El "how to" de yo y mis ellos

Dado que algunos no entienden muy bien el funcionamiento de este blog, diré que no se trata de un blog. Es cierto, se pueden comentar las "entradas". Pero las "entradas" son capítulos; de modo que se deben leer en el orden correcto. Dada la idiosincrasia de la herramienta usada, el capítulo presentado es la última entrada; de modo que si quieres empezar un libro nuevo debes ir las etiquetas y seleccionar el libro; así podrás ver todos los capítulos colgados.

viernes, 10 de junio de 2011

El aliento del Dragón: Andigar - Capítulo 3 "El dragón bate las alas" (parte 2)

Ándigar ya iba por el cuarto plato de aquel curioso brebaje, empezaba a sentir la cabeza un poco embotada y la idea de sentarse con el extraño hombre de piel oscura le parecía cada vez mejor. Observó al extranjero detenidamente, su cabeza estaba tan desnuda como el resto de su piel; no se apreciaba pelo alguno. Sabía que los ojos rasgados tenían poco bello corporal, pero era abundante en la cabeza como la gente de su pueblo. Por el contrario aquel gigante tenía el cráneo completamente a la vista, como los ancianos aunque aparentaba ser de mediana edad. Sentía curiosidad y si se marchaban al día siguiente no podría satisfacerla; así que decidió que debía aprovechar la ocasión.

El hombre casi había terminado su sopa, cuando el joven se sentó frente a él.

-¡Buenos días!- Dijo alegremente.

-¡Buenos días!- Respondió casi inmediatamente el desconocido con igual de entusiasmo.

La profunda voz del gigante le amedrentó un poco; pensó que alguien que poseyera una voz parecida debía tener una fuerza descomunal. Aun así, y a pesar de la rápida respuesta, el joven hombre alto no le dio muchas vueltas; pues el vino de arroz no invitaba a grandes reflexiones.

-Tienes la piel negra.

-Vaya, parece que tus dotes de observación están muy desarrolladas. -Dijo con media sonrisa mientras terminaba su sopa.

-Bueno ya... Lo que quiero decir es que no se ve mucha gente como tu por estas tierras.

-¡No hay nadie como yo!- Le respondió el hombre con los ojos muy abiertos.

-¿Eres único?

El hombre soltó una sincera carcajada y se recostó contra la baranda que tenía a su espalda estirando su cuerpo como si quisiese ayudar a la digestión.

-Yo y todos los demás. ¿O acaso conoces alguien igual que tu?

Ándigar se quedó pensativo unos momentos mientras observaba al desconocido evaluando si estaba tomándole el pelo o era una pregunta de verdad.

-No iguales pero si parecidos.

-Entonces tu también eres único.

-¡Pero no me refería a eso!- Espetó el hombre alto sintiéndose engañado.

-Lo sé joven daoine. Sólo me divertía un momento a tu costa por haber interrumpido mi cena. -Amonestó. -Y, por lo general, se considera de buenas formas presentarse antes de empezar a hacer preguntas. Creo que incluso entre los hombres altos es tradición.

-Lo siento. -Respondió avergonzado y sorprendido de que conociese el nombre con el que su pueblo se refería a si mismo. -Me llamo Ándigar, y vengo del bosque de los hombres altos al oeste del valle de Luang Fou; viajo con uno de los hijos del dragón que acaba de salir del templo.

-Conozco el sitio; estuve de paso hace unos años cuando viajaba junto a un mercader. Se cuentan buenas leyendas en esas tierras. Yo me llamo Rylan y vengo de más allá de los mares del sur; antaño viajé muchas leguas a lo largo y ancho del mundo pero ahora llevo un tiempo asentado en esta ciudad.

-¿Has cruzado el gran azul? Yo nunca lo he visto. Dicen que es como si el cielo se reflejase en la tierra.

