He oído varias veces la historia de dos hermanos Tjolnir y Olaf nacidos entre los hombres del norte en el seno de una casta de líderes; hijos de distinta madre, compartían sangre por parte de padre. Hrein, el martillo del juicio los había reconocido a ambos. Tjolnir, llamado el forjador, nació primero de la unión con Asleif, la de los cabellos de tormenta, que murió durante el gran éxodo víctima de las fiebres del mar. Cuatro años más tarde, el pueblo se regocijó con un nuevo nacimiento de la sangre del rey; Olaf, llamado el seductor por sus numerosas conquistas, fruto del amor de Ástrid, la de níveos brazos, que calentara la cama del rey desde la llegada a las nuevas tierras.
Hrein se embarcó en una cruenta conquista desde el primer día que pisó la arena del que sería el nuevo hogar de su pueblo; empujado por el peso del deber, a sabiendas que su pueblo necesitaría unas tierras tranquilas para vivir, luchó durante doce largos años a la cabeza de su ejército ganándose el derecho a morar en esas tierras por la fuerza de su martillo. Durante ese tiempo dejó a Tjolnir al cuidado de Halldor, maestro armero y hombre de confianza del rey, hasta su regreso. Esos primeros años fueron de gran importancia para Tjolnir que solo conoció a su padre por las historias del viejo artesano y del resto de las mujeres del pueblo. De ellos supo que su padre había nacido en una familia de forjadores y que por eso blandía un martillo de guerra como arma. Creció a la sombra de un gigante, creado por los mitos y leyendas de un pueblo que lo adoraba a tenor de sus numerosas victorias; un pozo de virtudes ausente de cualquier defecto. Por ello decidió aprender el oficio de su progenitor, con el que se ganó el apodo que le acompañaría el resto de su vida.
Por su parte, Olaf creció bajo el signo de la estrella del norte en la misma corte del rey en continuo movimiento por las necesidades de la guerra. Desde que tuviese uso de razón, evitaba siempre que podía a su padre; otrora hombre alegre y de risa fácil ahora malhumorado e irascible debido al peso del deber y la responsabilidad con su cruzada; sólo Ástrid conseguía apaciguar su furia en el calor del lecho. De brazos débiles, aborreció el combate desde el primer día de adiestramiento al que era sometido por orden del rey; rehuía sus deberes en cuanto podía para escuchar cuentos y canciones de cualquiera que se dignase a hablar con él; hecho que le acarreaba fuertes reprimendas de su padre o miradas reprobatorias en el mejor de los casos. Sólo su madre parecía comprender y apaciguar la relación con Hrein, y a menudo hacían frente común al rey en las pequeñas cosas que les era permitido.
Fue en la noche de la victoria, cuando el asedio a la capital del enemigo se rompió, que Olaf supo que su padre jamás le comprendería. Las tropas celebraban el triunfo con la fiesta más grande que el joven príncipe hubiese visto jamás; el vino y la cerveza corrían abundantemente entre el jolgorio de la vociferante turba que cantaba a los dioses de la guerra mientras se apareaban con la hembra más cercana. Desde el campamento, la ardiente ciudad era una cacofonía de gritos y risas que al pequeño se le antojaba como una extensión de la fiesta en la que se había convertido el campamento desde que se supo de la victoria. Entonces llegó su padre, montando con calma junto a su guardia personal, con su armadura ensangrentada y su enorme martillo, manchado aún con los restos de sus enemigos, a su espalda. La reina le impidió que corriera a ver a su padre y le dijo que sería mejor esperarle frente a la tienda, pues los príncipes y los reyes sólo corrían hacia sus enemigos; pero Olaf estaba impaciente, había decidido escribir una gran canción sobre esta victoria, para que todos recordasen cuan grande había sido su padre. Hrein, el rey, desmontó frente a la tienda, ante la exultante multitud que le rodeaba. La reina le sonreía y el príncipe le miraba tan orgulloso como podía estar un hijo de un padre. Se quitó el yelmo y saludó a la multitud; Olaf no fue consciente, pero la reina dejó de sonreír y bajó la cabeza. El aclamado entró en la tienda dándole el casco a Ástrid descuidadamente junto a Thorleif su mano derecha. El príncipe, acostumbrado a que su padre le ignorase frente al gentío, y una vez dentro de la privacidad de la tienda, corrió hacia el rey que se sentaba pesadamente en el trono.
”Padre”. Dijo. “¡Has vencido! ¡Eres el más grande de todos los reyes! Escribiré una canción sobre ti que se cantará para siempre. Así todos sabrán las gestas que conseguiste”
Pero Hrein le miró contrariado, con tristeza en los ojos y desprecio en los labios.
“No hay nada noble en lo que ha ocurrido hoy, nada he hecho que merezca ser recordado; el hombre más honorable que he conocido ha caído bajo mi martillo ensangrentado. Olvida las canciones de cuna y entrena con la espada, pues hoy ha nacido tu mayor enemigo. Heredarás los pecados de tu padre; mas te vale estar preparado.”
Horas más tarde, después que Olaf se retirara avergonzado a sus aposentos, su madre llegó para secarle el llanto, oculto entre el jolgorio del campamento.
“Sabes que tu padre te ama” Le dijo mientras lo abrazaba.
Olaf levantó la mirada y vio los ojos húmedos de su madre.
“¿Entonces por que odia todo lo que hago?” Preguntó con amargura.
Ella lo abrazó con fuerza y acunó la cabeza de Olaf entre sus pechos.
“No odia todo lo que tu haces, sólo se preocupa por ti. Te empuja a que aprendas aquello que te permitirá sobrevivir en el futuro.” Respondió acariciando su cabello. ”Es tanta la responsabilidad que cae sobre sus hombros, que a veces olvida los sentimientos de la gente a la que pretende proteger.”
“Eso es por que no tiene alma”
“Tu padre siente mucho más que la mayoría de hombres que dirige, si tu le vieses como yo le he visto, jamás dirías eso. Los hombres como tu padre se han criado en el corazón del invierno.” Dijo abrazándolo con fuerza contra su pecho. ”Tu no conoces el verdadero frío. En estas tierras las nieves apenas cubren unos meses la tierra; pero de donde venimos, el blanco manto cubre el suelo casi todo el año, el gélido viento puede matar al más fuerte de los hombres en un descuido y se puede caminar sobre las aguas heladas; es una tierra dura dónde la vida es corta para los hombres; por eso ocultan sus sentimientos. El invierno no perdona las debilidades ni admite errores y cualquiera de ellos se paga con el más alto precio.”
“Pero ya no estamos en Vinterpust.” Respondió entre sollozos.
“El invierno, como tu padre sabe, tiene muchas formas, y el frío es la menos peligrosa”
Olaf la miró sin comprender y Ástrid lo acarició dulcemente consciente de que era demasiado joven para saber de las tragedias de los hombres.
“Yo no seré así.” Respondió el príncipe convencido mientras hundía su rostro en el pecho de su madre. “Lo juro.”
El retorno del rey fue el mayor acontecimiento que había sucedido en Nýtt Heimili desde su fundación; mujeres, niños y ancianos salieron a la calle a celebrar tan esperado retorno precedido por los cánticos y las historias de las numerosas victorias de Hrein, el martillo del juicio; atrás quedaban las sangrientas batallas, los muertos y los numerosos heridos que habían dejado tan alabadas hazañas. De entre todas las gentes allí reunidas, sólo una alma sentía miedo, Tjolnir el príncipe heredero. Portaba orgulloso la armadura y el martillo que él mismo hubiese forjado con la ayuda del maestre y esperaba ser digno de su padre, rezando a los dioses para no cometer ningún error en tan importante momento.
El rey entró en la plaza junto a su guardia real, su armadura brillaba bajo el sol ocultando las marcas y magulladuras de su prolongado uso. Para Tjolnir, la visión de su padre fue tan intensa como haber visto a uno de los inmortales, nunca Hrein fue un hombre bello, pero tenía el porte y la energía de un dios. El príncipe heredero esperó a lo alto de las escaleras a que su padre, el rey, ascendiese hasta la puerta de su casa. A cada paso el corazón del joven se aceleraba, toda su vida desde que tuviese uso de razón había sido una preparación para aquel momento. Finalmente el llamado martillo del juicio llegó a su presencia; el jaleante pueblo calló, como si el mundo entero hubiese contenido el aliento para ver el tan esperado reencuentro con el príncipe heredero. El rey examinó largamente a su hijo y vio en él a su amada Asleif, su mismo brazo de herrero y una armadura forjada por un aprendiz. Palpó su brazo derecho con fuerza pero Tjolnir no se quejó.
“Tienes el rostro de tu madre y un brazo fuerte” Dijo el rey con voz templada “Un brazo de aprendiz, pero en camino de ser tan fuerte como un yunke.” Le puso la mano en el rostro y con mirada grave continuó. ”Los hombres te temerán y las mujeres adorarán tu fuerza, pero sólo los muertos han reinado por la espada; para conservar el trono deberás usar tu cabeza y el corazón de los que te rodean.” El joven príncipe no mostró comprensión alguna, sólo nerviosismo de quien se enfrenta a una prueba. Hrein le puso la mano en la cabeza y lo acarició. “Pero tranquilo, habrá tiempo para aprender.”
Entonces sin que Tjolnir mediase palabra se giró hacia el pueblo con la mano en el hombro del heredero y gritó.
“¡He vuelto y os traigo la victoria sobre estas tierras! ¡Desde ahora, todo lo que veis es nuestro; nadie nos lo disputará y podremos vivir en paz! Sed felices con esto, pues yo tengo bastante con reencontrarme con mi primogénito, príncipe y heredero de estas tierras por vuestra voluntad y la aceptación de los dioses”
El pueblo enloqueció y gritó como si el mundo necesitase oír sus alabanzas, se alzaron vítores en favor del rey y en favor del heredero. Sólo un rostro no parecía feliz, como advirtió Tjolnir, era un joven montado junto a la reina, su hermano supuso, le miraba con tristeza; algo que no logró comprender.
Fue un día de otoño cuando Olaf llegó a la mayoría de edad. Todavía imberbe pero ya fuerte como un hombre, se había organizado un banquete para celebrarlo. Cazaría un jabalí con sus propias manos y lo traería para el festín. Partió solo de buena mañana, armado con un cuchillo y el deseo de demostrar que ya no necesitaba a su padre; no regresaría hasta traer a su presa. Había cazado antes, pero con arco y flechas. Se dijo a si mismo que no sería mucho más difícil, pues el jabalí a diferencia de los ciervos no rehuía el combate. Mientras el día transcurría deslizándose y rastreando por el bosque a la espera de una presa, pensaba en Jora una sirvienta de su madre y quinta hija de una de uno de los señores de la guerra de su padre; era cuatro años mayor pero se había ganado sus favores y habían compartido lecho durante el ultimo año, siempre discretamente; pues no estaban casados ni prometidos. Sólo los remedios del ermitaño llamado lengua e lobo habían impedido que un pequeño Olaf estuviese en camino. Cuando ganase la mayoría de edad, se casaría con ella y podría crearse una vida propia lejos de una corte llena de deberes y obligaciones.
Encontró su jabalí en una hondonada, de espaldas a una encina de la que se estaba comiendo las bellotas caídas. Era grande y viejo, su lomo estaba marcado en varios sitios, orgullosas marcas de apareamiento. A Olaf le pareció una presa ideal para la ocasión, el joven cazaba al viejo, pensó sonriente, sería una broma que sólo él comprendería. Cuchillo en boca, subió al árbol con sumo cuidado; se había embadurnado con fango y hojas del bosque para ocultar su olor, y andaba descalzo para no hacer ruido. Se encaramó hasta la primera rama encima de la bestia, se colocó cómodamente a la espera que el animal terminase su festín. Todo guerrero merece morir con el estomago lleno, pensó, y saciada el hambre tendría menos ganas de luchar.
