecha en el corazón, dijo uno de los presentes. -quiere desviar la atención del consejo.
Y Valinar, lleno de resentimiento hacia Galawar por su falta de respeto, le susurró a su padre que no le escuchase.
-Es imposible, solo quiere ganar tiempo, condénale ahora y líbrate de él de una vez.
Pero ese no sería un buen día para el consentido. Su padre, aunque no albergaba aprecio alguno hacia Li, seguía sintiendo un gran respeto por la vida. Le habían enseñado que el poder para condenar a muerte conlleva la responsabilidad de ejecutar la sentencia. Y no deseaba alzar su espada contra otro ser. Y así habló sabiamente susurrando a su hijo con estas palabras:
-Calla hijo. La juventud te hace hablar con palabras necias. No quiero que se diga que mi hijo alguna vez habló imprudentemente. -Y así fue la primera vez que el rey contrarió los deseos de su hijo. Y no sería la última, pues desde ese día Valarand comprendió que quizás su hijo no había adquirido la sabiduría necesaria para reinar.
-El hijo de Galadria ha hablado sabia y prudentemente. -Habló el rey con voz fuerte. -Vayamos pues a ver a los muertos, y que la verdad salga a la luz.
Así habló el rey con un tono que no admitía discusión. Los presentes murmuraron algún desacuerdo, pero nadie alzó la voz. Lentamente salieron en dirección a las celdas. Delanar guió a la comitiva hasta una gran roca dónde torpemente se había excavado una estrecha gruta. Muchos de los presentes decidieron esperar fuera. El camino era estrecho y los hombres altos no habían nacido para estar bajo tierra; por eso mismo las celdas habían sido construidas en ese lugar. La comitiva se redujo a lo imprescindible: el rey, los cazadores y Galawar. De los demás, sólo Galadria y el anciano que se había sentado en el consejo decidieron seguir.
Descendieron unas varas hasta que la luz del exterior se perdió, y sólo las antorchas iluminaron el paso. Aunque el trayecto fue corto todos los presentes se sentían incómodos. La sensación de alejarse tanto del sol y del peso de la tierra sobre sus cabezas les producía un nudo en el estómago que les impulsaba a volver atrás. Era una presión leve pero requería un esfuerzo consciente seguir adelante. Finalmente llegaron hasta una pequeña sala con varias puertas a ambos lados. No había guardias. Sólo unas pocas antorchas apagadas que Delanar, quien encabezaba la marcha, encendió.
-Hemos llegado. Aquí están tus compañeros inmortales. -Dijo con sorna a Galawar señalando una puerta.
El mestizo lo miró despreciativo, y centró su atención en la puerta; pues de lo que allí encontraran dependía su vida. Viendo que no reaccionaba y la mirada impaciente del rey, cogió unas llaves que había colgadas en la pared y abrió la puerta. Como acto reflejo los demás cazadores pusieron su mano en las espadas, moviéndose hacia el rey para protegerlo si fuese necesario. Pero nada salió una vez la puerta fue abierta, todo seguía igual de tranquilo que instantes antes. Delanar entró en primer lugar, no sin poner la mano en su daga, pero un instante más tarde llamó al resto.
La sala estaba llena de cadáveres. Vestían las túnicas tradicionales de los monjes guerreros pero sin las fajas que les debieron ser arrebatadas junto con sus armas. Al principio Galawar sólo vio los cuerpos. Pero a continuación fue distinguiendo los rostros vacíos de vida. Cuando no reconoció ninguno liberó el aliento que había estado conteniendo inconscientemente desde su entrada.
-Y bien -Dijo el anciano.-, hemos bajado hasta aquí para ver unos cadáveres. Siguen muertos, por lo que no podemos asegurar que sean hijos del dragón. La versión del mestizo sigue soportándose sólo por su palabra.
-¡En ningún momento he mentido! Incluso he reconocido mi culpa.
El viejo lo miró tristemente bajo la luz de las antorchas, y en voz muy baja, pero audible por todos los presentes, respondió:
-Pero solo hasta que te han comunicado la pena.
El rey miró a Galawar y al viejo, en silencio. Y después centró su atención en los cadáveres que se extendían en el suelo.
-Galadria. ¿Tu que viviste en el templo hace años, reconoces alguno de estos hombres?
Abrió la boca para responder, pero fue interrumpida por la mano del rey.
-El mestizo no me agrada, como no me agradó en su momento tu relación con su padre pero lo acepté en su momento como lo he aceptado a él. El crimen del que se le acusa es grave pero tendré en cuenta que es más responsable que culpable junto con su desconocimiento nuestras leyes. Sin embargo a ti no te espera la misma clemencia si mientes, pues sabes que los lazos de sangre nunca han sido atenuante del perjurio.
-Pero los lazos de sangre bien pueden anular una declaración si son tan fuertes como los de una madre hacia su hijo.- Interrumpió el anciano con un siseo.
El rey sólo necesitó una mirada para hacerle callar. Después centró su atención en Galadria quien después de escucharle observó con detenimiento los cuerpos. Galawar deseaba gritar que ninguno de ellos eran de su templo, pero sabía que no era el momento para intervenir. El rey parecía desear hacer justicia, y no quería decantar la balanza.
-No les conozco, no recuerdo a ninguno de ellos. -Dijo al fin. -Pero hay un modo más fácil de identificar si lo son. Las ropas se pueden copiar y hay muchas escuelas de artes marciales en estas tierras. Pero nadie puede finalizar sus estudios en el templo sin pasar por las doce salas. Y en la última de ellas, un dragón es grabado en el antebrazo derecho y un tigre en el izquierdo.
-Más pruebas sobre leyendas. -Dijo el anciano. -El rey debe decidir a favor o en contra, pero ya basta de pruebas basadas en la palabra del mestizo y su madre, con una sola basta.
El rey observó a Galadria unos segundos intentando recordar el día que había solicitado casarse con el humano. Había pasado tanto tiempo, pero fue una solicitud que le perturbó fuertemente. Recibió muchas presiones para que prohibiese el enlace. Finalmente lo resolvió a solas con ellos, intentando comprender porque una de su raza desearía aparearse con alguien del exterior. Entre muchas otras cosas de una larga conversación, le había preguntado por las quemaduras de sus brazos.
-No. Recuerdo haber visto el tatuaje en los brazos del padre de mestizo. Él mismo en su momento me explicó que se trataba de una ceremonia de madurez. Es un grabado a fuego. Galawar muéstranos tus brazos.
El medio elfo se arremangó las mangas mostrando la parte interior de los brazos en los que había sendas quemaduras con forma de dragón y de tigre.
-Delanar muéstranos los brazos de los asaltantes.
El cazador, a desgana, levantó uno por uno los brazos de todos los cuerpos. Ninguno mostró signo de haber tenido jamás tatuaje ni quemadura.
-¿Gelanthar tienes algo que añadir o solicitar respecto a los cadáveres?
-No. -Dijo con cierto aire de alivio. -Salgamos ya de esta tumba.
De regreso al gran árbol, y suspendidas las deliberaciones hasta que el rey volvió a su trono y el anciano a su asiento, el juicio se continuó sin más demora.
-¿Y bien acusador, después de haber visto las pruebas, que pena solicitas?- Dijo el rey.
El anciano se levantó sobre su cayado para dar más peso a sus palabras.
-Ninguna. Los asaltantes no tienen relación con Galawar.
Un murmullo se extendió entre los presentes mientras el anciano se sentaba de nuevo y Valinar se giró mirando a su padre con sorpresa.
-Estoy de acuerdo. -Respondió el rey. -Por lo tanto el hijo de Galadria queda en libertad.
Los murmullos se convirtieron en una conmoción.
-Sin embargo -Dijo el rey levantando la voz para ser oído.-, que no hayamos encontrado a un culpable no significa que no exista. -Todos callaron para escuchar su palabra.- Alguien hoy ha intentado enemistarnos con los hijos del dragón, mediante un ataque cruel y mezquino contra la misma esencia de nuestro pueblo. El hecho de que no tenga relación con el mestizo sólo complica más encontrar el responsable. Está claro que si no era una agresión al extraño, lo ha sido hacia nuestro pueblo. Han pasado muchos años desde la última vez que fuimos atacados, pero todos sabemos el coste que sufrimos en preciosas vidas. Así pues, convoco una asamblea general para esta misma noche para debatir las acciones que debemos tomar ante esta agresión.
Cuando se quedó en silencio nadie volvió a hablar. Las implicaciones de esas palabras eran demasiado grandes para ser tomadas a la ligera. Lentamente, los presentes fueron abandonando la sala. Habían acudido con el propósito de purgar las asperezas que había en su jardín, pero regresaban con la amenaza del fuego de la guerra.
Galawar se quedó quieto sin saber si debía estar contento o enfadado. Se había marchado del templo por el desprecio que le tenían todos. Y había ido a parar a un nido de serpientes. No había lugar para él en este bosque, sólo el amor de su madre. Ésta le abrazó como si acabase de recuperar a un hijo perdido. Ni siquiera a su regreso le había abrazado con tanta fuerza.
El anciano al que habían llamado Gelanthar se levantó de nuevo y se acercó a Galawar.
-Ya seas hijo del bosque o de la gente de ojos rasgados, hoy has mostrado valor ante unas acusaciones muy graves, y te has comportado con respeto y honor hacia nuestro pueblo. -En sus voz no había odio ni ironía.- Puede que nuestras leyes puedan parecer extrañas hacia ti. Pero han funcionado bien hasta ahora. No les reproches el odio que te han mostrado, es fruto del miedo. Nuestro pueblo ha vivido aislado durante tanto tiempo que las cosas que nos son ajenas ya son muchas más de las que nos son cercanas. Desconfiamos de lo que no conocemos y tememos lo que no sabemos. Pero la sangre nueva, como las hierbas medicinales, aunque no les guste, les hará bien.
-Gracias padre. -Respondió Galadria en nombre de su hijo.
Galawar lo miró sorprendido mientras se alejaba ayudado por su bastón. Después miró a su madre sin comprender. Su madre lo miró unos momentos y comprendió porqué estaba tan extrañado.