-Más que eso; de todas las maravillas que he visto en mis viajes, el océano es la mayor.- Dijo con un tono de nostalgia mientras cerraba un momento los ojos para recordar.- En los días despejados es como navegar por los cielos, surcando las blancas nubes en las dulces manos de la brisa marina. El gran mar posee una atracción especial; su olor asciende por la nariz hinchando el pecho de aire y su música encanta tus oídos como si de una canción de cuna se tratase. Pero la mar es también una mujer caprichosa, tan pronto te mece suavemente como una madre, como te lanza a las fauces de la tormenta, con la ira de todos los dioses se cayendo sobre ti. Dejarlo fue como dejar a una dulce amante; se queda una parte de tu corazón como prenda de su amor, para que recuerdes siempre lo que se perdió en la memoria.

Ándigar estaba embelesado con sus palabras, ahora deseaba ver el mar más que cualquier otra cosa. Pero aunque apasionadas, sintió la tristeza en las palabras de hombre de piel oscura. Notó que sus ojos se habían humedecido pues por un momento había compartido la aflicción de la pérdida del extranjero.

- Cómo me gustaría ver el mar algún día. Veo que habéis viajado mucho. Nosotros empezamos ahora nuestro viaje, contadme más sobre los vuestros, quizás podamos compartir itinerarios.

El hombre de tez negra le miró de otra forma, se había percatado del cambio de tratamiento con el que le había obsequiado el joven. Quizás se había dejado llevar por los recuerdos y vertido demasiados sentimientos hacia el exterior.

- Los viajes y lo que uno encuentra en ellos forman parte de uno mismo. No se pueden compartir solo con palabras; cada persona debe encontrar su propio camino.- La aparente admiración del Ándigar se perdió rápidamente con estas palabras, pero Rylan continuó rápido antes de que el joven impaciente le interrumpiese.- Pero te hablaré de la tierra dónde nací y que abandoné muchos años atrás; cuando tenía aproximadamente tu edad.

- Querías ver el mundo con tus propios ojos, ¿verdad?

- No en mi caso.- Respondió el hombretón.- No en mi caso.- Dijo perdiendo su mirada en el vacío.- Fuera de las tierras dónde nací algunos nos llaman sombra por el color de nuestra piel; nosotros nos llamamos vivuli ya mingu, los que caminamos a la sombra de los dioses.”

“En el principio de los tiempos, cuando mi pueblo pisó este mundo por vez primera, los dioses, por aquel tiempo llamados inmortales, nos encargaron una única e importante tarea: memorizar todo lo que sucedía en este mundo. Debíamos conocer todo lo sucedido; por que en los albores del fin se reunirían todos en el monte del destino, dónde el mejor de todos nosotros sería llamado para cantar la historia del mundo como recuerdo de lo que había sido y jamás volvería a ser. Para ello nos dotaron de una prodigiosa memoria y una longevidad envidiable.”

“Pero antes de que el fin llegase, los inmortales abandonaron este mundo y nos dejaron atrás. Olvidados y sin objetivo alguno, la mayoría de los nuestros cometieron suicidio en busca de un destino arrebatado.- Los ojos de Ándigar mostraban consternación y horror por las vidas perdidas de una forma tan absurda; y el sombra comprendió que debía explicarse.- Debes comprender que su mandato nos expulsaba del devenir de la historia; en nuestra esencia estaba la voluntad y deseo de mantenernos al margen del destino. Supongo que por eso muchos creyeron que en la muerte encontrarían la paz que no conseguían en la vida. Pero no todos; unos pocos creyeron que la orden todavía estaba vigente, el abandono del mundo por parte de los inmortales no cambiaba la tarea, así que continuaron rememorando generación tras generación todo lo sucedido en el mundo; enviando los pocos descendientes a lo largo y ancho de la creación para recopilar cuantas historias y leyendas pudiesen, para componer así la mas grande el cántico del fin del mundo.”

Calló unos instantes como si saborease las últimas palabras. Hacía años que no le contaba a nadie la historia de su pueblo. Quizás el daoine, que le observaba con interés, le había despertado la pasión de juventud.