Cuando se dejó caer encima del jabalí, su mano no vaciló, apuntó a las costillas, allí dónde debería estar el corazón. Hundió el cuchillo hasta la empuñadura y la bestia se retorció con la rabia que solo podía surgir de la certeza de la muerte. Pero no murió. Olaf estaba tendido en el suelo y el jabalí huyendo con el puñal todavía en su lomo. Pero no se alejó mucho, como había percibido el joven era un guerrero y no se amedrentaría ante ninguna agresión. Así que se volvió con la crin erizada dispuesto a cargar sobre él. El príncipe se levantó preguntándose por que no había muerto aun, pero poco podía hacer sino defenderse con sus propias manos, debía alcanzar su cuchillo si deseaba tener alguna oportunidad. Fue más rápido de lo que esperaba. Notó cómo los incisivos del animal le rasgaba la piel de las costillas, pero a cambio logró agarrar el arma clavada en su lomo. Durante unos instantes el animal giró sobre si mismo intentando golpear o morder su pierna mientras arrastraba a Olaf, quien se aferraba a su cuchillo con toda la fuerza que pudo sacar de sus brazos. Sus piernas se rasgaron con las piedras y los colmillos del animal, pero no cedió y con un esfuerzo que sólo pudo llegar del miedo que atenazaba su cabeza, consiguió subirse encima del jabalí para derribarlo con su cuerpo. Ya tumbado, arrancó el cuchillo del animal, y lo degolló mientras se esforzaba en mantenerlo quieto. Con sus ultimas fuerzas, el animal se revolvió con fuerza consciente, supuso, que su vida se le escapaba por momentos, mientras que Olaf lo mantenia preso para evitar que en alguno de sus últimos estertores le pagase con la misma moneda. Cuando finalmente dejó de moverse, sus manos y su rostro estaban ensangrentados, sus brazos cansados y su aliento agotado. Se arrastró como pudo hasta la falda del árbol para intentar recuperarse. Temblaba como niño en invierno y su corazón parecía que se le fuese a salir por la boca; con la vista nublada vio a otro jabalí, más joven, que le miraba desde un par de lanzas de distancia. El escudero, pensó, cuando la presa era vieja a menudo estaba acompañado de un animal más joven. Se miraron largo tiempo, los ojos vacíos del animal eran tan penetrantes como los de su padre, pero no cedió; a cada momento recuperaba aliento y pronto se sentiría con fuerzas de defenderse; no fue necesario, el animal giró sobre si mismo y se alejó.
Al anochecer entró en la gran sala cargando la bestia casi tan grande como él mismo sobre su espalda. Sucio por el fango y la sangre própia y de su presa, tenía el aspecto de un auténtico cazador. Todos los hombres allí presentes callaron sorprendidos por su entrada y las dimensiones del animal, apenas se oían los susurros de aquellos que murmuraban perdidos entre las sombras. Cuando soltó al jabalí sobre la mesa principal, el estruendo dió inicio a la fiesta y al festín que la seguiría. Su padre y Halldor, mano derecha del rey, se le acercó ceremoniosamente le puso la mano en el hombro y lo miró largamente, vió la sangre que manchaba sus manos, la fea herida de sus costillas y el fango de su rostro.
“Estoy orgulloso de ti, hijo mío.” Dijo al fin. “Eres ya un hombre. Que nada te lo haga olvidar. Recuerda esta sangre que has vertido hoy y lo que has sentido al matar a tu presa. El sabor de la victoria es dulce, pero no es el verdadero premio; el auténtico es seguir con vida, perdudar más allá que tus enemigos. A todos los hombres, por fuertes que sean, llega un día en el que el cansancio cubre su juicio, la fuerza huye de sus brazos y la voluntad de luchar por su vida flaquea; es ese el momento que elígen los dioses para separar las ovejas de los lobos. Cuando esto te suceda, recuerda este día y lo que sentiste, recuerda tu voluntad para sobrevivir y perdurar por encima de tus enemigos y te elevarás más allá de lo que significa ser un hombre para convertirte en una leyenda. Tienes el potencial para ser un lobo, no te conformes con menos que eso.”
Aquellas palabras le llenaron el corazón de júbilo, por vez primera era reconocido por su padre. Los planes de marcharse lejos se le antojaban ahora prematuros, quizás podría quedarse un tiempo, conocer a aquel padre con el que jamás había hablado; quizás le podría presentar a Jora como futura esposa, quizás aprobaría y respetaría su deseo. Y quizás, sólo quizás leyese alguno de sus cantos... Rió para sí con los ojos húmedos. No, no hubiese sido una buena idea; era evidente que su padre no esperaba de él un cantor, sino un guerrero; obtendría su aprobación sólo de la sangre y la espada.
“Una presa espléndida, digna de un rey. Ni siquiera tú trajiste semejante ejemplar” Dijo Halldor al rey.
Hrein sonrió y respondió diciendo que todo hijo estaba destinado a superar a su padre.
Cuando la fiesta hubo empezado, y los saludos terminados, Olaf se escabulló en busca de Jora. Deseaba besarla y hacerla partícipe de su dicha, contarle lo que le había dicho su padre y pedirle su mano. Subió a la residencia del castillo, pero no la encontró; preguntó a un par de sirvientas despistadas que no le supieron dar una respuesta, y volvió a bajar suponiendo que se encontraría en la fiesta; y en su camino de regreso Tjolnir se cruzó con él. Habían trabado amistad esos últimos años, él representaba la antítesis de Olaf. Era la viva imagen de su padre con el don de la juventud y algo menos estricto. A diferencia del hijo menor, había escogido el seguir el camino que Hrein le marcó, y era respetado por su padre por ello; aunque incluso siguiendo las directrices del rey, no le había librado de sus reprimendas cuando parecía desviarse. Se le antojó demasiado triste para tan señalada fecha, pero era feliz y sólo deseaba encontrar a su amante, así que le preguntó por ella.
Tardó en responder unos instantes, como si le costase encontrar las palabras. “Padre la ha enviado al este, al otro lado de las fronteras, para casarse con un noble de allí.” dijo su hermano con la mirada dolida. No deseaba ser el portador de esa nueva, pero prefería eso a que otros pudiesen ver su reacción. “Supo de vuestra relación por una sirvienta, y dijo que no era mujer para ti."
Olaf enmudeció, por un momento no logró comprender lo que le había respondido; a medida que empezaba a aceptar el mensaje sus piernas flaquearon y tubo que sentarse en la escalera.
"Fue todo muy rápido, la chica se fue apenas sin nada junto con lágrimas en los ojos y una carta para el noble.” Continuó Tjolnir sentándose a su diestra sin saber el mejor modo de atemperar la reacción de su hermano.
El miedo, el orgullo y la pena, se convirtieron en ultraje y en traición; la sangre le bullía en las venas del que una vez sería llamado el seductor. Su corazón iba más rápido que en el enfrentamiento a vida o muerte con el jabalí; entonces deseaba vivir, ahora sólo sentía ira, pena, pérdida.
“Te dije que padre no lo aprobaría, que te arriesgabas demasiado.” Continuó Tjolnir. “Somos príncipes, nuestra vida está al servicio de nuestro pueblo, acuéstate con tantas furcias como quieras, pero no tenemos libertad para decidir a quien amamos.”
Allí sentado en las escaleras del castillo de su padre, se sentía un niño otra vez en las manos de su padre. Incapaz de formular palabra alguna mientras intentaba encontrar sentido a todo aquello, mientras intentaba buscar alguna forma de deshacer aquello que ya había pasado pero era un camino sin salida, una castillo sin puertas. Y entonces pensó en lo que había sentido momentos antes cuando Hrein le había reconocido, sus palabras de ánimo. Y se sintió avergonzado de lo que había sentido, había sido todo una gran broma de su padre, lo vió ahora riéndose de su infantil inocencia al creer que podía confiar en él. Que alguna vez sería un padre antes que el rey. Una lágrima surcó su sucia megilla hasta que goteó sobre su diestra. La miró por largo tiempo mientras surcaba el dorso de su mano limpiando la suciedad acumulada.
“Ella me quería” Dijo Olaf cansado. Cansado de luchar, cansado de sentir furia, cansado de buscar la aprobación de su padre, cansado de las mentiras y decepciones.
“¿Y tu?” Preguntó su hermano sentando a su lado.
“¿Si?” Preguntó, pensando que quizás se acostaba con ella porque sabía que su padre no lo aprobaría. “¿No? Qué importa ahora.”
“Habrá otras.” Respondió el príncipe heredero poniéndole la mano en el hombro incapaz de decir ninguna otra cosa.
Olaf tensó la mandibula por la ligereza con la que todos consideraban sus deseos. “Si. Muchas, hasta que mi padre decida hechar a todas las furcias de esta ciudad." Le espetó con rabia. Y miró la fina línea blanca que había marcado la lágrima en su mano. "Pero sentía cariño por ella, no se merecía este destino." Dijo mientras la visión se le nublaba. “Me voy a dormir, ha sido un día muy largo.” Continuó mientras se levantaba y ascendía cabizbajo.
Tjolnir se quedó allí viendo como su hermano subía las escaleras. Le había visto de muchas formas: alegre, emocionado, triste o beligerante; pero jamás abatido. aAun así estaba orgulloso de él. Quizás todos creyesen que ya era un hombre por haber matado a un cerdo; pero para él, la contención que acababa de mostrar, era el autentico signo de que había crecido.
La hambruna es el origen de muchos males, y de entre todos ellos el peor es la guerra. Había pasado un invierno helado y una primavera seca, las cosechas eran malas y la caza escaseaba. Desde su llegada a las nuevas tierras habían cambiado muchas cosas, y una de ellas la abolición de las expediciones de saqueo. Hrein las había prohibido para mantener la paz con sus vecinos; había sido una guerra muy larga y costosa para ponerlo todo en riesgo por un botín escaso. Sin embargo ahora, aquellas nuevas leyes a algunos se les antojaban absurdas e innecesarias; los señores empezaban a tener sufrir el aumento de precio en algunos alimentos, y aunque aumentaban los impuestos sobre los plebeyos, no era suficiente.
Aquel verano Einarr, uno de los grandes señores de la guerra, inició los preparativos para una expedición a espaldas del rey; una expedición hacia el norte, dónde los pueblos eran pequeños y las defensas débiles, pues no querían llamar la atención del monarca. Pero Hrein tenía oídos en todo su reino, fieles que le seguirían hasta las profundidades del mar si el martillo de la justicia les guiara; supo de sus preparativos antes de que empezasen a fabricar los barcos. Sin embargo no deseaba verter la sangre de su pueblo así que ordenó formar un pequeño grupo que no pudiese ser visto como una agresión. Y envió a su primogénito, que por aquel entonces ya pasaba la veintena, con órdenes de evitar el combate a toda costa, pero de llevar al señor de la guerra a su presencia.
El joven príncipe marchó con un grupo de doce hombres de la guardia personal de su padre, preocupado por como realizaría aquella primera tarea que su padre les había encomendado. Olaf, ya un hombre de belleza reconocida, le vio partir desde la ventana de una casa de las afueras de la ciudad, con una mujer desnuda esperándole en la cama, le deseó suerte, pues sabía que su hermano estaría más preocupado que nunca para ganarse el respeto de su padre.
No era aquella una tarea para un hombre de poca experiencia; requería de una voz del rey profunda como la roca excavada pero sutil como el canto del mar; la habilidad de combinar ambos sonidos es un don difícil de encontrar que rara vez se manifiesta en hombres de temprana edad. Tjolnir no estaba preparado. Algún día quizás pero no entonces, con la cabeza cargada de esperanzas y preocupaciones. Las voces se elevaron, las palabras se endurecieron, las espadas brillaron y pronto la sangre de hermanos guerreros regó la tierra seca. Nadie deseaba una guerra, nadie quiso empezarla pero nadie fue capaz de detenerla. Tjolnir, a desgana, tubo que huir para salvar la vida de sus hombres. Thorberg, el capitán de la guardia personal del rey, le obligó a retirarse de la batalla, consciente que estaban en inferioridad y en la misma casa del enemigo. Cuatro fueron los que regresaron de aquel funesto viaje; cansados, malheridos y avergonzados de la guerra fratricida que habían desencadenado al fracasar en su misión. El príncipe heredero nada dijo en todo el camino de vuelta, pensando una y otra vez, cómo habían muerto sus hombres y cómo podía evitar todo el dolor que estaba por venir.
Los cuatro se presentaron ante el rey sin descansar, conscientes de que cada instante que pasaba el fuego de la rebelión podía estar creciendo en el norte. No necesitaron hablar, su aspecto decía todo lo que el rey necesitaba saber. Les miró largamente con el ceño fruncido y la mandíbula tensa. Nadie osó mediar palabra consientes de la ira que llenaba a Hrein en esos instantes; excepto Tjolnir, avergonzado y deprimido, sabía que era su deber informar al monarca de las malas nuevas, y de su fracaso. Dio un paso al frente mirando a su padre a los ojos.
“Mi rey,” Dijo arrodillándose. ” te hemos fallado. Einarr no atendió a razón alguna, rechazó mi autoridad y dijo que debías haber ido tú. Discutimos durante toda la noche, y al alba nos atacaron. Apenas logramos huir con vida.”
“No sabía que había criado a un cobarde.” -Dijo con desprecio.- “Has traído la sangre a este reino. Habéis vertido sangre de vuestros hermanos y puesto en peligro a vuestras familias.” Levantó su profunda voz como un trueno. “Insensatos, el emperador de estas tierras nos deja vivir porque nos teme, una guerra entre nosotros nos debilita a sus ojos. ¿Acaso creéis que podemos vencer a su ejército? Si hasta ahora nos ha dejado en paz es porque el coste de una guerra con nosotros era demasiado elevado. Pero si mostramos la mínima debilidad vendrá hasta aquí. ¿Acaso no te dije lo importante de esta tarea? ¿Cómo piensas reinar, si tus acciones son las que ponen en peligro a este reino?”
