El "how to" de yo y mis ellos

Dado que algunos no entienden muy bien el funcionamiento de este blog, diré que no se trata de un blog. Es cierto, se pueden comentar las "entradas". Pero las "entradas" son capítulos; de modo que se deben leer en el orden correcto. Dada la idiosincrasia de la herramienta usada, el capítulo presentado es la última entrada; de modo que si quieres empezar un libro nuevo debes ir las etiquetas y seleccionar el libro; así podrás ver todos los capítulos colgados.

jueves, 9 de diciembre de 2010

El aliento del Dragón: Andigar - Capítulo 3 "El dragón bate las alas" (parte 1)

El oscuro cielo nocturno se extendía como un infinito manto divino acunando las estrellas de los héroes caídos. En aquella clara noche de otoño el camino de las almas se podía distinguir con claridad, todos acabarían por hacerlo algún día cuando la vida se terminase; pero esos pensamientos estaban bien lejos de los que ocupaban la mente de Andigar; sus piernas le dolían y se sentía exhausto, pero no podía dormir. Observaba el techo del mundo pensando en todo lo que le esperaba y lo que había dejado atrás. Era aquella la primera noche que pasaba fuera de casa; y aunque dormir en el frío suelo no era su idea de comodidad, no añoraba su antigua cama en lo alto de la secoya. Por vez primera en su vida se sentía libre. Tomando sus propias decisiones, acertaría o se equivocaría, pero serían sus éxitos y sus equivocaciones. No deseaba volver a ver jamás el viejo bosque de sus antepasados. Soñaba con echar a correr consumiendo el fuego que alimentaba su pecho hasta agotar su calor, como un lobo en el bosque con el aire en el rostro como único freno. El crujir de la hoguera le hizo desviar la mirada de los cielos y miró a Galawar que se hallaba acostado al otro lado del fuego con las manos juntas por las yemas de los dedos frente a su pecho. Ahora era su compañero de viaje, los dos correrían la misma suerte.

-Durante el camino te he contado muchas cosas de mi y de mi familia; las razones que tenía para abandonar el bosque. -Giró sobre si mismo para mirar a su compañero recostándose sobre su codo. 
-Pero tu no me has contado la razón de tu marcha del templo.

Los ojos de Galawar se abrieron sacándolo de su estado meditativo. -Es cierto. -respondió secamente ya que no tenía ningún deseo de contarle sus desgracias familiares. No era costumbre entre los hombres de esas tierras de hablar sobre sus asuntos de familia. -No es una historia agradable de contar.

-Sea lo que sea ha quedado atrás ahora. Ya somos libres de nuestras ataduras.

-Hay ataduras que aun cuando te has librado de ellas te dejan la marca para siempre. -Dijo cerrando los ojos y separando las manos. -Pero el dolor de algunos recuerdos, puede empujar a un hombre hacia la búsqueda de la perfección. Hay que dominarlo y moldearlo para obtener aquello que quieres sacar de él.

-A mis oídos me parece más odio que dolor. Es bueno hablar de lo que a uno le aflige Galawar, reconforta y ayuda a comprender y aceptar. Antes de marcharme le hablé a Wolfinar muchas veces sobre cómo me sentía. Me ayudó a comprender que debía irme. No por lo que dijo, sino por lo que jamás mencionó. No me comprendía, y si mi mejor amigo era incapaz de entender lo que yo sentía, es que mi sitio no estaba en el bosque.

Li suspiró profunda y lentamente. El llamado mestizo nunca había hablado de ello abiertamente porque todos con los que podía hablarlo estaban directamente implicados; sin embargo se sentía tranquilo hablando con Ándigar. Era cierto que todavía era joven, y quizás por esa razón no se sentía juzgado.