- Y por eso me enviaron a través del gran océano, para cumplir con nuestro propio destino; pues aunque vivimos al margen de la historia, tenemos un destino como todos los seres que pueblan el mundo.

Ándigar seguía callado, le gustaban las historias y las leyendas de su pueblo. Pero aquel hombre las contaba como si las hubiese vivido.

- Al final me ha hablado muy poco de su tierra y mucho de su historia.

- Supongo que lo llevo en la sangre.- Respondió el sombra con una sonrisa torcida.

- ¡Entonces tengo suerte de que no me la haya cantado!- Acabó el daoine.

Y los dos se echaron a reír mientras Ándigar llenaba el plato del extraño individuo con aquel glorioso brebaje.



El sol estaba rojo cuando Li regresaba al hostal pensativo sobre su fracaso frente al maestro Kang; aunque había aprendido una importante lección, la derrota le había hecho reevaluar su habilidad a la baja. Hoy estaba más lejos de la perfección que cuando había salido del templo; o más bien jamas había estado tan cerca como creía. Estaba enfadado consigo mismo; tantos años de meditación no sirvieron para eliminar la vanidad de su espíritu, de nada sirvieron las enseñanzas del maestro Yuen, ni los preceptos de su padre; se sentía como un niño engreído y orgulloso de su propia imagen.

Avergonzado de si mismo, entró en la posada dónde se habían hospedado. Cuando se dirigía a la habitación, oyó unas fuertes risotadas que proveían del comedor; creyó reconocer a una de las escandalosas voces y se desvió de su camino. Efectivamente uno de los dos era su compañero. Estaba sentado junto a un enorme ser de piel negra como la noche. Jamás había visto un alguien parecido, pero le pareció más un demonio que un ser humano.

No necesitaba identificar el líquido que estaban bebiendo para saber que su compañero estaba borracho. Su mirada nublada y la voz arrastrada eran signos suficientes de embriaguez. Por alguna razón aquello le molestó.

- ¡Galawar!- Exclamó alegremente el joven compañero cuando Li se acercó.- Mira, te presento a mi amigo Rylan. Es un sombra que viene del otro lado del mar... - Dijo poniéndole el brazo sobre los hombros y lanzándole el aliento a la cara.

- Estás borracho. - Respondió lacónicamente mientras se desembarazaba de su improvisado abrazo.

- ¡Bah! Mi amigo es un poco serio.- Le dijo al hombre de piel negra.- Pero seguro que se anima si le doy un poco de esto.

Y se puso a rellenar un nuevo plato para entregárselo al hijo del dragón. Éste miró al llamado sombra que parecía más divertido que bebido y apartó el plato sin mirarlo.

- Siento que le haya molestado, espero que no haya sido muy pesado.- Dijo disculpándose.- Mi nombre es Galawar Li y soy su compañero de viajes.

- Encantado; yo soy Rylan hijo de Einon el de Nyikia. Y su joven amigo no me ha molestado, mas bien ha acompañado mi soledad escuchando mis viejas historias y divagaciones.

Ándigar miró a los dos como hablaban y se dejó caer en la silla mientras se le cerraban los ojos.

- Puede ser, pero creo que ahora debería llevármelo, antes de que agote nuestro oro en licor. Si no lo ha hecho ya.- Dijo absorto mirando a su amigo casi dormitando contra la pared.

- Quizás si. Seguramente ha superado su resistencia. Mañana tendrá una buena resaca; este alcohol tiene un muy mal despertar.

- Lo sé -Respondió el otro recordando su entrenamiento en el estilo borracho.- Bueno, pues me lo llevo ya.

Luchando contra la resistencia pasiva de su compañero consiguió levantarlo y hacerlo andar hasta las escaleras. Y con un mayor esfuerzo lo arrastró hasta su camastro y lo dejó caer. Se dijo a si mismo que al día siguiente le haría sudar todo lo que se había metido en el cuerpo.