Tjolnir se levantó con lágrimas en los ojos y el corazón lleno de congoja.
“Mi rey, no nunca pretendí fallar de este modo. Creedme si os digo que hize todo lo que estuvo en mi mano para detener esta locura. ¡Pero Einarr era como un caballo desbocado, no había forma de hacerle razonar!”
“Y por eso le atacaste, ¿verdad?”
“¡No. Juro por los dioses que fueron ellos los que mostraron el acero en primer lugar! Padre. debes creerme.” Gimió el príncipe heredero con la cara roja de vergüenza.
“Y qué mas da lo que yo crea. La guerra ahora es inevitable.” Respondió el rey bajando la voz hasta que fue apenas un susurro. “Por lo menos dime que el viejo zorro está muerto”
“Yo...” Dudó. “Creo que sigue con vida. Eran muchos y nosotros pocos.”
“Y huisteis como unas ratas cobardes.” Le espetó levantándose.
“Si no hubiésemos huido estaríamos muertos, y no...”
“Pero mantendríais vuestro honor intacto.” Le interrumpió Hrein.
Fuese lo que fuese lo que Tjolnir quiso responder, murió en sus labios. Se quedó allí, callado, con la cara enrojecida e inmóvil mientras su padre seguía con su retahíla de improperios y cavilaciones andando de un lado al otro del atril. Pero el joven príncipe nada oyó de todo lo que se dijo, estaba demasiado absorto en su propia tragedia. La vergüenza y la culpa llenaron su corazón hasta desbordarse, y entonces soltó su mazo del cinto dejandolo caer al suelo. Caminó lentamente hacia la puerta ante la tónita mirada de los presentes; sólo Hrein no pareció percibir lo que sucedía.
A Olaf le había informado su madre del regreso de la comitiva; de camino al castillo vio sólo cuatro caballos y comprendió que la misión en el norte había sido un fracaso. Llegó a la sala de reuniones justo a tiempo para oír cómo su hermano recibía una fuerte reprimenda de su padre. Desde su posición, no lograba ver el rostro de Tjolnir, pero por su temblor en las manos y la fuerte reprimenda que le estaba cayendo encima se imaginaba el infierno que debía estar pasando. Ciertamente su padre tenía razón en cuanto a la importancia de su tarea, pero si tan importante era debía haber ido él mismo. Él tenía el respeto del señor de la guerra y por eso mismo a él si le habría escuchado. Olaf oyó la frase de su padre, algo que seguramente el rey pronunció sin darse cuenta, pero sintió su propio corazón romperse en mil pedazos; así vio la caída de su hermano, cómo soltaba su arma y se exiliaba; por que al ver su rostro, supo que sólo podía estar pensando en eso. Aunque deseó correr tras él, no lo hizo. Quería ver si Hrein se percataba de lo sucedido.
“¿Dónde está Tjolnir?” Al final exclamó.
Nadie osó responder al rey. Finalmente vio el martillo de su hijo en el suelo; allí mismo dónde instantes antes se había arrodillado; una arma forjada con sus propias manos a imagen y semejanza de la de su padre. Calló unos instantes quizás comprendiendo lo que había sucedido, quizás intentando interpretar el significado de aquello.
“¡Buscadle, y traedlo ante mi!” finalmente dijo al aire, sin referirse a nadie en concreto.
Se sentó en su trono pensativo con los tres hombres de su guardia personal aún sangrando arrodillados frente a él. De pronto, como consciente que de allí seguían les espetó con desprecio.
“¿Qué hacéis vosotros todavía aquí? Vuestra misión era proteger al rey y al príncipe. Habéis puesto en peligro al reino y por hende a vuestro rey, y habéis perdido al príncipe. ¡Largaos y no volváis! No merecéis llevar mi escudo.”
Se retiraron dubitativos, se debieron sentir cómo un perro apaleado por su amo por seguirle a todas partes. Tristes y perdidos, sin saber a dónde ir. Se cruzaron con un guardia que entraba en ese momento para informar al rey que el caballo del príncipe no estaba en los establos. Mostró apenas sorpresa por la noticia, acaso confirmación de sus propios pensamientos; nada dijo. Se quedó callado en su trono.
Ástrid, la de níveos brazo, agarró con suavidad el brazo de su hijo que todavía miraba con tristeza al rey, y le susurró al oído.
“Recuerda este día, hijo, cómo el día que obtuviste el trono de tu padre.”
Olaf miró a su madre consternado y respondió.
“Madre, jamás deseé el trono. Menos aún de esta forma. Tjolnir es el heredero, por derecho y por méritos, es el mejor de los dos. Y padre lo sabe.” Volvió la cabeza hacia el rey. “Por eso está tan roto como el corazón de mi hermano.”
“Él también te aprecia, con el tiempo verá tus aptitudes para reinar.”
“Pero yo no lo quiero. Apenas recuerdo en el que sintiera algo menos que desprecio hacia la maldita corona que oprime la cabeza de mi padre; he visto lo que causa en los hombres su peso y no está hecha mi frente para soportar tanta carga. Míralo ahora. Al gran rey. ¡El mazo de la justicia! Sólo ahora comprende lo que sus palabras han causado, sólo ahora, en su soledad, comprende que los hombres de sangre azul también se rompen; pero no puede levantarse del trono en el que está encadenado, el deber y el honor le mantienen atado a esa silla infernal.”
Ástrid miró a su esposo, hundido en la silla como jamás antes había estado. Vió su incipiente calva y su barba canosa. Quien momentos antes fuera un rey de fuerza descomunal se le apareció como un hombre cansado y envejecido por los años.
“¿Todavía le amas?” Preguntó Olaf.
“Pues claro.”
“Entonces habla con él. Tus palabras siempre han tenido un efecto tranquilizador. Yo buscaré a Tjolnir. Debemos reunir los pedazos antes de que se desgasten. Lo que hoy se ha dicho aquí, jamás se podrá borrar; pero quizás podamos juntar las piezas y convencernos que el jarrón sigue intacto.”
Olaf encontraría a su hermano a varias millas de Nýtt Heimili, se había separado del camino y había tomado un atajo por el bosque dónde habían cazado muchas veces. Lo halló sentado bajo un árbol, con el arco en la mano y la mirada perdida. Las vendas sucias y la barba descuidada le daban el aspecto de un mendigo. Bajó del caballo y se acercó. Tjolnir en ningún momento mostró signo de reconocimiento; así que se sentó bajo un árbol frente a él y esperó; tarde o temprano, cuando su mente regresara, hablaría.
“Debería estar cazando.” Dijo el príncipe torpemente.
“Entonces deberías haber tomado una flecha.” Respondió Olaf.
La cabeza de Tjolnir se movió lentamente, con la misma mirada perdida cómo si buscase algo cerca que había olvidado.
“Uno no puede cazar sin flechas. ¿Verdad?” Dijo con lágrimas surcando sus mejillas.
Olaf lo miró triste y respondió “No hermano, no se puede cazar sin flechas.”
Y Tjolnir, el forjador, adorado por su pueblo por la semejanza con su padre, un guerrero de espesa barba que se había enfrentado a todo un pueblo con menos de veinte hombres; se derrumbó gritando con todas sus fuerzas cómo si la vida le fuera en ello; hasta que no le quedó más aliento ni voz para seguir gritando.
“Mi padre me aborrece hasta el punto de desear mi muerte. ¿Qué peor castigo puede caerle a un hijo, sino el más profundo desprecio de su padre, quién más debería amarle?” Escupió con rencor desde sus entrañas. “Mi vida es un fracaso. He perdido mi honor, y con ello mi familia; nací príncipe y moriré cómo un villano. Sea pues, si este es el destino que los dioses me tienen preparado. Pero aunque lo acepte, les maldigo a ellos por haberme hecho nacer príncipe cuando debería haber vivido en el pozo de la ignominia desde el principio; no hay nada más cruel que arrebatarle a un hombre sus esperanzas, pues nada resta más allá para mover su piernas e inflar su pecho. Si no fuese tan cobarde quizás me arrebataría la vida aquí mismo, sería un acto de misericordia hacia mi padre y su vergüenza”
“Hermosas palabras de un hombre que no conoce la villanía. ¿En invierno dormirás con los cerdos o acaso tendrás preferencia por las cabras?” Respondió Olaf con sorna. “Dicen que la mierda de cabra huele mejor.”
Tjolnir le miró con odio.
“¿Acaso has venido a regodearte de la desgracia de tu hermano? ¡Ya tienes tu trono! ¡Lárgate maldito cuervo, deja que viva en mi miseria con tranquilidad!” Le gritó.
“¡Acostúmbrate; pues serán los cuervos tu compañía y éstas las decisiones más importantes de tu vida si sigues por este camino!” Respondió con voz profunda. ”Te contaré la vida del villano Tjolnir, huérfano sin familia, vagabundo sin rumbo, hombre de pobreza absoluta. Después de días de intentar cazar en época de hambruna, venderá su caballo en el primer pueblo para llevarse algo de comida a la boca, incapaz de matarlo por su propio acero; aunque malvendido, su caballo le dará un buen botín; que se le escurrirá de las mano como un jarrón sin fondo, pues jamás fue su trabajo contar monedas; pronto estará sin caballo, sin oro y hambriento otra vez; entonces, demasiado orgulloso para mendigar, buscará trabajo como armero y cuando logre encontrar algún herrero dispuesto a adoptar a tan viejo aprendiz, justo descubrirá que forjar un martillo con la ayuda de su tío no es lo mismo que hacerlo solo. Sin trabajo ni pan y con demasiado orgullo para pedir limosna, sólo le quedará la opción de la espada, pero al servicio de los viles, matando y robando hasta que le cuelguen o decida dejarlo para mendigar y recoger la mierda de los cerdos, el único trabajo en el que aceptarán a la escoria en lo que se habrá convertido.”
Tjolnir que había escuchado todo el relato con odio contenido saltó sobre su hermano con las manos desnudas, dispuesto a convertirlo en una masa sanguinolenta. Se enzarzaron en una violenta pelea en la que sólo Olaf mantenía el control. Agotado por el viaje, las heridas y la humillación vivida, pronto su hermano cayó rendido, gritando de pura rabia. Olaf se levantó magullado y arañado pero con el temple de un oso. Levantó a su hermano jadeante del suelo y le obligó a mirarle a la cara.
“Todavía tienes orgullo y fuerza en los brazos. Eres un guerrero, fuerte como un yunke, orgulloso como un león y mi hermano. El honor no se pierde en una derrota ni se gana en una victoria, el honor se conserva día a día en el corazón de un hombre y crece con cada sacrificio por el deber; y jamás he conocido hombre alguno tan sacrificado por lo que reino necesita como tu.” Le espetó con lágrimas en los ojos y rabia en la voz. “¡No has nacido para ser un mendigo, sino para reinar! Y ni siquiera tu padre puede arrebatarte eso, pues está en tu sangre, en tu corazón y en tu alma. Ni el rey puede arrebatarle a un hombre el derecho que se ha ganado.” Terminó abrazándole con fuerza.
Tjolnir se mostró sorprendido pero no lo rechazó.
Por su parte, Olaf creció bajo el signo de la estrella del norte en la misma corte del rey en continuo movimiento por las necesidades de la guerra. Desde que tuviese uso de razón, evitaba siempre que podía a su padre; otrora hombre alegre y de risa fácil ahora malhumorado e irascible debido al peso del deber y la responsabilidad con su cruzada; sólo Ástrid conseguía apaciguar su furia en el calor del lecho. De brazos débiles, aborreció el combate desde el primer día de adiestramiento al que era sometido por orden del rey; rehuía sus deberes en cuanto podía para escuchar cuentos y canciones de cualquiera que se dignase a hablar con él; hecho que le acarreaba fuertes reprimendas de su padre o miradas reprobatorias en el mejor de los casos. Sólo su madre parecía comprender y apaciguar la relación con Hrein, y a menudo hacían frente común al rey en las pequeñas cosas que les era permitido.