-Como ya sabes, mi madre Galadria vive en tu mismo bosque y mi padre era uno de los monjes del templo. Aunque las relaciones entre los hijos del Dragón y los hombres altos siempre ha sido cordial y de mutuo respeto, la relación entre ellos fue recibida con desconfianza y desagrado por ambos pueblos. Las mezclas siempre desagrada a los ancianos, creen que debilita la sangre. Desconozco la razón por la que permitieron los hombres altos que se casara con mi padre, pero para los monjes fue el hecho de que en el mismo origen de los hijos del dragón reside el mestizaje. La decisión fue tomada tras un gran concilio entre los tres templos que conforman nuestra comunidad. Y uno de los que postularon para que mi padre eligiese entre el templo o su mi madre fue precisamente su hermano, Liu Sheng. - Galawar detuvo su relato al ver la cara de extrañeza de Ándigar.- Sé que entre los de tu pueblo quizás hubiese sido algo normal, sin embargo entre los ojos rasgados, no hay tradición que la familia sea el principal acusador. Bien al contrario, se considera que la familia debería estar al lado aunque sepa de su culpabilidad. Yo siempre he creído que fue por pura envidia. Por aquellos tiempos, mi padre era el guardián del estilo de la serpiente, y Liu, el hermano menor, estudiaba para llegar a ser guardián de la grulla. Jamás fue demasiado bueno en la lucha, y a menudo recurría a técnicas mezquinas y e indirectas. Por eso no progresaba en el templo. Siempre he pensado que cuando se postuló en contra de su hermano fue para ganarse el favor de su maestro. Fuese como fuese, tuvo que aceptar el enlace y que mi madre viviese en el templo. Así vivieron durante años con constantes desprecios por parte de la mayoría de los ancianos; pero cuando apenas había cumplido mi primera quincena y todavía estaba en la tercera sala del entrenamiento físico Heung Mi, que ya tocaba a su segundo centenario, murió de extrema vejez. En aquel momento ostentaba el puesto de gran maestro del Yan, que es quien dicta el estilo y modo de enseñar del entrenamiento físico. Después del guardián de todos los estilos es el puesto más importante del templo, y como dicta la tradición, se debía realizar un torneo en el que participaran todos los guardianes de los estilos para decidir el sustituto. Algunos ancianos pretendieron que mi padre no participara pero su reputación como luchador era innegable; hubiese sido un ataque al mismo orden y tradiciones del templo que pretendían defender. Por ello, y para evitar que ostentase el puesto, Sheng se presentó como representante de la grulla; el maestro guardián estaba ya muy viejo para luchar y por ello le designó como sucesor, con la esperanza que la grulla pudiese detener la serpiente. Ambos son y serán siempre enemigos enemigos naturales, y era sin duda uno de los combates más esperados por todos. El torneo fue muy reñido pues los participantes eran los mejores de cada escuela. En las semifinales Sheng y mi padre se enfrentaron. -Galawar cerró los ojos unos instantes, incapaz de hablar. -Aunque mi padre siempre había sido muy superior a su hermano, como se demostraba en el hecho que él si fuese un auténtico guardián; el combate fue breve. Mi padre no estaba a la altura, vacilaba en los ataques, y ya en los primeros instantes sudaba. Liu no dudó en matarle; y los mismos ancianos que le intentaron negar la participación de mi padre dictaminaron que había sido un accidente. Pero la mirada de odio que Liu nos dedicó a mi y a mi madre mientras caía, era un innegable signo de sus intenciones. Su muerte no fue un accidente. Por la mañana mi padre se encontraba en perfecta forma, sin duda fue envenenado de alguna forma. Liu Sheng siempre había querido ser el guardián supremo. Y con esa victoria estaba casi en sus manos. -Volvió a hacer una breve pausa para respirar ya que inconscientemente había estado aguantando la respiración. -El resto era de esperar, con el cuerpo todavía caliente de mi padre, y con el soporte del nuevo maestro del Yan, Liu Sheng, mi madre fue expulsada del templo. Dónde, por lo que vi, tampoco fue muy bien recibida. Como guardián de la serpiente se nombró a Liu Chan, que siempre sintió un gran desprecio hacia mi. Pero con todo, yo me quedé para terminar mi entrenamiento aconsejado por el gran maestro del Yin, Lao Yuen. Acepté sus enseñanzas el agua sucia para un sediento, pero cuando terminé, me marché para encontrar la fuerza para vencer a Liu Sheng en combate singular. Durante mucho tiempo fantaseé con su muerte a mis manos; pero después de la etapa final de meditación, comprendí que la muerte es poco para alguien tan vil. Y sólo la humillación de la derrota ante el ser que más odia puede ser una justa pena.

Ándigar aún le observaba con el ceño fruncido y el rostro grave. No sabía que esas cosas ocurrian de verdad. Odio, envidias y asesinatos entre hermanos. Había oído narraciones parecidas en los cánticos de los antiguos héroes, pero siempre pensó que formaban parte de las eras antiguas de los salvajes.

-Comprendo el porqué de tu desprecio hacia los ancianos de tu pueblo. Has pasado por mucho más de lo que jamás pensé. -Su cuello se secó. Las palabras le cortaban en la nuez resistiéndose a salir. -No creo que pueda decirte nada que te haga sentir mejor. Ahora mis sueños y problemas se me antojan infantiles como las de un niño.

-No importa -Sonrió sintiéndose culpable por hacerle sentir incómodo. -, cada uno vive su vida y sus problemas en la medida en los siente. A ti el bosque se te antojaba una celda y ello te angustiaba impulsándote a marcharte; eso no es infantil ni de poca importancia. No para ti. Por mi parte, he de decir que tenías razón; ahora me siento mejor. Gracias.

Ándigar seguía mirándole con extrañeza como si le acabase de descubrir de nuevo. Y Galawar pensó que sería mejor dejarlo hasta el día siguiente.

-Durmamos ahora, mañana nos deberíamos despertar temprano. Será un día largo.

El hombre alto se acostó pensativo, ahora tenía algo más en la cabeza, algo que hasta entonces no le había preocupado: ¿Había elegido correctamente el compañero de viaje? Las historias de héroes ya nunca más estarían hechas sólo de gloria, sino también de las penurias que tan fácilmente había olvidado. Un viento fresco recorrió su espalda y se arremolinó en su capa. Ciertamente ahora se le antojaba un viaje más largo.



Aún no había salido el sol cuando Galawar se despertó. Sin hacer ruido, para no levantar a su compañero empezó a repetir sus ejercicios de estiramiento y las formas más básicas de su estilo, tal como había decidido cuando empezó el camino. Como si danzase repitió los mismos movimientos que había practicado durante años, marcando los pasos que intervenían en un combate cualquiera. Cuando hubo terminado, el sol rojo de la mañana se divisaba a lo lejos bajo unas delgadas nubes. Se acercó a un pequeño riachuelo que discurría cerca del camino y después de refrescarse; cogió un poco de agua con las manos, se acercó a Andigar aún durmiente, y la dejó caer sobre su rostro. El espigado cuerpo del jóven se convulsionó en rápidos espasmos en acorde con un conjunto de palabras malsonantes dirigidas al artífice de su desdicha.