Galawar se despertó con los primeros rayos de sol. Había tenido una noche intranquila y no había dormido demasiado; en la duermevela había decidido que necesitaba entrenar más tiempo y con más atención, así que se vistió rápido y bajó al patio del centro de la posada. Creía que a esas horas estaría vacío, pero cuando llegó estaba el hombre de tez oscura que el día anterior le había presentado Ándigar.

El llamado sombra estaba sentado en el extremo oriental del patio bajo los primeros rayos de sol. Se había desprendido de la parte superior de su túnica y tenía los brazos extendidos. Iba a saludarle, pero vio que tenía los ojos cerrados y prefirió no perturbar su meditación. Se situó en el centro del patio y empezó a estirar sus músculos para evitar lesiones.

Cuando los el sol ya bañaba medio patio terminó sus ejercicios. Se sentía más tranquilo pues había trabajado tan fuerte que las piernas le temblaban y el sudor había humedecido la tierra dónde pisaba. Por un momento la vista se le nubló y la cabeza le daba vueltas y sentía la presión de la sangre; dobló una rodilla en el suelo y esperó a que el momento pasase. Había entrenado demasiado; pero debía ser así si deseaba llegar a la perfección. Mientras esperaba cerró los ojos e intentó tranquilizar su corazón; los pájaros cantaban a la mañana y la ciudad empezaba a recuperar el ajetreo diurno; sentía el olor del pan recién horneado y la leche de soja calentándose. Tenía hambre; pero antes debía meditar. La presión en las sienes disminuyó y ya no oía el corazón latir acelerado en su pecho. Abrió los ojos lentamente y cruzó su mirada con la del hombre de tez oscura. Estaba observándolo con calma en la misma postura en la que lo había visto cuando había salido al patio. Pero esta vez tenía los ojos abiertos y la piel brillante por el sudor. Li se preguntó cuanto tiempo llevaba observándolo. ¿Tendría algún conocimiento sobre artes marciales? Pues había practicado algunas de las formas más secretas de su arte.

- No debería forzarse tanto pequeño dragón incluso para aquellos dotados de la sangre de un inmortal, el cuerpo tiene un límite; y no es bueno llevarlo hasta él.- Dijo con voz profunda el hombre bajo el sol.

- La superación sólo es alcanzable mediante el sacrificio. Si no te pones a prueba jamás conocerás tus propios límites.- Respondió con las palabras de su maestro del estilo del leopardo.- O por lo menos eso decían mis maestros.

- Y no estaban equivocados, pero seguro que también le dijeron que no existe un camino rápido hacia la superación.

Galawar se levantó y estiró la espalda mientras pensaba una respuesta; pero simplemente sonrió y reconoció que no había réplica contra la verdad.

- Es verdad.- dijo sonriente.- Hoy me he sobrepasado y mañana lo sufriré.

- Más bien los próximos tres días, pero por un día no pasa nada. - Respondió levantándose.

Se acercó a Galawar mientras se subía la túnica colgante de la cuerda que hacía las veces de faja, para cubrirse el torso.

- Gracias por no haber perturbado mi paz.

- No hay de qué, entiendo que es mejor no interrumpir a nadie mientras medita. Lo que no comprendo es por que habéis escogido el único sitio dónde el sol daba directo.

- El baño de sol es lo más sagrado de la meditación. Los dioses crearon el sol y de ellos mana su luz. Cuando el calor de la luz baña tu piel, es como la caricia de los dioses; lo más cercano a la paz eterna.

Galawar lo miró extrañado pues nunca había oído hablar de nada parecido. De hecho lo único que sabía del sol era que podía quemarte la piel como cualquier fuego.

- ¿Y no os quemáis de tanta luz divina?- Preguntó Li con suspicacia.

- Los vivuli ya mingu fuimos creados para presentarnos ante la luz de los inmortales; por eso su fuego no nos quema e ilumina nuestro camino con intensidad.- Respondió el llamado sombra con seriedad.- Aunque supongo que mi piel tiene algo que ver.- Acabó sonriente.