-Por tradición, la voz de venganza debe ser el pariente no cercano de mayor edad. -Le dijo explicándose. -Creía que le habías reconocido. Claro que eras muy pequeño cuando lo viste.
Estuvo a punto de responder, pero se alejó de ella para observar los sillones del trono, ahora vacíos. Ya se habían ido todos y sólo quedaban ellos dos.
-Es igual. -Interrumpió. -Me voy. No me fui de un sitio en el que era odiado para ir a otro donde ser despreciado. Y no me importan sus razones. No necesito esto. Y, de todas formas, siempre estuve de paso.
Mientras decía esto sentía como los últimos lazos a algo conocido se rompían y se quedaba sólo en el borde de un precipicio. Pero entonces miró al cielo entre el techo de hojas y supo que aquello verdaderamente importante seguiría ahí. El cielo, la luz, los árboles, los animales, el valor y el honor. Todo aquello que había guiado a los antiguos maestros. Liberó su mente dejándose llevar por su propia respiración.
-No tienes porqué irte. Eres libre, ahora que ya te han juzgado probablemente te aceptarán como uno de ellos. -Suplicó su madre.
-Padre también viajó unos años antes de volver al templo. Quedarme aquí sólo fue una parada en mi viaje. Una parada más larga de lo esperado, debo reconocer. Te echaba de menos -Dijo mientras su madre le volvía a abrazar.-, por eso me he quedado más tiempo. Pero debo irme. Es el camino que he decidido para mi. Es el camino que habría tomado padre.
Las últimas esperanzas de su madre de que su hijo se quedase se esfumaron.
Ya había recogido sus cosas y tenía el fardo lleno de la comida de viaje que su madre le había preparado. Tardó dos días en hacer efectiva su despedida. En el poco tiempo que había pasado en el bosque había llegado a quererlo tanto como a su templo. Echaría de menos las secoyas y el suave fluir de la savia cuando dormía. Quizás había sido la herencia de su madre, o el miedo a lo que le aguardaba cuando la sombra de su pasado quedara atrás. Pero había llegado el día de su partida.
Galadria seguía dándole consejos sobre lo que debía o no debía hacer, preguntándole si necesitaba alguna cosa más. Finalmente aceptó que tenía todo lo necesario y se retiró al lado de Gelanthar quien había acudido también a despedirle. Le había visto un par de veces desde el juicio. Y no había vuelto a mostrar signos de desprecio hacia su mestizaje. Aunque no le quedaba mucha elección siendo su único nieto.
-Necesitarás esto. -Le dijo acercándole una bolsa con monedas.- Aquí no lo utilizamos, pero nos es de utilidad cuando pasan los comerciantes. No es mucho, pero te servirá para dormir los días de lluvia. -Galawar hizo un ademan de rechazarlo pero le interrumpió. -No. Valarand ha cerrado las fronteras. Nada se sabe de los agresores, así que duplicarán los vigilantes y ya no habrá más contacto con el exterior. No podremos gastarlo en mucho tiempo.
Galawar la cogió y se la puso dentro de la túnica agradecido. Su madre también se avanzó para ponerse al lado de Gelanthar.
-Escóndelo bien, y no lo muestres a la ligera. La gente mata por esas monedas fuera de estos bosques.
-Gracias. Lo tendré en cuenta. -Dijo a sabiendas que nada de lo que pudiese decir, calmaría la tristeza de su madre.- Y procuraré estar atento por si averiguo algo de los agresores. -Le dijo a su abuelo.
Sus mejillas se rozaron cómo última despedida y le dio la mano a su abuelo. Después desapareció entre los árboles.
-Lo siento. Cuando lo del juicio... -Dijo el anciano con voz cansada. -quizás fui demasiado severo.
-Descuida. Su decisión había estado tomada mucho antes del juicio. Desde su nacimiento persiguió la sombra de su padre. Pero desde su muerte se convirtió en una obsesión. Sólo espero que no le aguarde el mismo destino.
-Los hados le deparan un destino glorioso.
-Los hados se han equivocado antes. Y sigo siendo su madre. No puedo evitar preocuparme. La decisión de dejar el templo fue la más dolorosa que jamás he tomado. Pero por lo menos allí sabía que estaba seguro.- Dijo cruzando los brazos como si un frío la hubiese envuelto.
-Es un chico fuerte. Volverá.
Galadria miró hacia donde se había marchado y dijo: -Vivirá. Pero no creo que vuelva. -Después volvió hacia su casa triste. Estaba cansada, quería dormir. Pero antes de acostarse no olvidó hacer una plegaria por su hijo ausente y pidió a su marido muerto que cuidara de él.
Galawar estaba saliendo del bosque cuando una figura salió de detrás de un árbol cercano. No supo que decir; simplemente le lanzó una mirada interrogativa mientras arqueaba las cejas en señal de sorpresa. Él, vestido para un viaje, llevaba una capa verde debajo de los fardos que colgaban de su espalda, una vieja espada y una daga que probablemente no eran suyas.
-Tu viaje será largo y peligroso, y yo no tengo nada mejor que hacer. -Dijo con una sonrisa.
-Vuelve con los tuyos. Probablemente este viaje sólo será de ida. Aquí tienes una familia, amigos y una vida. Si me acompañas sólo tendrás trabajos y cansancio. -Respondió secamente pero con un atisbo de diversión.
-Quizá, pero ya me he despedido de todos, y he tomado mi decisión. Si no me marcho contigo lo haré sólo. Y siempre es preferible hacerlo junto a un buen guerrero.
-¿Te has despedido de todos?
-Bueno... -Titubeó un momento como intentando inventar una mentira más creíble. -Quizás olvidé precisar el tiempo que estaría fuera.
-Vuelve con tus padres. Ya he tenido bastante siendo juzgado una vez.
-Ah, tranquilo. ¡Hoy he cumplido mi mayoría de edad!
-¡Qué casualidad! -Respondió Li con una evidente falta de convicción.
El chico sonrió intentando parecer sincero. Y Galawar rió ampliamente.
-Veamos. ¿Qué edad tienes?
-¡Veinte estaciones! -Respondió con orgullo.
-Si hubieses dicho dieciocho te habría creído.
-Diecinueve -Dijo rápidamente.
-Esto no es un regateo. -Protestó el Li
-Por supuesto que no.
Galawar esbozó una sonrisa.
-Quizá no me convenga viajar con alguien tan inexperto en la lucha. No desearía tener que preocuparme por proteger a alguien si nos atacan unos bandidos.
-No soy mal luchador. -Afirmó. -Llevo entrenando mucho tiempo. Y soy un buen arquero. -Repuso indignado. -¡Y necesitarás alguien para protegerte de la magia!
-¿Lo vas a hacer tu? -Preguntó cínicamente.
-¡Por descontado! -Exclamó. Y, después de ver cómo el hijo del dragón se reía, agregó: -Por lo menos yo sé conjurar un círculo de protección.
Galawar lo miró y pensó que no reía desde la muerte de su padre. E incluso antes de su muerte pocas veces había sonreído. Quizá fuera un error, pero nunca había tenido un compañero, los alumnos del templo siempre le había rechazado por se mestizo y se había contentado con ser mejor que ellos en todo lo que hacía.
-Podrás venir conmigo -El rostro de Andigar se iluminó. -, ¡Si puedes seguir mi ritmo! -Dijo alegremente mientras echaba a correr por el bosque.
Andigar saltó detrás de él a la carrera dispuesto a demostrar que le podía vencer corriendo.
Era la primera vez que se alejaba del templo. Cuando hubo dejado atrás los campos de arroz que alimentaban a los monjes, había cruzado las fronteras de su mundo. Miró a sus espaldas y vio la montaña sobre la que se erguía el templo. Sintió miedo. Miedo a no volver a verlo jamás, miedo a lo que le esperaba delante de su camino, miedo a que hubiese dejado una vida mala pero conocida para encontrarse con una vida peor. Miedo a la soledad. miedo a si podría valerse por si mismo sin la ayuda de nadie más. Había estado muy convencido de su decisión hasta ese mismo instante. Miró al frente y le pareció que el bosque seguía tan lejos como cuando salió del templo, y casi llevaba un día de camino. El mundo era mucho mayor de lo que había imaginado. Por un momento pensó en la posibilidad de volver al templo y continuar viviendo allí, hasta que algún otro saliese de él, para tener compañía. También podía entrenar allí. Llevaba toda la vida soportando las miradas de desprecio, podría aguantar muchos años más. Al fin se acostumbrarían a su existencia, como cualquier hombre se acostumbra a los nudos de su lecho. Pero los cuentos del viejo Yuen le vinieron a la cabeza, pensó en todas aquellas historias que veía tan lejanas; y que ahora, a cada paso, se acercaban un poco más; se percató que podría ver el mundo con sus ojos y no a través de la voz de otro, se percató que podía tener su propia voz, y que con ello podría contar sus propias historias. Vio el camino que se extendía más allá de su vista, hacia el vasto mundo desconocido, y se vio a si mismo caminando por él con sus propios pies. Le gustó. Y así, sin mas dilación, continuó andando, cogiendo fuerzas y valor a cada paso. Unas tímidas lágrimas, que nunca supo si eran de felicidad o tristeza, surcaron su rostro. Pero el camino estaba delante suyo, y no podía dejar de andarlo; quería ver qué había después del siguiente giro, y del siguiente, y del otro.
El camino estaba muy tranquilo, no entró en contacto con nadie desde que se alejase de los campos de siembra. Decidió entrenar por las mañanas antes de empezar a caminar, no debía olvidar lo que tanto le había costado aprender. Decidió empezar con las técnicas de las 32 habitaciones del templo. A su pesar tubo que reconocer que los tres años de meditación había perjudicado mucho su estado de forma. Se preguntó como había conseguido sobrevivir al combate de los lagos de la verdad, pues casi no recordaba las formas más básicas. Por ello se decidió a dedicar también algún tiempo hacia el anochecer. Con todo ese tiempo entrenando el viaje se alargó más de lo esperado.