-¿No conoces ninguna otra forma de despertar a alguien? -Gruñó mientras se levantaba. Li parecía hacer caso omiso de sus palabras, pues solamente reía, mirando como se erguía de mal humor.

-Ya que vas a ser mi compañero. Quiero que te entrenes conmigo cada mañana. Quiero comprobar tus conocimientos sobre el uso de esa espada que cuelga de tu cinto. -Afirmó aún sonriente.

-Pagarás cara tu insolencia, pues claro que se utilizarla. -Alardeó, mientras se colocaba a una cierta distancia de su nuevo oponente.

-Hasta ahora tu acero se mueve sólo con palabras, veamos si estas a la altura de tu boca.

Ándigar se secó la cara con la manga y sacó la espada blandiéndola torpemente en un intento de intimidación.

-¡Pero después no quiero oír lamentos si mi acero muerde tu carne!

Galawar no se inmutó simplemente se situó frente a él con una pierna delante de la otra y con los brazos a los lados. En un instante su rostro se volvió serió e impenetrable como una roca. El joven Ándigar empezó a sentir que aquello quizás no era ningún tipo de juego. El mestizo instigó con un pequeño movimiento hacia delante para que el jóven de incipiente bigote levantase el arma para dar su estocada; pero antes de que la espada pudiese descargar cualquier golpe, el hijo del dragón se encontraba a un par de dedos del rostro del elfo quien sorprendido por la velocidad, trastabilló por el peso de la espada; en un abrir y cerrar de ojos estaba tendido en el suelo. Alarmado por su situación buscó a su alrededor el sitio dónde había caído el arma, y la encontró a unos pocos pasos detrás de él. Lo suficiente para no poder llegar. Miró a Li que se encontraba derecho frente a él con los brazos cruzados en la espalda y una mirada penetrante desde sus rasgados ojos.

-Lo sé. -Reconoció. -Aún no me han enseñado a luchar. Te mentí. Pero fue por una buena causa. -Dijo señalándole. -no quería quedarme en ése bosque.

Galawar sacudió la cabeza con los ojos cerrados y se encaminó hacia dónde había caído la espada. El hombre alto se levantó lentamente con la cabeza baja.

-Pero lo que si es cierto es que soy un buen arquero. Y sé algo de magia. -Añadió con la voz más baja.

-Eso no importa; a estas alturas ya estarías muerto. Quizá eres un buen arquero y quizá eres un buen hechicero. Pero un arquero sin arco y un brujo sin libro sin vara... -Recogió el arma y se hizo un corto silencio en que se oyó el cantar de los pájaros. Se giró para mirar a su compañero y le lanzó la espada. -Si vas a venir conmigo tendrás que aprender a usarla.

Ándigar la cogió al aire con la mano derecha y sonrió amablemente a pesar del rostro grave de Li.

-Pero deberás estudiar con esmero. Y no me vuelvas a mentir; pronto aprenderás que un auténtico guerrero no tiene necesidad de mentir. -El hombre alto abrió la boca pero antes de que pudiese contestar Galawar continuó. -Ni exagerar.

Después se encaminó hacia el bosque, el joven el joven elfo se apresuró a seguirlo con una sonrisa dibujada en su fina tez.

-Si quieres, a cambio, puedo enseñarte la magia que sé.

-No tientes tu suerte. -Contestó Li sonriendo.


* * *


Hacía ya diez días que habían dejado el bosque de los hombres altos y las reservas de comida no durarían para siempre. Según los cálculos de Galawar respecto al mapa que le había sido entregado cuando salió de su templo, se acercaban a la ciudad de Hongzhou. Primer destino de Galawar pues era una ciudad de paso en la que podrían conocer buenos maestros del arte de la lucha.

Los dos compañeros caminaban lentamente por el bosque. El hijo del dragón estaba un poco avanzado cortando con un cuchillo un pedazo de madera. Y Ándigar caminaba con la espada erguida sobre sus dos manos.

-¿Por qué tengo que cargar con el arma continuamente? por alguna razón existen las vainas.

-Porque aún no estas acostumbrado a su peso. Para luchar con una espada primero debes poder sostenerla.

-Puedo sostenerla. -Aulló indignado.

-Bien. Entonces párate y haz los ejercicios- Dijo parándose sin quitar la vista de sus quehaceres. -Ya sabes lo que tienes que hacer: estocada, vertical, gancho, inclinado derecha e izquierda.

El joven elfo se detuvo y flexionó las piernas, plantándose en el suelo tal como había aprendido, y empezó a ejecutar los movimientos. Sin naturalidad, pero ya no torpemente, los estaba realizando uno detrás de otro, hasta que el corte horizontal le hizo perder el equilibro girando sobre si mismo. La espada se le escapó de las manos no alcanzando al mestizo por un par de pies.

-Caballo bien, agarre del arma mal. Debes controlar el movimiento. La espada no tiene mente, que no guíe tu mano; debe ser una extensión de tu ser. Cualquiera diría que es la espada la que manda y tu eres su extensión.

-¡Eso no vale! -Arguyó desde el suelo.- He resbalado.