El hijo del dragón lo miró confundido, aquel hombre tenía un carácter tan voluble como el viento; en un momento estaba serio como si se tratase de algo sagrado y un momento después parecía reírse de sus propias creencias.

- Sois un hombre extraño vivuli ya mingu.

- Rylan, por favor. Vivuli es el nombre de mi pueblo. Y todos los viejos son extraños. La vida les ha mostrado demasiado para tomárselo en serio.

- No parecéis tan viejo.

- Mi pueblo es longevo muchacho, pero incluso para nosotros llega la vejez. Yo ya hace demasiados años que viajo, demasiadas historias almacenadas en mi memoria, demasiados llantos en mis recuerdos. Pero gracias por hacerme sentir un poco más joven.

- Para serviros.- Respondió con una fingida reverencia.

El hombre llamado Rylan sonrió y se encaminó hacia el comedor.- Creo que voy a desayunar, ya huelo las gachas y me está entrando hambre.- murmuró mientras se iba. Galawar se quedó mirándolo mientras se marchaba y después se volvió para sentarse bajo la luz de la mañana a meditar; quizás el calor de sol le haría bien al fin y al cabo.



El sol se vertía insistentemente por la ventana, ajeno a los constantes rezos de Ándigar para que le diese unas horas más de descanso a su maltrecha cabeza; el sabor de la infame bebida, concebida por el peor de los diablos, se negaba a abandonar su boca; y el persistente sudor se empecinaba en pegarse a la ropa para atarlo a aquel potro de tortura en el que se había convertido la cama. Renunciando a un esquivo sueño, abrió los ojos ligeramente para no sufrir las punzadas que esperaba llegarían con luz. De nada sirvió; el dolor le atravesó los ojos como flechas directas a su cabeza descargando una nueva oleada de lamentos silenciosos hacia todos los dioses que conocía. Necesitó tres intentos más hasta que pudo ver la pequeña habitación dónde se habían hospedado el día anterior. Decidió quedarse quieto esperando a que se sintiese mejor, aunque tal como recordaba de la primera borrachera que había sufrido en su hogar, el malestar no desaparecería hasta el día siguiente.

Dado que no tenía mucho más en lo que pensar se dedicó a observar la habitación y escuchar el murmullo de la calle que se filtraba por la ventana. Al poco tiempo había hecho recuento de los dos camastros, la mesa con la vasija de agua, la fuente para lavarse y sus bolsas de viaje de la que sobresalía el arco que había comprado el día anterior. No había mucho que contabilizar.

Era evidente que Galawar se había levantado hacía rato, y probablemente le estaría esperando para los ejercicios matutinos; pero si una cosa tenía clara entre todo su malestar era que aquel día le daría un descanso a su entrenamiento. Deseaba quedarse en la cama hasta que se encontrara mejor, pero su cuerpo empezó a exigir librarse de la carga del día anterior y no esperaba poder contener tanta exigencia durante mucho tiempo.

Se levantó con cuidado intentando realizar el mínimo esfuerzo posible y descubrió que estaba en mejores condiciones de lo que inicialmente había pensado. Se refrescó la cara y bajó al comedor esperando encontrarse con el hijo del dragón.



Galawar estaba comiendo su bol de arroz junto a Rylan mientras pensaba en el combate del día anterior. El sombra estaba contándole una historia sobre héroes de la era de los inmortales, aunque a juzgar por su narración lo único que hacían era andar, comer y hablar sobre cosas que no comprendía; por lo que Li había dejado de escucharle hacía ya un buen rato. Un poco cansado de oírle, pues le costaba seguir sus propios pensamientos, decidió interrumpirle y encaminar esa conversación hacia algo más interesante.

- ¿De dónde sacaban el oro para subsistir los inmortales? Quiero decir que viajaron muchas millas a lo largo y ancho del continente perdido, sin embargo no se les conoció trabajo alguno.