Al noveno día llegó al bosque. Se paró unos instantes antes de entrar y observó los maravillosos árboles verdes que se erguían ante él. El atardecer rojizo y los árboles verdes le recordaron los seis días que pasó con su padre antes del combate con Monk, ayudándole a entrenar. Fue uno de los periodos mas largos e intensos que lograba recordar junto a su progenitor; jamás se sintió más feliz. Comenzó a caminar con el pasado todavía acompañando cada paso. La arboleda filtraba el sol entre sus hojas dibujando columnas de luz por todo el camino. Cuando llevaba unos veinte patios andados una flecha se clavó en el árbol que había a su diestra, justo a la altura de sus ojos. Galawar saltó hacia atrás asustado pero en guardia, y observó a su alrededor. Aunque no veía a nadie sabía que estaban allí. Una voz surgió del bosque como si procediese de todas partes a la vez
-Extranjero, vuelve por dónde has venido pues este bosque está prohibido para los que no han sido invitados. Huye, si no quieres que tu efímera vida sea acortada por una flecha certera.
-Veo que la visión de los hombres altos ha sido exagerada, -Gritó Galawar cómo respuesta. - será que las nubes os impiden ver.
-La flecha ha dado exactamente dónde queríamos que diese. ¿Y quién es este grosero huésped que se permite criticar al amo de la casa en la que ha entra? - Esta vez la voz parecía enfurecida.
-Soy Galawar hijo de Galadria y Ming Sheng. ¡Y soy un guerrero de los Hijo del dragón! -¡Muéstrate y lucha como un hombre en vez de esconderte tras un arco!
Oyó unos matojos revolviéndose a su izquierda y tres hombres altos surgieron de entre los arbustos. Eran tal como los recordaba, medían vara y media por lo menos y su cuerpo era enjuto pero mostraban fuerza en cada paso que daban, tensos como la cuerda de un arco a punto de romperse. Había dos hombres de cabellos dorados y un tercero de pelo rojizo, las melenas trenzadas hacia atrás y unos tupidos mostachos decoraban sus rostros de piel blanquecina. Todos iban armados con un arco y una espada en el cinto tan larga que casi les llegaba a los pies. Aunque parecían fuertes y experimentados a Galawar le pareció que podría vencerles con facilidad. Su guardia estaba abierta como la de un niño y sus brazos aunque atentos a todos los movimientos eran demasiado largos para ser rápidos. Pero no había venido a luchar. Se acercaron hasta distancia de lanza, y el más avanzado, uno de los dos rubios, habló con voz clara.
-Tus palabras son propias de un guerrero, pero muy osadas para que las pronuncie un extranjero dentro de este bosque. -Su voz se paró y sus ojos miraron directamente el rostro de Galawar; su barba empezada a insinuarse. - Eres tan arrogante como uno de esos bushidos. Es comprensible, eres el hijo pródigo de los hijos del dragón; pero harías bien en recordar de en esta tierra eres la mitad que cualquiera de nosotros.
-Vuelve con los ojos rasgados, allí serás feliz -Dijo otro que estaba más retrasado.-; en el reino de los ciegos el tuerto es el rey.
La mandíbula de Galawar se tensó unos segundos mientras los dos de detrás reían abiertamente y el aparente líder le observaba con desconfianza.
-Llevadme con mi madre o despejad el camino. -Ordenó con mirada amenazante. -O para vuestro bien, espero que vuestro ingenio no se asemeje a vuestra habilidad en combate.
El hombre de pelo rojizo se acercó a él hasta distancia de brazo, le sacaba una cabeza y sus ojos mostraba el paso de los años. Le habló en voz baja con una mueca de desprecio dibujada en su rostro.
-Cuidado a quien amenazas pequeño dragón, o algún día te cortaran las alas.
-¡Goríndar! -Llamó el hombre que parecía ser el jefe. -Retírate. Sólo responde a tus insultos.
A desgana, y no sin echarle una última mirada amenazante el pelirojo se retiró hasta detrás del cabecilla.
-Somos guardianes del bosque. Por tradición no se permite la entrada a nadie que no haya sido invitado; pero en tu caso haremos una excepción. Aunque si por mi fuera, no gozarías de más privilegio que cualquier comerciante de paso. Desgraciadamente no está en mi mano decidir, así que síguenos y te llevaremos en presencia de Galadria.
Ordenó al hombre que se había enfrentado al hijo del dragón que se quedase vigilando y después se dirigió otra vez a Li.
-No podemos dejar nuestro puesto por mucho tiempo, así que iremos corriendo. No pierdas el ritmo pequeño dragón; está cerca.
Se dieron la vuelta y se adentraron en el bosque.
Pronto llegaron a un bosque dentro del mismo bosque, o al menos eso era lo que le pareció a Galawar, ya que los árboles que allí se erguían era los más altos y gruesos que había visto en toda su vida. Diríase que formaban parte de la misma tierra. Sus troncos no podían ser abrazados ni con seis hombres, y muy a menudo la vista se perdía antes de poder ver a la cima. La visión superaba todas las cosas que su madre le había contado de pequeño. Unidos por largas pasarelas, los arboles estaban poblados de estructuras construidas alrededor de ellos a no menos de cincuenta varas de altura. Los hombres altos que le guiaban se detuvieron para ver como el extranjero se quedaba pasmado con su hogar. Fue un pequeño detalle que le concedieron, aunque más por propio orgullo que por un signo de deferencia. La pausa duró poco, y continuaron su trayecto ascendiendo a la torre arbórea más cercana a por una escalera que rodeaba su inmensa cintura. Mientras ascendía se percató que las estructuras pegadas a los árboles eran los habitáculos que una vez le había contado su madre y comprendió, dada la inmensidad del bosque que veía, que probablemente se encontraba el sitio con más gente junta que había estado jamás. No podía clasificarlo de otra forma que como una de aquellas ciudades de las que había oído hablar.
Pronto llegaron al hogar de su madre, o eso supuso, pues se pararon y le miraron.
-Ahora debemos dejarte. Tenemos cosas más importantes que hacer. -Y así, con esas palabras los tres hombres le dejaron en un hogar en el que nunca había vivido antes.
Se acercó a la entrada con el corazón agitado, hacía años que no veía a su madre, y ahora que estaba tan cerca le provocaba un cierto temor. Apartó la tela verde que hacía las veces de puerta entro en la única sala de la vivienda. El interior carecía de abalorios; una mesa, una cama y unas sillas; todos decorados con elaborados dibujos. Las paredes y el suelo eran surcadas por infinitas vetas de madera que invitaban a imaginarse formas conocidas. Una parte de él admiraba la belleza del lugar como algo ajeno, la otra se sentía como si hubiese encontrado su hogar. Como no había nadie, decidió sentarse a esperar meditando en el suelo.
Poco tiempo más tarde se presentó un hombre de tez blanca como la nieve y rostro grave acompañado de cinco individuos que formaban su séquito. Su vestimenta, casi sin ninguna decoración, le daban aspecto de hombre sencillo, tan sencillo como podía ser alguien de aquellos parajes, pero su figura y su porte desmentían esa primera impresión; pues eran los de alguien acostumbrado a ser obedecido. Los seis extraños entraron en la casa y se situaron frente a Galawar. Éste, sentado con las piernas cruzadas, solamente les miró un instante subiendo la cabeza. Después volvió a mirar en el vacío.
-Soy Valinar hijo de Valarand rey de todas las almas de este bosque y señor de estas tierras; mi padre me envía para llevarte a su presencia. -Pronunció el recién llegado con voz autoritaria.
-¿Antes de ver a mi madre? Es seguro que un buen rey, como tu padre, comprenderá que antes de las presentaciones oficiales desee ver a mi madre. -Respondió sin desviar su mirada.
El séquito de de Valinar murmuró unas palabras indignados.
-Me han hablado de tu orgullo y de tu desprecio hacia todo lo referido a los elfos. Sin embargo es costumbre saludar al anfitrión cuando se entra en su casa; y menos aún cuando se trata de tu rey, creo que debo decirte que una buena actuación frente a mi padre podría aligerar las desavenencias de mi padre respecto a quién tú ya sabes.
-¿Acaso mi madre está enemistada con el rey? -Dijo confuso.
-Tranquilo tu madre está bien. -Su rostro mostraba desprecio. -Aunque no es propio de un príncipe hablar así, reconozco que se encuentra demasiado bien respecto a la deshonra que provocó para su pueblo. -Galawar subió la cabeza y le observó sin furia pero con una advertencia implícita, que Valinar casi sintió físicamente. -Pero está bien. -Continuó. -De hecho...
Su voz dura fue detenida por una mucho más dulce y madura; una voz de mujer.
-Has vuelto, hijo mío.
Galawar se levantó rápidamente y miró a su madre durante unos instantes. Era tal y como la recordaba, pero los años habían hecho mella en su eterna belleza. Su rostro era tan blanco como el del mismo Valinar, pero su piel estaba cansada por el tiempo y se relajaba grácilmente sobre aquel rostro que una vez fuera el más bello que había visto nunca. Sonriendo con los ojos húmedos se preguntó si todos los niños pensaban que su madre era la más guapa. Galadria también le observaba con lágrimas en los ojos, intentaba ocultarlas pero era evidente que no lo conseguía. Incomodado por el torrente de sentimientos que debía mostrar ante aquellos desconocidos, Li intentó contener su emoción; sin embargo el deseo de abrazarla le pudo. Aunque a su padre nunca le habían agradado estas muestras de afecto en público, su madre lo agradecía; y lo cierto era que deseaba sentirse abrazado por ella otra vez.
-Madre...
* * *
Habían pasado tres meses desde su llegada. Ya se había presentado a Valarand. Él y su madre habían pasado largas horas juntos, hablando del tiempo que habían estado separados; aunque lo cierto era que sólo hablaba él, pues su madre sólo quería saber cómo había acabado su entrenamiento. Contrariamente de lo que pensara alguna vez, su madre no detestaba ni le desagradaba el camino de los hijos del dragón; respetaba la filosofía e incluso le había pedido a su padre que le enseñara algunas técnicas de lucha. Le contó cómo fue toda la ceremonia, aunque omitió lo sucedido en el valle de los lagos de la verdad. Era un tema que le confundía y del que deseaba hablar, pero nunca había encontrado el momento adecuado.