* * *
Fue en la noche de la victoria, cuando el asedio a la capital del enemigo se rompió, que Olaf supo que su padre jamás le comprendería. Las tropas celebraban el triunfo con la fiesta más grande que el joven príncipe hubiese visto jamás; el vino y la cerveza corrían abundantemente entre el jolgorio de la vociferante turba que cantaba a los dioses de la guerra mientras se apareaban con la hembra más cercana. Desde el campamento, la ardiente ciudad era una cacofonía de gritos y risas que al pequeño se le antojaba como una extensión de la fiesta en la que se había convertido el campamento desde que se supo de la victoria. Entonces llegó su padre, montando con calma junto a su guardia personal, con su armadura ensangrentada y su enorme martillo, manchado aún con los restos de sus enemigos, a su espalda. La reina le impidió que corriera a ver a su padre y le dijo que sería mejor esperarle frente a la tienda, pues los príncipes y los reyes sólo corrían hacia sus enemigos; pero Olaf estaba impaciente, había decidido escribir una gran canción sobre esta victoria, para que todos recordasen cuan grande había sido su padre. Hrein, el rey, desmontó frente a la tienda, ante la exultante multitud que le rodeaba. La reina le sonreía y el príncipe le miraba tan orgulloso como podía estar un hijo de un padre. Se quitó el yelmo y saludó a la multitud; Olaf no fue consciente, pero la reina dejó de sonreír y bajó la cabeza. El aclamado entró en la tienda dándole el casco a Ástrid descuidadamente junto a Thorleif su mano derecha. El príncipe, acostumbrado a que su padre le ignorase frente al gentío, y una vez dentro de la privacidad de la tienda, corrió hacia el rey que se sentaba pesadamente en el trono.
”Padre”. Dijo. “¡Has vencido! ¡Eres el más grande de todos los reyes! Escribiré una canción sobre ti que se cantará para siempre. Así todos sabrán las gestas que conseguiste”
Pero Hrein le miró contrariado, con tristeza en los ojos y desprecio en los labios.
“No hay nada noble en lo que ha ocurrido hoy, nada he hecho que merezca ser recordado; el hombre más honorable que he conocido ha caído bajo mi martillo ensangrentado. Olvida las canciones de cuna y entrena con la espada, pues hoy ha nacido tu mayor enemigo. Heredarás los pecados de tu padre; mas te vale estar preparado.”
Horas más tarde, después que Olaf se retirara avergonzado a sus aposentos, su madre llegó para secarle el llanto, oculto entre el jolgorio del campamento.
“Sabes que tu padre te ama” Le dijo mientras lo abrazaba.
Olaf levantó la mirada y vio los ojos húmedos de su madre.
“¿Entonces por que odia todo lo que hago?” Preguntó con amargura.
Ella lo abrazó con fuerza y acunó la cabeza de Olaf entre sus pechos.
“No odia todo lo que tu haces, sólo se preocupa por ti. Te empuja a que aprendas aquello que te permitirá sobrevivir en el futuro.” Respondió acariciando su cabello. ”Es tanta la responsabilidad que cae sobre sus hombros, que a veces olvida los sentimientos de la gente a la que pretende proteger.”
“Eso es por que no tiene alma”
“Tu padre siente mucho más que la mayoría de hombres que dirige, si tu le vieses como yo le he visto, jamás dirías eso. Los hombres como tu padre se han criado en el corazón del invierno.” Dijo abrazándolo con fuerza contra su pecho. ”Tu no conoces el verdadero frío. En estas tierras las nieves apenas cubren unos meses la tierra; pero de donde venimos, el blanco manto cubre el suelo casi todo el año, el gélido viento puede matar al más fuerte de los hombres en un descuido y se puede caminar sobre las aguas heladas; es una tierra dura dónde la vida es corta para los hombres; por eso ocultan sus sentimientos. El invierno no perdona las debilidades ni admite errores y cualquiera de ellos se paga con el más alto precio.”
“Pero ya no estamos en Vinterpust.” Respondió entre sollozos.
“El invierno, como tu padre sabe, tiene muchas formas, y el frío es la menos peligrosa”
Olaf la miró sin comprender y Ástrid lo acarició dulcemente consciente de que era demasiado joven para saber de las tragedias de los hombres.
“Yo no seré así.” Respondió el príncipe convencido mientras hundía su rostro en el pecho de su madre. “Lo juro.”
* * *
El retorno del rey fue el mayor acontecimiento que había sucedido en Nýtt Heimili desde su fundación; mujeres, niños y ancianos salieron a la calle a celebrar tan esperado retorno precedido por los cánticos y las historias de las numerosas victorias de Hrein, el martillo del juicio; atrás quedaban las sangrientas batallas, los muertos y los numerosos heridos que habían dejado tan alabadas hazañas. De entre todas las gentes allí reunidas, sólo una alma sentía miedo, Tjolnir el príncipe heredero. Portaba orgulloso la armadura y el martillo que él mismo hubiese forjado con la ayuda del maestre y esperaba ser digno de su padre, rezando a los dioses para no cometer ningún error en tan importante momento.
El rey entró en la plaza junto a su guardia real, su armadura brillaba bajo el sol ocultando las marcas y magulladuras de su prolongado uso. Para Tjolnir, la visión de su padre fue tan intensa como haber visto a uno de los inmortales, nunca Hrein fue un hombre bello, pero tenía el porte y la energía de un dios. El príncipe heredero esperó a lo alto de las escaleras a que su padre, el rey, ascendiese hasta la puerta de su casa. A cada paso el corazón del joven se aceleraba, toda su vida desde que tuviese uso de razón había sido una preparación para aquel momento. Finalmente el llamado martillo del juicio llegó a su presencia; el jaleante pueblo calló, como si el mundo entero hubiese contenido el aliento para ver el tan esperado reencuentro con el príncipe heredero. El rey examinó largamente a su hijo y vio en él a su amada Asleif, su mismo brazo de herrero y una armadura forjada por un aprendiz. Palpó su brazo derecho con fuerza pero Tjolnir no se quejó.
“Tienes el rostro de tu madre y un brazo fuerte” Dijo el rey con voz templada “Un brazo de aprendiz, pero en camino de ser tan fuerte como un yunke.” Le puso la mano en el rostro y con mirada grave continuó. ”Los hombres te temerán y las mujeres adorarán tu fuerza, pero sólo los muertos han reinado por la espada; para conservar el trono deberás usar tu cabeza y el corazón de los que te rodean.” El joven príncipe no mostró comprensión alguna, sólo nerviosismo de quien se enfrenta a una prueba. Hrein le puso la mano en la cabeza y lo acarició. “Pero tranquilo, habrá tiempo para aprender.”
Entonces sin que Tjolnir mediase palabra se giró hacia el pueblo con la mano en el hombro del heredero y gritó.
“¡He vuelto y os traigo la victoria sobre estas tierras! ¡Desde ahora, todo lo que veis es nuestro; nadie nos lo disputará y podremos vivir en paz! Sed felices con esto, pues yo tengo bastante con reencontrarme con mi primogénito, príncipe y heredero de estas tierras por vuestra voluntad y la aceptación de los dioses”
El pueblo enloqueció y gritó como si el mundo necesitase oír sus alabanzas, se alzaron vítores en favor del rey y en favor del heredero. Sólo un rostro no parecía feliz, como advirtió Tjolnir, era un joven montado junto a la reina, su hermano supuso, le miraba con tristeza; algo que no logró comprender.
* * *
Fue un día de otoño cuando Olaf llegó a la mayoría de edad. Todavía imberbe pero ya fuerte como un hombre, se había organizado un banquete para celebrarlo. Cazaría un jabalí con sus propias manos y lo traería para el festín. Partió solo de buena mañana, armado con un cuchillo y el deseo de demostrar que ya no necesitaba a su padre; no regresaría hasta traer a su presa. Había cazado antes, pero con arco y flechas. Se dijo a si mismo que no sería mucho más difícil, pues el jabalí a diferencia de los ciervos no rehuía el combate. Mientras el día transcurría deslizándose y rastreando por el bosque a la espera de una presa, pensaba en Jora una sirvienta de su madre y quinta hija de una de uno de los señores de la guerra de su padre; era cuatro años mayor pero se había ganado sus favores y habían compartido lecho durante el ultimo año, siempre discretamente; pues no estaban casados ni prometidos. Sólo los remedios del ermitaño llamado lengua e lobo habían impedido que un pequeño Olaf estuviese en camino. Cuando ganase la mayoría de edad, se casaría con ella y podría crearse una vida propia lejos de una corte llena de deberes y obligaciones.
Encontró su jabalí en una hondonada, de espaldas a una encina de la que se estaba comiendo las bellotas caídas. Era grande y viejo, su lomo estaba marcado en varios sitios, orgullosas marcas de apareamiento. A Olaf le pareció una presa ideal para la ocasión, el joven cazaba al viejo, pensó sonriente, sería una broma que sólo él comprendería. Cuchillo en boca, subió al árbol con sumo cuidado; se había embadurnado con fango y hojas del bosque para ocultar su olor, y andaba descalzo para no hacer ruido. Se encaramó hasta la primera rama encima de la bestia, se colocó cómodamente a la espera que el animal terminase su festín. Todo guerrero merece morir con el estomago lleno, pensó, y saciada el hambre tendría menos ganas de luchar.
Cuando se dejó caer encima del jabalí, su mano no vaciló, apuntó a las costillas, allí dónde debería estar el corazón. Hundió el cuchillo hasta la empuñadura y la bestia se retorció con la rabia que solo podía surgir de la certeza de la muerte. Pero no murió. Olaf estaba tendido en el suelo y el jabalí huyendo con el puñal todavía en su lomo. Pero no se alejó mucho, como había percibido el joven era un guerrero y no se amedrentaría ante ninguna agresión. Así que se volvió con la crin erizada dispuesto a cargar sobre él. El príncipe se levantó preguntándose por que no había muerto aun, pero poco podía hacer sino defenderse con sus propias manos, debía alcanzar su cuchillo si deseaba tener alguna oportunidad. Fue más rápido de lo que esperaba. Notó cómo los incisivos del animal le rasgaba la piel de las costillas, pero a cambio logró agarrar el arma clavada en su lomo. Durante unos instantes el animal giró sobre si mismo intentando golpear o morder su pierna mientras arrastraba a Olaf, quien se aferraba a su cuchillo con toda la fuerza que pudo sacar de sus brazos. Sus piernas se rasgaron con las piedras y los colmillos del animal, pero no cedió y con un esfuerzo que sólo pudo llegar del miedo que atenazaba su cabeza, consiguió subirse encima del jabalí para derribarlo con su cuerpo. Ya tumbado, arrancó el cuchillo del animal, y lo degolló mientras se esforzaba en mantenerlo quieto. Con sus ultimas fuerzas, el animal se revolvió con fuerza consciente, supuso, que su vida se le escapaba por momentos, mientras que Olaf lo mantenia preso para evitar que en alguno de sus últimos estertores le pagase con la misma moneda. Cuando finalmente dejó de moverse, sus manos y su rostro estaban ensangrentados, sus brazos cansados y su aliento agotado. Se arrastró como pudo hasta la falda del árbol para intentar recuperarse. Temblaba como niño en invierno y su corazón parecía que se le fuese a salir por la boca; con la vista nublada vio a otro jabalí, más joven, que le miraba desde un par de lanzas de distancia. El escudero, pensó, cuando la presa era vieja a menudo estaba acompañado de un animal más joven. Se miraron largo tiempo, los ojos vacíos del animal eran tan penetrantes como los de su padre, pero no cedió; a cada momento recuperaba aliento y pronto se sentiría con fuerzas de defenderse; no fue necesario, el animal giró sobre si mismo y se alejó.
Al anochecer entró en la gran sala cargando la bestia casi tan grande como él mismo sobre su espalda. Sucio por el fango y la sangre própia y de su presa, tenía el aspecto de un auténtico cazador. Todos los hombres allí presentes callaron sorprendidos por su entrada y las dimensiones del animal, apenas se oían los susurros de aquellos que murmuraban perdidos entre las sombras. Cuando soltó al jabalí sobre la mesa principal, el estruendo dió inicio a la fiesta y al festín que la seguiría. Su padre y Halldor, mano derecha del rey, se le acercó ceremoniosamente le puso la mano en el hombro y lo miró largamente, vió la sangre que manchaba sus manos, la fea herida de sus costillas y el fango de su rostro.
“Estoy orgulloso de ti, hijo mío.” Dijo al fin. “Eres ya un hombre. Que nada te lo haga olvidar. Recuerda esta sangre que has vertido hoy y lo que has sentido al matar a tu presa. El sabor de la victoria es dulce, pero no es el verdadero premio; el auténtico es seguir con vida, perdudar más allá que tus enemigos. A todos los hombres, por fuertes que sean, llega un día en el que el cansancio cubre su juicio, la fuerza huye de sus brazos y la voluntad de luchar por su vida flaquea; es ese el momento que elígen los dioses para separar las ovejas de los lobos. Cuando esto te suceda, recuerda este día y lo que sentiste, recuerda tu voluntad para sobrevivir y perdurar por encima de tus enemigos y te elevarás más allá de lo que significa ser un hombre para convertirte en una leyenda. Tienes el potencial para ser un lobo, no te conformes con menos que eso.”