Li negó con la cabeza y continuó caminando. Aunque estaba orgulloso de sus avances, no podía demostrarlo o se volvería un perezoso. Durante años los maestros del templo habían enseñado del mismo modo, sólo mediante la provocación y la exigencia se obtenía una mejora. El hombre alto se levantó del suelo y se limpió su rubia melena de polvo. Después cogió la espada y continuó andando con el ceño fruncido; no había dejado el bosque para cargar con una espada. ¿Dónde estaba la aventura? Decidido a distraerse intentó entablar conversación con su compañero.

-¿Qué haces? desde que hemos salido no has parado de cortar leños.

-No son leños. Son dardos de madera. Aunque no causan mucho daño son prácticos para desarmar a un adversario a cierta distancia. -Galawar oyó voces en la lejanía. Se acercaba a un pueblo.- Guarda la espada, no quiero que todos piensen que has venido a conquistarles.- Dijo sonriendo.

-¡Qué ocurrente! -Dijo sin convicción. Pero enfundó la espada contento de poder dar descanso a sus doloridos brazos.

Llegaron a la cima del camino, desde dónde bajaba serpenteante hacia el valle situado entre dos pequeñas montañas sembradas de campos de arroz que reflejaban el cielo azulado, allí se unía con el gran camino de piedra que atravesaba todas las tierras orientales.

-Ahí está el gran camino oriental, que cruza todo el continente; o por lo menos eso deduzco del mapa que tenemos. No creo que hay muchos caminos de piedra por estas tierras.

A lo lejos, el camino atravesaba la ciudad de Hongzhou erguida en medio del río entre dos largos puentes de madera que la conectaba con las dos orillas; nacida muchos años atrás, una fuerte muralla de piedra rodeaba la ciudad plantando cara a las corrientes. Era una ciudad próspera cuyo crecimiento hacía tiempo había superado los muros. La ciudad realmente empezaba a un estadio de distancia del río con un montón de casas de las gentes más humildes a lo largo del camino. Había dos portones en ambos lados de la ciudad a uno a cada extremo de los puentes de madera. Fue construida durante el período del emperador Tokugawa con grandes esfuerzos y sufrimientos de los campesinos; pues aunque era un buen emperador, tenía en muy baja consideración a los hombres comunes.

Descendieron el camino tranquilamente hasta llegar a la carretera de piedra. Para ambos, era la primera vez que estaban en una ciudad; y aunque la zona exterior estaba llena de tiendas, fue al entrar en la plaza mayor, situada en la entrada oriental de la ciudad, cuando se percataron de la magnitud de comerciantes que transitaban por el gran camino. Lo que debería haber sido una ancha plaza despejada, apenas mantenía libre el paso para las caravanas que pretendían cruzar la ciudad. El gran mercado en el que se había convertido esa entrada estaba abarrotado de tiendas improvisadas dónde se podía encontrar desde la más fina seda hasta el pescado recién sacado del agua. Tuvieron que luchar con la multitud para conseguir salir del interminable flujo de personas que ocupaban la plaza. Después de tropezar con un buen número de personas Ándigar y Gálawar decidieron seguir su camino por alguna calle lateral que estuviese menos concurrida.

- ¡Por todos los dioses y héroes! - Exclamó el hombre alto justo cuando acababan de salir a una calle más despejada dónde se podían oír el uno al otro sin tener que gritar.- ¡Cómo puede vivir tanta gente tan junta! ¿Esto siempre es así?

Li, que por su parte también era la primera vez que estaba en una gran ciudad lo miró con la misma mirada asustada que tenía su compañero.

- Me gustaría decirte que no, pero es la primera vez que entro en una “ciudad”. Algo me dice que esto es la norma.

- ¡Estos ojos rasgados están locos!- Refunfuñó el habitante del bosque todavía consternado.

Galawar lo miró sorprendido por la reacción de su compañero y se echó a reír abiertamente con grandes carcajadas. Ándigar al verlo también empezó a reír, pues fue consciente que era la primera vez que hablaba como su padre. No sabía si Li se reía de eso, pero el hecho de verlo reír también le alegró; pues en el poco tiempo que le conocía empezaba a percatarse de que no era muy usual. En aquel momento se sintieron como hermanos jactándose de ellos mismos y de un mundo que ninguno de los dos había visto antes. Mucha gente pasó cerca de ellos mirándolos con extrañeza, no eran una pareja muy convencional y los hombres altos no eran precisamente famosos por su jovialidad. Sin embargo también es cierto que la gente de ciudad no acostumbra a meterse en los asuntos de los demás. Así que continuaron hasta que las lágrimas se les acabaron y sus bocas les dolían.

-Bueno -Dijo Ándigar- ¿Buscamos algún sitio para pasar la noche? Quiero ver cómo duerme esta gente loca. Y a ver si conseguimos algo más blando para dormir que el frío suelo.

-No querría decepcionarte, pero no deberíamos malgastar nuestros recursos, se que el oro es difícil de encontrar por estas tierras. Así que no te puedo prometer una cama blanda, aunque si una más caliente que el suelo.

-Estoy tan desesperado que aceptaré cama caliente y dura. Es mejor que nada.

-Me gusta tu actitud.- Dijo Galawar parando a una mujer que pasaba por la calle para preguntarle por un sitio limpio y no muy caro. La mujer, de unos treinta años, le trató con mucho respeto dado que vestía túnicas de monje y le indicó una posada del centro llamada “El robledal de la cerveza”.