Se encontraban paseando entre los árboles dirigiéndose al monte Galfinder, que era el único edificio del bosque, y el núcleo político y religioso dónde se discutían todas las cosas importantes de la villa. Durante aquellos días que se habían contado los años alejados el uno del otro, su madre le mostró el bosque y todas sus las maravillas, desde pequeño Li había renunciado al legado de su madre y temía que por ello el rey no le permitiese quedarse; aunque en el fondo sabía que no deseaba permanecer en el bosque. No había escapado de una casa para encerrarse en un jardín. Si no se había marchado todavía era porque había algo de lo que quería hablar pero no se atrevía. De niño siempre hacia lo mismo, le costaba expresar aquello que le perturbaba.
-Madre, hay algo que no te he contado.
-Del valle de los lagos de la verdad. -Dijo tranquila.
Galawar la miró sorprendido, pero después de que ella sonriese comprendió que nadie le conocía mejor que ella.
-Nunca he sabido ocultarte nada.
-Me has hablado de toda la ceremonia excepto de los valles. -Dijo acariciándole.- La mentira y el engaño nunca han sido parte de ti. Aunque es poco práctico, es bueno ante los dioses.
Cerró los ojos y su paso se fue debilitando hasta que paró. Entonces, mirando al vacío del bosque habló.
-Cuando estuve en el valle tuve que luchar con un hombre. Lo cierto es que no estoy seguro de si era un hombre o un espíritu. Lo único que sé, es que era idéntico a mi y que decía ser mi hermano abandonado en su nacimiento. -Calló esperando a que ella dijese algo.
Ella se acercó a una raíz que se levantaba como un dedo clavado en el suelo y se sentó. Después de unos instantes de mirarlo en silencio suspiró y empezó a hablar.
-Nunca pensamos decírtelo. Desafortunadamente los espíritus del templo tienen su propia voluntad. Cuando tu naciste, no estabas solo, tenías un hermano gemelo; fue motivo de mucha alegría para nosotros. No estaba claro si nuestras dos razas podían mezclarse, nunca nadie lo había probado antes, pero dos, era un milagro. Fue una efímera alegría; al poco de nacer el cuerpo de tu hermano rechazó el alma que se le ofrecía y pereció. Sólo los dioses saben porque mueren los recién nacidos. Tu padre pensó que el demonio perseguía a nuestra estirpe. Por ello de segundo nombre te pusimos Li; para que la sangre del primero te protegiese frente a los malos espíritus. El día de tu nacimiento enterramos a tu hermano y a ti te llevamos ante el gran consejo de los ahijados preocupados por tu futuro. Creíamos que los dioses no permitirían que vivieses. Sin embargo el gran consejo profetizó un buen futuro para ti. Durante tres años lloré la muerte de tu hermano en silencio, pues tu padre no quería que se supiese en el templo que había perdido un hijo. Yo nunca habría abandonado a mi hijo, ni yo, ni tu padre. Seguramente los malos espíritus del valle capturaron su joven alma; y aprovechando su inocencia, lo llevaron en tu contra.
-Gracias. Agradezco tu sinceridad. - Se levantó y la abrazó.
Después la invitó a continuar caminando hacia el templo.
-Me has dicho que el consejero profetizó un buen futuro para mi, pero no me has dicho cuál.
Su madre sonrió y entró en el templo. Éste estaba edificado en piedra blanca recubierta por hebras de verde vegetación. Las paredes, esculpidas en preciosas formas, representaban el viaje de un pueblo entre tormentas, huyendo de una sangrienta guerra. El interior estaba iluminado por rayos de luz que traspasaban el techo recubierto de vegetación. Todos esos rayos convergían en el mismo centro de una mesa redonda, con espacio suficiente para doce personas, dónde había una escultura de Wylea, diosa de la naturaleza, madre de todos los seres. Su madre se acercó a la escultura por uno de los tres espacios que troncaban la mesa redonda.
-¿De veras quieres saberlo? -Le preguntó sin mirarle.
-Se que para hombre que dice haber llegado a una paz interior absoluta, preocuparse por el destino parece un tanto fuera de lugar, pero también siento curiosidad.
-De acuerdo. -Suspiró. - Dijeron que serías un guerrero de renombre, que el día de tu nacimiento marcaba una nueva era. Auguraron una gran desgracia, una decisión vital, un largo viaje, batallas épicas, gloria y dolor a partes iguales... Los oráculos siempre son poco concretos, pero en tu caso está claro que tu destino está ligado a la lucha. Aunque Valarand insiste en que el gran consejo se confundió en su interpretación.
-Supongo que la gran desgracia fue la muerte de mi padre a manos de Liu Sheng. -Dijo cerrando los ojos y apoyándose en una de las columnas de blancas piedras. -El asesinato en el seno de una familia es de las desgracias más grandes que pueden ocurrir.
-El anciano Yuen siempre dijo que Liu era rencoroso y de corazón oscuro. Pero esperaba que la meditación y el chi-cum compensarían éste desequilibrio espiritual.
-No, no era de corazón oscuro, era un cobarde. Envenenar a su propio hermano antes del combate de sucesión es indigno incluso para el alguien como él. Es simplemente innoble.
-No hables así de un Sheng, tu padre no lo hubiera deseado, era su hermano y lo amaba.
-¿Y de qué le sirvió? -Alegó girándose. -Él está muerto y Liu vivo. Que los doce males de Shao Li caigan sobre él.
-No sabemos si es cierto, los maestros de la curación dijeron que fue víctima de un golpe mortal en el sexto punto espiritual... Liu Sheng parecía realmente triste.
-Por qué acababa de mancillar el nombre de los hijos del dragón; están matando el legado que Shao Li dejó para los hijos del dragón. Se están olvidando sus lecciones.
-Galawar, aunque sean hijos de un dragón los hombres siguen siendo mortales, los dioses los hicieron así; por eso el temor a la muerte les corroe por dentro. Se cuenta que un día el hombre más santo que jamás ha existido, se encontró con Wylea caminando por un bosque. Ella le prometió una respuesta y sólo una. El hombre sabio como ninguno decidió viajar para encontrar la pregunta que mereciera tan inestimable atención, durante treinta años viajó por todo el mundo en busca de la pregunta adecuada, triste y desesperado de ver el sufrimiento y dolor que azotan el mundo, regresó y le preguntó por qué había creado a unos seres tan desgraciados como los hombres. Wylea sonrió ante la pregunta y le respondió que sólo a través del dolor y el sufrimiento se puede llegar a la verdad, unos seres sin capacidad de sufrir no podrían salvar su alma. La capacidad de sufrir es un regalo de los dioses, no una maldición.
-Quizá tengas razón. -Contestó sin convencimiento. Y diciendo esto se marchó. Tenía demasiadas cosas en las que pensar. Había dejado aflorar demasiado odio; y eso era síntoma que hacía demasiado que no meditaba.
Galadria se quedó allí observando como su hijo marchaba. Y en su silueta, en el modo de andar de su hijo, vio al hombre que una vez hubo amado y que nunca dejaría de amar. Sonrió, porque Galawar era muy distinto de su padre y a la vez muy parecido, distinto en cuanto a la furia que corría por sus venas, parecido respecto a la inocencia respecto al bien y el mal. Pero le entristeció ver a su hijo torturado por la muerte de su padre. Aunque ya podría vestir un buen bigote, aún era muy joven, y la muerte de su padre le corroía por dentro.
Volvió a mirar a la estatua que yacía en el centro de la sala y dijo:
-Protégele Wylea, porque aún es joven para enfrentarse a las maldades de la vida.
Habían pasado dos días desde la conversación con su madre en Hadal ed Elbea, el Altar de la Justicia. Desde entonces, su madre había vuelto a su tarea de recolectar néctar de los árboles, el bulna como comúnmente se llamaba entre los hombres de aquellas tierras, con el que se preparaba el niup o pasta de invierno con las que se alimentaban durante dicho período. Por la mañana Li se levantó pronto para entrenar; pues en los días pasados desde su llegada a el bosque de los hombres altos había dejado bastante de lado en entrenamiento.
Buscó un sitio alejado de la ciudad, dónde pudiese meditar. Sentía su cuerpo desequilibrado y necesitaba purgar su mente. Encontró un claro tranquilo a unos patios de distancia de lo que propiamente se podía llamar ciudad. Se sentó en el centro sobre una gran roca, cerró los ojos y liberó su mente de cualquier otro pensamiento que no fuese respirar. Poco a poco fue reduciendo el ritmo y la cantidad de aire que cogía con su respiración. Cuando su respiración no era más que el latido del viento, su mente cayo al vacío.
A los ojos de su mente, el bosque era pura luz. La energía de la vida se filtraba desde la tierra a través de las grandes secuoyas como relámpagos ascendientes. Millares de estrellas de todos los tamaños correteaban a través de la tormenta de luz bailando al son de la música que la madre naturaleza había compuesto desde el principio de los tiempos. Buscó su cuerpo sentado en la tierra y lo encontró sólo, en un vacío de luz. Por eso había escogido ese paraje, de no ser así encontrarse a si mismo le habría resultado bastante difícil. Centró su atención en la luz que formaba su ser, y se fueron perfilando la constelación de puntos de energía conectados por unos finos canales de luz. Tenía una armonía casi perfecta. Por lo visto, aquellos últimos días no había perjudicado demasiado su cuerpo. Como si tocase un guqin, acarició aquellos frágiles canales con su alma estableciendo el ritmo que consideraba perfecto para su cuerpo.
Cuando estuvo satisfecho con la melodía que destilaba su cuerpo se dispuso a volver. Pero una llamada que ya había oído con anterioridad le atrajo hasta el árbol más cercano. Era el canto de los árboles que seguía la música de la tierra, ecos del pasado remoto que llevaban canciones ya olvidadas por los otros bosques, los grandes árboles montaña eran tan antiguos como los mismos inmortales. Ellos vieron su apogeo y su caída, como mudos testigos del tiempo. Decidió acurrucarse a sus pies para que su alma se durmiese con las historias de gloria y penurias del pasado remoto. Ya habría tiempo para entrenar.