Aquellas palabras le llenaron el corazón de júbilo, por vez primera era reconocido por su padre. Los planes de marcharse lejos se le antojaban ahora prematuros, quizás podría quedarse un tiempo, conocer a aquel padre con el que jamás había hablado; quizás le podría presentar a Jora como futura esposa, quizás aprobaría y respetaría su deseo. Y quizás, sólo quizás leyese alguno de sus cantos... Rió para sí con los ojos húmedos. No, no hubiese sido una buena idea; era evidente que su padre no esperaba de él un cantor, sino un guerrero; obtendría su aprobación sólo de la sangre y la espada.
“Una presa espléndida, digna de un rey. Ni siquiera tú trajiste semejante ejemplar” Dijo Halldor al rey.
Hrein sonrió y respondió diciendo que todo hijo estaba destinado a superar a su padre.
Cuando la fiesta hubo empezado, y los saludos terminados, Olaf se escabulló en busca de Jora. Deseaba besarla y hacerla partícipe de su dicha, contarle lo que le había dicho su padre y pedirle su mano. Subió a la residencia del castillo, pero no la encontró; preguntó a un par de sirvientas despistadas que no le supieron dar una respuesta, y volvió a bajar suponiendo que se encontraría en la fiesta; y en su camino de regreso Tjolnir se cruzó con él. Habían trabado amistad esos últimos años, él representaba la antítesis de Olaf. Era la viva imagen de su padre con el don de la juventud y algo menos estricto. A diferencia del hijo menor, había escogido el seguir el camino que Hrein le marcó, y era respetado por su padre por ello; aunque incluso siguiendo las directrices del rey, no le había librado de sus reprimendas cuando parecía desviarse. Se le antojó demasiado triste para tan señalada fecha, pero era feliz y sólo deseaba encontrar a su amante, así que le preguntó por ella.
Tardó en responder unos instantes, como si le costase encontrar las palabras. “Padre la ha enviado al este, al otro lado de las fronteras, para casarse con un noble de allí.” dijo su hermano con la mirada dolida. No deseaba ser el portador de esa nueva, pero prefería eso a que otros pudiesen ver su reacción. “Supo de vuestra relación por una sirvienta, y dijo que no era mujer para ti."
Olaf enmudeció, por un momento no logró comprender lo que le había respondido; a medida que empezaba a aceptar el mensaje sus piernas flaquearon y tubo que sentarse en la escalera.
"Fue todo muy rápido, la chica se fue apenas sin nada junto con lágrimas en los ojos y una carta para el noble.” Continuó Tjolnir sentándose a su diestra sin saber el mejor modo de atemperar la reacción de su hermano.
El miedo, el orgullo y la pena, se convirtieron en ultraje y en traición; la sangre le bullía en las venas del que una vez sería llamado el seductor. Su corazón iba más rápido que en el enfrentamiento a vida o muerte con el jabalí; entonces deseaba vivir, ahora sólo sentía ira, pena, pérdida.
“Te dije que padre no lo aprobaría, que te arriesgabas demasiado.” Continuó Tjolnir. “Somos príncipes, nuestra vida está al servicio de nuestro pueblo, acuéstate con tantas furcias como quieras, pero no tenemos libertad para decidir a quien amamos.”
Allí sentado en las escaleras del castillo de su padre, se sentía un niño otra vez en las manos de su padre. Incapaz de formular palabra alguna mientras intentaba encontrar sentido a todo aquello, mientras intentaba buscar alguna forma de deshacer aquello que ya había pasado pero era un camino sin salida, una castillo sin puertas. Y entonces pensó en lo que había sentido momentos antes cuando Hrein le había reconocido, sus palabras de ánimo. Y se sintió avergonzado de lo que había sentido, había sido todo una gran broma de su padre, lo vió ahora riéndose de su infantil inocencia al creer que podía confiar en él. Que alguna vez sería un padre antes que el rey. Una lágrima surcó su sucia megilla hasta que goteó sobre su diestra. La miró por largo tiempo mientras surcaba el dorso de su mano limpiando la suciedad acumulada.
“Ella me quería” Dijo Olaf cansado. Cansado de luchar, cansado de sentir furia, cansado de buscar la aprobación de su padre, cansado de las mentiras y decepciones.
“¿Y tu?” Preguntó su hermano sentando a su lado.
“¿Si?” Preguntó, pensando que quizás se acostaba con ella porque sabía que su padre no lo aprobaría. “¿No? Qué importa ahora.”
“Habrá otras.” Respondió el príncipe heredero poniéndole la mano en el hombro incapaz de decir ninguna otra cosa.
Olaf tensó la mandibula por la ligereza con la que todos consideraban sus deseos. “Si. Muchas, hasta que mi padre decida hechar a todas las furcias de esta ciudad." Le espetó con rabia. Y miró la fina línea blanca que había marcado la lágrima en su mano. "Pero sentía cariño por ella, no se merecía este destino." Dijo mientras la visión se le nublaba. “Me voy a dormir, ha sido un día muy largo.” Continuó mientras se levantaba y ascendía cabizbajo.
Tjolnir se quedó allí viendo como su hermano subía las escaleras. Le había visto de muchas formas: alegre, emocionado, triste o beligerante; pero jamás abatido. aAun así estaba orgulloso de él. Quizás todos creyesen que ya era un hombre por haber matado a un cerdo; pero para él, la contención que acababa de mostrar, era el autentico signo de que había crecido.
* * *
La hambruna es el origen de muchos males, y de entre todos ellos el peor es la guerra. Había pasado un invierno helado y una primavera seca, las cosechas eran malas y la caza escaseaba. Desde su llegada a las nuevas tierras habían cambiado muchas cosas, y una de ellas la abolición de las expediciones de saqueo. Hrein las había prohibido para mantener la paz con sus vecinos; había sido una guerra muy larga y costosa para ponerlo todo en riesgo por un botín escaso. Sin embargo ahora, aquellas nuevas leyes a algunos se les antojaban absurdas e innecesarias; los señores empezaban a tener sufrir el aumento de precio en algunos alimentos, y aunque aumentaban los impuestos sobre los plebeyos, no era suficiente.
Aquel verano Einarr, uno de los grandes señores de la guerra, inició los preparativos para una expedición a espaldas del rey; una expedición hacia el norte, dónde los pueblos eran pequeños y las defensas débiles, pues no querían llamar la atención del monarca. Pero Hrein tenía oídos en todo su reino, fieles que le seguirían hasta las profundidades del mar si el martillo de la justicia les guiara; supo de sus preparativos antes de que empezasen a fabricar los barcos. Sin embargo no deseaba verter la sangre de su pueblo así que ordenó formar un pequeño grupo que no pudiese ser visto como una agresión. Y envió a su primogénito, que por aquel entonces ya pasaba la veintena, con órdenes de evitar el combate a toda costa, pero de llevar al señor de la guerra a su presencia.
El joven príncipe marchó con un grupo de doce hombres de la guardia personal de su padre, preocupado por como realizaría aquella primera tarea que su padre les había encomendado. Olaf, ya un hombre de belleza reconocida, le vio partir desde la ventana de una casa de las afueras de la ciudad, con una mujer desnuda esperándole en la cama, le deseó suerte, pues sabía que su hermano estaría más preocupado que nunca para ganarse el respeto de su padre.
No era aquella una tarea para un hombre de poca experiencia; requería de una voz del rey profunda como la roca excavada pero sutil como el canto del mar; la habilidad de combinar ambos sonidos es un don difícil de encontrar que rara vez se manifiesta en hombres de temprana edad. Tjolnir no estaba preparado. Algún día quizás pero no entonces, con la cabeza cargada de esperanzas y preocupaciones. Las voces se elevaron, las palabras se endurecieron, las espadas brillaron y pronto la sangre de hermanos guerreros regó la tierra seca. Nadie deseaba una guerra, nadie quiso empezarla pero nadie fue capaz de detenerla. Tjolnir, a desgana, tubo que huir para salvar la vida de sus hombres. Thorberg, el capitán de la guardia personal del rey, le obligó a retirarse de la batalla, consciente que estaban en inferioridad y en la misma casa del enemigo. Cuatro fueron los que regresaron de aquel funesto viaje; cansados, malheridos y avergonzados de la guerra fratricida que habían desencadenado al fracasar en su misión. El príncipe heredero nada dijo en todo el camino de vuelta, pensando una y otra vez, cómo habían muerto sus hombres y cómo podía evitar todo el dolor que estaba por venir.
Los cuatro se presentaron ante el rey sin descansar, conscientes de que cada instante que pasaba el fuego de la rebelión podía estar creciendo en el norte. No necesitaron hablar, su aspecto decía todo lo que el rey necesitaba saber. Les miró largamente con el ceño fruncido y la mandíbula tensa. Nadie osó mediar palabra consientes de la ira que llenaba a Hrein en esos instantes; excepto Tjolnir, avergonzado y deprimido, sabía que era su deber informar al monarca de las malas nuevas, y de su fracaso. Dio un paso al frente mirando a su padre a los ojos.
“Mi rey,” Dijo arrodillándose. ” te hemos fallado. Einarr no atendió a razón alguna, rechazó mi autoridad y dijo que debías haber ido tú. Discutimos durante toda la noche, y al alba nos atacaron. Apenas logramos huir con vida.”
“No sabía que había criado a un cobarde.” -Dijo con desprecio.- “Has traído la sangre a este reino. Habéis vertido sangre de vuestros hermanos y puesto en peligro a vuestras familias.” Levantó su profunda voz como un trueno. “Insensatos, el emperador de estas tierras nos deja vivir porque nos teme, una guerra entre nosotros nos debilita a sus ojos. ¿Acaso creéis que podemos vencer a su ejército? Si hasta ahora nos ha dejado en paz es porque el coste de una guerra con nosotros era demasiado elevado. Pero si mostramos la mínima debilidad vendrá hasta aquí. ¿Acaso no te dije lo importante de esta tarea? ¿Cómo piensas reinar, si tus acciones son las que ponen en peligro a este reino?”
Tjolnir se levantó con lágrimas en los ojos y el corazón lleno de congoja.
“Mi rey, no nunca pretendí fallar de este modo. Creedme si os digo que hize todo lo que estuvo en mi mano para detener esta locura. ¡Pero Einarr era como un caballo desbocado, no había forma de hacerle razonar!”
“Y por eso le atacaste, ¿verdad?”
“¡No. Juro por los dioses que fueron ellos los que mostraron el acero en primer lugar! Padre. debes creerme.” Gimió el príncipe heredero con la cara roja de vergüenza.
“Y qué mas da lo que yo crea. La guerra ahora es inevitable.” Respondió el rey bajando la voz hasta que fue apenas un susurro. “Por lo menos dime que el viejo zorro está muerto”
“Yo...” Dudó. “Creo que sigue con vida. Eran muchos y nosotros pocos.”
“Y huisteis como unas ratas cobardes.” Le espetó levantándose.
“Si no hubiésemos huido estaríamos muertos, y no...”
“Pero mantendríais vuestro honor intacto.” Le interrumpió Hrein.
Fuese lo que fuese lo que Tjolnir quiso responder, murió en sus labios. Se quedó allí, callado, con la cara enrojecida e inmóvil mientras su padre seguía con su retahíla de improperios y cavilaciones andando de un lado al otro del atril. Pero el joven príncipe nada oyó de todo lo que se dijo, estaba demasiado absorto en su propia tragedia. La vergüenza y la culpa llenaron su corazón hasta desbordarse, y entonces soltó su mazo del cinto dejandolo caer al suelo. Caminó lentamente hacia la puerta ante la tónita mirada de los presentes; sólo Hrein no pareció percibir lo que sucedía.
A Olaf le había informado su madre del regreso de la comitiva; de camino al castillo vio sólo cuatro caballos y comprendió que la misión en el norte había sido un fracaso. Llegó a la sala de reuniones justo a tiempo para oír cómo su hermano recibía una fuerte reprimenda de su padre. Desde su posición, no lograba ver el rostro de Tjolnir, pero por su temblor en las manos y la fuerte reprimenda que le estaba cayendo encima se imaginaba el infierno que debía estar pasando. Ciertamente su padre tenía razón en cuanto a la importancia de su tarea, pero si tan importante era debía haber ido él mismo. Él tenía el respeto del señor de la guerra y por eso mismo a él si le habría escuchado. Olaf oyó la frase de su padre, algo que seguramente el rey pronunció sin darse cuenta, pero sintió su propio corazón romperse en mil pedazos; así vio la caída de su hermano, cómo soltaba su arma y se exiliaba; por que al ver su rostro, supo que sólo podía estar pensando en eso. Aunque deseó correr tras él, no lo hizo. Quería ver si Hrein se percataba de lo sucedido.
“¿Dónde está Tjolnir?” Al final exclamó.