El sitio estaba tan concurrido como el resto de la ciudad. Aunque el ruido era menor que en la calle. El encargado no parecía sorprendido por su aspecto; como la mayoría de los habitantes de la ciudad, los hombres altos no les merecían mucho más interés que cualquier otro huésped que quisiese gastarse el dinero. Li preguntó por algún maestro en el arte de la lucha, y el posadero le indicó una dirección en la zona exterior a la ciudad. Alquilaron una habitación para una noche a un precio que les hizo revaluar sus reservas de oro a la baja. Pero aceptaron pues no tenían otras referencias para comparar. Subieron a sus aposentos y dejaron las mantas y las cosas de poco valor. Después quedaron en verse en la posada por la noche. Ándigar quería comprarse un arco para cazar y Galawar quería visitar al maestro de artes marciales que le habían señalado.




Cuando el Ándigar salió de casa, tomó prestado un poco de las reservas de oro que guardaba su madre por si venían comerciantes de fuera del bosque. Aunque ellos sólo utilizaban el oro para fabricar objetos, los arcos largos de los hombres altos y otros utensilios eran muy reconocidos en el exterior, por lo que las reservas de su familia eran suficientemente amplias para que no les representase mucho perjuicio.

Después de visitar varias tiendas y discutirse con todavía más vendedores, decidió comprar un arco humano. Los mal llamados arcos de oeste parecían igual de malos, pero valían diez veces más. Tendría que haber empeñado su espada, algo que más de un comerciante le ofreció dada su manufactura claramente daoine. No compró más que un par de flechas, un carcaj y varias puntas de metal. Normalmente todos los adultos de su pueblo sabían fabricar arcos y flechas pero como aún no había llegado a la mayoría de edad sólo había aprendido a hacer saetas. Al final le salió más barato de lo que había esperado, pues decidió coger uno de baja calidad que creía que podría retocar un poco para hacerlo más ligero. Con las monedas restantes que le quemaban en el bolsillo decidió ir a probar las bebidas que destilaban las gentes de esa tierra en la posada dónde se habían hospedado.




Galawar tubo que salir por el puente occidental para llegar a la escuela de Tsui kang. Por la muralla que rodeaba la escuela debía tener bastantes alumnos; lo que interpretó como signo de un cierto reconocimiento. Entre el ruido de la ciudad se distinguía el sonido de un grupo de hombres entrenando en el interior. Eso le recordó los tiempos en los que el entrenaba junto a sus compañeros, no todos le miraban con desprecio, algunos fueron buenos amigos. Y sintió un poco de nostalgia. Pero se obligó a enfocar su pensamiento, dejar fluir la mente libremente le separaba del camino de la perfección. Deteniéndose en frente a las puertas rojas de la entrada decidió utilizar la campana que había a su derecha a pesar de era obvio que no estaban cerradas. Unos instantes después una mujer de mediana edad le abrió la puerta. En su rostro vio el reconocimiento de su túnica de monje y después de los saludos de rigor le hizo pasar y le acompañó a una pequeña sala de estar. Recogió a la niña que estaba practicando caligrafía y se fue a llamar al que creía que debía ser su marido.

El sonido del entrenamiento cesó y unos instantes después un hombre vestido con ropas anchas para entrenar abrió la puerta. Entre el resquicio de la puerta pudo ver a unos pocos jóvenes que seguía al maestro con curiosidad mientras uno mayor les hacía volver al entrenamiento. Le saludó con gran respeto y le invitó a sentarse en la mesa.

-¿Que desea un hijo del Dragón de la escuela Kang?- Era evidente que su esposa había reconocido su túnica.

-He oído hablar bien de esta escuela. Me han dicho que es la mejor de todo Hongzhou y probablemente de toda la provincia.

El hombre rió abiertamente, y negó con la cabeza.

-¿Y quien, si puede saberse, tiene mi escuela en tanta estima? No creo que hayáis preguntado a muchos.

-La verdad es que es lo que me dijo el posadero del sitio en el que me hospedo: El robledal de la cerveza.

El hombre sonrió mientras entraba su esposa con una bandeja.

-Si, lo suponía, le he ayudado alguna que otra vez, y me tiene en gran estima. Aunque no sabe mucho de artes marciales. Debo decirle que ha sido un poco exagerado, apenas podría afirmar que tengo la mejor escuela de la ciudad. Permítame que le invite a una taza de té; si me permito una vanidad es la de considerarme un experto en su preparación.

Li aceptó amablemente, pues no era bien visto rechazar una taza de té. Y esperó mientras realizaba la mezcla de hierbas y las ponía al fuego.

-¿Y bien, por que un monje necesitaría de una escuela de artes marciales? -Preguntó limpiando con agua caliente la tetera de porcelana.

-He acabado mi adiestramiento en el templo, y deseo aprender las técnicas del exterior para perfeccionar mi habilidad en el kung fu.

El hombre sonrió mientras continuaba lavando las dos tazas con la misma agua que ya hervía.

-He ayudado alguna vez al posadero, y hemos protegido alguna que otra caravana, pero mucho me temo que su viaje ha sido en balde. Aunque tengo una cierta habilidad, es de sabios conocerse a uno mismo. No hay nada que pueda enseñarle que no haya aprendido ya en el templo.

-No niego que el templo guarde ancestrales secretos, pero no toda el agua fluye del mismo río, y ningún río es el más grande.

El hombre llenó las dos tazas con ardiente té y le acercó la bebida. Después lo miró directamente a los ojos.