Días más tarde unos jóvenes jugaban en las cercanías a encontrarse el uno al otro. En la búsqueda de su compañero uno de ellos entró en el claro dónde se encontraba Galawar meditando. El hombre de extraña indumentaria que había sentado en lo alto de una roca, le pareció mucho más intrigante que su perdido amigo, y pronto olvidó que le correspondía encontrarle. Observó al hombre sentado y el polvo que empezaba a acumular en los hombros y el pelo. Quieto como una estatua observaba el bosque sin pestañear. Se acercó tanto como su valor se lo permitía; pues había oído rumores de un extranjero, de no muy buena reputación, desaparecido unos días atrás en el bosque. Estuvo tanto tiempo decidiendo si estaba muerto o vivo, que su compañero, ya cansado de esperar, apareció en el claro indignado.
- Podrías informarme cuando decides dejar de jugar.
El corazón casi se le salió del pecho sorprendido por su amigo, que se rió durante un buen rato del salto que había dado.
- No tiene gracia. Me has cogido desprevenido.
- Pues te está bien, por dejarme plantado escondiéndome entre unos matorrales.
Entonces el primero cayó en que le tocaba encontrar a su compañero, y no sabía ni siquiera el tiempo que llevaba allí.
- Lo siento, pero es que nunca había visto a un muerto. Si es que está muerto.- Dijo mientras se apartaba para mostrarle el hombre sentado.
Al otro se le cortaron las ganas de reír de golpe. Los hombres altos acostumbraban a vivir mucho tiempo. La gente de fuera, les consideraba descendientes de los inmortales, pero ellos sabían que no lo eran. Sin embargo, por su longevidad, no estaban acostumbrados a la muerte. Era algo tan triste que los funerales podían reunir a todos los habitantes del bosque y durar más de una semana. Por su juventud ellos jamás habían asistido a ninguno, y por supuesto jamás habían visto a un muerto. Sólo la conocían por los cuentos que les habían contado sus padres.
- ¿Quien es?- Dijo casi atemorizado mientras se acercaba para observarle.
- Creo que es el mestizo del que hablan los mayores.
- ¿El que decían que se había perdido en el bosque?- Dijo acercándose mucho más de lo que el primero se había atrevido y tocando la punta de la faja que le colgaba de la cintura.- Sin duda por sus ropajes lo puede ser.
El primero se asustó y lo apartó casi de un empujón.
- No lo toques!
El otro lo miró sorprendido por la súbita reacción de su compañero.
- ¿Por qué? Está muerto. - Dijo enfadado.- Mi padre dijo que no era como nosotros. Era alguien de afuera, como la gente sin árboles. Para ellos la vida y la muerte sólo se separa por suspiro.
- Eso no es razón para no respetar a sus muertos.
- Todos dicen que la gente de afuera no respeta ni a los vivos ni a los muertos. No creo que se molesten en que yo investigue un poco.
- Lo sé. Mi madre dice lo mismo- Dijo a desgana.-, y se alegró cuando desapareció. Pero siempre ha dicho que la muerte merece respeto.
- Sigue sin ser uno de los nuestros.- Insistió acercándose.
- Creo que es un vástago de Galadria, quizás deberíamos informarla del hallazgo.
Mientras el primero estaba pensativo mirando hacia la ciudad el segundo se acercó a hombre sentado y le tocó la cara.
- Está caliente. Creía que los muertos se quedaban fríos.
Fue ese contacto que despertó a Galawar de su sueño en el vacío. Al percatarse de que había habido un contacto con su cuerpo, empezó a salir de su estado de meditación.
- ¿Tu que sabrás de la temperatura de los cadáveres, si todavía no has estado en ningún funeral?
- Pronto cumpliré mis veinte estaciones, y ya seré mayor de edad.
- Estar cerca no significa serlo, y de todas formas seguirás sin haber estado en ningún funeral.
- Bueno, pues ahora ya he visto un cadáver. - Dijo con picardía.- y puedo afirmar que, a menos que los mestizos sean muy distintos de los nosotros, los muertos siguen calientes como cuando están vivos.
Los ojos del hombre sentado se abrieron de golpe mirando al primer joven quien brincó como si una roca le hubiera mirado. Sorprendido por la reacción del primero, el segundo se asustó al ver que el supuesto muerto no sólo les estaba mirando, sino que se estaba levantando.
- No estoy muerto. Y puedo asegurarte que el día que lo esté, aun siendo mestizo -Dijo remarcando esto último.- Mi cuerpo acabará tan frío como el que más. La muerte iguala a todos los mortales, sea cual sea su raza.
Los dos chicos se quedaron mudos. No sabían hasta dónde había oído el hombre sentado y se sentían avergonzados de que les hubiesen cogido haciendo algo que no deberían haber hecho.
- Bueno.- Dijo Galawar.- Tanto parlotear y ahora os quedáis mudos. Decidme al menos vuestro nombre.
El primero tímidamente se acercó un paso y respondió.
- No pretendíamos despertarte y en cuanto a quién somos, mi nombre es Ándigar y el de mi compañero Wolfinar. ¿Y quién eres tu? No te habíamos visto nunca.
Galawar levantó las cejas mirándole con diversión.
- Por lo que he oído creo que ya sabéis quién soy. Pero por si desconocíais mi nombre soy Galawar.
El segundo joven, llamado Wolfinar, se adelantó rápidamente y le espetó.
- Tu eres el bastardo de Galadria.
- Wolf!- Le recriminó el otro.- No pretende ofenderte. Es que le faltan modales.
Galawar miró a los dos y saltó de la piedra al suelo. Ambos se retiraron un paso asustados. Pero él se dispuso a quitarse el polvo de la ropa y el pelo.
- Ya he visto que en este bosque los modales sólo son para algunos. Y el término correcto es mestizo. Creo que soy bastante legítimo como para que se me acuse de bastardo.
Ambos se quedaron callados. Estaban acostumbrados que les reprendieran, pero no a que lo hiciese alguien desconocido y más bajo que ellos.
-¿Así que vienes de fuera? -Preguntó Andigar, para suavizar la tensión. -¿Has visto a los hombres de las montañas alguna vez? Mi padre siempre dice que si alguno se acercara a menos de veinte pasos del bosque, le atravesarían el corazón con una flecha sin dudarlo.
-El mío dice que son lo peor porque hace mucho tiempo antes de que él naciera quemaron muchas de nuestras casas, matando a mujeres y niños. Hasta que Valisand el abuelo de Valarand los expulsó definitivamente después de las tres batallas del valle.
Galawar jamás había oído hablar de hombres de las montañas. Conocía de la existencia de los hombres altos por que el bosque estaba a pocos días de viaje. Pero jamás había oído hablar de otras razas.
-Lo siento, durante toda mi vida estuve encerrado en el templo, y nadie me habló ni de esa guerra ni tan siquiera que los enanos. Pero a juzgar por mi experiencia, creo que vuestros padres están bastante acertados en lo referente a la hospitalidad que les brindarían. Yo estaba demasiado ocupado aprendiendo los caminos del dragón. Aunque dudo que sean tan malos.
-¿Estas diciendo que mi padre es un mentiroso? -Gritó Wolfinar
-No. Solo que parece que en estas tierras se tiende a moldear la realidad a la conveniencia del que habla.
-Así que eres un guerrero del templo. -Dijo Andigar intentando volver a encauzar la conversación. -Pero supongo que no habrás pasado demasiadas aventuras aún. Porque pareces muy joven.
-No soy un mercenario si te refieres a eso. Simplemente busco a buenos maestros para que me instruyan...- Galawar se daba cuenta de que el otro chico podía ser problemático y decidió seguir la corriente al más tranquilo.
-De todas formas dicen que el exterior es peligroso. Se habla de guerras en el oeste.
-Creía que las tierras del emperador estaban en paz.
-La verdad es que nosotros tampoco sabemos mucho acerca de eso. -Dijo Wolfinar aún mirándole con desconfianza.- Llegan pocas nuevas y siempre tardías. Y nuestros padres no quieren que nos enteremos de lo que pasa en el exterior. Dicen que los hombres de fuera están llenos de odio y siempre acaban peleándose.
Galawar cerró los ojos y meció la cabeza de un lado a otro lentamente, pero intentó no responder a la provocación.
-¿Aún no nos has dicho porque saliste del templo? -Dijo Andigar sentándose en el suelo.
-Salí del templo para seguir aprendiendo. Los maestros ya me habían enseñado todo lo que sabían. Aunque en el templo hay muchos buenos maestros los mejores están fuera. Voy en su búsqueda para seguir aprendiendo.- Sabía que eso tenía poco de verdad. Los maestros del templo probablemente sabían mucho más de lo que le habían enseñado. Pero se asfixiaba en ese entorno de desprecio. Debían existir mejores maestros. Maestros cuyos conocimientos permitiesen tomarse su justa venganza.- Y en la lucha, como todo, sólo se puede llegar a la perfección mediante la práctica.
-O sea que en realidad sí buscas guerras en las que luchar. -Sonrió el llamado Andigar. -Yo siempre he deseado vivir una de esas aventuras que cuentan de los héroes del otro lado del mar, de grandes hazañas y batallas heroicas. Pero mi padre nunca me dejaría marchar. Si lo hiciese no creo que pudiera volver a poner el pié en mi casa...
-No comprendo estos deseos que tienes de sufrir -Interrumpió Wolfinar.-, esas leyendas no solo cuentan historias de felicidad y de héroes, sino también de tristeza y sufrimientos. Nuestros antepasados viajaron hasta aquí para huir precisamente de eso.
-Para mi una cosa compensa a la otra, el sólo hecho de hacer algo bueno y que tus hechos sean cantados durante generaciones, merece algo de sufrimiento.
-Aquí vivimos bien. Sin guerra, sin muerte y los árboles cuidan de nosotros.
-No puedes comprender lo que siento- Dijo golpeándose en pecho.-, es cómo tener un hambre que no se puede saciar. Él lo entiende, él es como yo.
Galawar, que estaba mirando el horizonte de árboles que se extendía tras los dos elfos, oyó las palabras de Andigar.