El sombra se quedó un poco perplejo por la pregunta, pues la historia, aunque hablaba de muchos de sus actos cotidianos nunca explicaba cómo pagaban aquello que compraban.

- Supongo que tendrían algo ahorrado de antes de que empezaran las leyendas. Bueno, en algunas de sus hazañas consiguieron algo de oro.- Y después de una breve pausa añadió.- Aunque no se si eso daría para su sustento durante el resto del viaje.

El sombra se quedó pensativo un momento como si estuviese revisando sus historias en busca de alguna referencia acerca de los ingresos de los inmortales. Por su parte, Li, habiendo conseguido que dejase de hablar un instante, consideró que era el momento de desviar la conversación a algo más cercano.

- Hablando de sustentos, vos de dónde sacasteis el oro para hospedaros durante tanto tiempo. Lo digo por que nosotros vamos un poco escasos y nos iría bien algún consejo antes que nuestros recursos se agoten. Ándigar dice que puede cazar- Y sonriendo continuó- , aunque también decía que sabía usar la espada.

El sombra no pudo contener su risa recordando al joven de incipiente bigote que había estado dándole conversación el día anterior.

- Me dedico a contar leyendas cuando viajo por las aldeas; y normalmente las gentes me dan cobijo y comida, incluso algunas monedas cuando el tiempo ha sido bueno para las cosechas. Pero aquí ya he hablado demasiado, y de todos modos en las ciudades están demasiado ajetreados para escuchar. Por eso también hago ungüentos, bálsamos y otros embrujos- Dijo inclinándose sobre la mesa y abriendo mucho los ojos.- En las ciudades son realmente populares y sólo pido a cambio unas monedas y una buena historia.- Acabó recostándose en la silla.

- Si que deben ser populares si os podéis hospedar aquí durante tanto tiempo. Bueno, yo tengo algunos conocimientos de medicina que aprendí en el templo; aunque nunca me interesó demasiado.

- No os creáis todo lo que veis. Si me hospedo aquí es por que le proporciono ciertas medicinas poco convencionales al posadero y a cambio no le pago nada por mi estancia.

- No me había parecido que estuviese enfermo.- Dijo Galawar girándose para observar al ajetreado posadero.

El sombra negó con la cabeza.

- No son para él; sino para alguien que desea mantenerse en el anonimato. Un noble supongo.

- ¿Y por que alguien querría esconder su enfermedad? No es algo de lo que avergonzarse.

- Cada cultura tiene sus tabús, cosas de las que no se puede hablar. La medicina que le proporciono es para tratar una enfermedad de nacimiento; y deduzco que se trata de un noble porque los plebeyos no consideran los defectos de nacimiento algo vergonzoso.

- ¿Y vuestra medicina no puede curar su mal?

- No se puede curar lo que uno es; mi medicina sólo enmascara su enfermedad. Y como todos los engaños tarde o temprano salen a la luz.

Galawar se quedó callado; no sabía que contestar a esa afirmación. No conocía nadie que tuviese una enfermedad de nacimiento, pero comprendía el hecho de querer ocultar una vergüenza. Cuando era pequeño no pocas veces pensó cómo sería ser un hijo del dragón puro, sin tener que soportar los constantes prejuicios y burlas de sus compañeros.

- Disculpad; seguramente he hablado demasiado, pero a veces me sorprende cómo los hombres luchan con todas sus fuerzas contra los designios de los dioses, como si pudiesen vencer ante sus superiores.- Sonrió un momento y decidió que la conversación se había vuelto demasiado triste.- Como veis, no tengo muchos consejos que daros sobre como conseguir fortuna, sólo algunas monedas para pasar el hambre; pero la idea de cazar siempre es buena, y probablemente la habilidad de vuestro joven amigo con el arco se aproxima más a la realidad que en el caso de la espada. Los daoine son grandes arqueros; aprenden a cazar tan pronto pueden tensar la cuerda.

Galawar asintió con la cabeza pensativo.