-Joven. Permítame que le llame así, si alguien tiene algo que enseñar aquí es usted. Lo que yo se, es lo que uno de mis antepasados consiguió que le enseñase un monje del mismo templo del que proviene. Lo que la mayoría de maestros a este lado del templo sabe, es el conocimiento que han podido extraer mirando a través de las rendijas de la puerta del sitio del templo dónde aprendió. Existen buenos luchadores fuera del templo, y seguro que algunos de ellos podrían vencerlo en combate, pero yo no soy uno de ellos. Me siento profundamente honrado por su visita y por la posibilidad de ofrecerle un té, pero siento tener que decirle que este río es sin duda más pequeño del que ha bebido anteriormente.

Galawar se quedó sin habla, no esperaba tanta sinceridad. Era cierto que esperaba que su técnica fuese superior a la mayoría, pero se negaba a aceptar que no hubiese nada nuevo bajo el sol. Sorbió su taza ardiente de té con gran pesar y decidió negarse a aceptar aquello.

-Agradezco su sinceridad, pero estoy seguro que su habilidad es superior a lo que quiere dar a entender.

El hombre que saboreaba su taza cerró los ojos.

-Lo único que puedo ofrecerle es el honor de un combate amistoso.

-Eso, sin duda, también sería un honor para mi.

Acordaron realizarlo a continuación y Kang llamó a su esposa para que preparase el patio.

-Si vuestra habilidad es tan buena como vuestro té, tengo mucho que aprender de vos. -Dijo Galawar contento de haber conseguido por lo menos un combate.

-Si así fuese, mi escuela estaría en la capital.- Respondió el maestro con una sonrisa.




El comedor de la posada era una gran sala muy distinta de las que transitaban en las leyendas. No había suciedad pero si mucha gente extraña. La mayoría eran ojos rasgados pero también había algunos hombres grandes de las montañas. Ándigar no se atrevió a hablar con los demonios barbudos y los miraba con recelo pues sus modales toscos y las historias que había oído sobre las guerras no le daban mucha confianza. Había un par de hombres como él que vestían el mismo tipo de bigote pero más sucios y desgarbados, a los que no parecía importarles en nada la presencia de aquellos seres crueles y incluso bromeaban, pero sus ropas no le eran conocidas y su sus ojos ligeramente más grandes que los suyos le hacía pensar en los hermanos de las tierras allende del mar. El resto eran pobladores de oriente, algunos guerreros de aspecto feroz y otros granjeros cuya única preocupación era una mala cosecha.

Había un individuo que destacaba entre toda aquella multitud; era un hombre alto y espigado, más que cualquiera de sus compatriotas, su piel negra como la noche contrastaba con sus blancas vestiduras, una única túnica que le caía del hombro derecho hasta los pies. Jamás había oído hablar siquiera de alguien de negra piel y siempre había sido un ávido oyente a cualquier cuento o leyenda que se contara en su pueblo. El hombre, si se trataba realmente de un hombre, estaba sentado al margen del jolgorio comiendo con calma un plato de sopa con una cuchara que al joven daoine se le antojó pequeña entre aquellos largos y delgados dedos.

No había ningún sitio apartado así que debería compartir mesa, o quedarse en la barra. Como no sabía cuanto tardaría el hijo del dragón en regresar, decidió compartir mesa con alguien y entrar en contacto con la gente del exterior. Aunque pensó en sentarse con sus compatriotas del otro lado del gran azul, el extraño hombre seguía intrigándolo y claramente tenía mejores historias que contar. Así pues le preguntó al posadero acerca del hombreton de la esquina.

-Poco sé de ese hombre, más que se viene de allende del mar y que paga puntualmente. No acostumbro a preguntar a todos mis clientes; es mejor para el negocio. Lleva aquí tanto tiempo que casi forma parte del mobiliario. Un par de estaciones atrás, un anciano de sapiencia reconocida se hospedó unos días y estuvo hablando con él. Cuando le pregunté por su origen me dijo que se llaman a sí mismos vivuli ya miungu, algo así como los que caminan a la sombra de los dioses. Es extraño y algunos clientes se sienten intimidados, pero no causa problemas.

-¿Decís que lleva mucho tiempo, cuanto exactamente? -Preguntó curioso.

-Dieciocho lunas. Todo un año. No me agrada en exceso, sin embargo paga puntual antes del siguiente avistamiento. Así que como yo digo: Takawa, huésped que paga y no molesta, monedas honestas que guardas.- Dijo dándole un golpe en el hombro como muestra de complicidad.

Ándigar lo miró divertido, aquel hombre de aspecto alegre y de barriga prominente se le antojaba de confianza, y no había conocido antes ningún otro humano igual, por lo general los pocos comerciantes humanos que se aventuraban en el bosque eran discretos y silenciosos, y siempre acompañados de otros hombres altos. Cuando el posadero se percató de su sonrisa movió la cabeza un poco avergonzado y continuó hablando.

-Pero olvidémonos de asuntos que sobrepasan nuestros conocimientos y centrémonos en lo que nos atañe. ¿Que desea tomar?

Después de recapacitar sobre la petición del tabernero de espesas cejas comprendió que no sabía que bebidas podía elegir, porque no recordaba el nombre de ninguno de los brebajes de que hablaban en los cuentos. En ese momento miró al hombretón, vestido con ropas de comerciante y tuvo una idea.

-Creo que tomaré lo mismo que ese hombre. ¿Cómo lo ha llamado...? -Preguntó de forma casual para salir del paso.