-Yo no lucho por la gloria ni por ser recordado. Sólo busco la luz a través de la perfección de la lucha. -Dijo mientras se dirigía al centro del claro para volverse a sentar en la piedra. -La gloria y el ser recordado son deseos de juventud, cuando acaba un combate Xiāofáng shuǐ no recordará si has sido vencedor o perdedor, sino la forma en la que has luchado. Por eso yo no soy un mercenario. No lucho ni por oro ni por joyas.
-Sigo sin entender por qué luchas entonces.
-Tanto da el por qué, mientras lo hagas libremente. El que lucha por codicia es prisionero de si mismo. El que lucha por vanidad es esclavo de todos. Yo lucho para la perfección sólo me debo a mi mismo y a nuestro primer maestro.- Galawar empezaba a entender como el anciano Yuen se debía sentir cuando daba sus lecciones.
-¿Dices que no me puedes comprender? pues entonces intenta comprenderle a él. -Dijo Ándigar con sorna.
Los tres se giraron cuando oyeron pasos que se acercaban apresuradamente. Eran cuatro adultos vestidos con los ropajes de caza. Cuando entraron en el claro se dirigieron al medio elfo sin prestar atención a los dos jóvenes.
-Galawar, hijo de Galadria y Ming Sheng, Valarand requiere tu presencia inmediatamente.
-¿Por qué razón me hace llamar? -Dijo Galawar intentando recordar si había alguna ley que le prohibiese hablar con los hijos de otros o meditar en un claro.
-Te será comunicado a su debido tiempo. Cuando el rey llama se acude a su presencia mestizo. -Dijo el que se encontraba más adelantado. -Te escoltaremos ante él.
Tanta prepotencia molestaba profundamente a Galawar. Incluso en el desprecio que le sometían todos los del templo, había cierto respeto, aunque sólo fuese por que lo dictaban las tradiciones. Pensó en decirles que fuese Valarand quien viniese a verle, pero aquellos cuatro iban vestidos como cazadores, no eran emisarios sino guerreros; y no parecían dispuestos a discutir.
El camino fue más rápido de lo que esperaba. Todos parecían tener prisa y le espoleaban como a un caballo para que acelerara el paso cuando se quedaba atrás. Le llevaron hacia el centro de la villa, hacia el monte Galfinder. Subieron y entraron en el edificio. Reconoció el lugar como Hadal ed Elbea, la entrada estaba adornada con la figura de dos bellas mujeres de madera que parecían sostener el techo. La sala, estaba llena de gente discutiendo en pequeños grupos, y en el centro, en la mesa redonda, estaba el grupo mayor encabezado por tres tronos de madera. En el centro se sentaba Valarand el joven, llamado así por que ascendió al trono antes de la madurez a causa de la prematura muerte de su padre en las ultimas guerras. Desde su trono de madera dominaba toda la sala con mirada de acero y rostro de piedra. A su derecha estaba sentada su cónyuge, Lindära. Procedente del viejo continente más allá de los mares del oeste, había sido un regalo de los reyes de los viejos reinos. Y a su izquierda se sentaba Valinar, el consentido; llamado así a sus espaldas, pues todavía no se había ganado sobrenombre alguno. El resto de sillas de la mesa se sentaban los consejeros del rey. Uno de los guardianes de Galawar se acercó al trono y le susurró algo al rey. El resto se quedó guardando al nuevo llegado.
Le dejaron en medio de la sala unos instantes rodeado por los tres guerreros como si se tratara de un criminal oyendo una discusión en la lengua de occidente que parecía llevar mucho tiempo empezada. El hijo de Gäladria, cómo era llamado allí, estaba bastante desconcertado. Buscó sin éxito a su madre entre los presentes. Entonces vio al anciano al que había sentado a su lado en una delicada silla de madera. Parecía dormitar sobre su silla agarrando su bastón. Pero cuando la discusión de los consejeros parecía más acalorada levantó la voz y dijo:
-¡Tost! Go leor de na díospóireachtaí futile.
Galawar jamás había aprendido el idioma de occidente. Pero comprendió que pedía silencio para poder ser escuchado. Los demás se quedaron callados al instante, aunque no sabía si por respeto o por sorpresa.
-Is é an t-ionchúisitheoir ceart. Táimid anseo chun an breitheamh an mestizo Galawar.
Li no pudo traducir nada de lo que dijo el rey sin embargo oyó su nombre. Y si hablaban sobre él quería saber de qué se trataba.
-Espero que me sea perdonada mi ignorancia, noble rey, pero no hablo elfo; así pues estaría muy agradecido si hablarais en común si os dirigís a mi.
-¡Tost! -Gritó el anciano a Galawar. -Nunca se ha hablado en común en una reunión del consejo, extranjero. Tu sola presencia aquí perturba todavía más el equilibrio de las cosas.
-Venerable anciano -Dijo Valarand. -no querría hacerte de recordar que yo soy el rey. El hijo de Gäladria está aquí por una razón. Sé que en el consejo nunca se ha hablado en común, pero ya que esta situación le atañe creo conveniente pasar a un idioma que el mestizo entienda.
-Lo siento mi rey, no pretendía cuestionar ni contradecir vuestra palabra. -Respondió el anciano.
El rey miró a Galawar silenciosamente. Después pasó su mirada por todos los presentes hasta que la posó otra vez sobre el invitado. Y prosiguió.
-Has sido convocado para responder por tus congéneres. Tu presencia en este bosque se soporta exclusivamente en la voluntad de tu madre y el respeto con el que a todos nos merece por ser un miembro de nuestra comunidad. Sin embargo, que aceptemos tu parte extranjera no significa que aceptemos a los foráneos. Durante siglos hemos vivido al margen de la gente sin árboles, sólo comerciando puntualmente con aquellos de nosotros que decidieron marcharse. Los hombres se mantenían alejados y nosotros no intervenimos en sus locuras. En todo este tiempo las ocasiones en las que esta norma ha sido quebrada la sangre de buenos hombres ha manchado esta tierra.
“En el día de hoy, nuestros cazadores han divisado dos grupos de hombres intentando introducirse en el bosque. Llevaban antorchas y aceite de quemar. Nuestros arqueros han dado cuenta de ellos pero cuando les han cazado estaban intentando prender el bosque con fuego.-Un murmullo se esparció por el consejo; por lo visto aquella información había sido ocultada a todos hasta ése momento. -¡Silencio! Estos dos grupos iban armados y vestidos como hijos del dragón. Si bien siempre hemos respetado a los monjes del templo, esta ofensa no tiene perdón. Por todo esto te hemos traído aquí, Galawar. Cada hombre es responsable de sus amigos y de sus enemigos. Con tus acciones puedes haber traído otra vez la guerra con los ojos rasgados. Y por ello hemos de decidir cuál será tu castigo.”
-Es imposible que los hijos del dragón ataquen a ningún pueblo. Su objetivo es la búsqueda de la perfección. No tiene sentido que ataquen a otro pueblo. También es cierto que tengo enemigos, pero no creo que ninguno de ellos me tenga en tan alta consideración que decida venir aquí a por mi.
-Tenemos pruebas que eran compañeros tuyos. -Dijo el guardia que había acompañado a Galawar al hogar de su madre. Y cogiendo una bolsa que había cerca la vació delante del consejo, dejando a la vista numerosas fajas doradas.
-Eso no prueba nada. Muchas escuelas de artes marciales usan fajas, cualquiera pudo haber atacado el bosque. -Se defendió
-Tienes razón pero no conozco a demasiados hombres capaces de esquivar flechas de las que desconocen su origen. Yo personalmente necesité nueve flechas hasta abatir a uno.
-Y Delanar es uno de los mejores tiradores de éste bosque. -Dijo uno de los consejeros del rey.
-Sin embargo al fin cayó víctima de una certera flecha que le atravesó el corazón. -Dijo orgullosamente levantando una faja dorada, manchada de sangre, que apartó del montón que había en el suelo.
Galawar seguía sin poder creer que Sheng hubiese enviado a gente para matarlo o quemar el mismo bosque. Los hijos del dragón jamás habían tenido interés en los monjes que abandonaban el templo. Sin embargo sabía que carecía de honor.
-Siento tener que decir que es posible que tengáis razón. Aunque desconozco la razón de este ataque sin aparente sentido. Los monjes del templo aman la naturaleza casi tanto como los vosotros.
En ese instante la madre de Galawar entró en la sala apresuradamente. Su rostro mostraba indignación, y todos los presentes callaron haciéndole un pasadizo hasta dónde estaba su hijo.
-¿Cómo es que no se me ha avisado? -Dijo gritando. -juzgáis a mi hijo, que no conoce nuestras leyes ni nuestras tradiciones y no me avisáis para que le proteja. -Al ver el rostro de piedra del rey y las caras de los presentes se percató de que algo muy malo iba a ocurrir. -Por favor mi rey sed benevolente. La única culpable de su nacimiento soy yo misma.
-No se juzga su nacimiento. De haberlo querido ya habría sido juzgado el día que cruzó el linde del bosque. Hoy unos hombres de su templo han intentado quemar el bosque.
Galadria dio un paso atrás como si hubiese sido golpeada. Pocos crímenes eran peores que quemar el bosque, o ponerlo en peligro con fuego.
-¡Eso es absurdo! -Sentenció. Los hijos del dragón no tienen razón para atacar el bosque. ¡Y menos quemarlo!
-Él ya ha reconocido su culpabilidad -Dijo Valinar. -Y debe pagar por sus crímenes.
Galadria miró a su hijo con sorpresa y se acercó a él para poder hablar en privado.
-Sabes que eso es imposible. ¿Por que has reconocido tal cosa?
-Liu no tiene honor. -Dijo despreciativamente. -Me creo cualquier cosa de él.
-¡Ya basta de tonterías con Liu Sheng! -Gritó tan enfadada que Galawar se asustó. Jamás la había visto así. -Le odias porque mató a tu padre. Y yo lo desprecio porque me arrebató a mi marido. Jamás me respetó y me tiene tanto odio como yo a él. Pero no por eso deja de ser un hijo del dragón. No sabes a qué castigo te estás enfrentando. Quemar el bosque está penado con la muerte.