Nadie osó responder al rey. Finalmente vio el martillo de su hijo en el suelo; allí mismo dónde instantes antes se había arrodillado; una arma forjada con sus propias manos a imagen y semejanza de la de su padre. Calló unos instantes quizás comprendiendo lo que había sucedido, quizás intentando interpretar el significado de aquello.
“¡Buscadle, y traedlo ante mi!” finalmente dijo al aire, sin referirse a nadie en concreto.
Se sentó en su trono pensativo con los tres hombres de su guardia personal aún sangrando arrodillados frente a él. De pronto, como consciente que de allí seguían les espetó con desprecio.
“¿Qué hacéis vosotros todavía aquí? Vuestra misión era proteger al rey y al príncipe. Habéis puesto en peligro al reino y por hende a vuestro rey, y habéis perdido al príncipe. ¡Largaos y no volváis! No merecéis llevar mi escudo.”
Se retiraron dubitativos, se debieron sentir cómo un perro apaleado por su amo por seguirle a todas partes. Tristes y perdidos, sin saber a dónde ir. Se cruzaron con un guardia que entraba en ese momento para informar al rey que el caballo del príncipe no estaba en los establos. Mostró apenas sorpresa por la noticia, acaso confirmación de sus propios pensamientos; nada dijo. Se quedó callado en su trono.
Ástrid, la de níveos brazo, agarró con suavidad el brazo de su hijo que todavía miraba con tristeza al rey, y le susurró al oído.
“Recuerda este día, hijo, cómo el día que obtuviste el trono de tu padre.”
Olaf miró a su madre consternado y respondió.
“Madre, jamás deseé el trono. Menos aún de esta forma. Tjolnir es el heredero, por derecho y por méritos, es el mejor de los dos. Y padre lo sabe.” Volvió la cabeza hacia el rey. “Por eso está tan roto como el corazón de mi hermano.”
“Él también te aprecia, con el tiempo verá tus aptitudes para reinar.”
“Pero yo no lo quiero. Apenas recuerdo en el que sintiera algo menos que desprecio hacia la maldita corona que oprime la cabeza de mi padre; he visto lo que causa en los hombres su peso y no está hecha mi frente para soportar tanta carga. Míralo ahora. Al gran rey. ¡El mazo de la justicia! Sólo ahora comprende lo que sus palabras han causado, sólo ahora, en su soledad, comprende que los hombres de sangre azul también se rompen; pero no puede levantarse del trono en el que está encadenado, el deber y el honor le mantienen atado a esa silla infernal.”
Ástrid miró a su esposo, hundido en la silla como jamás antes había estado. Vió su incipiente calva y su barba canosa. Quien momentos antes fuera un rey de fuerza descomunal se le apareció como un hombre cansado y envejecido por los años.
“¿Todavía le amas?” Preguntó Olaf.
“Pues claro.”
“Entonces habla con él. Tus palabras siempre han tenido un efecto tranquilizador. Yo buscaré a Tjolnir. Debemos reunir los pedazos antes de que se desgasten. Lo que hoy se ha dicho aquí, jamás se podrá borrar; pero quizás podamos juntar las piezas y convencernos que el jarrón sigue intacto.”
Olaf encontraría a su hermano a varias millas de Nýtt Heimili, se había separado del camino y había tomado un atajo por el bosque dónde habían cazado muchas veces. Lo halló sentado bajo un árbol, con el arco en la mano y la mirada perdida. Las vendas sucias y la barba descuidada le daban el aspecto de un mendigo. Bajó del caballo y se acercó. Tjolnir en ningún momento mostró signo de reconocimiento; así que se sentó bajo un árbol frente a él y esperó; tarde o temprano, cuando su mente regresara, hablaría.
“Debería estar cazando.” Dijo el príncipe torpemente.
“Entonces deberías haber tomado una flecha.” Respondió Olaf.
La cabeza de Tjolnir se movió lentamente, con la misma mirada perdida cómo si buscase algo cerca que había olvidado.
“Uno no puede cazar sin flechas. ¿Verdad?” Dijo con lágrimas surcando sus mejillas.
Olaf lo miró triste y respondió “No hermano, no se puede cazar sin flechas.”
Y Tjolnir, el forjador, adorado por su pueblo por la semejanza con su padre, un guerrero de espesa barba que se había enfrentado a todo un pueblo con menos de veinte hombres; se derrumbó gritando con todas sus fuerzas cómo si la vida le fuera en ello; hasta que no le quedó más aliento ni voz para seguir gritando.
“Mi padre me aborrece hasta el punto de desear mi muerte. ¿Qué peor castigo puede caerle a un hijo, sino el más profundo desprecio de su padre, quién más debería amarle?” Escupió con rencor desde sus entrañas. “Mi vida es un fracaso. He perdido mi honor, y con ello mi familia; nací príncipe y moriré cómo un villano. Sea pues, si este es el destino que los dioses me tienen preparado. Pero aunque lo acepte, les maldigo a ellos por haberme hecho nacer príncipe cuando debería haber vivido en el pozo de la ignominia desde el principio; no hay nada más cruel que arrebatarle a un hombre sus esperanzas, pues nada resta más allá para mover su piernas e inflar su pecho. Si no fuese tan cobarde quizás me arrebataría la vida aquí mismo, sería un acto de misericordia hacia mi padre y su vergüenza”
“Hermosas palabras de un hombre que no conoce la villanía. ¿En invierno dormirás con los cerdos o acaso tendrás preferencia por las cabras?” Respondió Olaf con sorna. “Dicen que la mierda de cabra huele mejor.”
Tjolnir le miró con odio.
“¿Acaso has venido a regodearte de la desgracia de tu hermano? ¡Ya tienes tu trono! ¡Lárgate maldito cuervo, deja que viva en mi miseria con tranquilidad!” Le gritó.
“¡Acostúmbrate; pues serán los cuervos tu compañía y éstas las decisiones más importantes de tu vida si sigues por este camino!” Respondió con voz profunda. ”Te contaré la vida del villano Tjolnir, huérfano sin familia, vagabundo sin rumbo, hombre de pobreza absoluta. Después de días de intentar cazar en época de hambruna, venderá su caballo en el primer pueblo para llevarse algo de comida a la boca, incapaz de matarlo por su propio acero; aunque malvendido, su caballo le dará un buen botín; que se le escurrirá de las mano como un jarrón sin fondo, pues jamás fue su trabajo contar monedas; pronto estará sin caballo, sin oro y hambriento otra vez; entonces, demasiado orgulloso para mendigar, buscará trabajo como armero y cuando logre encontrar algún herrero dispuesto a adoptar a tan viejo aprendiz, justo descubrirá que forjar un martillo con la ayuda de su tío no es lo mismo que hacerlo solo. Sin trabajo ni pan y con demasiado orgullo para pedir limosna, sólo le quedará la opción de la espada, pero al servicio de los viles, matando y robando hasta que le cuelguen o decida dejarlo para mendigar y recoger la mierda de los cerdos, el único trabajo en el que aceptarán a la escoria en lo que se habrá convertido.”
Tjolnir que había escuchado todo el relato con odio contenido saltó sobre su hermano con las manos desnudas, dispuesto a convertirlo en una masa sanguinolenta. Se enzarzaron en una violenta pelea en la que sólo Olaf mantenía el control. Agotado por el viaje, las heridas y la humillación vivida, pronto su hermano cayó rendido, gritando de pura rabia. Olaf se levantó magullado y arañado pero con el temple de un oso. Levantó a su hermano jadeante del suelo y le obligó a mirarle a la cara.
“Todavía tienes orgullo y fuerza en los brazos. Eres un guerrero, fuerte como un yunke, orgulloso como un león y mi hermano. El honor no se pierde en una derrota ni se gana en una victoria, el honor se conserva día a día en el corazón de un hombre y crece con cada sacrificio por el deber; y jamás he conocido hombre alguno tan sacrificado por lo que reino necesita como tu.” Le espetó con lágrimas en los ojos y rabia en la voz. “¡No has nacido para ser un mendigo, sino para reinar! Y ni siquiera tu padre puede arrebatarte eso, pues está en tu sangre, en tu corazón y en tu alma. Ni el rey puede arrebatarle a un hombre el derecho que se ha ganado.” Terminó abrazándole con fuerza.
Tjolnir se mostró sorprendido pero no lo rechazó.
Regresaban por el sendero del colmillo cuando se encontraron con los tres caballeros desheredados de la guardia personal del rey, compañeros de Tjolnir en el infortunio. En cuanto lo vieron se bajaron del caballo y se arrodillaron frente a él. Dijeron que lo habían estado buscando desde que el rey los expulsara de la guardia; deseaban servirle en el exilio allí dónde fuera; aunque hubiesen perdido el honor, deseaban cumplir su deber aun cuando no les era requerido.
“Levantaos,” Dijo Tjolnir “no hará falta ir tan lejos; aceptaré el castigo de mi padre sea cual sea. Y aunque ´el no os quiera a su servicio, seréis mi guardia personal; no creo que nunca encuentre hombres mas leales para cuidar de mi espalda. Sangrasteis por mi una vez y habéis perdido vuestra reputación por mis acciones, dejadme pues compensaros devolviéndoos el honor de servir a nuestro pueblo.”
La implacable muerte iguala a todos los hombres, sean reyes, príncipes, nobles o plebeyos. Corría el duodécimo quinto año desde el desembarco en la nueva patria, cuando Hrein, hijo de herrero, rey por voluntad de su pueblo y dos veces padre, blandió por última vez su martillo.
El invierno estaba siendo frío y las noches oscuras por las nubes, sin embargo Olaf fue llamado a la corte cuando la noche ya estaba avanzada. Aporrearon la puerta como si quisiesen tirarla abajo. La lechera que calentaba su lecho esa noche casi entró en pánico cuando oyó tanto ruido. Pero el segundo hijo conocía la voz del otro lado de la puerta, y aunque transmitía premura, no era peligro sino enfado. Hakon, la mano derecha del rey desde que Halldor muriese, debía haber estado dando vueltas por media ciudad hasta encontrarle. Abrió la puerta tal como llegó al mundo sólo para fastidiar al viejo gruñón, como solía llamarle. La habitación estaba caliente y él sudado del ejercicio. Las barbas de Hakon estaban blancas y parte del bigote congelado, pero a pesar de su edad su mirada tenía el fuego del sol.
“Olaf, se requiere tu presencia en el castillo.” Gruñó conteniendo muchas de las cosas que seguramente deseaba decir.
El segundo hijo supuso que tanta urgencia sólo se podía deber a la banda de saqueadores del norte que en los últimos meses habían asaltado varios pueblos; el rey ya había dicho que si volvían a atacar seria enviado con una cohorte para acabar con ellos.
“¿A estas horas?” Respondió con una media sonrisa. “¿Qué se le ha roto ahora al viejo?” Antes que pudiese responder continuó “Los bandidos pueden esperar al amanecer. Ningún ejercito marcha de noche a menos que esté en guerra.” Aún así empezó a vestirse mientras la lechera, Finna creía recordar, se escondía bajo la manta intentando esconder su rostro.
Cuando terminó se acercó a la cama y levantó ligeramente la manta. ”Quedate esta noche y quizás más tarde podamos continuar dónde lo hemos dejado; de todas formas la cama está pagada.”
“¿Quién era esta vez?” Preguntó Hakon cuando cruzaron la puerta.
“Nadie de quien debas preocuparte.” Respondió. “Ya ni siquiera recuerdo su nombre. Padre me aguarda, no hagamos esperar al rey.”
No fue llevado a la sala del trono, sino directamente a la torre de homenaje dónde estaban los aposentos en los que había crecido, directamente a la sala de descansos. En la habitación sólo estaba su madre, Ástrid, y Harald, lengua de lobo, voz de los espíritus en Nýtt Heimili. La reina, con su rubio pelo manchado por el color de la nieve, tenía una mirada asustada como jamás antes le había visto, con sus manos blancas agarradas con fuerza a un cuerno de cerveza casi vacío; por un momento temió que fuese a romperlo. La presencia de Harald, quién vivía en las montañas cercanas a la ciudad, sin duda no era buen augurio.
Aunque la idea se le antojaba imposible, su corazón supuso lo peor; a una mirada de su madre el corazón de Olaf se contrajo cómo si estuviese entre el martillo y el yunque. Hrein era ya viejo. Muchos de sus compañeros de batalla, algunos más jóvenes, habían muerto de extrema vejez; y aunque él seguía fuerte, las edades de los hombres pesaban sobre sus hombros.
“Es tu padre.” Dijo Ástrid. “Actúa de forma extraña. No parece reconocer a nadie, y apenas habla más que en afirmaciones. He intentado hacerle reaccionar... pero se ha enfurecido en cuanto le he puesto la mano encima.”
“¿Desde cuando está así?” Preguntó Olaf extrañado.
“Lleva todo el día extraño pero ha ido empeorando a medida que el sol desaparecía. Diríase que se trata de delirios causados por las fiebres pero no está tan caliente como para ser eso.” Respondió Hakon.