Pronto Takawa, el tabernero, hubo vuelto con un diminuto plato de cerámica y una botella pequeña de sake.

Sin dudarlo Ándigar llenó el plato y se lo bebió todo de una vez. No le notó el gusto. Sin embargo unos instantes justo después de tomarlo el cuello le empezó a arder y el estomago se le calentó cómo si tuviese una pequeña hoguera dentro. Encontró la sensación muy agradable y comprendió entonces por qué razón la gente de afuera eran tan aficionados, pues calentó su cuerpo cómo si se encontrara a pleno sol de verano. Volvió a llenarse el plato alegremente decidido a esta vez saborear la bebida.




Galawar se encontraba en el patio frente al maestro Kang. La zona de combate estaba rodeada por los alumnos de la escuela arrodillados a la espera. Tsui ninguno había querido perderse el espectáculo. Cada uno ya se había tomado su tiempo para realizar los estiramientos previos y se saludaron mutuamente antes de ponerse en posición de guardia.

Durante unos largos instantes se miraron el uno al otro observando la posición y las aberturas que dejaban. Galawar veía ciertas semejanzas con algún compañero de escuela; la postura de Kang era prácticamente la misma que ellos utilizaban, con el caballo un poco más alto de lo que sus maestros les obligaban a entrenar. Pero era consciente de que en los combates todos lo levantaban un poco más para mayor comodidad y agilidad. Por su parte Tsui observaba las sutiles diferencias de la postura del hijo del dragón respecto a las suyas, aunque no sabía si eran por vicios adquiridos o por que era la posición correcta. Le habría gustado discutir las diferencias, pero ese sería la única oportunidad que tendría, puesto que no tenía nada con lo que negociar con el joven dragón.

Kang avanzó con fluidez las dos varas que los separaban y descargó uno de sus puños en forma de lanza para forzar a que Li se cubriese el rostro; a continuación inició una patada rápida a la cintura de su oponente para romper su guardia. Habría sido un buen inicio, pero el hijo del dragón desvió su primer golpe hacia un lado con el brazo derecho mientras bloqueaba la patada subiendo la misma pierna para cubrir su cuerpo. El bloqueo del ataque le permitió una postura con la que coger energía con la mitad izquierda todavía protegida; bajando la pierna con la que bloqueaba el ataque del maestro obligó a su oponente a asentar la suya cruzando ambas espinillas, y cargando su peso lo obligó a bajar su postura; entonces soltó su brazo oculto con un arco inclinado destinado a golpear con el antebrazo el cuello de Kang. Tsui tuvo que bloquear el ataque con su brazo pero decidió aprovechar el impulso del ataque para plegar su cuerpo hacia la pierna bloqueada realizando una voltereta destinada a golpear con los pies el rostro de Li. Pero este fue suficientemente rápido para esquivar dicho ataque girando el cuerpo sobre si mismo.

Acabaron uno frente a otro sin haber conseguido acertar ningún golpe, pero para el maestro era evidente que había subestimado al joven dragón; aunque había reconocido sus conocimientos superiores en su foro interno no aceptaba el hecho que aquel muchacho pudiese vencerle en combate singular. Una vanidad que no podía permitirse con semejante adversario. Con todo, habiendo visto los movimientos del monje, reconoció una debilidad en su oponente. Podía vencer, y quizás entonces conseguiría que le enseñara alguna técnica desconocida para él. Mientras todo esto pasaba por su mente, el hijo del dragón seguía en guardia encarado hacia él, con la misma postura defensiva que al principio del combate. Su cuerpo parecía relajado e incluso más cómodo que antes de empezar. Quizás ahora era el monje quien le subestimaba, decidió aprovechar el descuido; cargó con toda su energía, decidido a usar todo lo que sabía, sin guardarse nada para él.

Se enzarzaron en un combate que duró casi una vara de incienso. Al principio Li retrocedió por el ímpetu de su adversario; después del primer encuentro, pensaba que sería mucho más próximo a un entrenamiento pues no había sido demasiado duro; pero cuando volvió, lo hizo con tanta energía que se tuvo que esforzar para seguir el ritmo. En este nuevo ataque Kang no usó las piernas y recurrió a técnicas únicamente de brazos, más rápidas y siempre buscando al distancia de codo. Por su parte Galawar lo intentó mantener a distancia, aunque al final no pudo, y optó por clavarlo en el suelo con las piernas trabadas y entrar en su juego de las distancias cortas. En más de una ocasión tuvo que bloquear los golpes de Tsui en vez de desviarlos, pues la velocidad y constancia de sus ataques no le permitían recuperar terreno fácilmente. Finalmente, en un movimiento inesperado, Kang agarró al joven dragón con la mano derecha y saltó por encima de su espalda colocándose detrás de Li. Instantes después el monje estaba en el suelo con la rodilla del maestro en su cuello.

Galawar no pudo contener su indignación, nunca había visto una técnica igual, era como si le hubiesen ganado jugando. Claramente no era un movimiento de kung fu, había sido casi acrobático. Aunque el resultado era que había sido vencido. Se levantó con el ceño fruncido y de muy mal humor. Se sentía como un aprendiz, no como un hombre que había superado todas las salas de entrenamiento del templo; no como alguien que había cruzado el valle de los lagos de la verdad. En su fuero interno no creía que aquel primer maestro que había visitado pudiese ganarle, creía que tendría que alejarse más del templo hasta encontrar alguien capaz de ganarle. Finalmente se percató de la mirada de Tsui y que todavía mantenía la distancia.