Galawar empezó a comprender porque su madre estaba tan nerviosa. En ningún momento pensó que estuviese en juego su propia vida.
- Pero los hombres altos valoran la vida por encima de todo.
- Y la vida del bosque por encima de la propia. La pena es alta porque no hay crimen peor. El fuego mata al bosque y con él todo lo que se ha construido aquí, es el fin de nuestro pueblo. A ningún hombre alto jamás se le pasaría por la cabeza poner en peligro el bosque con fuego, así que nunca se ha tenido que aplicar esta norma a nadie de este pueblo.
Galawar comprendió el significado completo de aquellas palabras. Él era un mestizo, no era como ellos. Se quedó callado un momento intentando pensar en cómo salir de todo eso. Estaba dispuesto a recibir una reprimenda, o incluso ser exiliado, pero aquello era demasiado. Entonces Li se fijó en la faja dorada; quizá pudiese demostrar que nos era de los hijos del dragón. Al ver la sangre recordó algo de las enseñanzas del maestro Yuen: “los hijos del dragón no viven como los humanos ni mueren como ellos.”. Y encontró la respuesta que buscaba.
-Guardia -Dijo interrumpiendo los rumores que se oían. -, según tengo entendido mataste a uno atravesándole el corazón con una flecha. ¿Murió inmediatamente?
-Si, claro. -Dijo el guardia indignado por a insinuación de que su flecha no hubiese sido certera. -Es lo que sucede cuando le aciertas a alguien el corazón.
-¿Le habéis rematado o quemado?
-¡Nosotros no descuartizamos los cuerpos de nuestras víctimas cómo los extranjeros, somos más civilizados y la muerte de nuestros enemigos es rápida, indolora y con honor! -Anunció indignado Valarand.- Serán enterrados en las afueras del bosque esta misma noche.
-¿Dónde habéis dejado los cuerpos?
-Con los sacerdotes, por supuesto. -Dijo el guardia.
El rey se inclinó sobre si mismo y la sala se calló.
-Joven, no se dónde quieres ir a parar con todo esto. Recuerda que ya has reconocido tu implicación.
-Siento tener que cambiar mi palabra. No acostumbro a hacerlo, pero aquí, mi madre -Dijo señalándola con un movimiento de cabeza-, me ha recordado cierto aspecto de los hijos del dragón que podría ser relevante en su identificación como los perpetradores del ataque. Todos los monjes del templo somos bendecidos con el don de Xiāofáng shuǐ, que consiste en un segundo corazón. Se necesita herir los dos para poder matarles, aunque la impresión es que hayan muerto. Sugiero revisar los cuerpos por si ya han despertado de su letargo curativo.
-Nadie puede sobrevivir a una flecha en el corazón, dijo uno de los presentes. -quiere desviar la atención del consejo.
Y Valinar, lleno de resentimiento hacia Galawar por su falta de respeto, le susurró a su padre que no le escuchase.
-Es imposible, solo quiere ganar tiempo, condénale ahora y líbrate de él de una vez.
Pero ese no sería un buen día para el consentido. Su padre, aunque no albergaba aprecio alguno hacia Li, seguía sintiendo un gran respeto por la vida. Le habían enseñado que el poder para condenar a muerte conlleva la responsabilidad de ejecutar la sentencia. Y no deseaba alzar su espada contra otro ser. Y así habló sabiamente susurrando a su hijo con estas palabras:
-Calla hijo. La juventud te hace hablar con palabras necias. No quiero que se diga que mi hijo alguna vez habló imprudentemente. -Y así fue la primera vez que el rey contrarió los deseos de su hijo. Y no sería la última, pues desde ese día Valarand comprendió que quizás su hijo no había adquirido la sabiduría necesaria para reinar.
-El hijo de Galadria ha hablado sabia y prudentemente. -Habló el rey con voz fuerte. -Vayamos pues a ver a los muertos, y que la verdad salga a la luz.
Así habló el rey con un tono que no admitía discusión. Los presentes murmuraron algún desacuerdo, pero nadie alzó la voz. Lentamente salieron en dirección a las celdas. Delanar guió a la comitiva hasta una gran roca dónde torpemente se había excavado una estrecha gruta. Muchos de los presentes decidieron esperar fuera. El camino era estrecho y los hombres altos no habían nacido para estar bajo tierra; por eso mismo las celdas habían sido construidas en ese lugar. La comitiva se redujo a lo imprescindible: el rey, los cazadores y Galawar. De los demás, sólo Galadria y el anciano que se había sentado en el consejo decidieron seguir.
Descendieron unas varas hasta que la luz del exterior se perdió, y sólo las antorchas iluminaron el paso. Aunque el trayecto fue corto todos los presentes se sentían incómodos. La sensación de alejarse tanto del sol y del peso de la tierra sobre sus cabezas les producía un nudo en el estómago que les impulsaba a volver atrás. Era una presión leve pero requería un esfuerzo consciente seguir adelante. Finalmente llegaron hasta una pequeña sala con varias puertas a ambos lados. No había guardias. Sólo unas pocas antorchas apagadas que Delanar, quien encabezaba la marcha, encendió.
-Hemos llegado. Aquí están tus compañeros inmortales. -Dijo con sorna a Galawar señalando una puerta.
El mestizo lo miró despreciativo, y centró su atención en la puerta; pues de lo que allí encontraran dependía su vida. Viendo que no reaccionaba y la mirada impaciente del rey, cogió unas llaves que había colgadas en la pared y abrió la puerta. Como acto reflejo los demás cazadores pusieron su mano en las espadas, moviéndose hacia el rey para protegerlo si fuese necesario. Pero nada salió una vez la puerta fue abierta, todo seguía igual de tranquilo que instantes antes. Delanar entró en primer lugar, no sin poner la mano en su daga, pero un instante más tarde llamó al resto.
La sala estaba llena de cadáveres. Vestían las túnicas tradicionales de los monjes guerreros pero sin las fajas que les debieron ser arrebatadas junto con sus armas. Al principio Galawar sólo vio los cuerpos. Pero a continuación fue distinguiendo los rostros vacíos de vida. Cuando no reconoció ninguno liberó el aliento que había estado conteniendo inconscientemente desde su entrada.
-Y bien -Dijo el anciano.-, hemos bajado hasta aquí para ver unos cadáveres. Siguen muertos, por lo que no podemos asegurar que sean hijos del dragón. La versión del mestizo sigue soportándose sólo por su palabra.
-¡En ningún momento he mentido! Incluso he reconocido mi culpa.
El viejo lo miró tristemente bajo la luz de las antorchas, y en voz muy baja, pero audible por todos los presentes, respondió:
-Pero solo hasta que te han comunicado la pena.
El rey miró a Galawar y al viejo, en silencio. Y después centró su atención en los cadáveres que se extendían en el suelo.
-Galadria. ¿Tu que viviste en el templo hace años, reconoces alguno de estos hombres?
Abrió la boca para responder, pero fue interrumpida por la mano del rey.
-El mestizo no me agrada, como no me agradó en su momento tu relación con su padre pero lo acepté en su momento como lo he aceptado a él. El crimen del que se le acusa es grave pero tendré en cuenta que es más responsable que culpable junto con su desconocimiento nuestras leyes. Sin embargo a ti no te espera la misma clemencia si mientes, pues sabes que los lazos de sangre nunca han sido atenuante del perjurio.
-Pero los lazos de sangre bien pueden anular una declaración si son tan fuertes como los de una madre hacia su hijo.- Interrumpió el anciano con un siseo.
El rey sólo necesitó una mirada para hacerle callar. Después centró su atención en Galadria quien después de escucharle observó con detenimiento los cuerpos. Galawar deseaba gritar que ninguno de ellos eran de su templo, pero sabía que no era el momento para intervenir. El rey parecía desear hacer justicia, y no quería decantar la balanza.
-No les conozco, no recuerdo a ninguno de ellos. -Dijo al fin. -Pero hay un modo más fácil de identificar si lo son. Las ropas se pueden copiar y hay muchas escuelas de artes marciales en estas tierras. Pero nadie puede finalizar sus estudios en el templo sin pasar por las doce salas. Y en la última de ellas, un dragón es grabado en el antebrazo derecho y un tigre en el izquierdo.
-Más pruebas sobre leyendas. -Dijo el anciano. -El rey debe decidir a favor o en contra, pero ya basta de pruebas basadas en la palabra del mestizo y su madre, con una sola basta.
El rey observó a Galadria unos segundos intentando recordar el día que había solicitado casarse con el humano. Había pasado tanto tiempo, pero fue una solicitud que le perturbó fuertemente. Recibió muchas presiones para que prohibiese el enlace. Finalmente lo resolvió a solas con ellos, intentando comprender porque una de su raza desearía aparearse con alguien del exterior. Entre muchas otras cosas de una larga conversación, le había preguntado por las quemaduras de sus brazos.
-No. Recuerdo haber visto el tatuaje en los brazos del padre de mestizo. Él mismo en su momento me explicó que se trataba de una ceremonia de madurez. Es un grabado a fuego. Galawar muéstranos tus brazos.
El medio elfo se arremangó las mangas mostrando la parte interior de los brazos en los que había sendas quemaduras con forma de dragón y de tigre.
-Delanar muéstranos los brazos de los asaltantes.
El cazador, a desgana, levantó uno por uno los brazos de todos los cuerpos. Ninguno mostró signo de haber tenido jamás tatuaje ni quemadura.
-¿Gelanthar tienes algo que añadir o solicitar respecto a los cadáveres?
-No. -Dijo con cierto aire de alivio. -Salgamos ya de esta tumba.
De regreso al gran árbol, y suspendidas las deliberaciones hasta que el rey volvió a su trono y el anciano a su asiento, el juicio se continuó sin más demora.
-¿Y bien acusador, después de haber visto las pruebas, que pena solicitas?- Dijo el rey.
El anciano se levantó sobre su cayado para dar más peso a sus palabras.
-Ninguna. Los asaltantes no tienen relación con Galawar.
Un murmullo se extendió entre los presentes mientras el anciano se sentaba de nuevo y Valinar se giró mirando a su padre con sorpresa.