- Sabéis bastante del pueblo de mi madre; supongo que el hecho de no haber crecido en él me ha distanciado de sus tradiciones.

El sombra le miró con rostro triste, como si su visión pudiese llegar hasta su alma.

- Sois hijo de dos pueblos joven dragón, por vuestras venas corre la misma sangre que Shao Li y vuestro corazón late al ritmo del shawn de los daoine. Aunque hayáis estado alejado de sus tradiciones, ambos linajes formarán parte de vos y eso es motivo de júbilo no de tristeza. Que nadie os arrebate jamás esta verdad.

- ¿Entonces porque me siento como un invitado no deseado en ambos pueblos?

Rylan se quedó un momento pensativo antes de responder.

- Yo no he conocido hogar alguno, sólo el sitio dónde nací; de muy joven fui embarcado hacia tierras lejanas. No puedo hablar de algo que jamás tuve; pero en mis viajes he visto muchos hombres que tenían una morada; y otros muchos que llevaban el lar consigo. Al final creo que es algo que uno debe construirse a su alrededor, año tras año, y lo lleva en su corazón allí dónde va.

Se quedaron callados un momento, en medio del usual ajetreo del comedor por la mañana y en ese momento apareció el hombre de incipiente bigote, como le había llamado Rylan momentos antes; su rostro, y su dudoso andar, evidenciaba el desgaste del día anterior. Agradecido por tener una oportunidad de hablar sobre cosas más banales Galawar saludó a su compañero y le invitó a sentarse con ellos.

- Me siento muy mal.- Dijo Ándigar apenas hubo reposado su espalda en la silla.

El hijo del dragón no dijo nada, aunque su mirada reprobatoria hablaba con suficiente claridad; sin embargo el sombra soltó una alegre carcajada y poniéndole la mano el el hombro le dijo:

- Hijo, aunque vivieses mil años seguirías sintiéndote igual de mal después de deberte tres botellas de licor de arroz.

- Yo diría que fueron más de tres aunque no tengo un recuerdo muy claro.

- Peor me lo pones.

El daoine sonrió sin gracia intentando centrar lo poco de él que se encontraba sentado en aquella mesa. Apiadándose del joven, Rylan levantó la mano para llamar al camarero.

- Si me permite joven viajero – Dijo con una mal disimulada sonrisa-, permítame que le invite a uno de los pocos remedios que existen para el mal que le aflige. Aunque debo confesar que en general su efecto es más bien pobre, puedo afirmar que conseguirá acallar los constantes lamentos de su malogrado estómago.

Se levantó para pedirle al posadero los ingredientes que necesitaba.

- Espero que esa cura no sea muy cara- Dijo Li.- Nuestra bolsa no está para muchos lujos.

- Oh, os prometo que no os costará más que un desayuno común, e incluso podréis administrároslo vosotros mismos si algún día os encontráis en la misma situación.

- ¿Y cual es este remedio milagroso que deberé tomarme?

- Confiad en mi. En mis largos viajes he tenido ocasión de probar muchos remedios; y de todos ellos, este es el más antiguo y el más efectivo.

- Creía que el más antiguo era dormir hasta el día siguiente.- Dijo Galawar divertido con tanto misterio.

- ¡Kuguswa!- Dijo alegremente.- Tenéis razón. Probablemente este sea el segundo más antiguo. Pero según tengo entendido proviene de la era de los inmortales.

Momentos más tarde llegó el posadero con varios platos y los dejó sobre la mesa. Había pan, verduras crudas y un trozo de carne roja y un cuchillo. Se fue y volvió con una jarra y unas tazas de té.

- Ya tenemos todos los ingredientes. Por lo que podéis ver no son ni caros ni difíciles de conseguir.

Ambos asintieron curiosos esperando ver la magia que aplicaba a tan comunes componentes.

Cogiendo el cuchillo el sombra empezó a hablar como si el hecho de contar una historia le ayudase a trabajar.

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