-Un buen combate joven dragón; tienes una gran habilidad y una velocidad admirable. -Le dijo lentamente el maestro mientras le hacía una reverencia.

Consciente de su falta de educación, le devolvió el saludo intentando recuperarse de su momento de enfado. Ese instante, deshonraría a todos sus maestros si se llegaba a conocer. Un hijo del dragón, debía ser ante todo un estudioso de la lucha y su corazón siempre debía mostrar humildad y respeto ante un oponente. Kang se había ofrecido amablemente a concederle un combate y no se merecía tal reacción en su propia casa.

-Sois maestro entre maestros Tsui Kang, y vuestra humildad es una lección sobre la misma vida. Vuestro kung fu es superior al mío. Todavía tengo mucho que aprender.

Kang, que no le había pasado desapercibida la reacción del monje, aceptó los elogios con una sonrisa y comprendió que de hecho el joven dragón tampoco había creído poder ser derrotado. Entonces recordó las enseñanzas de su padre; ningún hombre de gran habilidad cree poder ser derrotado pero ningún hombre es invencible.

-A mayor habilidad, mayor vanidad. -Dijo sonriendo mientras recordaba a su abuelo.

Galawar enrojeció consciente que su indisposición no había pasado desapercibida.

-Disculpe señor Li, no pretendía incomodarle. Sin embargo creo que sería conveniente hablar de este combate; quizás los dos podamos aprender alguna cosa. Y por ello le pido olvidar los formalismos.

Sorprendido por tan franca proposición Galawar aceptó consciente que ya había puesto en ridículo el honor de los hijos del dragón.

-¿Cómo te he vencido? -Preguntó con el tono del que sabe la respuesta.

Todos los alumnos reconocieron el tono y les pareció como si su maestro estuviese aleccionando a uno de ellos. Sin embargo a quien estaba dando lecciones era a uno de los hijos del dragón; aquello les llenaba de orgullo, pero ya habría tiempo para celebrarlo más tarde. A Galawar aquel tono le recordó a sus maestros y automáticamente, sin plantearse por que lo aceptó como tal.

-Saltando sobre mi espalda.

-Cierto. -Dijo animándolo. -¿Conocías esa técnica?

-No. Mis maestros no la habrían aprobado, va en contra de todas las enseñanzas. Nunca se debe dar la espalda a un adversario ni levantar los pies del suelo. Es el suelo desde dónde sale la fuerza del kung fu, y en el aire todo hombre es vulnerable.

-Cierto también. -Respondió Kang. -¿Han Ying, qué os he dicho sobre levantar los pies del suelo?

Uno de los alumnos más jóvenes hizo una reverencia y se adelantó.

-Que nunca debe hacerse, y que si ve a alguno de nosotros hacerlo se pasará todo un día haciendo caballos.

El maestro sonrió y le señaló que podía retirarse.

-Como ves, yo también coincido con tus maestros. Sin embargo ha sido eso que no se debe hacer lo que te ha vencido. ¿Si repitiésemos el combate, cómo te defenderías este movimiento?

Galawar se le antojó que habría sido muy fácil proyectar a Tsui Kang por el aire.

-Le proyectaría con mi espalda.

-Y no habría quedado en muy buena posición. Lo mas seguro es que perdiese con bastante vergüenza para mi. Por eso tanto el maestro como yo siempre enseñamos que movimientos como estos no deben hacerse nunca. Sin embargo, en el mundo exterior, no todos han sido tan bien adiestrados. Te encontrarás con todo tipo de gente que hará las cosas más inverosímiles para vencer. Con y sin honor. No te ha vencido ni tu orgullo ni tu habilidad, ha sido tu sorpresa. Estás acostumbrado a combatir con otros guerreros experimentados de tu misma escuela; y crees que todos se rigen por las mismas normas. Pero un combate es algo fluido como el agua, debes esperar no inesperado, ese es el verdadero espíritu del guerrero.

Galawar estaba sorprendido, comprendía lo que el maestro le decía, y veía claramente su error. Sin embargo todavía no sabía si sería capaz de olvidar todas sus enseñanzas y esperar lo inesperado de sus oponentes.

-Gracias maestro Kang. Es una gran lección que no olvidaré.

-Es lo primero que se aprende cuando se sale de la escuela o lo último que se entiende cuando te enfrentas a un oponente.

Kang despidió a sus alumnos para poder estar a solas y después le preguntó a Galawar sobre algunas de las técnicas que había usado en el combate. Li comprendió que era parte del intercambio, y se sentía en deuda con el maestro.

3 comentarios:

Ruben dijo...

Seria posible adjuntar ficheros epub o pdf con todo el progreso del libro hasta el momento? se me hace duro leerlo asi

Albert Farré dijo...

Hmmmmm...

La verdad es que eres el segundo que me lo pide. Se que este no es el mejor formato para publicar algo tan largo, pero no tengo nada más.

Estoy trabajando en una aplicación personalizada que podría solucionar este problema, pero mientras tanto puedo intentar adjuntar el pdf o el e-pub. Pero aviso que será capítulo por capítulo, no todo entero.

ConxitaVC dijo...

Heus aquí una possibilitat de software per desenvolupar, d'acord amb el que diu el Jona.

Bah, no en facis cas, no entenc res del aque estic parlant.

Ara entraré a llegir.


Manel