-Estoy de acuerdo. -Respondió el rey. -Por lo tanto el hijo de Galadria queda en libertad.
Los murmullos se convirtieron en una conmoción.
-Sin embargo -Dijo el rey levantando la voz para ser oído.-, que no hayamos encontrado a un culpable no significa que no exista. -Todos callaron para escuchar su palabra.- Alguien hoy ha intentado enemistarnos con los hijos del dragón, mediante un ataque cruel y mezquino contra la misma esencia de nuestro pueblo. El hecho de que no tenga relación con el mestizo sólo complica más encontrar el responsable. Está claro que si no era una agresión al extraño, lo ha sido hacia nuestro pueblo. Han pasado muchos años desde la última vez que fuimos atacados, pero todos sabemos el coste que sufrimos en preciosas vidas. Así pues, convoco una asamblea general para esta misma noche para debatir las acciones que debemos tomar ante esta agresión.
Cuando se quedó en silencio nadie volvió a hablar. Las implicaciones de esas palabras eran demasiado grandes para ser tomadas a la ligera. Lentamente, los presentes fueron abandonando la sala. Habían acudido con el propósito de purgar las asperezas que había en su jardín, pero regresaban con la amenaza del fuego de la guerra.
Galawar se quedó quieto sin saber si debía estar contento o enfadado. Se había marchado del templo por el desprecio que le tenían todos. Y había ido a parar a un nido de serpientes. No había lugar para él en este bosque, sólo el amor de su madre. Ésta le abrazó como si acabase de recuperar a un hijo perdido. Ni siquiera a su regreso le había abrazado con tanta fuerza.
El anciano al que habían llamado Gelanthar se levantó de nuevo y se acercó a Galawar.
-Ya seas hijo del bosque o de la gente de ojos rasgados, hoy has mostrado valor ante unas acusaciones muy graves, y te has comportado con respeto y honor hacia nuestro pueblo. -En sus voz no había odio ni ironía.- Puede que nuestras leyes puedan parecer extrañas hacia ti. Pero han funcionado bien hasta ahora. No les reproches el odio que te han mostrado, es fruto del miedo. Nuestro pueblo ha vivido aislado durante tanto tiempo que las cosas que nos son ajenas ya son muchas más de las que nos son cercanas. Desconfiamos de lo que no conocemos y tememos lo que no sabemos. Pero la sangre nueva, como las hierbas medicinales, aunque no les guste, les hará bien.
-Gracias padre. -Respondió Galadria en nombre de su hijo.
Galawar lo miró sorprendido mientras se alejaba ayudado por su bastón. Después miró a su madre sin comprender. Su madre lo miró unos momentos y comprendió porqué estaba tan extrañado.
-Por tradición, la voz de venganza debe ser el pariente no cercano de mayor edad. -Le dijo explicándose. -Creía que le habías reconocido. Claro que eras muy pequeño cuando lo viste.
Estuvo a punto de responder, pero se alejó de ella para observar los sillones del trono, ahora vacíos. Ya se habían ido todos y sólo quedaban ellos dos.
-Es igual. -Interrumpió. -Me voy. No me fui de un sitio en el que era odiado para ir a otro donde ser despreciado. Y no me importan sus razones. No necesito esto. Y, de todas formas, siempre estuve de paso.
Mientras decía esto sentía como los últimos lazos a algo conocido se rompían y se quedaba sólo en el borde de un precipicio. Pero entonces miró al cielo entre el techo de hojas y supo que aquello verdaderamente importante seguiría ahí. El cielo, la luz, los árboles, los animales, el valor y el honor. Todo aquello que había guiado a los antiguos maestros. Liberó su mente dejándose llevar por su propia respiración.
-No tienes porqué irte. Eres libre, ahora que ya te han juzgado probablemente te aceptarán como uno de ellos. -Suplicó su madre.
-Padre también viajó unos años antes de volver al templo. Quedarme aquí sólo fue una parada en mi viaje. Una parada más larga de lo esperado, debo reconocer. Te echaba de menos -Dijo mientras su madre le volvía a abrazar.-, por eso me he quedado más tiempo. Pero debo irme. Es el camino que he decidido para mi. Es el camino que habría tomado padre.
Las últimas esperanzas de su madre de que su hijo se quedase se esfumaron.
* * *
Ya había recogido sus cosas y tenía el fardo lleno de la comida de viaje que su madre le había preparado. Tardó dos días en hacer efectiva su despedida. En el poco tiempo que había pasado en el bosque había llegado a quererlo tanto como a su templo. Echaría de menos las secoyas y el suave fluir de la savia cuando dormía. Quizás había sido la herencia de su madre, o el miedo a lo que le aguardaba cuando la sombra de su pasado quedara atrás. Pero había llegado el día de su partida.
Galadria seguía dándole consejos sobre lo que debía o no debía hacer, preguntándole si necesitaba alguna cosa más. Finalmente aceptó que tenía todo lo necesario y se retiró al lado de Gelanthar quien había acudido también a despedirle. Le había visto un par de veces desde el juicio. Y no había vuelto a mostrar signos de desprecio hacia su mestizaje. Aunque no le quedaba mucha elección siendo su único nieto.
-Necesitarás esto. -Le dijo acercándole una bolsa con monedas.- Aquí no lo utilizamos, pero nos es de utilidad cuando pasan los comerciantes. No es mucho, pero te servirá para dormir los días de lluvia. -Galawar hizo un ademan de rechazarlo pero le interrumpió. -No. Valarand ha cerrado las fronteras. Nada se sabe de los agresores, así que duplicarán los vigilantes y ya no habrá más contacto con el exterior. No podremos gastarlo en mucho tiempo.
Galawar la cogió y se la puso dentro de la túnica agradecido. Su madre también se avanzó para ponerse al lado de Gelanthar.
-Escóndelo bien, y no lo muestres a la ligera. La gente mata por esas monedas fuera de estos bosques.
-Gracias. Lo tendré en cuenta. -Dijo a sabiendas que nada de lo que pudiese decir, calmaría la tristeza de su madre.- Y procuraré estar atento por si averiguo algo de los agresores. -Le dijo a su abuelo.
Sus mejillas se rozaron cómo última despedida y le dio la mano a su abuelo. Después desapareció entre los árboles.
-Lo siento. Cuando lo del juicio... -Dijo el anciano con voz cansada. -quizás fui demasiado severo.
-Descuida. Su decisión había estado tomada mucho antes del juicio. Desde su nacimiento persiguió la sombra de su padre. Pero desde su muerte se convirtió en una obsesión. Sólo espero que no le aguarde el mismo destino.
-Los hados le deparan un destino glorioso.
-Los hados se han equivocado antes. Y sigo siendo su madre. No puedo evitar preocuparme. La decisión de dejar el templo fue la más dolorosa que jamás he tomado. Pero por lo menos allí sabía que estaba seguro.- Dijo cruzando los brazos como si un frío la hubiese envuelto.
-Es un chico fuerte. Volverá.
Galadria miró hacia donde se había marchado y dijo: -Vivirá. Pero no creo que vuelva. -Después volvió hacia su casa triste. Estaba cansada, quería dormir. Pero antes de acostarse no olvidó hacer una plegaria por su hijo ausente y pidió a su marido muerto que cuidara de él.
Galawar estaba saliendo del bosque cuando una figura salió de detrás de un árbol cercano. No supo que decir; simplemente le lanzó una mirada interrogativa mientras arqueaba las cejas en señal de sorpresa. Él, vestido para un viaje, llevaba una capa verde debajo de los fardos que colgaban de su espalda, una vieja espada y una daga que probablemente no eran suyas.
-Tu viaje será largo y peligroso, y yo no tengo nada mejor que hacer. -Dijo con una sonrisa.
-Vuelve con los tuyos. Probablemente este viaje sólo será de ida. Aquí tienes una familia, amigos y una vida. Si me acompañas sólo tendrás trabajos y cansancio. -Respondió secamente pero con un atisbo de diversión.
-Quizá, pero ya me he despedido de todos, y he tomado mi decisión. Si no me marcho contigo lo haré sólo. Y siempre es preferible hacerlo junto a un buen guerrero.
-¿Te has despedido de todos?
-Bueno... -Titubeó un momento como intentando inventar una mentira más creíble. -Quizás olvidé precisar el tiempo que estaría fuera.
-Vuelve con tus padres. Ya he tenido bastante siendo juzgado una vez.
-Ah, tranquilo. ¡Hoy he cumplido mi mayoría de edad!
-¡Qué casualidad! -Respondió Li con una evidente falta de convicción.
El chico sonrió intentando parecer sincero. Y Galawar rió ampliamente.
-Veamos. ¿Qué edad tienes?
-¡Veinte estaciones! -Respondió con orgullo.
-Si hubieses dicho dieciocho te habría creído.
-Diecinueve -Dijo rápidamente.
-Esto no es un regateo. -Protestó el Li
-Por supuesto que no.
Galawar esbozó una sonrisa.
-Quizá no me convenga viajar con alguien tan inexperto en la lucha. No desearía tener que preocuparme por proteger a alguien si nos atacan unos bandidos.
-No soy mal luchador. -Afirmó. -Llevo entrenando mucho tiempo. Y soy un buen arquero. -Repuso indignado. -¡Y necesitarás alguien para protegerte de la magia!
-¿Lo vas a hacer tu? -Preguntó cínicamente.
-¡Por descontado! -Exclamó. Y, después de ver cómo el hijo del dragón se reía, agregó: -Por lo menos yo sé conjurar un círculo de protección.
Galawar lo miró y pensó que no reía desde la muerte de su padre. E incluso antes de su muerte pocas veces había sonreído. Quizá fuera un error, pero nunca había tenido un compañero, los alumnos del templo siempre le había rechazado por se mestizo y se había contentado con ser mejor que ellos en todo lo que hacía.
-Podrás venir conmigo -El rostro de Andigar se iluminó. -, ¡Si puedes seguir mi ritmo! -Dijo alegremente mientras echaba a correr por el bosque.
Andigar saltó detrás de él a la carrera dispuesto a demostrar que le podía vencer corriendo.
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