“¿Y nadie me ha dicho nada hasta ahora?” Exclamó indignado. “En ausencia de mi hermano soy el príncipe regente, y cualquier problema de salud del rey me debe ser informado. Por todos los dioses madre, aunque sea no reinase seguiría siendo mi padre.”
“El rey es el rey, y nadie cuestiona sus actos ni sus deseos, príncipe. Ha sido al anochecer, cuando se negaba a dejar su trono, y sólo la reina ha logrado levantarlo después de hablarle durante un buen rato, que nos hemos percatado de que algo extraño le sucedía.” Continuó la mano derecha del Hrein. “Entonces yo mismo he ido a buscar a lengua de lobo, no queríamos que corriese la voz de su enfermedad. Te buscamos antes en tus aposentos pero, como siempre, no estabas; y era más importante traer a Harald aquí.”
“Quiero verle” Dijo Olaf con determinación mientras se dirigía a las escaleras que llevaban a los aposentos del rey.
Antes de llegar su madre le cogió el brazo para pararle. “No es el mismo que conoces, es... la misma cara, pero con una mirada completamente distinta. No esperes que te reconozca.” Se deshizo del agarre de su madre y ascendió por las escaleras mientras oía los llantos la Ástrid a su espalda.
Descendió con el alma rota, y un vacío en el corazón. El hombre que acababa de ver no era su padre, ni Hrein, ni tan siquiera el rey; era un niño perdido en un cuerpo de adulto. No necesitaba hablar con lengua de lobo para saber que se acercaba el fin. Todos callaron mientras se llenaba una cuerno de cerveza y se sentaba en silencio. Sus pensamientos no lograban centrarse en nada, excepto en el cuerno que aguantaba entre sus manos; su mirada se movía como si buscase algo que no lograba encontrar; tan perdido como el hombre que yacía en la cama de su padre. Sólo el deber se arrastró desde lo más profundo de su ser entre el torbellino de elucubraciones inconclusas en lo que se había convertido su cabeza, hasta llegar a su boca; como si un extraño hablase con su voz, el único que permanecía en vigilia entre tan oscuras reflexiones.
“Llamad a Tjolnir. Que el más rápido de los jinetes salga inmediatamente.”
Su madre y Harald permanecieron quietos; conscientes de las implicaciones de aquella decisión; sólo Hakon se apresuró a salir de la sala para cumplir su palabra. Las mejillas de Ástrid se surcaron con las lágrimas contenidas hasta entonces.
“Levantaos,” Dijo Tjolnir “no hará falta ir tan lejos; aceptaré el castigo de mi padre sea cual sea. Y aunque ´el no os quiera a su servicio, seréis mi guardia personal; no creo que nunca encuentre hombres mas leales para cuidar de mi espalda. Sangrasteis por mi una vez y habéis perdido vuestra reputación por mis acciones, dejadme pues compensaros devolviéndoos el honor de servir a nuestro pueblo.”
* * *
La implacable muerte iguala a todos los hombres, sean reyes, príncipes, nobles o plebeyos. Corría el duodécimo quinto año desde el desembarco en la nueva patria, cuando Hrein, hijo de herrero, rey por voluntad de su pueblo y dos veces padre, blandió por última vez su martillo.
El invierno estaba siendo frío y las noches oscuras por las nubes, sin embargo Olaf fue llamado a la corte cuando la noche ya estaba avanzada. Aporrearon la puerta como si quisiesen tirarla abajo. La lechera que calentaba su lecho esa noche casi entró en pánico cuando oyó tanto ruido. Pero el segundo hijo conocía la voz del otro lado de la puerta, y aunque transmitía premura, no era peligro sino enfado. Hakon, la mano derecha del rey desde que Halldor muriese, debía haber estado dando vueltas por media ciudad hasta encontrarle. Abrió la puerta tal como llegó al mundo sólo para fastidiar al viejo gruñón, como solía llamarle. La habitación estaba caliente y él sudado del ejercicio. Las barbas de Hakon estaban blancas y parte del bigote congelado, pero a pesar de su edad su mirada tenía el fuego del sol.
“Olaf, se requiere tu presencia en el castillo.” Gruñó conteniendo muchas de las cosas que seguramente deseaba decir.
El segundo hijo supuso que tanta urgencia sólo se podía deber a la banda de saqueadores del norte que en los últimos meses habían asaltado varios pueblos; el rey ya había dicho que si volvían a atacar seria enviado con una cohorte para acabar con ellos.
“¿A estas horas?” Respondió con una media sonrisa. “¿Qué se le ha roto ahora al viejo?” Antes que pudiese responder continuó “Los bandidos pueden esperar al amanecer. Ningún ejercito marcha de noche a menos que esté en guerra.” Aún así empezó a vestirse mientras la lechera, Finna creía recordar, se escondía bajo la manta intentando esconder su rostro.
Cuando terminó se acercó a la cama y levantó ligeramente la manta. ”Quedate esta noche y quizás más tarde podamos continuar dónde lo hemos dejado; de todas formas la cama está pagada.”
“¿Quién era esta vez?” Preguntó Hakon cuando cruzaron la puerta.
“Nadie de quien debas preocuparte.” Respondió. “Ya ni siquiera recuerdo su nombre. Padre me aguarda, no hagamos esperar al rey.”
No fue llevado a la sala del trono, sino directamente a la torre de homenaje dónde estaban los aposentos en los que había crecido, directamente a la sala de descansos. En la habitación sólo estaba su madre, Ástrid, y Harald, lengua de lobo, voz de los espíritus en Nýtt Heimili. La reina, con su rubio pelo manchado por el color de la nieve, tenía una mirada asustada como jamás antes le había visto, con sus manos blancas agarradas con fuerza a un cuerno de cerveza casi vacío; por un momento temió que fuese a romperlo. La presencia de Harald, quién vivía en las montañas cercanas a la ciudad, sin duda no era buen augurio.
Aunque la idea se le antojaba imposible, su corazón supuso lo peor; a una mirada de su madre el corazón de Olaf se contrajo cómo si estuviese entre el martillo y el yunque. Hrein era ya viejo. Muchos de sus compañeros de batalla, algunos más jóvenes, habían muerto de extrema vejez; y aunque él seguía fuerte, las edades de los hombres pesaban sobre sus hombros.
“Es tu padre.” Dijo Ástrid. “Actúa de forma extraña. No parece reconocer a nadie, y apenas habla más que en afirmaciones. He intentado hacerle reaccionar... pero se ha enfurecido en cuanto le he puesto la mano encima.”
“¿Desde cuando está así?” Preguntó Olaf extrañado.
“Lleva todo el día extraño pero ha ido empeorando a medida que el sol desaparecía. Diríase que se trata de delirios causados por las fiebres pero no está tan caliente como para ser eso.” Respondió Hakon.
“¿Y nadie me ha dicho nada hasta ahora?” Exclamó indignado. “En ausencia de mi hermano soy el príncipe regente, y cualquier problema de salud del rey me debe ser informado. Por todos los dioses madre, aunque sea no reinase seguiría siendo mi padre.”
“El rey es el rey, y nadie cuestiona sus actos ni sus deseos, príncipe. Ha sido al anochecer, cuando se negaba a dejar su trono, y sólo la reina ha logrado levantarlo después de hablarle durante un buen rato, que nos hemos percatado de que algo extraño le sucedía.” Continuó la mano derecha del Hrein. “Entonces yo mismo he ido a buscar a lengua de lobo, no queríamos que corriese la voz de su enfermedad. Te buscamos antes en tus aposentos pero, como siempre, no estabas; y era más importante traer a Harald aquí.”
“Quiero verle” Dijo Olaf con determinación mientras se dirigía a las escaleras que llevaban a los aposentos del rey.
Antes de llegar su madre le cogió el brazo para pararle. “No es el mismo que conoces, es... la misma cara, pero con una mirada completamente distinta. No esperes que te reconozca.” Se deshizo del agarre de su madre y ascendió por las escaleras mientras oía los llantos la Ástrid a su espalda.
Descendió con el alma rota, y un vacío en el corazón. El hombre que acababa de ver no era su padre, ni Hrein, ni tan siquiera el rey; era un niño perdido en un cuerpo de adulto. No necesitaba hablar con lengua de lobo para saber que se acercaba el fin. Todos callaron mientras se llenaba una cuerno de cerveza y se sentaba en silencio. Sus pensamientos no lograban centrarse en nada, excepto en el cuerno que aguantaba entre sus manos; su mirada se movía como si buscase algo que no lograba encontrar; tan perdido como el hombre que yacía en la cama de su padre. Sólo el deber se arrastró desde lo más profundo de su ser entre el torbellino de elucubraciones inconclusas en lo que se había convertido su cabeza, hasta llegar a su boca; como si un extraño hablase con su voz, el único que permanecía en vigilia entre tan oscuras reflexiones.
“Llamad a Tjolnir. Que el más rápido de los jinetes salga inmediatamente.”
Su madre y Harald permanecieron quietos; conscientes de las implicaciones de aquella decisión; sólo Hakon se apresuró a salir de la sala para cumplir su palabra. Las mejillas de Ástrid se surcaron con las lágrimas contenidas hasta entonces.
Pasaron cinco días antes de la llegada del príncipe heredero; días que a Olaf se le antojaron años, dividido entre los deberes de regente y las visitas a su padre. En los momentos de mayor lucidez, Hrein lograba reconocerlo; unas veces hablando en presente de hechos pasados, cómo si el príncipe tuviese apenas unos años; otras, cada vez menos, se mostraba consciente de todo aunque extrañado de su presencia; era en esas ocasiones cuando le explicaba pacientemente su enfermedad mientras el temor crecía en los ojos de su padre a medida que llegaba la comprensión; una vez comprendía lo sucedido, el rey siempre terminaba preguntando por Tjolnir y los grandes señores, diciéndole todo aquello que creía importante para que su hermano reinase en paz. Olaf podía soportar los llantos de su madre, las largas vigilias, los momentos de ira del rey y sus desvaríos, pero lo que realmente le carcomió el alma, de un modo que jamás creyó posible, fue ver el miedo en los ojos de su padre; supo desde el primer momento que esa visión le perseguiría hasta el fin de sus días. Mientras la familia real esperaba el regreso del primogénito, la convalecencia del rey se convirtió en un secreto a voces; la historia ya se extendía por las poblaciones cercanas y pronto llegaría a los señores de la guerra que había luchado junto a su padre y a los hijos de aquellos que ya habían muerto. Olaf temía que alguno de ellos convocara una asamblea para discutir su regencia y por ende el derecho de su hermano al trono. Todo lo que su padre había conseguido en una vida de guerra y sacrificio podía perderse antes de que su hijo pudiese si quiera heredarlo.
En la noche del quinto día Tjolnir, hijo de Hrein y heredero al trono de Nýtt Heimili, llegó al castillo con su guardia personal, los mismos que le habían jurado lealtad en el sendero del colmillo. Al principio la guardia no los reconoció, pues vestían raídas y andrajosas capas de pies a cabeza, ocultando su rostro y sus armaduras; caballos moribundos y los hombres exhaustos, habían cabalgado durante tres incansables días por senderos viejos y olvidados, para evitar las miradas furtivas que pudiesen reconocerlos. Entraron en el castillo y se dirigieron directamente a los aposentos del rey, dónde la guardia les había dicho que estaba su hermano.
Encontró a su Olaf y a la esposa del rey velando a su padre dormido y a un hombre de aspecto sucio y desgreñado con una máscara canina por rostro, sentado en el suelo al lado de la chimenea, dónde se cocía algo de aspecto poco saludable; lo reconoció como Harald, lengua de lobo, el ermitaño de las montañas; apenas entró la cabeza de animal le miró con sus ojos de madera pintada atravesando su carne hasta desnudar su alma. Siempre se había sentido indefenso frente a aquel hombre de mirada extraña y de edad desconocida. A su entrada, tanto Olaf como la reina, despertaron de su sueño. Se acercó a la cama mientras su hermano se levantaba para dejarle sitio; al cruzarse le puso la mano en el hombro para darle fuerzas, unas fuerzas que escaseaban a cada paso. Cuando vio a su padre casi le pareció un hombre sano, aunque pronto percibió la piel cenicienta, la barba sucia y el aliento tembloroso como si cada respiración fuese un esfuerzo. Le puso la mano en la frente y se le antojó frío como un cadáver. Le habló suavemente para poder oír su voz otra vez, pero no despertó, siguió dormido como si intentase mantener el poco aliento que le quedaba dentro de su pecho.
“Por la noche no despierta.” Dijo Ástrid desde su silla. “Está demasiado cansado. Hace dos días ” dijo con la voz temblorosa “todavía murmuraba en sueños, ahora apenas despierta durante el día; cuando intentamos darle de comer para que mantenga las fuerzas.”
“Hablas como si estuviese agonizando.” Respondió Tjolnir todavía mirando a su padre.
“Salgamos fuera.” Dijo Olaf. “No es bueno hablar de esto frente a él.”
“Está dormido.” Respondió Ástrid “Y aunque estuviese despierto nada entendería.”
“Los hombres oyen incluso cuando están dormidos. Aunque su cuerpo esté herido, su alma puede escuchar nuestras palabras, y no es bueno para él oír hablar de su enfermedad. Dejemos que se enfrente a ella sin distracciones. Quizás así pueda mi hermano comer alguna cosa, pues creo que ha tenido un viaje agotador.”
“Bajad vosotros, yo no tengo hambre ni de comida ni de palabras. Ya he hablado en demasía de su convalecencia, ahora sólo deseo velarle hasta el fin.” Los dos hermanos se encaminaron hacia la salida hasta que la reina les interrumpió. “Y llevaos al brujo. Su magia poco ha hecho por el rey y su presencia no me deja conciliar el sueño.”
Olaf miró a su madre con desaprobación, pero decidió no discutir y haciéndole una seña a Harald, el ermitaño les siguió hasta la sala de descansos dónde el segundo hijo había vivido los últimos días. Pidió cerveza caliente y algo de comer para el príncipe y su hueste que se sentaron en la mesa con evidente cansancio. Pensó en llamar a Hackon pero decidió que los preparativos podían esperar hasta el alba. Su hermano merecía un descanso de los deberes que le venían encima; necesitaría tiempo para hacerse a la idea de lo que le ocurría su padre.
“¿Tan mal está?” Preguntó Tjolnir.
“Poco sé de los males de los hombres, y menos aún de aquellos que no provienen de la batalla; lo único que puedo decir es que su estado ha empeorado día tras día irremediablemente. Si quieres saber qué le ocurre pregunta a lengua de lobo. El mundo de los espíritus está más allá de mi entendimiento.”
El príncipe heredero miró Harald erguido en una esquina de la sala, todavía vestía la máscara de madera que le daba el aspecto de una estatua de la era de los inmortales.
“El rey ha sido atacado por el espíritu del olvido; el combate por su alma ha sido feroz, pero las fiebres han remitido sin mejoría.” Dijo el hombre de la máscara con voz átona.
“¿Y qué significa eso? Habla con claridad, he tenido un largo viaje y mi padre se muere en su cama como un vulgar pescador, no tengo paciencia para acertijos.”
“Ha perdido la batalla. Cuando dos espíritus se enfrentan por el control de un cuerpo a menudo el combate se refleja en el campo de batalla en forma de calor. Mientras las fiebres castigaban el cuerpo del rey había esperanza de victoria, pues la lucha todavía estaba viva. Pero cuando el cuerpo se ha enfriado, significa que el combate ha terminado. El hecho de que el rey no muestre mejoría sólo puede significar que ha luchado en su última guerra.”
“Entonces el hombre que yace en la cama de mi padre ya no es Hrein, el martillo de la justicia.“
“El hombre nombrado como Hrein, al que vos llamáis padre, agoniza en su cuerpo; por eso sigue respirando; pero en cuanto expire su alma, la carne le seguirá; nada vive sin una espíritu que le sustente.”
“Mi padre jamás perdió ninguna guerra, ni combate frente a ningún hombre; su voluntad movió ejércitos y conquistó reinos enteros. Me niego a pensar que haya sido derrotado por un vulgar espíritu.” Le espetó enfadado ”No se merece esta muerte, sin gloria, sin honor, sin...” Su voz se quebró escondiendo su cara en su mano susurró para si mismo ”¿Dónde están los dioses que permiten una muerte indigna para un hombre de la talla de mi padre?”
“Poco sé de espíritus y almas, mis conocimientos están en la tierra, en los corazones de los hombres y la fuerza de mis brazos; pero he tenido mucho tiempo para pensar durante estos días de vigilia.” Interrumpió Olaf hundido en su silla acolchada con piel de oso. ”Todos los hombres mueren hermano, y nuestro padre, aunque fuerte, no es un inmortal. Por la mano de un espíritu, de un hombre o por extrema vejez, tarde o temprano todos terminamos nuestros días; así ha sido siempre y no creo que nadie pueda cambiar su funesto destino. Ambos creímos que el viejo viviría para siempre, como la mayoría de plebeyos, pues su voluntad inquebrantable gobernó este reino con mano de hierro sin mostrar flaqueza alguna; sin embargo, allí está su barba blanca y sus ojos caídos, su piel manchada y sus manos agrietadas; no han aparecido en estos días, sino poco a poco durante los años que cargaba a sus espaldas. Sólo ahora, cuando yace en su cama nos percatamos de su vejez. A todo hombre le llega su hora, dejemos que descanse en paz y recordemos el legado que deja a su paso.”
“Hablas de él como si estuviese muerto ya. Y el mismo Harald dice que está agonizando en su lucha. Si sólo se trata de luchar, que nos permita combatir a su lado; juntos podemos vencer a cualquier ser, ” Respondió Tjolnir con el puño alzado. ” ya sea de carne o etéreo.”
“Lo que pides no puede hacerse. Hay combates que los hombres deben afrontar solos. Ni siquiera el Lobo puede ayudarle. Todo lo que podía hacerse era proteger el cuerpo para que tuviese carne a la que volver. Y así se hizo, pero poco de Hrein regresó.”
El príncipe heredero se hundió en su silla cansado por el viaje y derrotado por unos términos que no comprendía.
“¿Cuanto tiempo le queda, pues?” Susurró.
Lengua de lobo miró a Olaf con el que habían discutido frecuentemente sobre el mismo asunto y este le asintió con la cabeza; después despidió a los criados y le dijo a la guardia personal de Tjolnir que vigilasen las entradas desde fuera.
“Dos días, una semana, un mes, quien sabe cuanto podrá aguantar su espíritu, era un hombre de gran voluntad. Lo único que puedo afirmar es la agonía que sufre su alma. Desgarrada entre dos mundos, atada a un cuerpo moribundo, como un coyote apresado en una trampa; sus recuerdos serán devorados por el espíritu del olvido día tras día, hasta que sólo sea un cascarón vacío.”
“Empiezo a comprender por qué Ástrid te quería lejos de mi padre y de su vista. Deberían llamarte lengua de cuervo. Viertes tu fuego sobre el sufrimiento de mi padre sobre mis espaldas mientras me dices que no hay solución alguna para su mal. Mejor podrías haber mantenido la boca cerrada y volver a tu montaña dónde nadie pueda escuchar tus malas nuevas.” Escupió Tjolnir, hijo de Hrein. “Debería llamar a la guardia, tus palabras rozan la traición.”
“Hermano, no te comportes como una mujer en estos menesteres. Los mensajeros no son mejores ni peores según sus mensajes; y la verdad sigue siendo cierta oída o ignorada. Sigue escuchando pues el heraldo del Lobo no ha terminado aún.”
La máscara asintió a Olaf y continuó con su discurso.
“Cierto es que vuestro padre está condenado a morir en breve, con una tremenda agonía que terminará con su alma. Pero aunque no podamos salvar su carne, si podemos proteger su espíritu. Derrotado, no puede huir de su funesto final mientras esté encadenado a su cuerpo y de esta forma su tótem no puede protegerle. Pero una vez libre, podrá regresar al seno del Oso, dónde este le protegerá del resto de los espíritus.”
Tjolnir le miró comprendiendo lo que quería decir el hombre de la máscara, pero no deseaba decirlo en voz alta. Como nadie dijo nada, Harald continuó.
“El rey debe morir antes de que el espíritu atacante termine con su alma inmortal.”
“¡Pretendes que mate a mi propio padre!” Gimió indignado.
“No. Que lo libere. Que lo salve. Antes habéis hablado de lo que se merecía el rey ante los dioses, pues os respondo que se merece salvar su alma.”
Tjolnir miró a su hermano que lo observaba fijamente desde su asiento, y comprendió que no era nuevo para él. Lo habían hablado en su ausencia y le asqueó la misma idea.
“Tu sabías de todo esto. Lo has estado planeando. Y que pasa si este lengua de lobo no es más que un impostor que desea acabar con nuestro padre. ¿Acaso no has pensado eso? Ambos hemos tenido nuestros más y nuestros menos con padre, pero aceptar su asesinato es demasiado. Todo por especulaciones de espíritus y almas de un ermitaño venido a más.” Dijo levantándose de su silla.
“Lo cierto es que ya lo habíamos hablado antes, pero siempre dije que debíamos aguardar tu opinión al respecto. Debías ver a tu padre, quizás en alguno de sus momentos de lucidez tenía algún que otro mensaje para ti.” Olaf sacudió la cabeza y dejó la copa de vino en la mesa. ”Pero olvidemonos de los espíritus y volvamos a poner los pies en la tierra, es cierto que padre mantenía el reino a raya con su mano; ¿Pero qué pasará ahora que está agonizante? ¿Te seguirán a ti los señores de la guerra que te doblan la edad? ¿Serás nombrado rey o regente en su ausencia? ¿Cómo reaccionará el emperador durante el tiempo que padre esté moribundo? Nuestro reino se sustenta por la espada hermano, y por la espada caerá sin un gobernante fuerte. Y no se puede ser fuerte con el antecesor vivo. El pueblo adoraba a padre por su vigor, pero si agoniza durante meses le perderán el respeto y daremos tiempo a los descendientes de los señores del acero para opinar sobre tu sucesión.”
“¡Yo no quiero el reino mientras él esté vivo!”
“¡Por la misma razón que no aceptarán tu voluntad mientras él siga con vida! La noticia de convalecencia ya se extiende por el reino con la rapidez del viento. Recuerda que nuestro padre fue elegido en asamblea por los señores de la guerra, no tu, ni yo, ni ningún otro, sólo él.”
“¡Pues que se queden el reino, quizás encuentren a un mejor rey! No puedo matar a mi padre. Y de hacerlo si de algún modo se supiese perdería el trono igualmente. Tu mismo has dicho que las paredes oyen, podrían estar escuchándonos ahora mismo.”
“¿Y de los tres grandes señores quién reinará, hermano? ¿Gunnjorn, el carnicero que quemó a su propia esposa por acostarse con su hermano? ¿Tal vez Thorleif, quien asesinó a Einarr, padre de Vestein, durante la última rebelión? ¿O quizás el mismo Vestein, una vez consiga acabar con el asesino de su padre?” Interrogó Olaf con desgana. ”Cualquiera de ellos sería una desgracia para el reino, y los nobles menores son aún de peor calaña. Sólo de una cosa puedes estar seguro: una vez en el trono, nuestro padre tendría los amaneceres contados y probablemente nosotros también. Ningún rey permite vivir al anterior, ni a su estirpe.”
Tjolnir volvió a sentarse pesadamente ante la penetrante mirada de los ojos de madera del llamado lengua de lobo.
“Sigo sin poder hacerlo. No a padre, no de este modo.”
“Poco queda ya de nuestro padre en ese cuerpo. Y no, tú no debes hacerlo. Ni lengua de lobo. Padre debe morir por el acero, como los antiguos señores de nuestro pueblo. Deberá ser mi mano la que se manche, de esta forma si algún día se descubre seré yo el perseguido, no tu.”
Tjolnir miró a su hermano y vio el dolor que reflejaban sus ojos, el dolor de saber lo que debía hacerse mucho antes de su llegada, y solo pudo sentir alivio. Alivio por que no haber estado todos aquellos días cuidando a un padre moribundo sabiendo que debía ser él mismo quien terminaría su sufrimiento. La determinación que vio en los ojos de Olaf, el sentido del deber incuestionable, el sacrificio que estaba dispuesto a realizar, le recordó más que nunca a su padre. Comprendió entonces por qué fue elegido por su pueblo para liderarlo en un momento de necesidad, por que los señores de la guerra le nombraron nuevo rey por encima de sus deseos personales y por que su pueblo le adoraba casi como a un dios. Quiso decirle a Olaf que en la muerte de su padre, su mismo espíritu renacía en él, que era el mejor hijo que jamás Hrein deseó tener y que merecía el reino mucho más que Tjolnir; sin embargo las palabras murieron en su boca.
-Entre todos los deberes de un rey, el primero y más importante es no mostrar jamás debilidad alguna ni dudas, ante nadie: animales, mujeres, hijos o hermanos; pues el poder de un rey es tan grande como la fuerza percibida. -
Así murió Hrein, el martillo de la justicia; una vez herrero, una vez rey, dos veces padre; devorada su alma por una desconocida enfermedad que le arrebató, en unos pocos días, sus miedos, sus deseos, sus esperanzas y su voluntad hasta que sólo quedó un cascarón vacío; sombra de lo que fue, recuerdo de lo perdido.
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